Elisse y los diez años que estremecieron al mundo - Capítulo 18
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Capítulo 18: CAPÍTULO 9: LA REUNIÓN
-/enero/1993
Varios disparos sonaban, metralla y fuego volaban por todos lados, piernas rotas, cabezas, niños llorando junto con una mujer abrazándolo.
Elisse se acercó a una mujer, con una sonrisa maníaca, silbando, sangre en su rostro, detrás de ella, muchos campesinos yacían asesinados, y su tropa reía mientras pateaban los cuerpos.
—Por favor, déjenos ir. Sniff sniff —sollozaba la mujer mientras el niño lloraba debajo de su brazo con un montón de miedo.
—¡Ja, ja, ja, ja! —rio Elisse mientras alzaba su rifle apuntándoles, era la gente de la foto del hombre que yacía tirado en su primer enfrentamiento. Comenzó a vaciar su cargador contra ambos. La luz de su rifle iluminó su rostro.
Cuando acabó, allí no estaban más la mujer y el niño, sino el hombre con la foto.
Todo desapareció, estaba ahí sola, no tenía su ropa militar, tenía la ropa de aquel día del circo, entonces miró para todos lados, no había nadie. —¡Hola! —gritó para todos lados.
Volteó a mirar sobre sí misma, y allí estaba una mujer, mirándola, de ojos y pelo color verde con amarillo dorado en las puntas, con una capucha negra. —¡Aún te sigo escuchando! —murmuró y justo en ese momento despertó sudando. Puso las manos en su cara frotándola. Suspiró y se levantó para comenzar a arreglarse. Otro mal sueño que tuvo desde que se incorporó. Cada día más seguidos. Cada día esa mujer de pelo verde.
10/febrero/1993
En la base militar yacían unos calabozos, allí estaban algunos insurgentes, asaltantes y sospechosos. Eran torturados por varios soldados para intentar sacarles información.
Elisse con su uniforme táctico y una gorra caminó por varias de las prisiones, intentando ignorar los gritos y toques eléctricos que les hacían a las personas.
Se paró justo enfrente de una reja casi al fondo con las manos hacia atrás, allí, en la sombra, estaban algunos de los reclusos que uno de los otros capitanes recién capturó en Nueva Rosita, casi cerca de Múrquiz.
—Buenas tardes —dijo observándolos: tres tipos, un joven, dos adultos.
—Qué chistoso —susurróuno de los adultos.—Con que así nos pagas que te hayamos acogido.
—¡Excusez-moi? —preguntó Elisse.
El tipo de en medio alzó su rostro, era uno de los tipos que estaban sentados aquella noche junto a ella, el tipo que abandonó su plato.
—¿Sabes a cuántos de los de la hacienda ya mataron tus amigos? —acomodó sus grilletes.
Elisse miró a la nada, enojada.
—Al parecer no te importa. Selenia tenía razón contigo, no eres diferente a Antonio —el tipo miró hacia afuera. —Es increíble que hayamos pensado que al menos podrías devolvernos el favor evitando que ingresen a nuestro territorio, pero no, quieres matarnos a todos. No podías vivir tranquila sabiendo que le debías algo a los pobres.
Elisse se paró frente a él cruzando sus brazos —¿Tu territorio? Ese territorio es de México, y esas tierras de alguien más que las compró, ustedes las tomaron por la fuerza. Entienden, ¿no?
—¿Como el ejido al que ingresó una chica que no podía morir por más que le dispararan? Un pueblo sin luz, casas nuestras, que eran nuestra propiedad. —El hombre arrugó el rostro.
Elisse se paralizó. Rápido volteó a ver hacia los guardias de la entrada. Al parecer no habían escuchado.
Caminó hacia ellos. —¿Pueden dejarnos solos?
Los tipos saludaron y se fueron, pero allí estaban los guardias de enfrente de la otra celda y al lado. —¡¿No me escucharon?! —habló un poco más fuerte —Dije: déjennos solos, eso los mete a ustedes.
Los guardias saludaron y se marcharon.
Cuando se aseguró que se fueron, se volvió al hombre y se sentó a su lado.
—Dime una cosa, ¿qué hacías fuera de la hacienda si supuestamente solo estaban allí?
—Espera, ¿en serio crees que solo operamos en esa hacienda?
Elisse no respondió, se paró y se marchó.
Al guardia que estaba esperando allí le dejó la orden que no los tocaran por ningún motivo.
Los informes estaban mal. El movimiento revolucionario estaba creciendo más de lo que querían reconocer. Ya no estaba solo en el campo. Ahora tenía presencia en ciudades importantes del estado. Tenía mucho qué pensar, esto cambiaba la situación. Las personas de la hacienda estaban regados por varias partes, si atrapaban a uno, podrían llegar a Thiago y después a ella. Descubrir sus dones. Tenía que hacer algo. No, tenía que también informarle a Lucien y Thiago.
Caminó pensando alguna solución, intentando hacer sus cosas, ordenaba papeles, acomodaba sus tropas, revisaba armamento´. ¿Qué hacer? Era la pregunta que inundaba su pensamiento.
Mientras conversaba con Martínez, Márquez, Salgado y Ortega, un Cabo llegó. —Capitana Aurelius —Saludó —Me informan que el general de división, Antonio Aurelius, ha llegado y la espera en su oficina —se despidió y marchó.
—Tenientes, si me disculpan —dijo a sus hombres rumbo a ver a su padre.
La puerta se abrió. Elisse ingresó con una cara un poco desganada.
Allí estaba Antonio, ahora con sus percheras con el grado de general de división, revisaba papeles.
—Père —sacudió la cabeza por su error —Digo, general —corrigió, saludando como se debía pero Antonio solo le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio.
—Capitana, me sorprende demasiado que haya logrado repeler el ataque de más de 50 personas en una emboscada.
—Muchas gracias, general. —Elisse se sentó —No fue tarea fácil.
—Rodrigo tenía razón sobre usted… —Antonio se acercó hacia ella y la miró a los ojos —¿Sabe capitana? Usted desde muy pequeña ha gozado de una suerte impresionante, demasiada diría yo… —Se quitó la gorra.
—¿Pasa algo general?
—Todo lo que hice, y ese infeliz fue el que subió como primer ministro, quitándome poder convertirme en emperador, nefasto de Rodrigo.
—Señor, usted era quien merecía liderar el golpe.
—No merecía, capitana —volteó a verla con una cara afilada —Merezco y cuando eso pase, usted será removida del cargo —esbozó una pequeña sonrisa —Sies que antes no se le acaba su suerte. Lo haré pagar por todo, eso incluye haberla ayudado a desobedecerme.
Elisse agachó la cabeza sin responder.
—Retírese. Antonio continuó monitoreando cosas con respecto a la base, antes de marcharse a Yucatán a apagar una insurgencia republicana.
Era de noche en el palacio del alcalde, Elisse estaba en la esquina de la cama pensando. ¿Esto era por lo que su hermano siempre estaba apagado? Jamás dimensionó lo cruel que era el general Antonio.
Su familia era…. despiadada. No, a quién mentía. Siempre supo que eran así. Solo no le importaba antes porque no tenía responsabilidades.
Un sonido de descarga del baño salió de detrás, que la hizo voltear.
El loco saliócon sus toallas, limpió sus dientes… usando el cepillo de Elisse. —Agh, esa ducha, es hermosa —dijo.
Elisse ya estaba normalizando que apareciera en momentos inoportunos. —Oye, fue Elienor quien me parió… ¿Cómo sea posible que mi madre es Quetzalcóatl?
—Deberías preguntárselo como cuando eras una bebé —el anciano señaló al balcón.
Elisse miró la dirección de su dedo, levantándose de la cama. observó la luna, tenía su color normal. —Aquí no hay nada, ni nadie.
Vio para todos lados, estaban algunos militares en la entrada, un gato lamiéndose la pata. Nada fuera de lo normal, pero llegó un pensamiento. Lo que jamás sintió con Elienor lo sentía en la luna. Cerró los ojos y dejó que la brisa hablara. Ladeó su cabeza imaginando que la luna la acariciaba. «Elisse. Sé agradecida». Escuchó apenas. Su impacto fue tan grande que se hizo para atrás. Volvió a mirar el libro con aún más preguntas. —¿Ser agradecida? —Murmuró —Ser un dios. Ya entiendo.
10/agosto/1993
Habían pasado 6 meses. Elisse estuvo en todo este tiempo practicando sus dones en secreto. Descubrió que podía mover objetos también, cosa que le funcionó. Intentó contactar a Lucien y Thiago, pero por intentar no arriesgar la ubicación de la hacienda, prefirió desistir. Eso y que, si llegaba allí, seguro la recibirían con disparos. Ello le llevó a contemplar enviarles mensajes a ellos a través del loco, pero él en estos 6 meses ya no había aparecido. Lo único que le quedaba era patrullar la zona, cumplir con sus misiones, de manera que tapara todo rastro de la expansión del movimiento, dando reportes erróneos en colaboración con los hombres que estuvieron con ella ese día. Eso le dio cierta reputación, más con la situación que vivía el país: revueltas por todos lados y la transformación a movimiento Monarquista en la península de Yucatán, pero no venia de ella nada más, sino de los guerrilleros que huían de su compañía y sus 4 tenientes. Una vez Salgado capturó a uno que decía que no quería enfrentar a la curandera pelos de oro.
Estaba acomodando algunos papeles con sus 4 tenientes. —Eso es estúpido, Salgado —respondió Márquez a alguna tontería que dijo su igual, entonces el mayor llegó.
—Capitana, al frente —le señaló con el dedo —Vea, algunos de los guerrilleros que trajohace un tiempo por fin escupieron la sopa. El capitán le pasó unas hojas y un pequeño mapa.
—¿Mayor? —las cejas de Elisse se arquearon.
—Sí, nos ha dado la ubicación de una base que tienen, quiero que lleve a toda su compañía para acabarlos lo más rápido posible. Tienen una hora para prepararse.
Elisse saludó viéndolo irse, ¿Qué guerrillero? Miró el mapa con demasiado miedo, pero su temor se fue rápido al ver que no era la dirección de la hacienda, pero estaba demasiado cerca.
—Ortega venga conmigo —dijo y ambos salieron hacia el calabozo antes de marchar.
Elisse ingresó rápido a la misma celda. Se acercó a el hombre susurrándole —¿Les has dicho algo de la hacienda?
—¿Qué tanto interés tienes en ese pinche lugar? —respondió él. Ya tenia el pelo largo y barba.
Ella sacó el mapa y le mostró la coordenada. —Dime si hay gente de la hacienda aquí.
—Tsk. Supongo que mi compañero habló… Quien está allí es alguien muy importante, si tanto te importa esa hacienda, será mejor que elimines a todos los que están allí, principalmente a él —le sonrió. —Tal vez un día logres matar a todos y ya no quede nadie de esa hacienda. Así no la encontrarán y los hombres con dones que escondes allí.
Pasaron varios segundos sin que Elisse le quitara la vista. Se levantó de golpe, apretando los puños.
Los pasos de ambos retumbaban en el pasillo. Elisse caminaba con el mapa doblado bajo el brazo, y Ortega con los brazos hacia atrás, mascando algo invisible entre los dientes.Entonces habló.
—¿Qué tanto defiende en esa hacienda, capitana? Nos ha tenido 10 meses evitando ir allí y dando información errónea.
Elisse no lo miró —Algo que aún no entiendo, pero debo proteger.
Ortega soltó una risa seca, sin humor —¿Tiene qué ver con eso qué hace?
Elisse se detuvo, volteándolo a ver. —Ouais.
Ortega escupió al suelo bajando la voz. —Sabe que tarde o temprano van a llegar, ¿verdad? El ejército. Mire, capitana. Se lo voy a decir. Eso que está haciendo… ese jueguito de andar escondiendo cosas mientras se hace la obediente… le va a estallar en la cara, y cuando eso pase, ni su apellido, ni su don, ni su padre podrán defenderla. Lo que sea que tenga escondido o que viva allí, sáquelo ahora mismo y escóndalo en otro lado.
Elisse no respondió. Y eso hizo que Ortega negara con la cabeza, se quitó el casco y lo sostuvo. Ya no era un subordinado hablando con su superior. Era un hombre que hablaba con una niña que no sabía que se estaba metiendo al abismo. —¿Sabe lo que hace, capitana? No es insubordinación. No es una falta menor. Es traición. Encubrimiento. Es proteger enemigos del estado. ¿Usted qué demonios piensa? Cuando el alto mando se entere de lo que está ocultando, la van a desaparecer. Y si tienen dudas, la van a torturar hasta que diga lo que no quiere y si no, la van a usar. Y luego la van a matar como a todos los que se interponen en el sistema.
—Ya sé lo que estoy haciendo, no necesito tus sermones —murmuró ella, tensa.
Ortega se río con una amargura seca —No, no lo sabes ,Elisse. — La tomó del hombro para girarla —No tiene ni puta idea. Anda jugando a la soldadita, como si esto fuera una película donde podrá vengar a su hermano, arrestando a los culpables y trayendo justicia, pero cuando le toque enfrentar a los de arriba, se va a cagar en los pantalones.
—¿Está diciendo que soy una cobarde?
—Estoy diciendo que es una pen… idealista —espetó Ortega con furia contenida. —Una niña con suerte, con dones, y con el puto privilegio de poder elegir si matar o no, pero eso no te hace especial. Te hace peligrosa. Porque no entiendes lo que significa cambiar de bando. —Él se acercó lo suficiente como para que solo ella oyera. —Usted no va a poder salvar esa hacienda. No si sigue así.
—Guarde silencio y apártese ahora mismo, teniente —ordenó ella, con el rostro rojo de ira, pero Ortega no se detuvo. Dio un paso más para arrinconarla contra la pared.
—No puedo, niña. Ya estoy metido en tus problemas. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a arrestar a todos los qué pregunten? ¿A matar a cada insurgente fuera de la hacienda? ¿A cada uno que pueda hablar? ¿Y después qué, los niños, los ancianos que viven cerca? No entiendes aún. Va a llegar el día que te obliguen a elegir entre la misión y ese lugar… y es algo que tus dones, o lo que sea eso, no podrán ayudarte.
Se apartó y sentenció más. —Tómese un maldito minuto, y decida. Porque este jueguito, sí juega mal, la van a triturar, a mí y a su compañía entera. No está jugando solo con su vida. Sino con la mía y la de sus hombres que le han jurado lealtad.
Silencio.
Ya no dijo más, se alejó despacio ajustando el cinturón del casco con una parsimonia casi ceremoniosa.
Elisse se quedó sola, temblando de rabia, con el puño cerrado, atragantado de orgullo. Quería dispararle, pero no lo hizo por tres razones: tenía razón, estaban en la base y él, jodidamente, era su único aliado.
El sol yacía en el punto más alto cuando los cuatro camiones se estacionaron en las faldas de la base. El pelotón de Ortega, los tres restantes, todos formados afuera con el polvo flotando en el aire.
Elisse avanzó entre ellos. Se detuvo frente al mapa, lo sostuvo en alto y habló con firmeza.
—¡Escuchen! La zona a la que vamos es accesible, pero no entraremos con los vehículos. Esto será una operación de emboscada.
Sus ojos se cruzaron por accidente con los de Ortega, quien no prestaba atención. O al menos fingía no hacerlo. Se le notaba la decepción. La mirada de alguien que se sentía obligado a obedecer una orden que no quería.
Elisse apretó el papel. Recordó sus palabras. Las amenazas. Las advertencias. Él tenía razón, ya no había marcha atrás. Si quería entender qué era, si quería llegar a la verdad, tenía que hacer algo: elegir.
—Tienen una consigna clara en esta misión —continuó. Se giró para mirar a todos los presentes, pero fijó la vista en Ortega. Esto no pasó desapercibido por Márquez. —Tirarán a no matar. Quiero vivo al líder. Cualquiera que lo mate, yo misma tomare su vida.
Silencio absoluto. Nadie respiró. Entonces, como si fueran uno solo, todos se formaron con los puños cerrados. —¡Capitana! ¡Sí! ¡capitana!
Ambos se miraron brevemente. Inquietante. Ella subió al camión sin decir más. Ortega no se movió de inmediato.
¿Qué mierda estaba planeando la niña? Lo que fuera, era una locura.
Subiendo entre las laderas que llevaban al objetivo, los soldados caminaban en las columnas, cubiertos de polvo, entre jadeos y chirridos metálicos, pero todos, cada que podían susurraban entre sí.
Márquez y Ortega compartían paso.
—¿Qué demonios crees que planea la niña ordenando esta estupidez? —soltó Márquez con sorna.
—Con sinceridad, no lo sé —Ortega mintió, mirándolo de reojo.
—¿Sabes qué me parece raro, Ortega? Que en esa misión pasada, donde les tendieron una emboscada a ustedes solos, con más de cincuenta cabrones, solo hayan tenido tres bajas y ni un solo hombre herido. Nada. Limpios. —Márquez hizo una pausa. —Eso huele raro lo mires por donde lo mires.
Ortega se detuvo en seco, fulminándolo con la mirada —¿Está insinuando algo, teniente?
Márquez levantó las cejas. —Solo digo que no es buena idea hacerse amigo de comunistas. Y mucho menos de capitanes que protegen comunistas. Debes saber que el soldado y el comunista no se llevan. Usted, Ortega… si está jugando al héroe por un culo… debiera pensar bien dónde va a acabar cuando el alto mando se entere de esta farsa de misión. No matar, ¿en serio? Esta gente trafica drogas, roban. Ya olvidaste lo que… —La voz de Márquez era ácida. —¡Oh! No me digas que ya viste la conchita rosada de la princesa, seguro debe mamarlo rico como para que alguien como tú se haya vuelto su perro faldero.
Ortega lo tomó por la camisa, sacudiéndolo como un trapo sucio —escúchame bien, hijo de putísima madre —gruñó, apretándolo con los nudillos duros como piedra.
Las tropas se voltearon al instante. Incluso Elisse, desde el frente, detuvo el paso.
—¡Tenientes! —tronó su voz. —¡Sepárense ahora mismo!
Ortega lo soltó con un empujón seco. Márquez cayó dos pasos atrás, riendo entre dientes con esa mueca podrida —Sí, hazle caso a tu zorra, no vaya a ser que se le cierren las piernas si ve que tienes huevos.
Ortega apretó los puños. No respondió, pero la rabia le ardía en la nuca. Sus propios hombres lo miraban de reojo, tensos. Suspiró, bajó la cabeza y siguió caminando.
Ya en el límite del desierto, donde las piedras comenzaban a abrirse paso para dar paso a un campamento improvisado con más de 300 personas armadas, la realidad se les volvió plomo.
—¿Aún cree que debemos seguir su consigna, capitana? —preguntó Márquez por la radio.
Elisse lo ignoró. Observaba y analizaba. Sabía que si daba la orden de ataque, habría bajas de ambos lados.
Sacó su radio —Aquí alfa 1 a toda la compañía 49. Escuchen. Todo herido, repórtenlo de inmediato. Indiquen ubicación, tráiganlo conmigo. Nos dividiremos en tres: El primero, asalto directo; el segundo, evacuación de heridos propios; el tercero, arresto de heridos enemigos. Yo iré en el grupo 2 dando cobertura al grupo 1. La orden que les di en la reunión sigue vigente. Repito: todo herido sea nuestro o del enemigo también será traído a mí. Sin excepción. Solo cubran sus cabezas. Nada más.
La radio quedó en silencio. Nadie habló. Solo el sonido del viento y las armas apretando las manos.
—Prepárense —dijo finalmente. —A posiciones.
—¿En serio nos está pidiendo ir directo a sus balas? —preguntó Salgado, pálido.
Antes de que ella pudiera responder, el sargento García rioen seco. —No se preocupe, teniente. Le va a sorprender de lo que es capaz la Capitana. Solo no se cague encima. —Quitó el seguro.
Márquez, quien estaba junto a Salgado se inclinó hacia él. —Esta perra está loca… ¿Qué carajos tiene en la cabeza? Ni de coña disparo a no matar y me meto directo. Que se joda.
Salgado estaba sudando de miedo legítimo, lo estaban enviando como carne de cañón.
—Teniente, créame, le va a encantar lo que va a pasar —respondió el sargento García con una sonrisa poniéndose al frente como voluntario.
Ni Márquez ni Salgado entendían su emoción de recibir balas.
—¡Adelante! —gritó Elisse desde la retaguardia.
El pelotón se lanzó cuesta abajo, entre las piedras, directo hacia el campamento enemigo. Las balas comenzaron a intercambiarse entre uno y otro.
Gritos, silbidos de plomo, humo, explosiones secas. Las ramas secas de algunas hiedras se rompían bajo los pasos de los soldados mientras descendían al caos.
Thomas, quien estaba acomodando varias cajas de municiones, de repente escuchó los disparos. —¿Qué pasa ahí? —dijo para sí mismo.
—¡Camarada Thomas, nos están atacando, es el gobierno! —gritó un insurgente, quien fue corriendo hacia el frente de la batalla.
Un grupo en el frente comenzó a responder al ataque, eran más, muchos más. Pero el plan de Elisse comenzó bien. Tan cerca como estaban, los militares lanzaron bombas aturdidoras, disparaban a donde podían acercándose lo más que podían
—¡Defiendan las municiones! —gritaron los insurgentes.
—¿Qué es esto? —Thomas veía lo que hacían los militares moviéndose como kamikazes a lo lejos.
—¡A la izquierda, apunten, no, a la derecha! —gritaban los insurgentes viendo a los soldados entrar, ser impactados, pero ganando terreno poco a poco.
Elisse, rápido hizo lo que dijo que haría. —Tranquilo Mon chéri. Estarás bien —dijo a uno de sus hombres con una tripa de fuera. La metió dentro y comenzó a sanarlo.
El soldado se sorprendió viendo cómo su cuerpo sanaba por completo. —¡¿Pero que chingados?!
Elisse le pasó el fusil —Luego me lo agrades. Arriba. —corrió hacia otro herido.
—¡Sector dos, conmigo! ¡Heridos! ¡Busquen a los heridos! ¡Muévanlos, ahora! —Se escuchaba por la radio.
Un soldado cayó frente a ella con la mano pulverizada. Elisse se arrodilló sin pensar, puso sus manos ensangrentadas sobre su herida. Un segundo. Dos. El hueso se alineó, la carne se cerró como barro volviendo a su forma.
El tipo quería gritar. —¡Ni se te ocurra Mon chou! —le gritó, notando que estaba ganando experiencia, no necesitaba acomodar nada. —Primero termina la misión —y corrió hacia otro. Tenía que tratarlos con cariño para aliviar el miedo en ellos. Y qué mejor que su hermoso acento francés.
Otro gritó detrás de ella.
—¡Capitana! ¡Otro herido, rápido!
—¡Llévenlos a la retaguardia! ¡Ya!
Los gritos cruzaban el aire, pero no era confusión. Todos de ambos lados veían a Elisse cruzar entre el fuego cruzado, pese a que las balas le pegaban.
Salgado se refugió tras una piedra viéndola, rezaba en voz alta.
—Santa madre de Dios, cúbrenos con tu mano…. líbranos del fuego del infierno….
El cabo García, con metralla en el brazo destrozado, rio como un loco. —Le dije que no se cagara encima, mi teniente.
Elisse llegó y lo comenzó a curar. García tomó su rifle. —¡Gracias mi querida y hermosa capitana! —siguió disparando y al instante le volvieron a dar balas, pero ya lo ignoraba hasta que su cuerpo caía y Elisse regresaba a curarlo.
Justo en ese momento, un insurgente salió detrás de la piedra de Salgado, ya la distancia que separaba a ambos grupos era de unos 10 metros.
García respondió con tres tiros a las piernas. El hombre gritó cayendo de rodillas. Corrió rápido, se le acercó y lo arrastró hacia atrás. —¡Capitana! Acabo de destrozarle la pierna a uno de ellos, venga rápido, antes que se nos vaya.
Pasaron unos minutos. Ya habían tomado rehenes a unos 55 insurgentes que Elisse curó rápido. Al parecer, por la presión del momento, los curaba en menos de un segundo, por la cantidad de heridos que salían de ambos lados.
Los enemigos del otro lado gritaban en confusión —¿Cómo siguen de pie?
—¡Les hemos dado!
¡Es como nos contaron los del ejido!
Thomas miró con rabia y temor a la vez. —Hay que hacer tiempo en lo que mueven el cargamento, resistan —gritó avanzando al frente.
—¡Dos por la derecha! ¡Flanco cubierto! ¡Arrástrenlos rápido antes que se nos mueran! ¡La capitana cura, pero no la he visto resucitar! —gritóGarcía.
Los cuerpos se acumulaban. Elisse no se detenía, pero de repente, tropezó con un cadáver, ella sabía que habría bajas que no podría curar, pero allí, vio con atención, era un insurgente, un tipo con el rostro destruido por metralla en el rostro.
Su rostro se arrugó. Había dejado claro que no quería tiros a matar.
Miró a Márquez, desde su posición en alto, abriendo fuego. Un insurgente cayó a su lado y este le destrozó el rostro.
—¡¿Qué estas haciendo, Márquez?! —gritó por la radio.
—Disculpe, mala puntería —él, sonrió.
—¡Deténganlo ahora mismo! —gritó Elisse a los que tenía cerca.
Un soldado lo intentó, pero un culatazo de Márquez lo hizo retroceder.
Elisse al verlo, corrió rápido hacia él, a través del fuego.
Márquez, asustado, le apuntó, pero no le hacía nada, apuntó a la cabeza, nunca le habían disparado a la cabeza a Elisse, no sabía si le haría daño.
Sin detenerse, pensó en que necesitaría una defensa, pensó que necesitaría algo más resistente que su casco. Un tipo de energía verde salió de su mano, cubriendo su antebrazo con el que se cubrió.
No tenía tiempo de sorprenderse, corrió lo más rápido que podía.
Márquez se quedó frío, no creía lo que veía, tiró su arma para iniciar una pelea cuerpo a cuerpo con ella, pero un disparo anónimo le dio en el pie derribándolo. A lo lejos, Ortega bajaba el arma. —¡Agh! —gritó y pum, el golpe seco de Elisse lo mandó 2 metros al aire.
—¡Le dije claramente que no quería bajas, malnacido! —comenzó a golpearlo en el pómulo.
—¡Jódete maldita perra loca! —gritó Márquez—. ¡Bruja! ¡Demonio de mierda, cuando el alto mando se entere te van a disecar, puta!
Elisse volvió a hacer una mueca, comenzando a golpearlo más y más —¡Estás arrestado por insubordinación! —gritó ella pateando su arma lejos y, sin curarlo, continuó golpeándolo, quería matarlo con sus propias manos.
Ortega observaba desde la línea. Con la cara manchada de lodo. Sonrió. Por primera vez. Una sonrisa triste. De respeto y de resignación.
Elisse subió su fusil e iba a aplastarle la cabeza, pero se detuvo al último segundo. Se paró de encima de Márquez, él miraba su rostro, cubierto por su pelo, luchando por su decisión. —Arresten a este salaud —y se fue a continuar curando a los heridos. Un soldado llegó para arrestarlo.
Thomas veía cómo los números ya no daban ni los 50. —Al diablo —gritó recargando su colt,comenzando a enfrentarse a los soldados que ya la pelea era con armas cortas y cuerpo a cuerpo, donde la única cobertura eran las piedras y las cajas.
De repente Elisse salió curando a uno de los insurgentes y poniéndole unos sinchos.
Sus miradas se cruzaron. Y él se congeló viéndola curar a uno de los suyos.
—¡Elisse!
Hubo unos segundos de silencio.
—¡Alto al fuego! —gritó Elisse por la radio.
—¡Alto al fuego! —repitió Ortega.
—¡Alto al fuego! —gritó Thomas.
Los disparos comenzaron a cesar.
—¡Espérame aquí! —jadeó Elisse, corriendo a curar a los que aún estaban heridos. Thomas se volteó para verla correr de herido en herido curando sin discriminación.
—Tsk —Sonrió y negó con el rostro.
Por fin había curado a todos. Solo había las bajas que hizo Márquez y uno que otro soldado asesinado.
—¿Ahora sí quieres hablar? —le preguntóél.
Elisse lo volteó a ver, cansada, sucia y con el sudor en la cara —Creo que es buen momento. Me alegro de ver a uno de ustedes al fin.
—¿Dónde está mi demás gente?
Elisse respiró y ordenó a su gente traer a los presos. Uno a uno, los militares fueron trayendo a los insurgentes.
El silencio recorría el campamento. Murmullos entre los otros 3 pelotones, los tenientes dialogando entre ellos.
Los comunistas comenzaron a hablar, allí igual había algunos que eran de la hacienda. Los que ya habían vivido el primer asalto le explicaban a todos lo que pasó, tanto a los soldados como a los comunistas.
—¿Cómo es que ahora eres soldado? Y… ¿Capitana? ¿En qué tanto te has metido? —preguntó Thomas.
—No lo sé… —Elisse se limpiaba la cara. —Creo que, lo hice para intentar obtener más respuestas… aunque, supongo que ahora estoy defendiendo a todos los de la hacienda.
—¿La hacienda? ¿Qué hacienda? —bufó Thomas. —¿Por una hacienda? Es solo una de tantas bases, Elisse. Ya tenemos muchas más.
Elisse abrió los ojos frustrada por la ironía, lo miró con vergüenza ajena y se cubrió la cara —No entiendes nada, no sabes lo que significa para mí.
—Tiene que ver con lo que puede hacer, señor —respondió Ortega.
—¡Maldita perra de mierda. —Gritó Márquez a lo lejos, pero un botazo de García lo tiró al suelo. —¡Más respeto a la capitana! —lo alzó y se lo entregó a uno de sus cabos. —Llévate a esta escoria a los camiones. Lejos de su hermosa vista.
—¿Dónde está Panchito? —preguntó Thomas de repente.
—Mi père lo mató. No sé dónde terminó su cuerpo, lo siento.
Thomas cerró los ojos y asintió. —Lo imaginaba… Entonces, ¿qué fue todo esto? ¿Por qué nos mantienes con vida y por qué quieres hablar?
Elisse lo miró curiosa —¿Tú por que querías hablar ese día?
Él miró a todos lados y le puso la mano en el hombro.
—Me dije a mí mismo que sería bueno ser tu amigo.
—Seguro quieres que mis habilidades ayuden a tu movimiento nada más.
Todos alrededor, en especial los soldados, miraron a Thomas enojados.
—No. Hay algo en ti, lo vi ese día. No eres como ellos. No miras lo que eres aún, Elisse, puedes ser la mujer que cambie el curso de la historia por completo. Un antes y después en la humanidad —le sonrió con su bigote.
Elisse se quedó fría con estas palabras y volteó a ver a la gente alrededor, quienes algunos soldados les regalaron una sonrisa.
Ella tragó saliva.
Thomas miró a todos. —¿O ustedes creen que alguien así existe solo para matar y curar enfermedades, dirigir un país, ser una destacada militar? Hay algo más en ella, están aquí con los mortales. Estamos ante la presencia de un dios.
Salgado se dejó caer de rodillas, impactado. Ortega se quedó serio, no se imperventiló, pero quería, tomó agua para tranquilizarse.
—Déjame acompañarte, diosa Elisse —extendió su mano.
Elisse seguía petrificada, era la primera vez que alguien le quería ayudar, pero no solo eso, sino que le dijo Dios sin saber las historias del loco. Sin darse cuenta, extendió su mano hacia él. —Sí, ok, oko —tartamudeó.
—¿Sabes lo que eso significa? —Thomas se puso serio. —Irás contra todo lo que conocías. Contra el ejercito. México, y todo lo que es humano mismo… posiblemente contra tu padre. ¿Estás preparada para eso?
Elisse con los ojos como carbones no gesticulaba bien. —Lo haré cambiar de bando cuando vea lo que puedo hacer. Me escuchará.
Thomas no respondió, pero guardó lo que pensaba. También tenía sus asuntos con Antonio.
—Eso no cambiará mucho —interrumpió Ortega —El gobierno no permitirá que alguien así exista… ningún gobierno.
—Sí, tuve esa conversación en la mañana —respondió Elisse —Ya no me queda de otra.
—¿Qué planeas hacer? —preguntó Thomas.
—Por el momento, debemos encargarnos de la base, que es la que actualmente está dándonos problemas en el estado —puso un rostro serio. —Tenemos que tomarla.
Thomas se le acercó más y le habló en voz baja. —¿Y qué hay de tus soldados, podemos confiar en ellos?
García cruzó los brazos. —¡Vamos amigo! Nosotros fuimos quienes la trajimos aquí y los primeros en creer en ella. Qué ofensivo que digas algo así. Ya elegimos bando y es con nuestra capitana… con nuestra diosa Elisse.
De repente, varios tiros comenzaron al fondo, haciendo que todos apuntaran hacia el sitio de donde provenían los disparos.
—¡Capitana! Es Márquez ,ha huido, mató a su guardia! —crepitó la radio de uno de sus hombres.
—Escuadrón 5 y 6, vayan por él. —gritó Ortega. —No permitan que huya.
—Rápido síganlos —gritó Thomas señalando a unos insurgentes para que lo acompañasen.
—¡No puede entrar en contacto con nadie del ejército, hay que eliminarlo! —gritó Elisse a los que iban corriendo, acompañándolos para ir a salvar al soldado.
—No te preocupes —Thomas corrió con ella. —El lugar es difícil de acceder, no podrá llegar lejos.
Al llegar al cuerpo del cabo, Elisse vio los tiros que le metió Márquez al joven. No había forma de salvarlo.
—Capitana —dijo Salgado tomando su hombro —Vámonos. —pero Elisse no se fue, puso su mano en el pecho del hombre.
—Perdóname —susurró. Miró hacia el horizonte viendo la sangre que había dejado Marquéz.
Elisse y Thomas caminaron juntos conversando. Fue un buen rato poniéndose al día sobre cómo estaban ambos sitios. Tanto la base como la hacienda.
—Solo intenta que no los torturen allí —dijo Thomas.
—Lo prometo. Prometéme que no los torturarán de tu lado.
Ambos quedaron de acuerdo en repartirse algunos miembros para crear la narrativa de que hubo bajas y capturados de ambos lados. Comenzaron a reunir el parque de allí, para hacerlo volar e incendiar el lugar. Juntaron las cosas y algunos de los cuerpos que no pudieron ser salvados de ambos lados… tenían que dejarlos, para que pareciera real cuando el alto mando llegara.
Antes de separarse, Elisse tomó de la camisa a Thomas y le susurró —Oye. ¿Cómo están Lucien y Thiago?
Thomas arqueó la ceja —No te preocupes. Los hemos cuidado bien.
—¿Thiago ya se reunió con la chica que buscaba?
Thomas negó con la cabeza.
—Dile que no he encontrado información aún. Que lo lamento. ¿Y Lucien ya encontró a su gente?
Thomas le sonrió —Algunos.
Elisse se acercó a una caja de munición, comenzando a escribir una notita.
Thomas se le acercó a Ortega cuando al fin finalizaron.
—¿Por qué la ayudas? —murmuró.
Ortega se quedó serio pensando… —Supongo que no quiero que me diseccionen.
Thomas lo miró por varios segundos. —Bueno, si quieres fingir que ese es tu motivo, está bien. Por cierto, evita que tus hombres se queden solos a partir de ahora. Toda tu compañía corre peligro, hasta que no encuentren a ese hombre. —Tomó una granada y la lanzó, la cual cayó casi en medio de la columna de cosas.
La explosión comenzó y con ello todo ardía. —Nos estaremos viendo —finalizó, mientras se marchaban cada uno por su lado.
La columna bajaba por la colina, polvo en talones, risas al viento. Elisse caminaba en medio con ellos, escuchando el cotorreo que se venía armando entre sus soldados.
Ortega los seguía, con el rifle al hombro y la ceja arqueada.
—Capitana, nada más pa’ que sepa… yo sí la sigo a donde sea, más contra esa horrible base —dijo uno tímido.
—Cómo no, tenía que ser el lamehuevos, feliz que ahora será un juez del juicio final —respondióotro al fondo, haciendo reír a todos.
Elisse los miró avergonzada y sonrojada por los halagos de sus tropas.
—Más respeto para su capitana, chicos —interrumpió Salgado.
—Teniente, si usted casi se desmaya allá atrás. —Risas de todos.
—Deja de difamarme o te irás castigado —Salgado fingió hacerle un candado al que lo dijo. —Sea como sea, estoy con la capitana.
Habían logrado llegar a los vehículos. Elisse se cruzó los brazos parándose al frente del camión —Ya, ya, suban antes de que me arrepienta de tenerlos conmigo y eh… —sonrió —los condene al infierno —río apenas con todos, haciendo que vayan a sus vehículos.
Ortega se le acercó, mirándola desde abajo. —Parece que ya se los ganó, capitana.
—Tal parece, teniente.¿Y tú? —lo miró con una sonrisa plena —¿Estás conmigo?
—Sí, capitana, pero aún tengo miedo de lo que saldrá de todo esto. Por mis hombres, por mí, por usted.
—Gracias por decirlo, Ortega…. Ya suenas como un humano —le respondió sonriendo y miró el incendio al fondo. —Sí que perdieron mucho equipo y parque.
—Sí, probablemente les dimos un duro golpe, que les tomará meses para recuperarse—Ortega caminó a su asiento.
Suspiró —Meses que no tenemos —Ella se quedó pensando. Esto explotaría en días, lo que significaba que pronto su dinero dejaría de valer la pena… —Ortega, cuando demos el golpe a la base, lo más seguro es que congelen todos mis activos.
—Sí, es lo que normalmente se le hace cuando… oh —Ortega levantó la mirada. —No necesita decírmelo capitana, ya sé qué quiere que haga.
12/agosto/1993
Dos camiones del ejército se dirigían a la hacienda, llevaban banderas blancas, uno conducido por Salgado, el otro por Ortega.
En la hacienda todos se formaron en sus posiciones, se pusieron detrás de las piedras, esperando lo peor, pero el vehículo frenó de golpe y de allí bajó Ortega con las manos en alto. Solo traía su camisa interior, no portaba ningún arma.
—Así que esta es la famosa hacienda —dijo a Salgado.
Detrás de él salieron otros dos soldados, igual con las manos arriba, viendo a Selenia acercárceles.
—¿Qué se les ofrece?
—Un regalo —sonrió apenas Ortega. —Es de parte de alguien que conoces, me dijo.
Thomas bajó del vehículo. —Es de Elisse.
Selenia estaba incrédula viéndolo a él bajar. —¿Qué demonios haces con ellos Thomas?
—Intentando recuperar lo que perdimos en esa batalla, Selenia —Thomas fue a la parte de atrás, golpeando el vehículo para decirles que empezaran a bajar las cosas.
Selenia se relajó y caminó hacia Thomas.
—¿De dónde salióel dinero para conseguir todo esto?
—No deberías preguntar, esa chica dijo que era parte del favor de que la salvaste.
—Esto no me gusta, Thomas —Selenia se cruzó de brazos —Está gente aquí, son soldados.
—No se preocupe, no estamos más con México si eso le preocupa —respondió Ortega.
Selenia miró a Thomas fulminándolo con la mirada. Luego solo se retiró agraviada. Él la miró de reojo irse, serio por su expresión.
Thiago y Lucien se acercaron a ayudar con el equipo.
—¿Cómo sigue? —preguntó Thiago.
—Está bien, por suerte —respondió Ortega. —Con un plan grande. —Me pidió que te preguntara si leíste su carta.
Thiago se sonrojó. —Dile que también le envío saludos. Que me alegra que no se haya olvidado de su promesa. —Le pasó una carta de respuesta —Es para ella. —Caminó hacia la parte trasera del vehículo. Increíble que aún recordara ello, pensó que simplemente se había ido. Es normal que la gente no cumpla promesas.
11/agosto/1993
Una mujer con un crucifijo y un hombre con una pistola yacían tirados con varios impactos de bala. Enfrente estaba Márquez, de 14 años, impactado viendo a sus padres muertos.
—Revísala bien, la lana de este wey debe andar por allí. —Buscaba uno de los dos sicarios el dinero del cobro del derecho del piso.
—¿Algo?
—Nada.
—Bueno busca los papeles de la propiedad, que la tierra se le quede al patrón.
Los dos tipos entraron a la habitación tirando cajones y rompiendo hasta la estatua de la misma virgen de Guadalupe. Esa a la que su madre le encendía una veladora todos los días.
¡BANG!
Márquez le disparó a uno por la espalda y justo cuando el otro se volteó, él no le dio tiempo para que respondiera.
Había pasado el rato, Marquez estaba arriba de una patrulla del ejercito llorando con una manta encima, los militares revisaban la casa.
Rodrigo que en ese entonces era mayor, se le acercó.
Los dos se miraron a los ojos, Rodrigo pudo ver cómo las lágrimas de Márquez ensuciaban su rostro, pero le negó con la cabeza.
—No cometiste ningún crimen muchacho. Estate en paz con tu alma.
Márquez se cubrió para que Rodrigo no lo viera llorar, pero las manos de Rodrigo sobre su hombro le hizo alzar la vista.
—En este país, muchos niños han vivido lo que tú, muchacho. Pero pocos han tenido el valor de hacer justicia por sus muertos. —Limpió sus lagrimas —Los que dieron la orden para que tus padres mueran, aún siguen vivos. Ayúdame a acabar con ellos. Enviemos a esa gente al juzgado de Dios. — Le pasó el crucifijo de su madre.
A las afueras del desierto en la noche, estaba poniéndose un torniquete intentando no recordar ese día, pero era inevitable después de lo que vio.
—Perra maldita, juro que me las vas a pagar, ¿Tú, un dios? Sí claro, hereje. —dijo a la nada.
Caminó afuera de la cueva donde se ocultaba, tomó su rifle para ver con la mira a algunos insurgentes pisarle los talones. —Señor, por favor, ayúdame a detenerla, haz que tu justicia y sabiduría vuelva a caminar por la tierra del pecado. Ayúdame a detener a Elisse.
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