Elisse y los diez años que estremecieron al mundo - Capítulo 19
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19: INTERLUDIO 10 19: INTERLUDIO 10 06/octubre/1992 Hace 10 meses, en un amanecer radiante en Nueva Rosita, Coahuila, los pájaros entonaban sus melodías mientras el sol se alzaba lentamente sobre el horizonte.
Afuera de la ventana, una suave brisa mecía las cortinas con gracia.
Dentro de la habitación, una figura se movía entre las sabanas, con delicadeza.
Un suspiro escapó de los labios de Andrea, rompiendo la tranquilidad de la mañana con un sonido dulce y algo esquivo, reflejo de su timidez y falta de confianza.
”Señoras y señores diputados” Honorable Senado.
Pueblo de México que escucha desde sus casas, hospitales, desde la calle misma… Hoy, me dirijo ante ustedes como su presidente.
Como padre de familia y hombre.
Como uno más entre ustedes, que hoy comparte el dolor de esta tragedia.
Porque lo que pasó en Nueva Rosita no fue solo un atentado.
Fue un agujero en el corazón de la nación.
Más de trescientos muertos.
Niños, madres y trabajadores.
Mexicanos.
Como ustedes, yo también estoy furioso.
También quiero respuestas.
También quiero justicia.
Pero les suplico —¡les suplico!— No confundamos justicia con imprudencia.” —Entonaba la radio con una voz masculina aterciopelada, cargada de entusiasmo.
Era el presidente Motari.
Andrea, con su pijama adornada con patitos, revelaba su inocencia y juventud.
Su cabello negro, liso y cuidadosamente recogido en una coleta, de apenas 1.56 de altura, enmarcaba un rostro de nariz ancha y ojos profundos que, pese a su corta edad, llevaban las huellas de noches largas de estudio.
Con unos profundos ojos color morados, un secreto que cuidaba con peculiar esmero.
“…Algunos sectores ya levantan el dedo.
Apuntan al norte.
Culpan a los texanos.
A gritos.
A golpes.
México no necesita un culpable, necesita justicia.
No es momento de venganza.
Es momento del diálogo.
No hemos confirmado nada.
No tenemos certezas ¿Y unos ya quieren guerra?
¿Quieren enviar a nuestros jóvenes a morir en un conflicto que no nos pertenece?
¡No!
México siempre ha respetado la autodeterminación.
No seremos partícipes de problemas ajenos, de las disputas de las potencias del mundo.
Lo digo con fuerza.
¡No!
Esta tragedia no debe ser politizada, nuestro país tiene problemas más serios.
El pueblo pasa hambre El pueblo tiene frío La crisis que se vive en el mundo nos afecta.
No enviaremos soldados hambrientos mientras nuestros niños no van a la escuela; Nosotros no enviaremos fusiles mientras nuestros ancianos les falta medicamentos”.
Con movimientos suaves, casi ceremoniales, Andrea se incorporó de la cama, estiró el cuello con lentitud y extendió las sabanas, con precisión.
Cada pliegue bien alineado, cada rincón sin polvo.
Le gustaba levantarse antes de la alarma para acomodarlas.
Se puso sus lentes y acomodó unos pupilentes color café para tapar sus ojos morados.
“…Claro que México no es ajeno a la situación que padecen nuestros vecinos, México apoyará.
Apoyaremos la paz, el diálogo.
Seremos mediadores, si así lo quieren.
A todos los sectores que hoy agitan la bandera de la guerra, déjenme decirles una cosa.
México siempre defenderá su soberanía, México siempre peleará, no somos débiles, pero no somos estúpidos.
No jueguen con la palabra guerra.
Porque una vez suelta, ya no vuelve a su jaula.
Hoy, ustedes y yo, tenemos una responsabilidad histórica.
Si respondemos con furia, no sabemos que nacerá de ella.
Si respondemos con razón, salvamos vidas y detenemos el final.
Todo el responsable de este acto tan atroz, enfrentará la justicia mexicana, todo aquel que la intente detener, enfrentará el castigo del pueblo mexicano.
Muchas gracias.
Viva México, viva Nueva Rosita, pero sobre todo, viva la justicia y el pueblo mexicano”.
—La gente del congreso comenzó a aplaudir y otros abuchear.
—Viva —murmuró Andrea alzando la mano y apagando la radio de golpe.
Caminó hacia el baño, donde se entregó al vapor de la ducha.
Al bajar a la cocina, el aroma del desayuno llenaba la casa: huevos, pan tostado.
—Buenos días, mi florecita —saludó su madre, una mujer cuarentona, gordita, con una sonrisa cálida, mientras terminaba de preparar la mesa.
—¿Hoy irás también a la biblioteca?
—Sí madre, ¿puedo llevar doble ración otra vez?
—Intenta cuidar tus porciones, últimamente comes el doble, me preocupa que quedes gorda como tu mamá —Respondió su madre sirviendo su comida —Bueno, igual todo el día te la pasas allí, me parece genial que estés estudiando mucho, pero recuerda que tienes deberes acá con tu familia, mi cielito.
—Lo sé ma’, solo quiero seguirme preparando —Andrea terminó su ultimo bocado, levantándose para irse —Me tengo que ir ma’, regresaré en la tarde.
En la calle, Andrea caminaba con la luz del amanecer, de repente una chica albina se le acercó.
—¡Andrea!
¡amiguis, esperamé!
—le gritó corriendo hacia ella, tomándola del brazo con entusiasmo.
—H-hola, Carmilla —Respondió con nerviosismo.
—Oye, oye, tengo unas noticias que te van a sorprender.
Adivina qué —¿Q-qué pasa?
—preguntó con cierto miedo.
La chica se le acercó para susurrarle al oído —Resulta que es Patissón quien está alentando a todos.
Un escalofrío recorrió la espalda de Andrea al escuchar eso, queriendo llorar.
Se soltó del brazo de Carmilla y comenzó a correr a cantajarros.
—¡Espera!
¡Andrea!…
—Le gritó mientras la veía marcharse, apretando sus manos a su pecho —Tenías que saberlo… tenía que decírtelo, antes que comiencen las clases… L-lo siento.
Andrea entró de golpe a la biblioteca, cerrando la puerta con sollozo y una cara completamente tirada por los suelos.
Hizo una mueca resistiendo las ganas de derrumbarse ahí mismo, limpiándose la cara.
Caminó con los dos toppers de comida, subió las escaleras de la biblioteca, llegó hasta la parte de lo que parecía un ático, sujeto el cordón que le bajaba unas escaleras, subiendo por ellas.
Allí en ese ático, había un par de insumos médicos, algunos libros, sabanas, unas cubetas para bañarse.
—¡Ah!
¡Buenos días, je!
—Miranda sonreía, la cual tenía una venda en la mano, una blusa tank top blanca y una falda larga, al parecer hecha con una cortina de las cosas que habían ahí guardadas.
Por ahí tirada estaba su arma —Ya tenía algo de hambre, ji ji.
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