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Elisse y los diez años que estremecieron al mundo - Capítulo 4

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Capítulo 4: CAPITULO 2: LA LUNA DE SONORA

02/abril/1992

La radio crepitaba con estática y voces gastadas. —Código 3-17.

La misma frase, una y otra vez. Afuera, las luces de los faros cortaban la oscuridad.

El aire se sentía pesado. Dentro del vehículo, el joven conducía manteniendo el volante firme, los nudillos blancos por la presión.

Evitaba acercarse a otras patrullas. En el asiento trasero, el oficial descansaba con la cabeza ladeada y un bozal improvisado.

Recorrieron varias cuadras, cada una más silenciosa que la anterior.

Algunas siluetas asomaban desde los porches o desde detrás de cortinas medio cerradas. Bastaba una mirada al vehículo para que se escondieran o salieran corriendo. Finalmente, giró en una esquina apartada y se detuvo frente a un viejo taller mecánico. No había luces encendidas.

Bajó sin hacer ruido. Sacó una nota arrugada del bolsillo de su pantalón y se agachó. La deslizó cuidadosamente por debajo de la puerta metálica. Unos segundos después, el sonido del mecanismo eléctrico rompió el silencio: la puerta comenzó a abrirse lentamente, con un chirrido que parecía arrastrar años de polvo. Volvió al auto sin apuro y subió.

Ya dentro del taller, una voz estalló entre las sombras. —¡¿Qué demonios has hecho, pedazo de imbécil?! —Un hombre apareció desde una puerta lateral. Tenía el cabello teñido de colores vivos, gafas oscuras en plena noche, una camisa florea mal abotonada y un bigote cuidadosamente perfilado.

—Tuve problemas —Masculló el joven mientras sacaba un fajo de billetes del bolsillo y se lo tendía con mano firme. —Aquí tenés… lo que acordamos.

El hombre atrapó el dinero sin dejar de mirarlo.

—Claro… siempre hay problemas contigo —Murmuró.

Mientras tanto, Miranda se giró hacia el oficial que seguía inmóvil, aunque alerta. —Sal del coche —ordenó con frialdad.

El oficial arqueó la ceja mostrando sus manos atadas.

La respuesta fue una patada directa al trasero. El cuerpo del hombre se deslizó fuera del vehículo, cayendo de bruces sobre el concreto manchado de aceite. Soportando el dolor de la caída.

Mirando alrededor, había un montón de productos y cachivaches para protestas. «Conque era este taller el que usaban para conseguir el dinero para las protestas… » masculló.

Miranda rebuscaba en la guantera hasta encontrar otro par de esposas, oxidadas pero funcionales. Le aseguró los tobillos con las esposas, dejándolo finalmente inmovilizado.

Luego se alejó, caminando entre las sombras del taller. Todo olía a grasa vieja, metal quemado. El polvo cubría las estanterías, los bancos de herramientas, incluso los calendarios rotos colgados en la pared de modelos que posaban para Otracola.

Se detuvo frente al cofre de un auto. Apoyó las manos y bajó la cabeza.

¿En qué infierno se había metido? Un policía secuestrado, su abuela muerta… su padre. Dios, su padre. Sintió un vacío en el estómago.

¿Qué diría si supiera todo? ¿Cómo explicarle que, por desobedecer, por salir cuando le había prohibido hacerlo, su abuela terminó muerta?

«¡Esto es tu culpa, Miranda!».

Esa frase no se la dijo nadie, pero la escuchaba igual.

La policía la buscaría. Si habían hecho eso con sus amigos… si habían asesinado al joven oficial para, ¿hacer qué cosa? ¿Qué no harían con su padre? No podía volver.

Se dejó caer sobre una silla desvencijada. Se abrazó las piernas, encogiéndose como cuando era niña. Vaya forma de entrar a la adultez.

Desde allí, miró el auto donde el Sargento yacía esposado, iluminado apenas por la lámpara del techo que oscilaba lentamente.

No tenía ni idea de qué demonios hacer ahora.

El dueño del taller terminó de contar el dinero. Lo guardó en el bolsillo trasero sin prisa, luego clavó la mirada en Miri. —Thiago, ¿es tu zorra?

—Es un imprevisto en el camino —Thiago no levantó la vista.

—¿Y ese policía?

—Otro imprevisto.

El hombre entrecerró los ojos. Se le acercó lentamente.

—¿Sabes que ese tipo me vio… y te vio? Vas a tener que matarlo. O lo haré yo… y luego te mataré a ti. —Lo sujetó por la mandíbula, le dio una palmadita suave en la mejilla. Observó su cara: ojos tristes y cansados, alguien que solo sabía continuar. Thiago miró nada más de reojo a Miranda, y se apartó.

—Ya me diste suficientes problemas perdiendo esa carrera. Te envío por mi dinero y me traes un policía, puto extranjero. Solo saben dar problemas. —Le arrojó un fajo más pequeño de billetes. —Ah, casi lo olvido, tu parte… Lárgate ya. —Se giró para irse.

—¡Espera! —Thiago corrió tras él. —Necesito un último favor.

El hombre giró con fastidio. —¿Qué, qué, qué?

—Necesito ropa. Tuya, de tu esposa, algo de mercancía para mi viaje. Tenemos que bañarnos, mira cómo estamos —añadió bajando la voz.

—Ummm, sí, si me dejas verla mientras se baña. Ya me imagino cómo se vería el agua recorriendo ese enorme culo que se carga… je, je, je.

—No.

Entonces el hombre le arrancó de las manos el dinero recién entregado, revisándolo con desdén. —Pff, como quieras, que sea rápido. —Gruñó, antes de desaparecer entre las sombras del taller.

Thiago exhaló, pasándose una mano por el cabello. Volvió a mirar a Miri, quien seguía encogida e inmóvil.

—Ey… Necesitas un baño —Thiago le tendió una botella de Otracola al acercarse.

Miranda alzó la cabeza para mirarlo. No lo había observado con atención hasta ahora.

Era joven, quizá de unos veinte. Tenía los ojos color avellana, cansados pero intensos. Su complexión era delgada, apenas atlética. El cabello castaño oscuro, mediano y desordenado. Piel morena clara. Cejas demasiado pobladas, el tipo de rostro que impone sin querer. Medía cerca de 1.68, lo suficiente para no pasar desapercibido.

—¿Para qué? —preguntó, con voz apagada.

—Mirate, estás toda llena de sangre. Mientras te bañas, yo limpio el auto —exhaló apenas. —Escucha, te ayudaré a escapar, pero tenemos que deshacernos de él.

Ambos miraron al policía, aún en el suelo, respirando lento.

—Entendés lo que quiero decir, y yo no lo haré. Este problema es tuyo —añadió con firmeza. —Me largaré de esta ciudad. El callejón donde ocurrió todo… está al lado de la familia de un guerrillero peligroso. Cuando vea la moto y note el dinero faltante, vendrá aquí. Este imbécil contrabandista del taller morirá. Porque los estafó y ahora les robó —Hizo una pausa, como si necesitara aire. —Te sacaré de la ciudad. Después, haz lo que quieras. Camina de vuelta por la mañana o desaparece.

—No puedo volver a casa —Murmuró Miranda. Lo miró, con los ojos hundidos en lágrimas que ya no querían caer. —Sniff. Ese tipo… mató a mis amigos y a mi abuela. Si regreso, solo pondré en peligro a mi padre.

Thiago observó su mirada, pensativo. —Entonces… ¿Qué harás?

—¿Puedes ayudarme a salir de la ciudad?

Él asintió lentamente, pero luego se detuvo, con expresión tensa.

—¿Y… qué vas a hacer con…? Ya sabes… Tu abuela.

—¿Eh?

El silencio cayó como una losa. Thiago suspiró, frotándose la nuca con la mano sucia de grasa, sin saber qué decir.

—Creo que sabes a lo que me refiero.

Miri se apretó a sus brazos con esfuerzo y se ocultó en sus rodillas. Intentando que lo que iba a decir no fuera real. Tardó demasiado en poder articularlo. —Ayúdame a enterrarla. En algún lugar… por favor. Sniff Sniff.

Él asintió, sin discutir.

—Bien, tenemos que movernos antes de que noten que aquel forro desapareció.

Se dirigió a unos botes para llenarlos de agua y comenzar a limpiar el vehículo.

Miranda se incorporó con dificultad. Todo su cuerpo dolía, pero no era físico.

Thiago le señaló una puerta al fondo del taller. —La ducha está ahí. Apúrate.

Entró sin decir nada. Se desvistió con torpeza; cada movimiento le dolía. Miró al suelo unos segundos.

Al fin, dejó que el agua cayese. El agua corrió por su piel como si pudiera borrar algo más que sangre: la culpa, el miedo, la pérdida. Cerró los ojos y deseó con todo el corazón despertar. Que todo fuera una pesadilla, una fiebre, una mala película proyectada en su mente.

En el vidrio empañado del espejo se reflejaba su silueta, pálida, encorvada. Respiro hondo. No podía quedarse ahí. El joven le había dicho que no tardara. Pero joder, cómo quería quedarse ahí.

Mientras tanto, él terminaba de limpiar el coche. Ya había borrado casi toda la sangre. Se acercó al oficial.

—Escuchame — le dijo. —Si quieres salir vivo de esta, necesito una coartada sólida para cruzar el control de salida.

El policía lo miró con recelo. —¿Exactamente qué quieres, muchacho?

—Ayúdame a salir de la ciudad y te dejaré en algún lugar del camino cuando esté lejos. —Lo sujetó por los hombros y lo incorporó con cuidado.

—Vamos. ¿Qué te hace pensar que te voy a ayudar?

Thiago limpió el chaleco del policía, se acercó a su oído para susurrarle. —Es eso, o te dejo con este idiota, y cuando la persona que está detrás de las protestas reales, ya sabes, la gente que está ligada a Selenia. A los que este idiota me hizo robarles, cuando vengan aquí a matarlo y te vean a ti, ¿qué crees que le harán a un policía? —Murmuró.

Se miraron unos segundos, como dos animales midiéndose en silencio. Finalmente, el oficial asintió, resignado. —Bien, muchacho, tú ganas.

Miranda salió poco después, vestida con ropa limpia. El cabello húmedo y el rostro pálido.

—Te tardaste —Thiago la miró de reojo.

—Fueron cinco minutos.

—Yo me baño en dos.

Ella notó su atuendo. —¿Por qué te pusiste el uniforme del policía?

—Vamos a salir de aquí con estilo. —Se terminó de meter el pelo en el gorro. —Tu amigo ya me dio nuestro boleto de salida.

—¿Dónde está?

—En la cajuela. Lo noqueé. No sea que quiera gritar. —Le arrojó una bolsa. —Póntela y prepárate, te voy a tener que esposar.

—¿Ah…? —Miri observó la bolsa.

Arrancaron. El coche salió a toda velocidad, con la sirena encendida, a todo lo que daba. En unos 20 minutos llegaron al retén. Había cinco policías. Jóvenes e inseguros. Compañeros del novato asesinado.

—Lo siento —Susurró Thiago— Vas a tener que llorar. Te voy a echar un poco de limón.

—Espera, wow, wow, ¿qué?

Thiago le lanzó el pequeño jugo de un limón robado de la cocina del taller, justo a la altura de sus ojos, haciendo que Miranda comenzara a revolcarse. Lágrimas reales brotaron. Se estremecía, tratando de limpiarse con los hombros. —¡Kya! ¡Arde! ¡Arde! ¡Arde!

—Aguanta —le dijo. —Y actúa, si no estamos muertos.

Frenaron frente al control.

—¿Qué pasa ahí? —preguntó un guardia.

—Traslado urgente. 364 para un 987 al 56 —respondió Thiago, sin titubear. Se inclinó hacia atrás, quitando la bolsa.

Miranda miró hacía el oficial: ojos rojos, moqueando, el rostro crispado. —¡Por favor! —lloraba.

El policía dudó, pero otro se le acercó. —Oye, amigo, dile al alcalde que por qué desperdicia tanta mujer. Je, je, je. —Rio dándole un codazo al primero.

El otro, intentando parecer profesional, lo apartó de golpe —Basta. —Se volteó a Thiago— Pueden pasar.

El coche se alejó con un rugido, tragado por la oscuridad. Él tomó las llaves de las esposas y se las lanzó. —Límpiate rápido.

Miranda no dijo nada. Se quitó las esposas con torpeza, apretando los dientes por el escozor. Buscó a tientas algo con que limpiarse el rostro. —Ay… mis ojitos —murmuró, aún medio ciega por el ardor. —¿Qué fue todo eso que dijiste? —sollozaba secándose como podía.

—El policía me explicó que es un código interno. Una forma de decir que van a desaparecer a alguien. Enterrarlo sin rastro… por orden del alcalde.

Su corazonada entonces fue cierta… Miri tomó la mejor decisión.

Thiago, unos kilómetros lejos de la ciudad, dobló fuera del asfalto.

En pocos minutos, el desierto los envolvió. Tres o más kilómetros tierra dentro, la carretera había desaparecido junto con la luz. La civilización había quedado atrás.

Solo arena, piedra y un cielo despejado. Miranda miraba con melancolía el color azul oscuro que daba la luz de la luna mientras se ponía un velo para cubrirse del frio.

03/abril/1992

La medianoche había caído.

—Bien. Estamos lo suficientemente lejos —Thiago apagó el motor y puso seguro. Ambos bajaron del vehículo en silencio. Miranda alzó la vista: el cielo del desierto, despejado y sereno, se extendía en el firmamento. Era hermoso. A su abuela le gustaban noches así… pero un sonido metálico la sacó del trance: Thiago abrió la cajuela.

Allí, bajo la luz pálida, todo parecía parte de un mal sueño. El policía, temblando en calzoncillos por el frío. A un lado, dos palas, la ropa ensangrentada, una mochila con provisiones, bidones de gasolina… y el cuerpo de la señora Meredi.

—Vamos. —Thiago puso su mano sobre su hombro.

Miranda la observó un instante inmóvil. ¿Iba a enterrar a su propia abuela en medio de la nada? Tragó las lágrimas.No podía romperse. Tomó la pala con sumo esfuerzo. No se sentía como madera, sino como puás, y empezó a cavar.

Cada golpe contra la tierra era como una astilla clavándose en el pecho. Cavaron durante una hora. No demasiado profundo. Solo lo necesario.

Luego ella caminó hacia el auto. Thiago ya había trasladado al policía al asiento trasero. El oficial sabía que cualquier palabra podía ser su sentencia, así que se limitó a observar. Un frío, pero no por estar desnudo, sino por ver a esa niña siendo capaz de algo tan perverso como enterrar a su propia abuela, le dio mala espina.

Las lágrimas de Miranda le corrieron sin aviso mientras se agachaba. Sus sollozos eran cortos, torpes. Como los de una niña que no sabe cómo llorar.

La levantó con cuidado, abrazándola una última vez. Caminó con ella hasta la tumba, pero cada paso se sentía más pesado que el otro.

Al borde del hoyo, cedió y se arrodilló. No podía soltarla. No podía dejarla ahí.

—Abuelita…S-sniff… Pa’… perdónenme. —Se mordió el labio. La culpa le arañaba la garganta.

Thiago observaba en silencio.

—Lo lamento —susurró.

Se acercó y le tocó el hombro. Y con un gesto lento le ayudó a meterla dentro con sumo cuidado.

Como si se tratase de una recién nacida, Miranda la dejó en la tumba.

Se arrodilló al borde y, con sus propias manos, empezó a cubrirla de tierra, puñado a puñado. —¡Perdóname!… sniff sniff —repetía, mientras la cubría. —¡Te lo prometo! ¡Volveré por ti!

Cuando Thiago vio oportuno, la ayudó a acelerar el paso.

Al fin habían acabado. Miranda se quedó ahí, de rodillas, mirando el montículo silencioso.

Junto las manos y comenzó a rezar, pero la tristeza poco le ayudaba a articular una oración.

Thiago, con la culpa encima, rezó con ella. —Déjalo salir —la abrazó— Déjalo salir.

Miri comenzó a llorar con más fuerza, apretándose a él y escondiéndose. —¡Abuelita! —tosió— ¡¿Por qué?!

El frío ya era insoportable para el oficial, empezando a toser con fuerza. Miranda lo escuchó, su tos era molesta… ese tipo era molesto, demasiado molesto… ¿Por qué seguía aquí?

El oficial seguía tosiendo.

Miranda intentó ignorarlo, pero abrió los ojos. La mirada le cambió al escucharlo una vez más.

Se incorporó de golpe y caminó hacia él.

Thiago quiso detenerla. —Ey… —pero Miri lo apartó de un manotazo.

El policía la vio venir y, por primera vez, vio los ojos de alguien que podía matar. Sus gestos ya no eran de una adolescente, sino los de alguien roto.

—Espera, espera… no hagas una locura —El oficial se irguió.

Miranda ya tenía el arma en las manos. —¡Maldito asesino! —escupió— ¡Todo esto es por tu culpa! ¡Tú me quitaste a mi abuela! ¡A mis amigos! ¡Mi vida! —Apuntó.

El hombre tragó saliva y pensó meticulosamente qué responder. —Yo no la maté, jovencita. La mataste tú —su voz era baja pero firme. —Baja eso. Ahora.

Miranda apretaba la pistola con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Temblaba de rabia y horror.

El policía entendió entonces: ella no buscaba al culpable, buscaba quien pagara por todo. Sonrió con cinismo derrotado.

—Niña, no fue mi culpa, pero tú me vas a matar para limpiar la tuya. Fuiste tú. Tú apretaste el gatillo.

—¡Cállate! —Gritó Miri con toda su fuerza.

—Arruinaste tu vida… y ahora crees que esto te la va a devolver, pero no. ¿Matarme te devolverá algo? ¿Te traerá de vuelta a tu abuela?

La pistola bajó unos centímetros. Las lágrimas dejaron de rodar por el rostro de Miranda.

Sabía que tenia razón, pero también sabía otra cosa: tampoco él merecía seguir vivo. Alguien como él seguiría haciendo daño. Volvió a levantar el arma.

El abrió los ojos, creyendo que la había disuadido.

Error.

Temblando por lo que por primera vez haría por voluntad, Miri apretó el gatillo. La bala impactó en su muslo, cerca de la ingle.

El grito fue agudo —¡Kya! — cayó del asiento, desangrándose, arrastrándose como un gusano. La sangre manchó el auto, el suelo, sus propias manos de Miranda.

—¡Hija de puta! —rugió el oficial, tratando de presionar la herida, pero Miranda ya no lo oía, otro disparo en el pecho.

Su cuerpo se tenso y arqueó.

Ella avanzó, colocó el arma en su cuello. Justo donde estaba la herida de su abuela.

Disparó. Esta vez el hombre ya no gritó, se quedó inmóvil.

Y entonces vino el resto. Miranda descargó el cargador en su rostro, una y otra vez. La luz de cada detonación iluminaba su cara. No lo disfrutaba, pero no podía parar.

Cuando se acabaron las balas, siguió apretando el gatillo vacío. Una y otra vez hasta que sus dedos se le entumieron. Gritó con un alarido seco y visceral. —¡Ahhh! —Tiró el arma, se tomó la cabeza con ambas manos y se arrodilló.

—Sniff Sniff —Miró sus manos. Estaban llenas de sangre.

Volteó hacia la tumba. No podía llorar, ya no.

—Sniff sniff ¡Su deber era cuidarnos! —le preguntó al cadáver mientras lo zangoloteaba, pero no había respuesta.

Se inclinó y le presionó el pecho, como si aún pudiera hacerlo hablar.

Como si él pudiera liberarla del horror de lo que hizo.

Acababa de matar a un hombre. Sollozó en silencio, cerrando los ojos.

Aún sentía la sangre caliente pegada a su piel.

Levantó la mirada hacia Thiago. Él la observaba con seriedad… y cierto miedo.

El silencio entre ambos era espeso, como una niebla sin viento.

—Tenemos que irnos —Dijo ella al fin.

—Vamos a enterrarlo.

—No —Respondió sin titubear. —No merece ser enterrado. Lo quemaré… con el auto. Para que su alma y cuerpo ardan como en el infierno.

Se agachó y empezó a arrastrar el cadáver. Con esfuerzo, lo subió al asiento trasero. La sangre volvió a mancharle todo.

—De acuerdo… — murmuró Thiago, con una mueca incómoda que no fue para nadie en particular.

Subieron al auto.

Condujeron sin hablar, rumbo a un punto más invisible. Buscaron un lugar donde las llamas no alertaran a nadie.

El único sonido era el del motor ronroneando, el golpeteo de las piedras bajo las llantas y el goteo lento de la sangre.

La luna iluminaba el desierto.

Las sombras del coche se alargaban, deformes, sobre la arena reseca.

Miranda no apartaba la vista de la ventana. No sabía cómo romper el hielo.

Finalmente, llegaron a una zona aislada.

Thiago condujo hasta una formación de piedras que, con suerte, ocultaría la hoguera de cualquiera a kilómetros. Bajaron sin hablar ni mirarse.

Thiago destapó el bidón y comenzó a rociar el auto, por dentro y por fuera. El olor a gasolina se extendió por todos lados. Miró por unos segundos al oficial, no se podía creer lo que haría; era la primera vez que hacía algo así.

Al final lo empapó, cubriéndolo por completo. Se detuvo y miró a Miri. Ella no llevaba unas horas, y ya hacía cosas así de crueles.

Miranda lo observaba en silencio. Vio cómo la ropa del cadáver se oscurecía, cómo el brillo aceitoso se deslizaba sobre su piel.

Levantó la vista hacia la luna. Se preguntó una sola cosa: ¿Su abuelita aprobaría esto?

Algo le pareció extraño. El tono amarillento habitual no estaba. En su lugar, había un resplandor pálido y verdoso.

Parpadeó. Por un momento creyó que se estaba volviendo loca, pero no… era real. O al menos, así lo sentía.

El brillo de aquella luna parecía susurrarle algo. «Sé justa. Hija miá». Escuchó una voz femenina, pero lo único que hizo fue sacudir la cabeza. ¿Eso fue real?

Entró en razón. ¿Qué demonios estaba haciendo?

—Es-espera, por favor —dijo de pronto.

—¿Qué pasa?

Miranda se acercó al auto y, con esfuerzo, sacó el cuerpo del policía. Sus brazos dolían, pero no se detuvo. —No soy una bestia, como él —murmuró arrastrándolo lejos del vehículo. Luego volvió por la pala. —Quema el auto. Este es mi asunto, como dijiste.

Su voz tenía algo nuevo: firmeza, no rabia ni miedo. Firmeza.

Thiago la observó en silencio. Sonrió apenas con respeto a que hiciera lo correcto.

Ella cavaba. Él encendía fuego.

Las llamas comenzaron a devorar el coche, crepitando con violencia.

El calor iluminaba las piedras cercanas, lanzando sombras largas y temblorosas sobre la arena.

Miranda cavaba en una esquina, cada palada más profunda que la anterior. El sudor caía por su frente; se lo limpió con el antebrazo y siguió. —¡Fiu! Qué pesado…

Cuando el fuego comenzaba a extinguirse, ella ya había abierto una tumba lo suficientemente profunda.

Observó el cuerpo por última vez. Lo empujó dentro con una patadita. Cubrió el hoyo con tierra, sin lágrimas ni rencor. Solo cansancio.

Cuando por fin lo tapó por completo, el cielo empezaba a aclararse.

El plástico rebotó sobre la tierra. Una botella de Otracola cayó a su lado.

—Toma. Vamos a caminar mucho hoy. Mínimo un día hasta donde vamos. —Thiago bebió un sorbo y colgó la mochila al hombro. Llevaban lo justo para sobrevivir la caminata del desierto.

La tarde caía sobre ellos, arrastrando el calor seco y persistente. Ambos ya estaban agotados.

Thiago para subir las laderas, había tomado un trozo de madera vieja que encontró por ahí. La arena dentro de los zapatos raspaba los pies, y la piel empezaba a agrietarse por el sol. Para colmo, no soplaba ni una brisa.

—Oye —dijo Miranda de pronto. Ya llevaban horas sin hablar. Thiago giró apenas la cabeza. Tenía la cara roja y los labios resecos. —¿Qué pasa?

—¿Por qué le debías dinero a ese hombre?

—Digamos que soy ese tipo que gana dinero rápido…

—¿Le debías mucho?

—No. En realidad, él me debía a mí. —Thiago se cubrió los ojos con la mano, protegiéndose de la luz, y barrió el horizonte con la mirada.

—¿Entonces por qué le pagaste? —Miri estaba fatigada, ya queriendo descansar.

—Hay idiotas que no saben perder… y luego están los que, además de eso, son malas personas.

—¿No quiso devolverlo?

—No. Me obligó a entregarle más.

—¿Por eso le tendiste una trampa?

—No. Nada de eso, solo iba a darle el dinero e irme para jamás volver a esa ciudad.

—¿A poco no eras de ahí?

—No. Soy de Argentina. Mira, te lo resumo: Ese tipo andaba comenzando a hacer negocios sucios, estafando a la gente a la que le trabajábamos. Me obligó a correr una carrera que perdí a propósito para que perdiera más. No le gustó y me obligó a recuperarlo o me haría daño, justo cuando hacía el trabajo, apareciste tú. La moto quedó enfrente de la casa del tipo al que le robé. Ahora, cuando la vea, irá por él. Lo más seguro es que ya debe haberlo hecho y yo, yo no iba a advertirle. No lo merecía. —Miró para todos lados. —¿Y vos? ¿Cómo terminaste en una situación donde tuviste que matar a un policía? —Tomó un sorbo de Otracola.

—Salí sin permiso de casa. Ese tipo mató a mi amigo… y quería arrestarnos inventando cosas.

Thiago se detuvo y la miró. —Mala suerte —Luego siguió caminando.

—¿Te molesta que lo haya matado?

—No. La verdad, no.

— ¿Te molesta que te haya metido en todo esto?

Ambos frenaron.

—¿Importa? —Thiago se encogió de hombros. —Ya soy tu cómplice. Ya está. Mejor piensa qué vas a hacer ahora que no podés volver. Supongo que debes tener algún familiar por ahí. —Abrió la botella y bebió otro trago.

—Mi papá dice que toda nuestra familia está en Brasil. Pero por alguna razón jamás me ha dejado contactarlos.

—¿Y tu vieja?

—¿Vieja? Ah, mi madre… se divorció cuando yo era chiquita. Huyó de Brasil a México. Papá vino a buscarla… pero nunca la encontramos.

—Bueno, ahí tenés tu objetivo; búscala. Quédate con ella.

—No quiero buscarla —Miri se detuvo otra vez, quedando pensativa.

Subían cerros, bajaban matorrales. Tenía razón. No tenía a dónde ir.

No tenía suficientes estudios. Nunca trabajó. Sólo sabía leer y escribir lo básico. ¿Y si la encontraban los policías?

Avanzaron en silencio, hasta que llegaron a una loma. Miranda le dio la mano a Thiago para ayudarlo a subir. La idea llegó con una sonrisa.

—Oye… ¿Y si me quedo contigo, chico raro? —preguntó, tomándolo por sorpresa.

La luz del atardecer caía detrás de Miri, y por un momento, él la vio distinta: había algo en su sonrisa, en su figura. Thiago pudo jurar que despedía un aroma erotógeno en ella: un olor que no podía negar que lo ponía caliente.

Tenía que admitirlo, era una chica hermosa, pero más que hermosa. Como si tuviese enfrente a la misma afrodita.

Subió y luego se limpió el polvo del pantalón.

La miró —No —fue su respuesta.

—¿¡Qué!? ¡Espera! ¿Por qué no? —Miri se encogió de hombros siguiéndolo. Sintió raro: ningún hombre, además de su padre, solía darle esas respuestas cuando usaba ese tono. —¡Vamos! No me digas que no sé manejarme…

Él se acercó, con seriedad. La arrinconó contra la pared de piedra más cercana.

—Esto no es un juego, y te lo digo en serio. Sos de esas personas que traen problemas a quienes tenés cerca. Y si no hay nadie a tu alrededor… te los provocarás a vos misma.

Sus palabras fueron un puñetazo. Miri y Thiago se miraron por varios segundos. Ella no supo qué decirle. Pero tampoco pudo quitarle la mirada. Su única respuesta fue arrastrarse para sentarse contra la roca.

—Lo lamento, pero si no te lo digo, vas a terminar matándome también. —La soltó y siguió caminando. Dio varios pasos, subió la ladera. Entonces se dio cuenta: no la escuchaba, así que volteó, viéndola aún sentada. —¡¿Vas a venir?! —Gritó.

Miranda se puso de pie. Lo observó desde abajo al intentar agarrarse de una piedra.

Parecía uno de esos tipos que siempre sobreviven.

Los que entierran a sus camaradas y viven para contar la historia, viejos y solos.

Cuando lo alcanzó, le dijo —Gracias — Y siguió caminando.

Claro que habría sido una estupidez que él la aceptara.

¿Quién, en su sano juicio, ayudaría a alguien como ella?

Pensó eso y apretó el paso.

La noche ya había caído.

Ambos estaban exhaustos, los pies pesados, la espalda partida por el cansancio.

—Es demasiado peligroso seguir de noche —Thiago se detuvo junto a una formación de rocas. —Será mejor descansar. Si todo sale bien, llegaremos al atardecer de mañana. Solo espero que no tengan toques de queda, o en el peor de los casos, sepan de vos y lo que hiciste. —Se dejó caer en el suelo con un suspiro, bajó la mochila y comenzó a revolver entre sus cosas.

Sacó un par de latas abolladas y más Otracola. Le lanzó una a Miranda.

—Toma. No es gran cosa, pero es mejor a morirse de hambre.

Era atún enlatado. Seco, salado y miserable.

Encendió una pequeña fogata con ramas secas. La llama crepitó débilmente, pero suficiente para darles algo de calor.

Mientras comían, el silencio pesaba. Miranda lo miró de reojo. El calor de la fogata le dibujaba sombras en el rostro a ese muchacho.

Había algo que le carcomía: el silencio.

—Oye… ¿ te puedo hacer otra pregunta?

Él levantó la vista, masticando despacio el atún con los dedos. —Dime.

—¿Cómo acabaste en México?

Thiago dudó unos segundos. Se encogió de hombros.

—Dudo que volvamos a vernos, así que no pasa nada si te lo cuento.

Cuando cumplí quince, mi viejo me echó de casa. Discutimos siempre por todo. Por cómo llevaba la casa, por cómo respiraba… no sé. Tuve que hacerme solo. No le importaba nunca, así que cuando intenté hacer que me viera, solo me echó. —Miró al fuego— Conseguí contactos, aprendí rápido. Hace dos años crucé hasta aquí. Pero ya estuve en otros lados: Perú, Paraguay, Colombia, Costa Rica… Cuba también.

Miranda lo miraba como si escuchara a un personaje de película. Él era todo lo que ella quería ser… estaba impresionada. Su libertad le maravillaba.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

Eso la dejó boquiabierta. Cinco años viviendo al filo. Un aventurero real.

Iba a decir algo más, pero él la cortó con una mirada. —Come. —Era de esos, los que solo cuentan lo justo.

Después de comer, apagaron la fogata, y se turnaron para vigilar.

Él tomó la primera mitad de la noche. Miri dormiría.

Se sentó en una piedra y miró hacia la luna, que estaba pálida, lejana, de color amarillo.

Pensaba en lo que le había dicho a Miranda. En su dureza.

Quizá se había pasado. Ella no le había hecho nada malo en especial.

No era la primera vez que viajaba con alguien, pero la última persona a la que llamó “compañero” terminó traicionándolo: lo obligó a correr una carrera y después a robar dinero.

—Imbécil… Ojalá te hayan dado tu merecido —murmuró, para sí mismo.

La noche seguía su curso como si nada. Thiago parpadeaba con pesadez. El sueño comenzaba a cerrarle los ojos, cuando un sonido lo arrancó de golpe.

Pisadas; ladridos y lenguas agitadas.

Una pequeña manada emergió entre la oscuridad: siete lobos mexicanos, silentes al principio, luego rugiendo con rabia.

Rodearon el campamento en cuestión de segundos.

Thiago se paralizó. —Mierda… —susurró. —¡Ey, oye, despierta!

Volteó hacia Miranda. Dormía como alguien que no trabajara. —¡Despierta ya, carajo!

Ella abrió los ojos de golpe. —¿Qué? ¿Qué pasa? —Se incorporó, desorientada. Vio a los lobos. Soltó un grito ahogado. —¡¿Esos… esos son lobos?!

—¡No!Son perritos buscando afecto. ¡Claro que son lobos, maldición!

Miranda gateó hacia él, se aferró a su brazo. Los animales gruñían, tensos y preparados para atacar. —¿Qué hacemos…? —murmuró ella, resignada.

Thiago no respondió. Solo susurraba: “Dios mío… Dios mío…” justo se le había ocurrido apagar la fogata, que pudo ser lo único que les ayudaría contra estas bestias.

Los lobos ya mostraban los dientes.

—Bueno, chica —dijo, con la voz tensa. —Supongo que fue un placer.

—Miri, mi nombre es Miri.

Volteó a verla y asentó con la cabeza.

Miranda lo miraba. Había algo en su rostro… como si supiera que no saldrían de esta. No había forma de hacerlo. ¿Ese era el castigo? ¿Ser devorados por animales en medio de la nada? Vaya castigo divino.Comenzó a mirar para todos lados en busca de una salida. «En el cielo, hija miá» Volvió a sonar la voz. Alzó la vista asustada. Otra vez la luna, no amarilla, sino verde.

«Ya estás vinculada al arma, úsala» sonó por última vez cuando el lobo líder de la manada se lanzó contra ella.

—¡Rwoar! —rugió la bestia. Pero un disparo lo derribó, soltando un chillido.

Miri tenía el arma alzada con el humo saliendo del cañón. Su mano no paraba de temblar.

«Eso no tiene balas» Pensó Thiago atónito.

—¡Kya! —Gritó Miri apretando la mirada al igual que al gatillo. Lo hizo esperando nada, pero el disparo sonó igual. Un estruendo seco que iluminó la noche. El proyectil dio en el blanco, justo entre los ojos del segundo lobo. Un aullido espantoso desgarró el aire y el cuerpo del animal cayó como una piedra. Los otros se congelaron.

—¿Qué? —Miranda, al ver que funcionó, se puso de pie. Disparó otra vez. Uno en la sien, y otro también.

Las últimas bestias comenzaron a retroceder, confundidas y asustadas, con la cola entre las patas. La noche volvía al silencio. Seguía apuntando, con la mano temblorosa. Viendo el humo del gatillo salir de la boquilla del arma.

Thiago se quedó estupefacto. —¿Cómo hiciste eso?

Ella no respondió.

Él se acercó, aún sin entender, y le quitó el arma con suavidad. Abrió el cartucho. Vacío. Tal como lo recordaba.

—¿Cómo disparaste un arma sin balas? —preguntó con la voz incrédula.

Miranda se quedó en blanco. —¿No tenía…? —miró el arma—. ¿De verdad?

Él volvió a revisar el cargador. Vacío. —¿Cómo hiciste eso? —insistió.

—Yo… yo no lo sé —balbuceó. Y no mentía. No sabía. Simplemente pasó.

Thiago, todavía desconcertado, recargó el arma y apretó el gatillo. Nada. Ni un chasquido. Miranda, por curiosidad, la tomó de nuevo. Apuntó al suelo. Un disparo estalló, seco y contundente, con la bala hundiéndose en la tierra. Del susto, soltó el arma y salió corriendo tras Thiago, que retrocedía con ojos como platos.

—¡¿Qué carajos?! —gritó él.

—¿Cómo hice eso…? —preguntó ella, más a sí misma que a él. Miró al cielo. La luna ya no estaba verde.

Thiago la miraba entre atónito y molesto. Se acercó y le revisó las manos, como si esperara encontrar alguna trampa, algún dispositivo, alguna lógica. —¿Cómo demonios hiciste eso?

Volvió por el arma y se la entregó. —Hazlo otra vez. Miranda apuntó al suelo. Otro disparo. Ya no hubo gritos, solo silencio. Se miraron.

Thiago miró los cuerpos de los lobos. Cada tiro, exacto. En el mismo sitio.

—Bueno —retrocedió para tomar su mochila. —Me voy —Se agachó a recoger sus cosas. —Una chica que dispara sin balas… no, gracias. No pienso ser parte de esto. —Se acercó a ella, con expresión tensa. —Sigue ese sendero. Te llevará directo a la ciudad. Lo siento. Me das miedo. —Le dejó tres Otracolas y se dio la vuelta. —Por favor… no me sigas.

Comenzó a alejarse, subiendo una loma arenosa. Cada paso lo sentía más ligero y culpable. Al llegar a la cima, se detuvo. Sabía que no debía voltear. Dios… todos saben lo que pasa cuando volteas después de abandonar a alguien. —No mires atrás, no mires atrás, no mires atrás —se repetía. Pero cuando se dio cuenta, ya lo había hecho.

Miranda estaba acurrucándose en su saco de dormir. No había tocado el arma, ni las botellas. Solo se había tapado y lloraba. No hacía falta estar cerca para escuchar el “sniff, sniff” que se arrastraba con el viento nocturno. Thiago suspiró. «Demasiado duro, pensó». Volvió sobre sus pasos.

Se agachó junto a ella, recogió las botellas y se las acercó. —Ey. Guarda esto. No querrás deshidratarte mañana, ¿verdad?

Miranda salió del saco lentamente con los ojos hinchados, sollozando.

—Pensé que te habías ido, S-sniff.

—Que va, te prometí que te llevaría a la ciudad.

—Pero… ¡No tengo a dónde ir!. Mi abuela murió, sniff-sniff, ahora soy un fenómeno. Ya no sé qué hacer. Quería que me comieran los lobos como un… ¡Como un jardín Sorpresa! —Lloró con todas sus fuerzas.

Thiago había perdido. —Mira… puedes quedarte conmigo un tiempo, hasta que encontremos un lugar donde puedas asentarte, ¿sí?

—Pero… tú dijiste que soy un fenómeno. Que podrías morir por mi culpa.

Él pensó un momento. —Y sí, pero, ¿qué me queda? Ya estoy metido hasta el cuello en tus problemas. ¿No te lo dije?

—¿No te enoja que esté contigo? Sniff.

—¿Qué importa? Ya lo decidí. Vas a venir conmigo. Compañera.

—¿Aunque sea un fenómeno?

Él sonrió, sacudiendo la cabeza. —Sí. Aunque seas un maldito fenómeno.

Eso la molestó. Frunció el ceño, como a punto de replicar, pero algo en su tono la detuvo. Entonces él remató con el chiste más cruel y absurdo que se le pudo ocurrir. —Solo prométeme que no me vas a matar como al policía… o a tu abuela, con esa arma embrujada. ¿Sí, fenómeno?

Miranda lo miró con seriedad. La furia le bailaba en los ojos. Pero no aguantó. Soltó una carcajada rota, entre llanto y risa. —¡Ay! ¡mi Abuelita! ¡ahh!…

Y él la abrazó con fuerza, riendo también, a carcajadas desordenadas. —¡Ja ja ja! Por cierto, me llamo Thiago.

—Sniff, sniff… Un gusto. Thiago, sniff sniff.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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