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Emma en el bosque de bestias - Capítulo 35

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Capítulo 35: ¡Hongos!



Emma

La noche cayó sobre nosotros, y no hubo de otra que buscar un lugar para descansar cerca de un arroyo. Aran encendió una fogata con un poco de leña y piedras. La verdad es que tardó casi una hora en lograrlo. El fuego chisporroteaba con suavidad, lanzando destellos anaranjados que iluminaban nuestras caras y las sombras que se alargaban a su alrededor. Aran estaba de pie junto a la fogata, con una expresión concentrada mientras rebuscaba en su mochila. Yo me senté en el suelo, abrazando mis piernas y tratando de ignorar la ligera incomodidad que me producía el ambiente.

No podía dejar de preocuparme por Ivan, y al parecer en mi rostro se notaba, porque Aran me miró y dijo:

-Señorita, usted debe confiar en mí. Ivan es más fuerte de lo que usted se imagina. -Sacó algo de su mochila y sonrió satisfecho. Eran unos hongos que había encontrado en el camino.

El parecía convencido de que eran comestibles, pero había algo en su actitud que me daba la sensación de que no se había detenido a investigar demasiado.

-¡Mire esto! Los encontré en el río. Están frescos y perfectos para cocinar. -Estiró la mano hacia mí- Ya verá que esta noche, cenará como una reina.

Le eché un vistazo a los hongos, tratando de no mostrare dudosa, aun así, no pude evitar preguntar;

– ¿Seguro que estos son buenos para comer?

Aran me miró con una sonrisa despreocupada y comenzó a cortarlos con un cuchillo viejo que sacó de su mochila. Yo empezaba a creer que esa mochila era mágica, tenia de todo.

– Claro que sí. Ivan los cocinaba todo el tiempo, recuerdo que la primera vez que cocinamos juntos, utilizamos estos -dijo mientras los lanzaba a una hoya de agua hirviendo en el fuego, el aroma que comenzaba a surgir era terroso, algo amargo, pero no tan fuerte como para alarmarme.

-Y así le vamos agregando un poco de pimienta, sal y cilantro -contó, mientras agregaba otras especias que fueron cambiando el aroma a un poco más apetecible.

Me sentía preocupada por Ivan, pero al estar ahí con Aran, escuchando sus ocurrencias y observando cómo se esforzaba para no quemarse en su “intento de hacer la cena” empecé a sentirme un poco más calmada. Al punto de que no pude evitar reír.

-¿Entonces, tú fuiste quien enseñó a Ivan a cocinar? -interrogué mientras aguantaba la risa.

-No exactamente, pero digamos que influí en su aprendizaje. -Ladeó una sonrisa y me guiñó un ojo.

-Bueno, voy a creerte. Pero, que eso no se vuelva una costumbre -reí-. Si no quieres que te ayude, ¿al menos me contarías alguna historia? -le pedí, recostándome contra un árbol y cruzando los brazos. El ambiente estaba tan tranquilo, y la luna brillaba débilmente entre las copas de los árboles, dándole un toque mágico a todo. A pesar de los sonidos extraños que se podían escuchar a lo lejos.

Aran levantó la vista de la olla y me miró con una expresión que parecía decir “¿una historia?”. Luego sonrió.

-Ah, ¿una historia? Bueno, si insiste… -dijo, dándole vuelta a los hongos con un palo, mientras pensaba por un momento. – Le contaré una de esas historias que ni Iván ni yo recordamos con mucho entusiasmo.

Mi curiosidad se despertó.

-¿Qué pasó? -pregunté, acomodándome mejor para escuchar.

Aran suspiró, casi como si estuviera mirando a través de la bruma del tiempo. Sus ojos se suavizaron por un momento, y entonces comenzó a hablar, mientras sus manos continuaban moviéndose con destreza en la olla.

-Cuando éramos niños, Iván y yo solíamos ir por ahí explorando. A veces nos alejábamos tanto de la casa que ni siquiera nos dábamos cuenta de lo profundo que nos adentrábamos. Pero había una vez… -hizo una pausa, como si la imagen viniera a su mente-, una vez que nos perdimos de verdad.

Sonreí, imaginándome a los dos niños bestias corriendo por el bosque sin pensar en nada más que en la aventura.

-¿Y qué pasó? -pregunté, casi ansiosa.

Aran se rió con suavidad, como si lo que iba a contar le causara una mezcla de diversión y vergüenza.

-Pues resulta que, en medio de todo el juego, encontramos una serpiente. Bueno, más bien, la serpiente. Era una de esas grandes, con escamas brillantes que casi brillaban a la luz del sol. Colmillos afilados y hacia un sonido extraño y vibrante. Iván, quería acercarse a ella. Yo vi el peligro. Sabía que no era buena idea. Y se lo dije señorita. Le dije “ivan, no es buena idea” ¿y qué hizo él? Siguió y, ¿qué hice yo? -Aran se giró hacia mí, sonriendo con picardía-Me eché atrás y me fui. Lo dejé allí, solo.

Me quedé boquiabierta, mirando a Aran.

-¡¿Lo dejaste?! -exclamé, sin poder evitar reírme. – ¿¡Lo dejaste ahí solo!?

Aran se encogió de hombros y siguió cocinando, como si la vergüenza de ese momento ya no le importara tanto.

-¿Sabe? En mi defensa, pensaba que Iván sabía lo que estaba haciendo. Siempre fue el más valiente de los dos. Yo solo… no quería acabar siendo comida de serpiente venenosa -sonrió despreocupado, pero sus ojos brillaban con una mezcla de arrepentimiento y diversión. -Al final, después de un rato, volví a buscarlo. Pero, ya sabe cómo es el lobito. Cuando lo encontré, no estaba muy contento.

Solté una carcajada al imaginarme a Iván furioso en el bosque. No sería raro, pero aún así, me causaba gracia.

-¡¿Cómo reaccionó?! -pregunté, con los ojos brillando de curiosidad.

Aran giró los ojos hacia el fuego, como si pudiera ver el recuerdo allí, y luego dijo:

-Se enfureció tanto que cuando me vio, soltó un montón de maldiciones y me dijo que iba a lanzarme al lago río de los muertos. En serio, nunca lo había visto tan furioso. Traté de justificarme, pero… Ese día, corrí por mi vida como nunca lo he hecho.

-¿Logró atraparte? -pregunté, aún con la risa colándose entre mis palabras.

Aran se rió también, recordando el tono de su voz cuando le gritaba a Iván.

-No lo recuerdo con claridad. Pero sigo creyendo que Iván no entiende lo de la “autodefensa”. En su mente, yo tenía que quedarme allí, junto a él, enfrentando a la serpiente. Y como no lo hice, se sintió traicionado. -Aran agachó la cabeza como si estuviera avergonzado, pero su sonrisa aún estaba presente.

Mi risa se apagó poco a poco mientras me imaginaba a los dos chicos perdidos en el bosque, peleando y luego, probablemente, volviendo a ser los inseparables amigos que eran. Y que en ahora, ya no eran ni la mitad de eso.

Aran me miró y dijo:

-Sé lo que está pensando señorita hermosa. Y, aunque el lobo malhumorado y yo no seamos tan unidos como antes, aún así, lo somos. Y eso gracias a usted.

Sonreí y miré el plato humeante que Aran puso frente a mí.

-Supongo que sí -respondí, mientras me levantaba para acercarme. -Aran… -musité, mirándolo a los ojos.

-¿Sí? -respondió, también mirándome a los ojos.

-La próxima vez que veas una serpiente, asegúrate de no dejarme a mí -bromeé.

Aran soltó una risa y comenzó a servir los hongos en su plato.

-Prometo no hacerlo -rió.

Nos sentamos juntos, el fuego crepitando suavemente entre nosotros, mientras continuábamos riendo por las tonterías de nuestra infancia. Pero la mínima cosa parecía demasiado graciosa.

-¡No puedo! ¡Es que no puedo parar de reír! -dije entre carcajadas, con los ojos casi cerrados por la risa. Aran, con el plato en la mano, intentaba calmarse, pero sus risas solo aumentaban.

Solté mi plato y lo hice aún lado.

-Ya me duele el estómago de tanto reír -dijo Aran, tapándose la cara con las manos, mientras se sacudía de la risa.

Lo miré, y me encontré riendo aún más. No sabía por qué, pero todo me parecía tremendamente divertido. Un par de palabras, una sonrisa, y allá íbamos, riendo como si fuéramos dos niños otra vez.

Pero, de repente, Aran se detuvo, y su risa se cortó. Miró la sopa en su mano y luego sus ojos se entrecerraron, como si algo no estuviera bien.

-¿Qué pasa? -le pregunté, aún con una risa ligera, notando que su rostro comenzaba a cambiar, como si de repente estuviera procesando algo.

Aran me miró, y se quedó un momento en silencio. Volvió a mirar la sopa con una expresión que, si no fuera por su risa, habría sido de preocupación.

-Señorita… -nombró entre risas. Pero esta vez, su tono sonó un poco más nervioso-. Creo que cometí un pequeño… error.

Me detuve por un segundo. No había escuchado a Aran hablar en ese tono antes. Algo no estaba bien.

-¿De qué estás hablando? -le pregunté, frunciendo el ceño, mientras un ligero escalofrío recorría mi espalda.

Aran miró el plato y luego levantó la mirada hacia mí, sin poder detener la sonrisa tonta que no se le quitaba.

-Los hongos… -empezó, intentando mantenerse serio, pero sus ojos brillaban con esa risa que ya no podía apagar. – No son los hongos que pensaba.

-¿Qué? -cuestioné, ahora más atenta, pero también con una risa nerviosa comenzando a asomarse.

Aran se pasó una mano por el cabello, intentando contener su risa.

-Es que.. creo que… son alucinógenos -emitió casi entre dientes, pero riendo tanto que me costó creerle. – ¡Me confundí! ¡Yo pensaba que eran solo unos hongos comestibles, pero al parecer… son otra cosa!

Me quedé en silencio por un momento, mirando a Aran y luego mirando la sopa, como si fuera la fuente de todo lo que estaba pasando. La realidad de lo que había dicho empezó a llegar lentamente. Y entonces, como si se hubiera desatado una bomba, comencé a reírme de nuevo, pero ahora con un toque de incredulidad.

-¡¿Alucinógenos?! -exclamé, sin poder creerlo. -¡¿Estás diciendo que los dos estamos a punto de volar por los cielos?! Aunque eso ya lo hicimos. ¿Veremos dragones o algo así?

Aran no pudo evitar soltar una carcajada, y de nuevo nos dejamos llevar por la risa, como si no importara lo que hubiera pasado, como si todo fuera parte de una gran broma cósmica que solo nosotros entendíamos.

Pero después de unos minutos, nuestra risa comenzó a calmarse. El aire, que antes estaba lleno de carcajadas, comenzó a sentirse un poco más denso. Me quedé mirando el fuego, con la sensación de que las llamas estaban bailando más cerca de lo que deberían. Aran también dejó de reírse, y por un momento, ambos nos quedamos en silencio, como si el ambiente hubiera cambiado repentinamente.

Hubo un silencio corto, la brisa se paseaba en medio de ambos y sentí frío. Entonces se dio cuenta cuando mi piel se erizó y empecé a frotar mis manos sobre mis hombros.

-Oh, espere, yo tengo un abrigo. -Tomó la mochila y tras sacar varios objetos, sacó el abrigo, lo colocó sobre mis hombros y volvió a meter todo en su lugar.

-Esa mochila, ¿acaso es mágica al igual que tú? -interrogué, con una risa boba y cansada. Sentía los párpados caídos.

-No. -Sonrió, también con cansancio.

-Es que siempre encuentras lo que necesitas en ella -comenté.

Él movió la cabeza de un lado al otro, tocando sus hombros con su oreja. Yo me puse de pie como pude, porque estaba mareada. Subí a un tronco de un árbol caído y me sostuve de una rama. Por alguna razón sentí la necesidad de hacer eso. Aran también se puso de pie y fue a sostenerme para evitar mi caída.

-Quizás mi mochila si sea mágica señorita, pero yo solo soy una simple bestia en un bosque de bestias. No hay nada de mágicos en mí.

Abrí la boca mostrándome sorprendida. Pero luego la cerré de golpe y levanté una mano, y después, lo apunté con mi dedo índice, hasta que le toqué la punta de la nariz. Él abrió los ojos de par a par, observando mi dedo.

-Shhh. -Lo mandé a callar-Eres mágico.

-¿Por qué dice eso? -Se acercó a mí y me miró a los ojos.

Retiré mi dedo y coloqué mi mano en su mentón. Me di cuenta de lo enrojecida que estaba su cara. Yo me encontraba en un lugar un poco alto, por lo que él me quedaba más abajo, y para poder verme a la cara, debía mirar hacia arriba.



-Aran, tú eres muy gracioso. Eres educado, amable, aunque aveces das miedo…

Él rió por lo bajo.

-Aparte -continué-, eres lindo. Y me cuidaste. Y también estás aquí conmigo. Y también…

Él puso su mano sobre mi mejilla.

Tragué saliva, sentía la garganta seca y las mejillas me ardían. Pero no tenía vergüenza o incomodidad.

-Emma… -susurró.

-¿Por qué me interrumpes? No he terminado -reñí, fingiendo estar molesta.

El sonrió y me hizo seña para que continuara.

Sonreí y continué:

-También eres como un muñeco de nieve porque eres tan blanco como la nieve y si fueras una princesa, serías Blanca Nieves porque eres…

-Espere, no le estoy entendiendo. ¿Me está diciendo que parezco una chica? -Arqueó una ceja.

Tube que reírme.

-No… seguro no haz leído a Blanca Nieves y los siete enanos -dije.

Negó confundido.

-Bueno, ya te contaré después sobre qué… -En ese momento, puse mi pie en un lugar erróneo y me tambaleé. Aran intentó sostenerme pero caímos al piso. Yo sobre él. De inmediato me hice a un lado para revisar que no se hubiera lastimado.

-¿Estás bien? -interrogué.

-Si, ¿y usted?

Asentí. Él se sentó y me miró a los ojos.

-Emma…

-¿Aran…? -musité en respuesta.

-Por favor, quédese conmigo. -Se acercó un poco más a mí y empezó a quitar las hojas que se había pegado a mi cabello-No se vaya.

Sentí como el espacio entre nosotros se hacía más pequeño, el aire ya no era fluido. El corazón me latía rápido, pero no estaba nerviosa. Era como si todo el caos, las risas, el fuego y los hongos nos hubieran llevado hasta…ahí.

-No sabe lo feliz que soy desde que la conocí.

Nuestros labios se acercaron más, al punto de sentir su respiración. Su aroma a ropa guardada mezclado con madera. Embriagante.

-Y si usted me falta ahora, no sabría que hacer con mi existencia.

Cerré los ojos y entonces, sentí sus labios sobre los míos.



🤐

🕸Aran dice: Perdón lobito jajaja.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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