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Emma en el bosque de bestias - Capítulo 38

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Capítulo 38: capitulo 38

Iván

¿Mi corazón dejó de latir?

“¿Cómo le digo que no?” pensé, y en ese momento, los recuerdos volvieron como una avalancha, arrastrándome consigo: un salón con el piso lleno de arena. Sin techo, la lluvia caía sobre nosotros. Éramos niños que lo único que queríamos era ser, literalmente, niños. Sin embargo, aquel lugar al que nuestro padre llamaba el Templo Rojo, era donde, según él, debíamos demostrar nuestras habilidades, obligándonos a pelear entre nosotros y con otros niños que también eran entrenados para ser guerreros.

Esa noche, las gotas de lluvia corrían por nuestros cuerpos, llevándose consigo la sangre derramada. La sangre de mi hermano.

Fue esa misma noche que llegó mi destierro, el castigo al que se me condenó. Un silbido ensordecedor me sacó de mis pensamientos y apagó mi audición.

Comencé a sentir que todo daba vueltas.

“No puedo volver, aunque quiera.” Volver ahí significaba revivir aquello, abrir una herida que había cicatrizado de manera superficial, pero que seguía doliendo cada noche, cada vez que llovía, y cada vez que veía mi reflejo en el agua.

“No puedo ir allá.”

Otros recuerdos aparecieron de golpe: mi padre golpeándome sin descanso con cadenas gruesas, las mismas con las que me ataba a barrotes de acero, dejándome suspendido en el aire por días enteros en el lugar más oscuro y espeluznante del castillo de los hombres lobo. Todo porque yo era el más débil de sus hijos, y de todos los niños que entrenaban.

“Ver la cara de mi padre otra vez, despertará por completo la parte bestial que aún duerme en mí.”

Emma debe entender que no puedo hacerlo.

Y cuando estuve al borde de soltarlo todo:

—Entonces, visitaremos a los lobos —especuló Aran, haciéndonos saber que todo el tiempo había estado sobre un árbol, viéndonos y escuchándonos.

—¿Es en serio? —apareció Azumi de la nada—. ¿Vas a hacer lo que ella diga? ¿Iván, estás loco?

—Entonces, ¿sí vendrán? —interrumpió Emily desde los arbustos. Luego salió con el cabello lleno de hojas. Sabía que estaba cerca; su olor característico de los lobos destacaba entre los demás.

—¡Oye! ¿Y tú desde cuándo estás ahí? —preguntó Aran, sorprendido.

Bajé la cabeza y negué ligeramente mientras trataba de ignorar sus voces. Todavía sentía que todo daba vueltas.

—Claro que iremos —afirmó Emma, buscando mi aprobación con la mirada.

Cerré los ojos con frustración.

“No debo molestarme. Debo mantener la calma.”

—¡Claro que no! —Ese grito de Azumi resonó en mi cabeza como una punzada dolorosa.

—Azumi, ¿no tienes modales? No grites, no es necesario —riñó Aran, manteniendo sus facciones frescas y despreocupadas. Tranquilo.

Las voces de todos juntos… ya no podía más.

—¡Cierren la boca, ya! —ordené, abriendo los ojos.

Todos hicieron silencio.

Tomé aire y, en un suspiro, dije:

—Yo iré —mentí.

No iba a volver a ese lugar, pero quería que Emma saliera del bosque, que estuviera a salvo. Y mientras no la convenciera, ella no se iba a ir.

—¡Sí! —celebró Emma, triunfante.

—¿¡Estás loco!? —espetó Azumi, frunciendo el ceño.

—Iré solo… con Emily —añadí, mirando a Emma directamente.

Por unos segundos nadie dijo nada. Luego, Emma dio unos pasos al frente, mirándome confundida y, al parecer, molesta. Pero antes de que dijera algo, Azumi se interpuso.

—¡Ah no, claro que no! —replicó Azumi—. Si tú vas, yo también.

—Iván, no piensas dejarme… ¿verdad? —Emma buscaba alguna respuesta que le favoreciera en mis gestos.

—Ya lo he decidido, Emma. Iré solo.

—No pienso quedarme. Te acompañaré y…

—¡No! —solté, respirando hondo para evitar volver a gritarle. Luego, miré a Aran—. Iré al territorio de los lobos y tú llevarás a Emma al castillo. Y cuídala.

Aran miró a Emma, y luego me miró a mí, con esa expresión que decía: “A ver si ella quiere”. Ahí fue cuando la pelirroja caminó hasta mí y, como si no supiera que era más pequeña que yo, me desafió con su postura.

—¿Por qué? —Sus ojos brillaban desafiantes.

Levanté un poco la barbilla y, desde arriba, la miré.

Su intento de rudeza falló; demasiado tierna para ser maligna.

—Debo ir, o…

—¿O qué? —interrumpí.

Todos nos miraban, pero en los ojos de Aran había un atisbo de algo que no pude descifrar en ese momento.

—Tú querías que fuera, si no, ibas a ir tú. Así que estoy haciendo lo que me pediste que hiciera —comenté, tratando de mantener la calma, casi apretando los dientes.

—Trataba de convencerte de ir juntos —confesó Emma—. Quería que me acompañaras.

—¡Emma, haz lo que te digo y, por favor, deja de ser tan terca! —Perdí la paciencia—. ¡Necesito que aclares tus ideas! ¿Es lo que quieres, no? Iré con Emily, veré qué está sucediendo. Y tú, te largarás a tu mundo. —Señalé en cualquier dirección con el dedo, indicándole que se fuera.

Ella alzó una ceja y luego sonrió.

—Saca tus dientes afilados todo lo que quieras. Grita y patalea, pero no me vas a detener —aclaró—. Vamos a ir juntos. Punto.

Ella no iba a hacerme caso. A menos que…

Me agaché un poco y la miré a los ojos con firmeza.

—Si tú vas, serás un problema más del que tendré que ocuparme. —Levanté la barbilla y la miré como si fuera una molestia.

Sus cejas se hundieron en una expresión de tristeza, como si mis palabras le hubieran perforado el corazón.

—Oye, ya basta —ordenó Aran, caminando hacia mí.

—Emma, todo lo que haces es estorbar. Meterte en problemas. Por tu culpa casi me convierto en comida para un monstruo —mi tono era deliberadamente cruel, como si buscara hacerla llorar.

Pero ella retuvo las lágrimas, aunque sus mejillas estaban tan rojas como su nariz.

Aran puso una mano en mi pecho e intentó hacerme retroceder.

—¿Por qué le dices esas cosas? —preguntó y luego me empujó con fuerza.

—No, Aran, déjalo —dijo Emma, con una mirada firme que apenas ocultaba el dolor. Sus ojos se encontraron con los míos, desafiantes—. No me hieres, Iván. Reconozco la intención cuando la veo… y he sobrevivido a cosas mucho peores. Insultos como los tuyos son solo el ruido de un novato.

—Novato… —murmuré, entrecerrando los ojos. Su comentario logró perforar la fachada fría que intentaba mantener. Pero antes de que pudiera responder, el aire se cargó con un extraño sonido.

¡Zzzip!

Reaccioné al instante, casi por instinto. Me lancé hacia Emma, apartándola de la trayectoria de un dardo que se incrustó en el suelo a pocos centímetros de donde estaba de pie.

—¡¿Qué está pasando?! —gritó Aran, agachándose mientras sus ojos escaneaban el bosque con rapidez.

—¡Es una emboscada! —avisó Azumi mientras veía a todos lados.

Me incorporé, y mi mirada se cruzó con la de Emma, quien todavía estaba en el suelo, confundida y asustada.

Otro dardo silbó en el aire, y esta vez, lo vi demasiado tarde.

Un pinchazo agudo en mi cuello me hizo tambalear. Llevé una mano al lugar, pero mis movimientos se volvieron torpes, como si la fuerza abandonara mi cuerpo con cada segundo que pasaba.

—¡Iván! —Emma intentó levantarse, pero un tercer dardo la alcanzó en el brazo. Sus ojos se abrieron con terror mientras su cuerpo cedía y caía al suelo.

—¡Emma! —grité, mi voz ya debilitada.

Miré a Aran, quien también había caído de rodillas, intentando arrancarse un dardo del costado. Su expresión de sorpresa se transformó en enojo antes de que sus párpados comenzaran a cerrarse. Miré al otro lado y los demás ya estaban en el suelo con dardos en su cuerpo.

El bosque empezó a girar. Mis piernas se negaron a sostenerme, y finalmente, caí de bruces contra el suelo.

Emma

La primera sensación fue el frío de algo áspero rozando mis brazos. Luego, el vaivén de un movimiento que no controlaba. Sentí que me arrastraban, que mi cuerpo era llevado como un peso muerto entre manos que parecían más ásperas que humanas. Traté de abrir los ojos, pero mi cuerpo seguía pesado, atrapado en una neblina que me impedía moverme.

Oía voces, aunque eran distantes, casi como un eco en mi mente.

—¿Quiénes son? ¿Los conoces, Naom? —preguntó una voz, grave y decidida.

—Ella… esta niña es de quien te hablé. Y esa de allá.. es mi, mi hermana. —Esta voz era más suave, pero conocida.

Después, todo se desvaneció nuevamente.

Cuando volví a ser consciente, no sabía cuánto tiempo había pasado. Mis ojos se abrieron con esfuerzo, y lo primero que vi fue un techo formado por ramas entrelazadas, cubiertas de musgo y flores de colores vibrantes. Sentí algo mullido y fresco bajo mi cuerpo; era una cama hecha de lianas y hojas, increíblemente cómoda a pesar de su apariencia rústica.

El aroma a especias invadió mi olfato: canela, nuez moscada, y algo dulce y desconocido que me relajaba. Por pequeños agujeros en las paredes de la habitación, los rayos del sol se colaban tímidamente, iluminando los colores vivos de las flores que decoraban todo el espacio.

“¿Estoy soñando?” Pensé. Pero abrí mis ojos de par a Par cuando otro pensamiento llegó a mi mente: “¿Estoy muerta y ascendí?”

Me incorporé de inmediato y miré mis manos para asegurarme de que podía moverme nuevamente. Toqué mi cara y mi cabello. Y al darme cuenta de que estaba viva y que seguía respirando, solté airé aliviada.

—¡Que susto!

Las paredes parecían respirar con vida propia, cubiertas de pequeñas enredaderas que se mecían suavemente. A lo lejos, escuchaba risas y voces, un bullicio cálido que me atrajo.

Dudé en bajarme de la cama. Pues el piso estaba cubierto de un pasto verde y brillante. Por un momento no creí correcto pisarlo, demasiado hermoso para ser real. Pero luego de unos segundos, lo hice. Miré a mi lado y ahí estaba Azumi, dormida en otra cama. Quise detenerme y despertarla pero, el bullicio contento de afuera, me hizo seguir hasta la puerta y abrirla.

Lo que vi me dejó sin aliento.

Era una pequeña aldea en alguna parte del bosque, completamente mezclada con la naturaleza. Las casas parecían estar suspendidas entre los árboles, hechas de madera, lianas y hojas. Todo estaba cubierto por un tapiz de enredaderas vivas que se retorcían suavemente, como si estuvieran al compás del viento. Flores de todos los colores brotaban en cada rincón, y el aroma era una mezcla dulce y especiada, predominando la canela.

Niños corrían por todas partes, sus risas por todos lados. Las personas ahí, tenían cabellos de colores irreales: blanco como la nieve, verde menta, azul suave y lavanda. Algunos de ellos tenían pieles de tonos inusuales, desde un blanco casi translúcido hasta un morado pálido o un rosado delicado.

Mujeres de rostros tan hermosos que parecían irreales cocinaban en fogones perfectamente creados. Sus manos trabajaban con rapidez, mezclando especias y preparando carne y pescado. Reían entre ellas mientras hablaban.

Hombres llegaban desde el bosque con pescado fresco y gallinas vivas, mientras otros construían o reparaban herramientas con un enfoque paciente y preciso.

Todo parecía mágico, pero a la vez, real. Las personas que vivían ahí parecían tan únicas, tan ajenas al desastre que conocía en el bosque de las bestias, que me costaba creer que no estuviera soñando.

Me pellizqué la mano para estar segura de que sí estaba despierta.

—¡Aunch! —quejé.

Y sí, lo estaba.

Pero mientras recorría el hermoso lugar con mi mirada, me encontré con un rostro conocido.

Y entonces la ví.

Su cabello rubio y limpio. Sus ojos rojos, pero ya no tan amenazantes. Una ligera sonrisa mientras hablaba con los niños y llevaba una cesta de frutas. Y, usaba un vestido blanco suave, que se movía con el viento.

—Naom —musité, apenas audible.

Luego, vi cómo un hombre alto, de piel morena, se acercó a ella y le dio un beso en la frente. Él miró en mi dirección y pude ver los cristales brillantes en su piel, similares a los de Netzum, pero con diferentes colores.

—Emma… —dijo ella, y la cesta de frutas cayó al suelo. No por mí, sino por quien apareció a mi lado. Los ojos de Naom se abrieron con terror—. Azumi.

Miré y ahí estaba la ninfa, con lágrimas y sorpresa en los ojos, viendo al hombre junto a Naom, de la misma forma en que él la miraba a ella. Como si se hubieran encontrado con un fantasma.

—Toke… —musitó Azumi, con los labios temblorosos. Sus rodillas se doblaron, y tuve que sostenerla.

—Oye, ¿estás bien? —pregunté, preocupada.

—No —respondió, con la voz quebrada.

El hombre al que Azumi había llamado Toke corrió hacia ella, pero ella no lo dejó acercarse.

—¿Qué significa esto? —interrogó Azumi, mirando a Naom, confundida.

Naom miro a todos lados esperando que nadie se hubiera dado cuenta de lo que sucedía. Parecía estar nerviosa.

—Entremos a la habitación. Allá podremos hablar —comentó Naom, acercándose a nosotros.

Las demás personas empezaron a darse cuenta de nuestra presencia y se quedaron observándonos con extrañeza.

—Por favor —insistió la ninfa.

Entramos.

Azumi se sentó en la cama y yo a su lado, aún sin entender nada.

—Naom, estoy a punto de perder la cordura. ¡Habla!—ordenó Azumi—Toke murió. Estoy segura de eso. Así que dime, ¿quién es este hombre?

Naom mantenía una expresión nerviosa, pero sus ojos seguían firmes, como si intentara evitar mostrar culpa o arrepentimiento.

Yo miraba a Naom, pero tuve que desviar la vista hacia a aquel hombre, Toke. Pues de repente empecé a notar una energía negativa que emanaba de si cuerpo, como humo negro rodeándolo. Una llama oscura ardía en el centro de su pecho. No sabía si era la única que podía notarlo. Pero en ese momento, no creí correcto preguntar en medio de aquella discusión.

Hubo un silencio tenso.

Naom no parecía querer responder, o más bien, no podía. Era notable el nudo que tenía en la garganta.

—¡Te hice una pregunta! —gritó Azumi, su respiración empezó ser más pesada.

—¡El es…! —Naom quiso responder, sin embargo, hizo una pausa y cerró los ojos con fuerza mientras apretaba los puños—El es Toke.

Azumi no dijo nada por unos segundos. Pero luego, una sonrisa forzada se pintó en sus facciones.

—¿Es una broma? —soltó—¿Crees que soy tonta?

—Es la verdad, Azumi. Soy yo —dijo el hombre, en un tono serio y sin titubear.

La sonrisa de Azumi, se desvaneció.

—¿Me estás diciendo, que alguien te resucitó? —preguntó, pero no recibió respuesta más que el asentir de él.

“¿Pero quién se supone que es este hombre?” Pensé.

Azumi miró hacia un lado y, como si una bombilla se hubiera encendido sobre su cabeza, dirigió su atención a su hermana.

—Las brujas lo trajeron de vuelta, ¿es eso? ¿Tú vendiste a tu familia a cambio de… esto? —preguntó mientras se levantaba para encararla.

—Yo no los vendí —masculló Naom.

—¿Quién es él? —pregunté, incapaz de contener la curiosidad.

Azumi, con los ojos llenos de ira y sin apartar la mirada de su hermana, respondió:

—Este hombre es con quien me obligaron a casarme. —Volvió la vista hacia Toke—. Este hombre es la razón por la que dejé al amor de mi vida. Y también es la razón por la que mi hermana le entregó nuestro reino y nuestra familia a las brujas.

No podía creer lo que estaba escuchando.

Naom apretaba los puños y miraba al suelo.

Toke, por su parte, no mostró culpa ni remordimiento. Su mirada permanecía fija en Azumi.

—Y dime, Naom, ¿eres feliz ahora?

—Azumi, yo…

—¡Te hice una maldita pregunta! —interrumpió Azumi con un grito.

Me sentí un poco mal al ver a Azumi de esa manera, tan rota. Y aun así, luchaba por mantener un semblante frío y amenazante.

Alguien tocó la puerta.

—¿Quién? —interrogó Naom sin apartar la mirada de Azumi.

—Naom, los prisioneros despertaron —avisó alguien desde afuera.

Fue entonces cuando recordé a los chicos.

—¿Dónde están Iván y Aran? —pregunté, preocupada.

—Están bien —respondió Toke con tono frío—. Los encerramos en el calabozo.

—¿Por qué en el calabozo? —pregunté, confundida.

Toke se acercó a Azumi.

—Azumi —musitó.

Ella levantó la mirada hacia él.

—Nunca me quisiste. ¿Por qué te comportas así ahora? —Las palabras de Toke me parecieron descaradas después de lo que había escuchado.

La mirada que Azumi le dio estuvo entre desagrado, ofensa y odio. Incluso Naom lo miró de manera extraña.

—Lo que sucedió ya está en el pasado. No vas a arreglar nada lastimando a tu hermana con palabras —continuó él.

—Morirte te dejó mal de la cabeza, ¿verdad? —espetó Azumi—. Esto no es por ti. Mi familia murió gracias a ella.

Él no cambió su expresión, tan fría como el hielo.

—Y si con palabras no cambiaré nada, espero que esto sí lo haga. —De un solo movimiento, Azumi tomó a Naom por el cuello y la estrelló contra la pared. Las venas sobresalían en los brazos de la ninfa por la fuerza que hacía, mientras su hermana se retorcía tratando de escapar.

—¡Azumi, no! —grité y corrí a intentar detenerla.

—No te metas —gruñó.

—No es culpa de Naom. Las brujas iban a encontrarnos; era cuestión de tiempo —comentó Toke.

Naom empezaba a voltear los ojos por falta de oxígeno.

—No es lo mismo que la muerte llegue cuando tenga que llegar, a que tu propia familia sea quien la lleve hasta ti —respondió Azumi.

—¡Ay! ¿Pero qué haces? Es tu hermana —dije, tratando de que la soltara.

—Si la matas, no serás diferente a una bruja asesina —insistió el hombre.

Azumi apretó la mandíbula.

“¿Qué hago? ¿Qué hago?” Miré a todos lados en busca de una solución.

—A-zu-mi… —balbuceó Naom como pudo—. Yo… estoy…

—No me importa lo que tengas para decir.

—¡Ay, por favor ya! —gimoteé.

De pronto, mientras miraba a Naom, noté que algo brillaba en ella. Literalmente. Una luz emanaba de su abdomen. Abrí los ojos de par en par.

—Eso es… —musité—. Azumi, ¡espera! Naom está…

—Naom está esperando un hijo —reveló Toke, sosteniéndole la mano a Azumi—. Mátala, pero ten en cuenta que también estarás llevándote la vida de un ser inocente.

Azumi soltó a su hermana y retrocedió.

Naom cayó al suelo y Toke se apresuró a ayudarla.

“¿Cómo es que pude ver eso?” pensé, confundida.

El dolor y la confusión eran evidentes en el rostro de Azumi. No tardó mucho en abrir la puerta y salir.

Salí detrás de ella, pero al hacerlo, me di cuenta de que ya estaba anocheciendo. Ese lugar estaba lleno de personas en lo que parecía ser una fiesta.

Había muchas velas encendidas entre las ramas de las esquinas, iluminando el ambiente. Sobre una mesa larga y amplia de madera se veía mucha comida. Todos disfrutaban. Un chico tocaba el arpa, otro la flauta, y algunas chicas bailaban. La sensación era mágica. Ellos desprendían felicidad, encanto, calma, y unión…

De pronto, escuché una voz conocida.

—Así es, damiselas. Soy un Ninfo de tierra. Sí, pero no. Estoy soltero, pero no disponible.

—¿Aran? —musité.

Entonces lo encontré. Estaba ahí, sentado en un tronco, rodeado de chicas que lo miraban con emoción.

—¿Cómo puedes estar soltero pero no disponible? —preguntó una Ninfa joven de cabello rosado y piel blanca.

—Es complicado —respondió Aran.

Se veía tan seguro y calmado que casi me convenció de que hablaba en serio.

—Entonces, ¿te gusta alguien? —preguntó otra, esta vez de cabello negro y ojos azules.

Aran sonrió, pero no dio respuesta.

—¿De dónde vienes? No te había visto por aquí —dijo una rubia de ojos oscuros.

—Si les dijera de dónde vengo, no me lo creerían. Pero puedo contarles que he derrotado a muchos demonios en este bosque.

No pude evitar reír.

Él me vio y de inmediato se levantó para llamarme.

—¡Señorita hermosa, por aquí, venga! Vean, ella es de quien les hablaba. Es mi compañera de viajes. Estamos en una misión peligrosa, así que, por ahora, ella es como mi jefa.

Me acerqué y recibí miradas recelosas de las Ninfas.

—Hola… —dije, con timidez debido a lo incómodo que se tornó el ambiente.

—Así que tú eres la que le gusta —comentó la chica de cabello rosado.

—¡Qué! No, yo no dije eso —se apresuró a responder Aran.

—¿Yo? No, claro que no —aclaré.

Aran me sonrió, algo avergonzado.

—Aran, ¿podemos hablar?

Nos alejamos hacia un lugar más apartado.

—Me va a preguntar por el lobito, ¿verdad?

Asentí.

—Y también, quiero saber si estás bien.

Noté que llevaba una camisa limpia y su característico pantalón blanco, ahora sin manchas.

—Las Ninfas lavaron mi ropa —comentó—. En cuanto a Iván, sigue en el calabozo.

—¿Por qué?

—Las Ninfas de tierra y los hombres lobo no se llevan bien. Por precaución, ya sabe. Pero, si habla con la jefa de la aldea, tal vez lo liberen. Yo ya lo intenté y no logré nada.

—A ti te dejaron salir porque creen que eres de su especie.

—Señorita, no es que crean. Soy un Ninfo de tierra por parte de mi madre, ¿lo olvidó? —respondió, divertido.

—Oh, cierto —suspiré—. Llévame a donde está él, por favor.

La mirada de Aran, siempre carismática y amable, mostró un atisbo de fastidio por un instante. No quise preguntar, tal vez era solo mi imaginación.

Él me llevó hasta el calabozo y luego se marchó.

Todas las celdas estaban hechas de barrotes de piedra. La única ocupada era donde estaba Iván. Lo vi, sentado, con una rodilla levantada y un brazo sobre ella. La luz de una vela hacía brillar su piel.

(Si quieres, querido lector, puedes reproducir la música en este instante. Si no, pues está bien)

—Iván —llamé.

Él levantó la mirada y se acercó a los barrotes.

—Emma, ¿estás bien? —preguntó, en cuanto me tubo cerca.

—Yo estoy bien, pero ¿y tú?

—Empiezo a acostumbrarme a los calabozos —bromeó.

No me reí. No me hacía gracia verlo así.

—Voy a hablar con la jefa de la aldea para que te dejen salir. Naom es la que nos ha traído así que hablaré con ella también. Y…

—No he salido porque no quiero —dijo con calma—. Estos barrotes son fáciles de romper.

—¿Y por qué no lo haces?

—Emma, si me ven como una amenaza… debo evitar parecerlo. Solo necesito esperar.

—Pero debes tener frío y…

Sacó una mano y la colocó en mi hombro.

—Tranquila. Me dieron comida, agua y ropa. Todo está bien.

—Lo siento —musité, bajando la cabeza.

—¿Por qué te disculpas?

—Quise obligarte a hacer algo que no querías.

Él rió. No podía ver su rostro en la oscuridad, pero lo escuché.

—¿Por qué te ríes? —pregunté.

—De todas formas, no pensaba irme. Pretendía seguirte a escondidas hasta que estuvieras a salvo fuera del bosque.

—Eres un mentiroso.

—Y tú eres muy terca.

Llevó su mano a mi rostro. Se me erizó la piel.

—Estas personas no son malas. Puede que se parezcan a Aran, quizás un poco más amables. Estarás bien, y yo también. No te preocupes, ¿sí?

—No sabes mentir —repliqué—. Tus manos están heladas. Tienes frío.

Escuché su respiración profunda, luego su risa de nuevo.

Me enojé.

—¡Oye, no estoy bromeando!

—Emma —dijo, y sentí sus dedos entre mi cabello.

—¿Qué?

—Estamos unidos por un lazo más fuerte que la muerte. Jamás te dejaría en peligro. Protegerte es algo de lo que no puedo escapar —su voz era firme, pero tranquila.

Tragué saliva, sin palabras.

Pues estaba condenado a mí, sin haber cometido ningún delito por el que tuviera que pagar con ello.

—Pero, también… —continuó—. Me enamoré de ti…

“¿Qué?”

“¿Mi corazón dejó de latir?” por un momento, de verdad creí dejar de escuchar mis latidos.

“¿Qué dijo?”

—Por lo tanto, si te digo que estoy bien, es porque lo estoy.

————-

Llevo varios días editando este capítulo, y ya decidí dejarlo así. Quiero avanzar. Ya cuando termine todo, volveré a editar porque este es solo el borrador del borrador, del borrador de está historia 😂.

Espero me tengan paciencia 🥺

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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