Emma en el bosque de bestias - Capítulo 42
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Capítulo 42: capitulo 41
Emma
“Podré tener un cuerpo humano.
Podré ser pequeña y aparentemente débil.
Seré distraída y, responsable de ciertos accidentes que han podido comprometer mi vida… pero, yo jamás huiré dejando a mis amigos atrás. Nunca.”
—Debes saber que tomé una decisión, Ivan —Me alejé despacio, aquel abrazo era cálido y reconfortante, pero necesitaba mirarlo a los ojos para que supiera que hablaba en serio.
En espera de lo que yo tenía para decir, noté su incertidumbre, a pesar de que se mantenía serio, como siempre.
—No me iré. —Fuí firme, no tanto como hubiera querido, porque me costó bastante sostener firmeza ante su imponente figura—Aceptaré mi destino.
Sin embargo, a pesar de su semblante… llevó sus manos hasta mi cara, y la sostuvo. Sentía sus palmas ásperas y callosas, sin hacerme daño. La delicadeza con la que levantó mi mentón, causó que nuestras miradas se encontraran.
—Lo sé —dijo.
“Lo sabe” pensé “pero ¿qué es lo que sabe realmente?”
—Sé lo terca, descuidada y humana que puedes llegar a ser… pero también reconozco que eres muy valiente. —No estaba susurrando, pero sentí que casi fue eso. Porque me erizó la piel como cuando te musitan al oído.
—¿Por qué de repente pareciera que eres otra persona? ¿Por qué ahora dices lo que sientes sin dudar? —Necesitaba la respuesta a eso.
Sus manos en mi rostro penetraron a mi cabello, sosteniendo mi nuca y parte de la cara. Cómo si con eso pudiese asegurar que mi vista no fuera a ningún otro lado.
—Me cuesta confesarte todo esto, no lo estropees. —Hizo una pequeña pausa para retirar alguno mechones de cabello que, con la brisa, interrumpían en mi rostro—Pensé que al decirte lo que sentía, me haría débil.
“Me tiemblan las piernas, ¿pero es correcto dejar que me ame cuando probablemente voy a morir?”
—Lamento que, te enterarás de mis sentimientos cuando yo no tenía control de mis palabras —continuó.
Mi cabeza estaba llena de comentarios y dudas, ninguno positivo.
“Si te mueres… me romperás el corazón, ivan” me temblaban los labios por las ganas de decirle aquello que pensaba. Porque de verdad necesitaba que me dijera que eso no iba a pasar. Pero sabía, que era algo de lo que nadie tenía el control.
“Si me muero, te romperé el corazón” llevé mi mano a su pecho de manera suave “¿me perdonarías?”
—Es por eso… —Acercó sus labios a mi oído, suave, con cuidado. Para luego continuar con voz ronca y aterciopelada.
“Los latidos de mi corazón podrían delatar lo feliz que soy al escuchar su voz y sentir su piel tan cerca. Pero mi respiración nerviosa, puede divulgar lo peor…”
—Que, quiero que te quedes aquí, conmigo. —A el lobo le temblaban las manos. A mi protector, al señor témpano de hielo, se le había caído el manto rústico ante mí. Causándome demasiadas emociones que ni podría explicar.
Pero nada de lo que sentía, por más maravilloso, ahogaba el hecho de que podia suceder lo peor:
“Y lo peor es, que tengo mucho miedo”
“Miedo de que él muera y que me duela tanto que no pueda soportarlo”
“Miedo a que él me vea morir y que no pueda soportarlo”
“Miedo a… Aceptar que alguien puede amarme, y que no se vaya”
—Yo no siento lo mismo por ti —mentí, y con ello, como si el viento estuviese escuchando, se paralizó. Al igual que el sonido del bosque… el silencio pareció mágico tan de repente.
Sus manos se pusieron frías, y su mirada cambió.
Me soltó despacio, se alejó un poco.
Me aferré de espaldas al árbol para no caer, pero no sentí miedo.
—No pretendo cambiar nada —se sinceró—. Ni lo que eres, ni lo que sientes. Sin embargo, debes saber, que el amor de una bestia es para toda la vida. Es algo que no puedo controlar.
Como si un puño hubiera aplastado mi tórax, sentí arrugarse mi corazón.
—Lo siento —murmuré, aguantándome la rabia del querer, y saber que, hacía lo correcto.
Él no respondió, tan solo dio la espalda y caminó hasta la punta de la rama. Sus pies descalzos, acostumbrados a la situación. Su figura alta y fuerte, emanaba su esencia; aquella que lo hacía él. Aura segura y calma. Con una tormenta interna que no lo delataba, pero que lo hacía callado y distante. Algo que, aquella noche, había dejado a un lado solo para abrirse a mí.
Yo, temerosa queriendo mostrar determinación. Triste, intentando dar seguridad. Perdida, tratando de convencer al chico que me gusta, de algo que ni yo misma me creo.
—Entiendo si me dejas aquí arriba, ya encontraré la manera de cómo bajar. —Dije aquello, pero claro que no era verdad. Estaba rezando para que no se fuera y me dejara ahí.
Para mi suerte, él se giró un poco y extendió su mano hacia mí. Al tomarla, el brillo de la luna fue más intenso, se podría decir que parpadeó con nuestro toque.
—¿Dejarte? —susurró—No entiendes nada de lo que significas en mi vida. Ya no puedo dejarte.
Querido Libro
Salí un rato a la fiesta para despejar la mente. Me senté un rato con un grupo de chicos que cantaban canciones asombrosas, y hacían cuentos divertidos. Hasta que me ofrecieron comida y, la verdad es que estaba muy hambriento. Aunque no se veía demasiado apetecible, no quise ser grosero, así que comí. No sabía mal, de hecho, estaba bueno. Hasta que una de las chicas ahí, empezó a reírse y dijo se era puré de escarabajos. Salí corriendo a lavarme los dientes. Vomité en el camino, porque puedo ser un hombre mitad araña. Pero jamás comería bichos. En ese sentido soy todo un hombre.
Como sabes, aquí en el bosque de las bestias, utilizamos hojas medicinales y otras cosas para mantener la higiene de nuestro cuerpo. Pero yo, en una de las mochilas de los humanos que visitaron mi cueva: un día mientras curioseaba, encontré una cajita sellada. Al destaparla, habían tres objetos extraños con forma de cepillos pequeños con palos largos y finos. No entendía lo que eran, así que le di la vuelta a la caja, y vi una imagen impresa de una sonrisa. Ahí entendí que eran para los dientes. Así que utilicé las hojas medicinales del cuidado dental, y cepillé mis dientes con el objeto humano. Desde entonces, mis dientes son relucientes y suaves.
Disculpa, me desvié del tema, es que sabes que cuando empiezo a contarte algo, tengo que hacerlo completo.
Bueno, lo que hay es, que corrí a lavarme los dientes. Busqué mi mochila, saqué el objeto y cuando estaba en el baño, agachado para coger el agua de una pequeña tina de barro, escuché a alguien hablar:
—Ay que asco, ¿de verdad le dieron a comer gusanos? —Su voz era masculina, joven.
—Hubieras visto su cara cuando salió corriendo —respondió alguien más, quien parecía ser una chica.
—Sabes que eso no está bien Analí, esas cosas no dicen nada bueno de ti. Es mejor que tú y tus amigos vayan a dormir, y mañana por la mañana, discúlpense con el joven Aran —le ordenó.
—Pero Yoska, es mi primera fiesta. No puedo irme —replicó la muchacha.
—Es increíble que ya seas “una niña grande” y sigas haciendo esas bromas a la gente —respondió él.
Yo terminé de cepillarme y me quedé tras la puerta.
—No eran gusanos de verdad —confesó ella, con voz arrepentida.
—Peor —reaccionó el tal Yoska—. Las mentiras te oscurecen el alma. Jugar y hacer bromas, es divertido. Pero cuando le haces daño a otros, deja de serlo. Ahora, vete a tu habitación.
—Pero Yoska… —La chica se escuchaba desanimada.
—No debes llamarme por mi nombre, lo sabes —Le corrige.
—Sí, maestro Yoska… ya me voy —Escuché los pasos de Analí al alejarse.
En ese momento, intenté salir del baño pero él chico venía entrando. Nuestras frentes chocaron.
—Ay, de verdad lo lamento —me dijo, mientras se pasaba la mano por la ceja izquierda.
Yo no sentí el golpe tan fuerte. Así que no dije nada al respecto.
—Tú debes ser Aran.. —Una gran sonrisa se pintó en su cara—. De verdad lamento lo que te hicieron mis estudiantes. Son chicos en su primer año de madurez, tienen mucho por aprender.
Intenté sonreírle pero, aquella broma, no me dejo de buen humor.
—Am, yo soy Yoska, profesor del arte en la calma ante la molestia. Me hago responsable de sus actos. Así que, por favor, discúlpalos. No volverá a suceder. Además no fueron gusanos. Era puré de guisantes y habichuelas —continuó.
Su cabello rubio estaba despeinado después de nuestro choque. Cómo si una corriente eléctrica lo hubiera agarrado.
—Está bien, no te preocupes. Menos mal no eran gusanos —comenté, mirándole el cabello.
Él sonrió aliviado.
—Agradezco tú paciencia.
Le sonreí en respuesta.
—¿Me permites salir? —pregunté, haciéndole saber que estaba bloqueando la salida.
—Oh, claro, sí. Discúlpame. —Se hizo a un lado.
Caminé y él me siguió detrás.
—Aran, espera —llamó, ¿puedes creerlo? Así de la nada, ya me hablaba como si fuéramos amigos.
Me detuve, pero no porque me lo pidiera, sino porque tenía curiosidad lo que tenía para decir aquel confianzudo. Pensé: “Qué querrá?” Pues, parecía buena persona pero, era un tipo raro. Además, casi parecía un hada de tan bien parecido.
—Tu energía es distinta. —Eso me dijo, libro. ¿Puedes creerlo?
Yo me quedé mirándolo sin entender por qué lo decía: si era por bien o por mal. Hasta que volvió a hablar:
—Esque cuando chocamos, tu energía la pude sentir como si una corriente hubiera recorrido mi cuerpo.
Se veía interesado, confundido, dudoso… una cosa extraña le estaba sucediendo a ese tal Yoska. Y si de verdad mi energía lo había sorprendido, pues, con razón el cabello electrocutado.
—Bueno, quizás no sabes quien soy… pero, es normal. Suelo causar cierta impresión al conocer gente —dije. Y claro que era verdad libro, tú lo sabes. Soy el rey de las entradas.
—Am, no me refiero a eso —contestó—. ¿De casualidad eres uno de los guardianes del hijo del bosque?
Libro, aquel extraño de rostro angelical, y peligroso comportamiento, estaba preguntándome algo que, según yo entendía, nadie ahí sabía. Es decir, no sabían que estábamos ahí, o quienes éramos. Pero él sí.
—¿Quién eres? —pregunté.
—Es que he escuchado muchas cosas sobre el hijo del bosque y sus guardianes. Ayer oí que estaban aquí, y tu energía es un tanto… peculiar. —Trató de arreglarse el cabello con las manos, pero no dejaba de verme con una sonrisa nerviosa.
Tragué saliva mientras parpadeaba lentamente, y después me crucé de brazos.
—¿Y por qué estás tan interesado, chico Yoska? —quise saber —¿Qué pretendes?
—Oh, no pretendo nada malo, de verdad —levantó ambas manos para gesticular un no rotundo.
—Oye amigo, pareces linda persona pero, debo irme. Peínate, no salgas así a la fiesta. Adiós —me di la vuelta pero, otra vez él.
—¡Espera! —pidió.
Me detuve, no giré.
—Necesito hablar con el hijo del bosque, ¿podrías ayudarme a verlo? —continuó.
Al escuchar su petición, mis ojos se entrecerraron un poco, mis puños se apretaron y el corazón me latió fuerte.
—Por favor, necesito preguntarle algo.
—No —solté.
—¿Por qué? —Y se atrevió a preguntar, ¿puedes ver qué sospechoso? De verdad libro, es un tipo muy raro.
—Si intentas encontrar al hijo del bosque, si te le acercas, o si por lo menos le tocas un cabello… —Me volví para mirarlo—. Te arrancaré la piel y me beberé tu sangre. —dicho eso, mi tórax se abrió y mis patas arácnidas salieron del interior.
Él chico se asustó tanto que cayó al suelo y se arrastró hasta que pudo ponerse de pie, y correr lejos.
Libro, no exageré, ¿verdad? Es que si no le pones límites a los extraños, quieren ser tus amigos y luego se meten a tu casa y se roban a tu esposa… es algo que leí en un libro. ¡Pero es la verdad!
Luego de eso, salí a la fiesta y conocí a Elisa. Una chica que no era una Ninfa, sino un Hada. La encontré cuando de casualidad, ambos mirábamos a la luna. Yo miraba la silueta de Ivan y Emma. Pero Elisa si parecía ver a la esfera de luz gigante.
—Es hermosa, ¿no? —le dije, refiriéndome a la luna.
—Lo es —contestó, sin perder la vista de su objetivo.
—¿Quiénes son ellos allá arriba? —preguntó.
—Pues, ellos son, mis amigos… —mi respuesta casi delata lo que siento, pues el tono triste que usé no fue voluntario.
—Entiendo. —La chica me miró.
De no haber sido por su voz femenina, hubiera jurado que era un muchacho. Pues su cabello corto, su vestimenta encapuchada y oscura, botas negras y cuerpo definido que se le notaba ejercitado.
—¿No eres…? —No quería saber su nombre, la curiosidad me pedía saber si era hombre o mujer.
—Mi nombre es Elisa Gliter —contestó.
—No, eso no… quiero saber si eres… —Mis ojos se abrieron con expectación—. ¿Dijiste, Gliter? —la miré bien—Entonces, ¿eres una hada?
Ella sonrió por lo bajo y asintió.
—Eres la última hada que quedó después de la tragedia. ¿Aquella que desapareció tras ser enviada con el hijo del bosque? —interrogué.
—¿Tú como sabes todo eso? —cuestionó.
—Es que… —llevé una mano a mi nuca, avergonzado—. Es que tomé algunos libros de una habitación que encontré por aquí y leí un poco.
—Eres Araneoe, ¿no? —Libro, esa mujer sabía mi nombre. Y era extraño, porque en ella notaba algo raro. La forma en la que miraba a la luna, si acaso era eso lo que veía en realidad.
—Si, en persona —respondí—. ¿Y tú quien eres realmente? —mi interrogación fue casi una amenaza vestida de susurro.
Ella sonrió por lo bajo y me miró a los ojos.
–Soy un ser de este bosque, uno como tú –señaló—. Un ser que no debió nacer, y al cual condenaron con proteger al hijo del bosque. Yo, soy la hija de una hada y un ninfo de tierra. Una mezcla que jamás debió darse. Pero que al final, tuvo un propósito. —volvió a mirar al cielo—lo que ellos consideraron una condena por nacer, se convirtió en un regalo. Porque en aquella misión, gané una hermana.
Amigo mío, sus palabras eran cada vez más confusas. No comprendía a qué era lo que se estaba refiriendo. Hasta que miré como su vista se posaba sobre Emma. Y entendí.
—Así que, es un placer conocerlo al fin, príncipe Araneoe del bosque de las bestias. Yo, soy Elisa, hermana y protectora de la princesa Emma, la hija del bosque.
Libro, su confesión causó que mis corazones latieran lento y muy fuerte. Mis ojos se abrieron de par a par y, en ese momento, la señorita Emma e Ivan, bajaron del árbol y me vieron.
—¡Aran, hola! —Emma se acercaba mientras movía la mano saludándome.
Los ojos de la señorita Emma fueron un destello de incredulidad y confusión al momento de verla. No imaginas lo que sentí.
—Eli —musitó.
Querido Libro, no sé qué se siente tener hermanos, pero sin duda, lo que vi, me hizo pensar que es una clase de amor grande y hermoso. Sin límites.
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