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Enjaulada - Capítulo 56

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Capítulo 56: Encuentro en el pasillo

Los tres caminaron por el pasillo en silencio al salir de los baños. El aire estaba cargado, como si la base entera contuviera la respiración. Lucía avanzaba con pasos cortos, cuidando que las esposas no tiraran demasiado de sus muñecas. Karla mantenía la mirada baja, pero sus ojos se movían rápido, atentos a cada sombra. Matías iba detrás, rígido, con la tensión marcada en los hombros.

Y entonces, al girar la esquina, se encontraron con él.

El soldado de la madrugada.

El mismo que los había sorprendido en el comedor cuando aún estaban aturdidas por la anestesia. El mismo que había dudado. El único que había mostrado algo parecido a humanidad.

El soldado se detuvo en seco.

Por un instante, pareció que iba a esquivarlos. Que iba a seguir caminando como si no los hubiera visto, recordando el aviso del especialista. Pero algo en la escena lo detuvo. Quizá las esposas. Quizá la expresión de Lucía. Quizá la forma en que Matías miraba hacia todos los lados, como un animal acorralado.

El soldado se giró hacia ellos.

—¿Estáis bien? —preguntó en voz baja, casi en un susurro—. ¿Necesitáis algo? ¿Qué hacéis aquí? No esperábamos ninguna visita de civiles.

Lucía abrió la boca, pero Matías fue más rápido.

—Estamos bien —respondió, con una calma forzada—. No se preocupe por nosotros.

Su mirada se movía sin descanso, buscando cualquier señal del especialista. Cada segundo que pasaban allí era un riesgo.

El soldado los observó con más atención. Sus ojos bajaron hacia las esposas en las muñecas de las chicas. Luego subieron hacia Matías, con una expresión de sospecha.

—Eso no parece “estar bien” —dijo, señalando las esposas con un leve gesto de la barbilla.

Lucía tragó saliva.

Karla sintió un latido fuerte en las sienes.

Matías dio un paso adelante, interponiéndose entre el soldado y las chicas.

—Todo bien —insistió—.

El soldado entrecerró los ojos.

—¿Quién os ha puesto eso? —preguntó, bajando aún más la voz.

Karla dio un paso involuntario hacia el soldado.

Y Matías… Matías sintió el peso de la decisión caerle encima como un bloque de cemento.

Si decía la verdad, los cuatro estaban muertos.

Si mentía, quizá solo el soldado.

El soldado dio un paso más hacia ellos, ignorando el temblor en la mano de Lucía, ignorando la tensión en la mandíbula de Matías.

—¿Ha sido él? —susurró.

No dijo el nombre.

Los tres entendieron a quién se refería.

Matías abrió la boca para responder, pero no llegó a decir nada.

Un sonido seco, metálico, resonó al fondo del pasillo.

Un paso.

Otro.

La sombra del especialista apareció doblando la esquina, avanzando hacia ellos con una calma que helaba la sangre.

El soldado se enderezó de inmediato, como si un resorte invisible lo hubiera obligado.

Matías se giró hacia él, dispuesto a decir algo, pero el especialista levantó una mano, cortando cualquier intento antes de que naciera. El gesto fue mínimo, casi perezoso… y aun así lo silenció por completo.

El especialista se detuvo a pocos metros, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Vaya, vaya… —dijo, mirando al soldado primero, luego a Matías, luego a las chicas—. Qué reunión tan… interesante.

El soldado le miró fijamente.

Matías no se movió.

Lucía sintió que la esposa le cortaba la circulación.

Karla sintió que el aire se volvía más denso.

El especialista ladeó la cabeza, como un depredador que decide por dónde empezar a desgarrar.

—¿Interrumpo algo?

El soldado valiente se mantuvo a distancia del especialista, pero aun así reunió el coraje suficiente para repetir la pregunta, con la voz más firme de lo que sentía por dentro.

—Le ha puesto usted las esposas a las muchachas… ¿por qué?

El especialista lo miró, como si evaluara la utilidad de contestar. Luego dio un paso hacia él. No fue un movimiento brusco, pero tuvo el efecto de un portazo en una habitación silenciosa.

El soldado retrocedió medio centímetro sin querer.

Matías sintió que el aire se espesaba.

Lucía abrió los ojos, clavándolos en el suelo para no mirar al hombre.

Karla tensó los hombros, como si su cuerpo se preparara para un golpe que aún no había llegado.

El especialista inclinó apenas la cabeza, como si escuchara una música que solo él podía oír.

—Qué curioso —murmuró—. Parece que hoy todos tienen… inquietudes.

El soldado tragó saliva, pero no bajó la mirada.

—Es una pregunta legítima, señor.

—Legítima —repitió el especialista, saboreando la palabra.—. Las esposas son un protocolo. Nada más.

Matías sintió que el especialista lo observaba de reojo, como si midiera cuánto podía apretar antes de que algo se rompiera.

—Las chicas están bajo mi responsabilidad —continuó el especialista, con un tono tan frío que parecía ensayado—. Y cuando algo está bajo mi responsabilidad… .no me gusta que se mueva sin permiso.

Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Karla apretó los puños, aunque sabía que no podía hacer nada.

El soldado respiró hondo, intentando no mostrar el temblor que amenazaba con subirle a la voz.

—Aun así, señor… no parecen peligrosas.

El especialista lo miró como si acabara de escuchar la frase más ingenua del mundo.

—El peligro —dijo, acercándose un paso más— no siempre se ve. A veces se anticipa.

El soldado Martínez tragó saliva, pero no retrocedió. Aun así, su mano tembló apenas cuando ajustó el arma contra el pecho.

—Se lo pregunto porque… porque las chicas no representan una amenaza, señor —dijo, intentando sonar firme.

El especialista lo observó como si acabara de escuchar un chiste privado.

—¿Soldado…? —preguntó con suavidad.

—Martínez, señor.

—Bien, soldado Martínez —repitió, saboreando cada sílaba como si la estuviera probando—. Explíqueme por qué tengo que contarle a usted algo… cuando tengo permiso directo del general Valcárcel.

Martínez abrió la boca, pero no encontró palabras.

El especialista dio un paso más, como si estuviera delimitando territorio.

—Quizá —continuó, ladeando la cabeza— quiere que lo llame ahora mismo. Y se lo pregunta usted. Personalmente.

El silencio cayó como una losa.

Matías supo que el soldado no seguiría preguntando, si con ello llamaba la atención de su general.

El soldado Martínez respiró hondo, clavando los talones en el suelo para no retroceder.

—No es necesario llamar al general, señor —dijo al fin, con la voz más baja—. Solo… solo quería asegurarme de que todo estaba en orden.

El especialista sonrió.

—Todo está en orden, soldado Martínez —susurró—. Siempre lo está… cuando yo estoy presente.

Y entonces, sin apartar la mirada del soldado, añadió:

—Ahora, si ha terminado con sus dudas… tengo asuntos pendientes con ellos.

El soldado Martínez se giró para marcharse, pero antes de dar el primer paso se detuvo. Respiró hondo, como si tomara una decisión que sabía que podía costarle caro. Luego se volvió hacia las muchachas.

—Si en algún momento necesitáis algo… podéis acudir a mí —dijo, con una firmeza que no coincidía con el temblor casi imperceptible de sus dedos.

Karla levantó la mirada primero, sorprendida. Lucía la siguió un segundo después, como si la voz del soldado hubiera atravesado la niebla de miedo que la envolvía.

Lucía abrió la boca para responderle, un “gracias” tembloroso a punto de salir.

Pero el especialista habló antes.

—Las chicas se sienten muy halagadas por sus palabras, soldado Martínez —interrumpió, sin siquiera mirarlo—. Pero no van a necesitar su ayuda.

La frase cayó como una sentencia.

Karla sintió un latigazo de rabia. Y, aun sabiendo que era una imprudencia, habló.

—Gracias, soldado Martínez. Lo tendremos en cuenta.

El silencio que siguió fue tan denso que parecía tener peso.

Por dentro, Karla sintió un pinchazo de culpa. Hablar había sido un impulso, una necesidad de no dejar que el especialista borrara la única chispa de humanidad que había aparecido en esa escena. Pero también sabía que, al hacerlo, quizá había puesto al soldado en peligro.

El especialista giró lentamente la cabeza hacia ella. No dijo nada. No necesitaba hacerlo. Su mirada bastaba para que el aire se volviera más frío.

Martínez sostuvo la postura militar, pero su mandíbula se tensó. Sabía que había cruzado una línea invisible. Y aun así, no se retractó.

El especialista sonrió. Una sonrisa mínima, afilada, que no tenía nada de amable.

—Soldado Martínez, siga su camino.

El soldado Martínez se alejó, pero se quedó a la escucha desde la esquina, incapaz de marcharse del todo.

El especialista, ignorando ya al soldado, se volvió hacia Matías.

—¿De verdad tengo que vigilarte a cada segundo? —suspiró, como si fuera un fastidio personal—. Aún no entiendo por qué el jefe no se ha deshecho de ti.

Matías sintió un golpe de humillación en el pecho.

El especialista dio un paso más, disfrutando cada palabra.

—Tuvimos la oportunidad —añadió—, pero no. Algo le prometió tu hermano. Porque aquí… —lo señaló con desgana— no eres más que un saco de patatas.

Lucía y Karla apretaron los dientes, sabiendo que cualquier palabra podía encenderlo.

Matías no respondió; la rabia y la vergüenza le cerraban la garganta.

El especialista ladeó la cabeza.

—¿Nada? Claro. Siempre igual. Callado. Esperando que alguien te saque del agujero.

A lo lejos, muy tenue, un leve crujido de botas sobre grava.

El soldado Martínez seguía allí.

Escuchando.

Conteniendo la respiración.

El especialista no lo sabía. O quizá sí, y simplemente no le importaba.

Matías levantó la mirada apenas un centímetro. No para desafiar. Solo para no desmoronarse.

El especialista sonrió, satisfecho.

—Eso es. Mantente así. No vaya a ser que hoy también tenga que recordarte cuál es tu lugar.

Y Martínez, desde la sombra de la esquina, sintió que quizá había cometido el error más grande de su carrera al permitir que ese tipo andase por la base como si fuese su casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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