Entre el Amor y el Olvido - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 EL REENCUENTRO — INICIOS DE UN AMOR
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3: EL REENCUENTRO — INICIOS DE UN AMOR 3: EL REENCUENTRO — INICIOS DE UN AMOR El día llegó.
Y con él… todo lo que Jota había estado esperando.
Los días anteriores habían sido distintos.
Extraños.
Mejores.
Por primera vez en mucho tiempo, despertaba con ganas de ir al colegio.
Sus notas mejoraron, su actitud cambió, incluso su forma de caminar parecía distinta… como si llevara algo dentro que lo empujaba hacia adelante.
Y ese “algo” tenía nombre.
Cote.
Pero si los días eran buenos… las noches eran otra historia.
Porque cuando todo se apagaba… ella aparecía.
En su mente.
En sus pensamientos.
En cada intento fallido de dormir.
Ese viernes… no fue la excepción.
2:00 de la tarde.
Jota ya estaba ahí.
Sentado en una banca cerca de la pileta redonda, mirando cada rincón de la plaza como si en cualquier segundo fuera a aparecer.
Había llegado una hora antes.
Porque cuando uno espera algo importante… Nunca llega tarde.
2:45.
El tiempo comenzó a pesar.
Su pierna se movía sola, inquieta.
Sus manos no encontraban descanso.
Sus ojos iban y venían, buscando entre la gente… sin encontrarla.
Y entonces apareció.
El miedo.
—¿Y si no viene?
—¿Y si se arrepintió?
—¿Y si su mamá se enteró?
—¿Y si todo esto fue un error?
Las preguntas comenzaron a golpear su mente una tras otra, sin darle espacio para respirar.
2:55.
Se levantó.
No podía seguir sentado.
Caminó hasta la orilla de la pileta y se sentó ahí, en un lugar donde —según él— sería imposible no verlo.
Porque si ella venía… Tenía que verlo.
Tenía que.
3:00.
Se puso de pie nuevamente.
Caminaba en círculos alrededor de la pileta, pasando su mano por el cabello una y otra vez.
—¿Qué le voy a decir?
—¿La saludo de lejos?
—¿La abrazo?
—¿Actúo normal?
Pero nada en él era normal.
Nada.
3:30.
Volvió a sentarse.
Miró la hora.
Suspiró.
Y por primera vez… comenzó a prepararse para la idea de que no vendría.
Se dijo a sí mismo palabras de consuelo, como si intentara amortiguar el golpe antes de que llegara.
—Está bien… no pasa nada… ya estoy acostumbrado… Pero no era cierto.
Esta vez no estaba preparado.
4:00.
Miró la hora una última vez.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Y se puso de pie.
Listo para irse.
—¡Jota!… ¡Jota, no te vayas!
El mundo se detuvo.
Esa voz… Giró lentamente.
Y ahí estaba.
Cote.
Corriendo hacia él, con el cabello moviéndose con el viento, respirando agitada, pero con esa sonrisa… esa misma sonrisa que lo había destruido y reconstruido al mismo tiempo.
—Ah… hola, Cote… —dijo él, con la poca energía que le quedaba.
Pero por dentro… todo estaba explotando.
—Perdón… de verdad, perdón —dijo ella, intentando recuperar el aire—.
Tuve que hacer un encargo en la casa para que me dejaran salir… me demoré mucho… perdón por hacerte esperar.
Jota la miró.
Y por un segundo… todo el tiempo, la espera, el miedo… Desapareció.
—No te preocupes —respondió, intentando sonar tranquilo—.
Igual había llegado hace poco… Mentía.
Pero no quería hacerla sentir mal.
—Pensé que ya no venías… —agregó—.
Pero veo que los dos llegamos tarde.
Cote soltó una pequeña risa.
—Entonces me alegra haber llegado tarde… o te habría esperado todo este tiempo.
Jota la miró fijamente.
—¿Lo habrías hecho?
Ella no dudó.
—Claro que sí.
Hizo una pausa, mirándolo directo a los ojos.
—O te habría llamado… ahora tengo tu número.
El corazón de Jota se aceleró.
Pero esta vez… no se contuvo.
—Yo… —dijo, bajando la mirada— llegué a las dos.
Cote dejó de moverse.
—Quería llamarte… pero pensé que sería estúpido.
Le mostró sus manos.
Sus dedos… marcados por la ansiedad.
—Mira… no paré de morderme los dedos esperando.
Respiró hondo.
Y la miró nuevamente.
—Estaba cansado… de verdad.
Pero verte llegar… me devolvió todo.
Su voz se quebró levemente.
—Gracias por venir… aunque hayas llegado tarde… viniste.
Y eso… es lo único que importa.
Cote no respondió.
No porque no quisiera.
Sino porque no sabía cómo hacerlo.
Lo miraba… en silencio.
Como si recién en ese momento estuviera viendo quién era realmente Jota.
El aire se volvió denso.
El silencio… incómodo.
Y sin decir nada… Comenzaron a caminar.
No sabían hacia dónde.
Pero sus pasos los llevaron… a la playa.
El sonido de las olas llenaba el ambiente.
El viento fresco movía la arena suavemente.
Las gaviotas cruzaban el cielo, rompiendo el silencio con sus graznidos.
Se sentaron.
Uno al lado del otro.
Sin mirarse.
Sin hablar.
Jota esperaba una respuesta.
Una palabra.
Algo.
Cote lo sabía.
Sabía que debía decir algo.
Pero las palabras… no salían.
Porque a veces… Cuando algo empieza a sentirse real… Da miedo.
Y en medio de ese silencio… Solo el mar fue testigo del momento en que dos personas… Sin darse cuenta… Comenzaban a enamorarse.
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