Entre el Amor y el Olvido - Capítulo 4
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4: CONFESIONES 4: CONFESIONES La tarde caía lentamente.
El sol iluminaba el mar con un brillo cálido, casi dorado, mientras el viento suave recorría la orilla de la playa.
A unos metros del agua, bajo la sombra de un árbol solitario, estaban ellos.
Jota y Cote.
Dos mundos distintos… que, por alguna razón, habían terminado en el mismo lugar.
Sentados uno al lado del otro.
Sin hablar.
El sonido de las olas llenaba el silencio.
Pero no era incómodo.
Era… denso.
Como si ambos supieran que algo importante estaba por ocurrir.
Jota miraba el mar.
Pero no lo veía.
Su mente estaba en otro lado.
En ella.
En lo que sentía.
En lo que llevaba días guardando… y que ahora le quemaba por dentro.
Respiró hondo.
Y sin pensarlo más… —Discúlpame… —dijo.
Cote giró levemente su rostro hacia él, confundida.
—¿Por qué me estás pidiendo disculpas?
Jota bajó la mirada, jugando con la arena entre sus dedos.
—No lo sé… —respondió—.
Solo… sentí que debía decirlo.
Cote lo observó unos segundos.
Y luego, casi en un susurro: —Entonces discúlpame tú a mí.
Jota levantó la mirada, sorprendido.
—¿Por qué?
Pero ella no respondió.
Solo lo miró… esperando.
Jota tragó saliva.
Su corazón comenzó a latir más fuerte.
Ese era el momento.
Lo sabía.
—Tengo algo que decirte… —dijo finalmente.
Su voz temblaba levemente.
Cote se acomodó, prestándole toda su atención.
—Promete que no te vas a molestar… ni te vas a ir corriendo.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de ella.
—Te escucho.
—Promételo.
Cote lo miró fijamente.
—Está bien… lo prometo.
El mundo pareció detenerse.
El viento.
El mar.
Todo.
Jota giró lentamente su rostro hacia ella.
Pero Cote… no lo miraba.
Seguía observando el mar.
Como si también tuviera miedo.
Y entonces, con la voz más honesta que había tenido en su vida… —Me gustas mucho.
Silencio.
Pero no un silencio cualquiera.
Uno pesado.
Infinito.
El corazón de Jota latía tan fuerte que estaba seguro de que ella podía escucharlo.
Los segundos comenzaron a alargarse.
Uno… Dos… Tres… Eternos.
Pero Cote no respondió.
No dijo nada.
No se movió.
Jota sintió cómo algo dentro de él se rompía lentamente.
Desvió la mirada.
La bajó.
Y en ese instante, el miedo volvió.
—No debí decirlo… —pensó.
Se puso de pie suavemente, intentando escapar del momento.
—Vamos por un helado… —dijo, con una voz que intentaba parecer normal.
Cote lo miró.
Y simplemente respondió: —Está bien.
Caminaron juntos.
Pero algo había cambiado.
Hablaron de cosas simples.
El colegio.
Las notas.
La familia.
Historias sin importancia.
Palabras que llenaban el espacio… pero no el silencio que realmente importaba.
La confesión… Quedó suspendida en el aire.
Como si nunca hubiera existido.
Pero ambos sabían… Que sí.
El sol comenzaba a esconderse cuando llegó el momento de despedirse.
Se detuvieron.
Frente a frente.
Con esa incomodidad suave… que nace cuando hay demasiado que decir… y no se sabe cómo empezar.
Pero esta vez… Fue Cote quien rompió el silencio.
—Antes de irme… quiero decirte algo.
Jota la miró, atento.
—¿Sobre qué?
Cote respiró hondo.
Lo miró directo a los ojos.
Y sin esconderse… —También me gustas mucho.
El mundo se detuvo.
Otra vez.
Jota no reaccionó de inmediato.
No pudo.
Porque en ese instante… todo lo que había sentido, todo lo que había esperado, todo lo que había sufrido en silencio… Valió la pena.
Una felicidad pura lo invadió.
De esas que no se pueden explicar.
De esas que no necesitan palabras.
La miró.
Y sonrió.
Pero no como antes.
Esta vez… de verdad.
Cote sostuvo su mirada unos segundos.
Y entonces… Se acercó.
Le dio un beso en la mejilla.
Suave.
Rápido.
Pero suficiente para dejarlo completamente inmóvil.
—Nos vemos el lunes… —dijo ella, casi susurrando.
Y antes de que Jota pudiera reaccionar… Se fue.
Caminó rápido.
Sin mirar atrás.
Como si supiera… que si se detenía… Todo cambiaría aún más.
Jota se quedó ahí.
De pie.
Sin moverse.
Con mil palabras atrapadas en la garganta.
Con mil emociones chocando dentro de él.
Como un caos perfecto… imposible de ordenar.
Quería decir algo.
Cualquier cosa.
Pero el tiempo… Fue más rápido.
Y solo pudo hacer una cosa.
Mirarla.
Mientras se alejaba.
Mientras desaparecía.
Mientras se llevaba con ella… Una parte de él.
Porque sin darse cuenta… Ese día no solo se confesaron.
Ese día… Comenzaron algo que ninguno de los dos sería capaz de detener.
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