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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 10

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10: La llamada 10: La llamada Alejandro no regresó a su escritorio después de la presentación.

Se quedó unos minutos más sentado en la sala de juntas vacía, con la mirada perdida en la mesa larga y brillante.

El eco de sus propias palabras —“Es solo trabajo”— todavía le resonaba en la cabeza como una sentencia.

Sabía que había vuelto a herir a Laura.

Lo había visto en la forma en que ella bajó la mirada, en cómo salió de la sala casi sin hacer ruido, como si ya no tuviera fuerzas ni para cerrar la puerta con rabia.

Finalmente se levantó, recogió sus cosas y salió al pasillo.

No quería volver a su cubículo.

No quería cruzarse con nadie.

Caminó hasta el baño de hombres del tercer piso, entró en el último cubículo y cerró la puerta con pestillo.

Apoyó la espalda contra la pared fría y sacó el teléfono del bolsillo.

Tenía tres llamadas perdidas de su tía.

Marcó con manos temblorosas.

—¿Tía?

—su voz salió ronca.

—Álex… —la mujer al otro lado sonaba rota, agotada—.

Tu mamá se complicó anoche.

La pasaron a cuidados intensivos.

El médico dice que necesita una operación urgente en los próximos días o no va a resistir.

Los medicamentos y la hospitalización ya van por casi dos mil dólares este mes… y ahora piden dos mil más para la cirugía y los tratamientos siguientes.

Si no pagamos antes del viernes… Alejandro se deslizó lentamente por la pared hasta quedar sentado en el piso sucio del baño.

Sentía que le faltaba el aire.

Cuatro mil dólares.

Había enviado todo lo que pudo la semana anterior.

Apenas le quedaban mil doscientos dólares ahorrados después de pagar la renta mínima y la comida.

Todo lo que ganaba iba directo para ella.

Y ahora esto.

—Dile que voy a conseguirlo —murmuró con la voz ahogada—.

Aunque tenga que vender mi alma, lo consigo.

No la dejen sola, por favor.

Colgó y se quedó mirando el piso.

Esta vez no pudo contener las lágrimas.

Solo dos, calientes y silenciosas, que le rodaron por las mejillas.

Las secó con rabia antes de que alguien pudiera entrar.

Pensó en Laura.

Pensó en la forma en que lo había mirado durante la presentación, en cómo había murmurado “al menos quedó claro” con esa voz cansada y derrotada.

En cómo él, una vez más, había elegido el silencio en vez de la verdad.

Se odió más que nunca.

“Si le cuento todo, se va a compadecer.

O va a querer ayudarme.

Y si alguien se entera de mis papeles falsos por una distracción… me deportan.

Mi mamá muere sola en un hospital público.

No hay vuelta atrás.” Se levantó con esfuerzo, se lavó la cara con agua helada hasta que le ardieron los ojos y se miró al espejo.

Tenía un aspecto destruido: ojeras profundas, mirada vacía, hombros caídos.

Parecía diez años más viejo.

Salió del baño y caminó hacia su escritorio como un fantasma.

No miró hacia el lado donde estaba Laura.

No podía.

Desde su cubículo, ella lo vio pasar.

Notó su cara demacrada, los ojos enrojecidos y la forma en que caminaba como si cargara el mundo entero sobre los hombros.

Por un segundo sintió una punzada de preocupación genuina, casi instintiva.

Pero inmediatamente la aplastó.

“Seguro está arrepentido de haberme hablado alguna vez”, pensó con amargura.

“O tal vez anoche se quedó hasta tarde con alguien más y ahora paga las consecuencias.” No tenía ni idea de que el hombre que tanto resentía en ese momento estaba al borde de quebrarse completamente, dispuesto a hacer cualquier cosa —legal o ilegal— para salvar a su madre.

Alejandro se sentó frente a su computadora, abrió un documento cualquiera y se quedó mirando la pantalla en blanco durante casi una hora, sin mover el mouse.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que ya no tenía salida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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