Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 11
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11: El préstamo 11: El préstamo Esa misma noche, Alejandro no durmió.
Llegó a su pequeño cuarto alquilado pasadas las diez, cerró la puerta con llave y se quedó de pie en medio de la habitación durante varios minutos, como si el peso de todo lo que había pasado ese día lo hubiera dejado paralizado.
El lugar era triste y austero: una cama individual contra la pared, un armario viejo que apenas cerraba, una mesa con dos sillas desparejas y una ventana pequeña que daba a un callejón oscuro y húmedo.
Se quitó la corbata y la chaqueta con movimientos lentos y pesados.
Luego se sentó en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos.
El celular estaba sobre la mesa, a solo un metro, pero le parecía que pesaba una tonelada.
Cuatro mil dólares.
La cifra le daba vueltas en la cabeza como un mal presagio.
Apenas le quedaban Mil doscientos ahorrados después de enviar el último pago para su madre.
El sueldo de la empresa era decente, pero con el alquiler, el transporte, la comida mínima y lo que enviaba cada mes, nunca alcanzaba para generar un colchón real.
Y ahora necesitaba casi cuatro veces más en menos de 48 horas.
Como hijo único, toda la responsabilidad siempre había recaído sobre él.
No había hermanos con quienes compartir la carga, ni alguien más a quien llamar pidiendo ayuda.
Solo él.
Solo su sueldo.
Solo su decisión.
Se levantó, caminó hasta la ventana y miró la calle vacía.
La lluvia fina empezaba a caer.
Pensó en Laura.
En su expresión cansada al salir de la sala de juntas, en esa frase corta y definitiva: “No importa.
Ya terminamos.” Sintió una punzada fuerte en el pecho, pero la aplastó con rabia.
No podía permitirse pensar en ella ahora.
No podía permitirse sentir nada que no fuera pura supervivencia.
Volvió a sentarse.
Tomó el teléfono con manos temblorosas y abrió los contactos.
Ahí estaba el número: “Préstamos Rápidos – Sur”.
Lo había guardado hacía semanas, pero nunca se había atrevido a usarlo.
Hasta esa noche.
Marcó, el tono sonó tres veces antes de que contestara una voz ronca y segura: —¿Sí?
—Necesito cuatro mil dólares —dijo Alejandro sin rodeos—.
Lo más pronto posible.
Mañana por la tarde si se puede.
Hubo un breve silencio.
Luego una risa baja.
—Cuatro mil… No es poca cosa.
¿Quién te recomendó?
—Un conocido.
Me dijeron que no hacen preguntas.
—Correcto.
No hacemos preguntas.
Te doy el dinero mañana por la tarde.
El interés es del veinticinco por ciento mensual.
Si pagas en treinta días, son cinco mil exactos.
Si te atrasas… el interés sube, las condiciones cambian y si sigues atrasándote, las cosas empezaran a ponerse feas.
¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Alejandro cerró los ojos con fuerza.
Sabía perfectamente lo que significaba “ponerse feas”.
Había visto en su país cómo esa clase de deudas destruían vidas enteras.
—Sí —respondió con voz ronca—.
Entiendo.
—Bien.
Mañana a las siete de la tarde en el almacén detrás de la fábrica de plásticos, zona sur.
Lleva una copia de tu documento.
Ven solo.
Si llegas tarde o traes a alguien, el trato se cancela.
¿Estás seguro?
Alejandro apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Estoy seguro.
Colgó sin despedirse.
Tiró el celular sobre la cama como si quemara.
Se pasó las manos por la cara y soltó un sonido gutural, entre suspiro y sollozo, que le salió desde lo más profundo.
Acababa de cruzar una línea peligrosa.
Había vendido su tranquilidad, su futuro y posiblemente su integridad física por salvar a su madre.
Se quedó sentado en la cama durante casi una hora, inmóvil, con la mirada perdida en el suelo.
Recordó a su madre trabajando doble turno, cocinando tarde en la noche solo para que él pudiera comer y estudiar.
Siempre habían sido ellos dos contra el mundo.
No había más familia cercana que pudiera ayudar.
Solo él.
Pensó en Laura una vez más.
En cómo la había alejado una y otra vez.
En cómo ella merecía a alguien completo, no a un hombre ilegal, endeudado y a punto de caer en un pozo del que tal vez nunca saldría.
—No puedo arrastrarla a esto —murmuró en la oscuridad—.
Mejor que me odie.
Mejor que piense que soy un cobarde o un hijo de puta.
Se duchó con agua fría, se acostó vestido y se quedó mirando el techo agrietado.
Afuera la lluvia arreciaba.
Alejandro no durmió ni un minuto.
Mañana por la tarde tendría el dinero.
Mañana por la tarde empezaría a pagar un precio mucho más alto que cuatro mil dólares.
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