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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 El diablo paga en efectivo
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12: El diablo paga en efectivo 12: El diablo paga en efectivo Era jueves por la tarde.

Alejandro salió de la oficina exactamente a las cinco, con la chaqueta puesta y la mirada baja.

No se despidió de nadie.

Caminó varias cuadras bajo un cielo gris plomizo hasta un baño público cerca de la estación de buses.

Allí se cambió de ropa: se quitó la camisa formal y se puso una sudadera vieja y unos jeans desgastados que había traído en una mochila.

Quería pasar lo más desapercibido posible.

Tomó dos buses diferentes, cambiando de ruta a propósito.

Cada kilómetro que avanzaba hacia la zona industrial del sur sentía que se alejaba un poco más de la vida que había intentado construir.

El paisaje cambió: edificios altos dieron paso a fábricas, almacenes abandonados y calles llenas de baches.

El aire olía a plástico quemado y combustible.

Llegó al punto acordado diez minutos antes de las siete.

Era un almacén viejo detrás de una fábrica de plásticos, rodeado de maleza y contenedores oxidados.

El sol ya se estaba poniendo y todo tenía un tono gris sucio, casi irreal.

El lugar estaba desierto.

Solo se escuchaba el viento entre las láminas de zinc y el lejano rumor de maquinaria.

Alejandro esperó de pie, con las manos dentro de los bolsillos de la sudadera y el corazón latiéndole con fuerza.

Sentía frío, aunque no era solo por el clima.

Dos hombres aparecieron desde detrás de un contenedor.

Uno era alto y flaco, con tatuajes visibles en el cuello y una mirada fría.

El otro era más bajo y corpulento, masticaba un palillo y tenía las manos grandes como palas.

Ninguno sonreía.

—¿Trajiste la copia del documento?

—preguntó el flaco sin preámbulos.

Alejandro sacó del bolsillo una fotocopia de su identificación falsa y se la entregó.

El hombre la revisó con detenimiento bajo la luz de su celular, luego asintió.

—Cuatro mil.

En billetes de cien.

Aquí están —dijo, entregándole un sobre grueso de manila bastante abultado—.

Cuenta.

Alejandro abrió el sobre con manos temblorosas y contó los billetes allí mismo, bajo la luz mortecina del atardecer.

Todo estaba ahí.

Cuatro mil dólares en efectivo.

Dinero que olía a problemas, a desesperación y a consecuencias.

El hombre corpulento se acercó un paso más.

Su aliento olía a tabaco.

—Escúchame bien, migrante.

Tienes treinta días exactos para devolver cinco mil.

Si te atrasas el monto sube de mil en mil por día.

Si fallas, no vamos a llamar para recordártelo.

Primero te rompemos las piernas.

Después, si hace falta, visitamos a tu familia en tu país.

Créeme de alguna manera daremos con ellos.

¿Entendiste?

Alejandro sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda.

Asintió lentamente, con la boca seca.

—Entendido.

El flaco sonrió con frialdad.

—Bien.

No nos hagas buscarte.

Porque te vamos a encontrar.

Y no te va a gustar.

Le dieron una palmada fuerte en el hombro, casi como una advertencia, y se subieron a una camioneta negra sin placas que estaba estacionada detrás del almacén.

Desaparecieron entre el polvo del camino sin decir nada más.

Alejandro se quedó solo en medio del terreno baldío, con el sobre quemándole las manos a través de la tela de la sudadera.

Por un segundo pensó en tirar todo el dinero al suelo y correr.

Pero no lo hizo.

Guardó el sobre bien pegado a su pecho, debajo de la sudadera, y caminó de regreso hacia la parada de buses con las piernas pesadas.

Mientras esperaba el bus, sacó su teléfono y escribió el mensaje que más le dolía: Tía, ya tengo el dinero completo.

Mañana a primera hora te transfiero los cuatro mil dólares.

Por favor, avísale al hospital que mañana mismo hacemos el pago para que preparen todo para la operación.

Dile a mamá que aguante solo un día más.

Ya falta poco.

Envió el mensaje y se guardó el celular.

No sintió alivio.

Solo un vacío enorme, una culpa que le apretaba el pecho como una mano de hierro.

Cuando llegó a su cuarto ya era noche cerrada.

Se sentó en el borde de la cama con la chaqueta todavía puesta.

El sobre seguía contra su pecho.

No se atrevía ni a sacarlo.

Se quedó allí, inmóvil, escuchando la lluvia que había empezado a caer con más fuerza contra la ventana.

Pensó en su madre.

En cómo ella había sacrificado todo por él.

En cómo ahora él estaba sacrificando su futuro por ella.

Pensó en Laura.

En la forma en que la había lastimado una y otra vez solo para proteger su secreto.

En cómo ella ahora lo miraba con desprecio y dolor, sin saber que él estaba destruyéndose por dentro.

Por primera vez en mucho tiempo, se permitió llorar de verdad.

No dos lágrimas.

Lloró en silencio, con la cara entre las manos, como un hombre que sabe que está cavando su propia tumba y, aun así, sigue cavando.

—Mamá… perdóname por lo que estoy haciendo —susurró en la oscuridad.

Sabía que, aunque su madre se salvara, él probablemente ya estaba perdido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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