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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 13

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13: El bar 13: El bar Viernes por la noche.

Alejandro salió de la oficina pasadas las siete, con la cabeza hecha un nudo y el cuerpo entumecido por el cansancio acumulado.

Esa mañana había hecho la transferencia de los cuatro mil dólares.

Su tía le confirmó casi de inmediato que ya estaban pagando la operación.

Su madre entraría al quirófano el lunes temprano.

Debería haberse sentido aliviado.

Debería haber sentido que, por fin, había hecho algo bueno.

Pero en realidad solo sentía pánico.

Un pánico frío y constante que le apretaba el pecho y le impedía respirar con normalidad.

Caminó sin rumbo varias cuadras bajo la llovizna fina.

No quería volver a su cuarto vacío, donde solo lo esperaban las paredes agrietadas y el silencio acusador.

Terminó frente a un bar pequeño y oscuro llamado “El Último Trago”.

No era el tipo de lugar que frecuentaba —demasiado sombrío, demasiado real—, pero esa noche no quería estar solo con sus pensamientos.

Empujó la puerta.

El local estaba poco iluminado, con luces amarillentas y humo de cigarrillos flotando cerca del techo.

Olía a cerveza rancia, madera vieja y sudor.

Había pocos clientes: algunos hombres solos en la barra y un par de parejas en las mesas del fondo.

Pidió un whisky doble y se sentó en la esquina más oscura de la barra, donde casi nadie podía verlo.

Bebió el primer vaso casi de un trago.

Pidió otro.

Y luego otro más.

Quería ahogar todo.

La culpa por el préstamo.

El miedo a los prestamistas.

El recuerdo constante de la cara de Laura cuando dijo “No importa.

Ya terminamos.” Quería borrar la imagen de su madre en esa cama de hospital, luchando por respirar.

Quería dejar de sentirse como un hombre que lo estaba perdiendo todo al mismo tiempo.

A unas cuantas cuadras de allí, Laura también estaba destrozada.

El proyecto había terminado, pero la rabia, la humillación y la confusión seguían intactas dentro de ella.

Después de dudarlo mucho, decidió que no se quedaría otra noche más llorando en su departamento.

Se puso unos jeans oscuros, una blusa sencilla y salió sola.

Necesitaba aire.

Necesitaba ruido.

Necesitaba dejar de pensar.

Entró al mismo bar por pura casualidad.

Era el más cercano a su ruta habitual y parecía lo suficientemente discreto como para no tener que hablar con nadie.

Pidió una cerveza y se sentó en una mesa alta cerca de la ventana, desde donde podía ver la calle mojada.

Apenas había dado el primer sorbo cuando lo vio.

Alejandro estaba en la barra, con la cabeza baja, el vaso casi vacío y la mirada perdida en la nada.

Se veía destruido.

Mucho peor que en la oficina.

Los hombros caídos, el cabello revuelto, una expresión de absoluto agotamiento y dolor que le atravesaba la cara.

Laura sintió que el estómago se le cerraba de golpe.

Quiso levantarse e irse inmediatamente, pero sus piernas no respondieron.

Se quedó mirándolo fijamente hasta que él, como si sintiera su presencia, levantó la vista lentamente.

Sus ojos se encontraron a través del local.

Alejandro se tensó visiblemente.

Por un segundo pareció que iba a fingir que no la había visto, pero ya era tarde.

Laura tomó su cerveza, se acercó con paso firme y se sentó en el taburete a su lado, dejando un espacio prudente entre ellos.

—¿Celebrando tu gran actuación profesional?

—preguntó ella con tono ácido, aunque su voz salió más cansada que agresiva.

Alejandro soltó una risa corta y amarga, sin mirarla.

Pidió otro whisky.

—No estoy celebrando nada —murmuró.

Se hizo un silencio pesado.

Él bebía despacio ahora, como si quisiera que el alcohol le hiciera efecto más lento.

Laura no se movió.

Se quedó ahí, con la cerveza entre las manos, sintiendo cómo la rabia y algo más complicado se mezclaban dentro de ella.

—Nunca te había visto beber —dijo finalmente.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí —respondió él con voz ronca, casi rota.

Laura sintió una mezcla de rabia y dolor subirle por el pecho.

—Claro.

Porque tú nunca dices nada.

Solo rechazas, te cierras y me tratas como si yo fuera el problema.

¿Sabes qué?

Estoy harta.

Harta de intentar entenderte, de sentirme idiota por haber creído que había algo entre nosotros.

Alejandro apretó el vaso con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Tenía los ojos rojos, no solo por el alcohol.

—No tienes idea de lo que estoy cargando, Laura —murmuró, con la voz quebrada—.

No tienes la más mínima idea… —Entonces dime —lo enfrentó ella, subiendo un poco el tono—.

¡Dímelo de una vez!

¿Qué es tan grave que tienes que tratarme como mierda?

¿Qué te cuesta tanto decir?

Alejandro la miró directamente por primera vez en muchos días.

Sus ojos estaban brillantes, cargados de alcohol y sufrimiento.

Por un segundo pareció que iba a hablar.

Que todo iba a salir: su madre, el cáncer, los papeles falsos, el préstamo peligroso, los hombres que lo habían amenazado esa misma tarde.

Pero bajó la mirada hacia su vaso y negó lentamente con la cabeza.

—No puedo… —susurró—.

No puedo decírtelo.

Laura soltó una risa llena de dolor y decepción.

Se levantó del taburete.

—Sabes qué es lo peor?

Que una parte de mí todavía quería creerte.

Todavía quería que me dieras una explicación que no me hiciera sentir tan estúpida.

Pero ya veo que nunca va a pasar.

Dejó dinero sobre la barra y lo miró por última vez.

Su voz salió baja, casi rota: —Que te vaya bien, Alejandro.

De verdad espero que lo que sea que estás escondiendo valga la pena.

Se dio la vuelta y salió del bar sin mirar atrás.

La puerta se cerró detrás de ella con un sonido suave.

Alejandro se quedó solo, mirando su vaso vacío.

Una lágrima cayó dentro del whisky, pero él ni siquiera se inmutó.

Se pidió otro trago y se quedó allí, hundido en la barra, con la sensación de que nunca había estado tan cerca de perderlo todo… y tan absolutamente solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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