Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 14
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14: Resaca y Silencio 14: Resaca y Silencio El sábado por la mañana Laura despertó con un dolor de cabeza punzante y un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con la cerveza que había tomado la noche anterior.
Se quedó un rato mirando el techo de su habitación, con la luz grisácea de la mañana filtrándose por las cortinas.
La imagen de Alejandro en ese bar no la había abandonado ni un segundo: hundido en la barra, con los ojos rojos, bebiendo como si quisiera desaparecer del mundo.
Por más que intentaba odiarlo, una parte traicionera de ella seguía preocupada.
Y eso la enfurecía aún más.
“¿Por qué me importa?”, se repetía mientras se preparaba un café en la cocina.
“Él mismo me dijo que lo dejara en paz.
Que no podía explicarme nada.
Que no podía.” Decidió que ese fin de semana no pensaría más en él.
Apagó el celular, se puso ropa cómoda y se quedó en casa intentando distraerse con series, limpieza y cualquier cosa que le ocupara la mente.
Nada funcionó.
Cada vez que cerraba los ojos veía su mirada rota en la barra, escuchaba su voz quebrada diciendo “No tienes idea de lo que estoy cargando”.
Mientras tanto, Alejandro despertó en su cuarto con la peor resaca de su vida.
La cabeza le latía con fuerza, tenía la boca seca y un sabor amargo que no era solo del whisky.
Se incorporó lentamente y sintió que todo le daba vueltas.
Lo primero que hizo fue revisar su teléfono.
Había un mensaje de su tía: “La operación está programada para el lunes en la noche durara un par de horas, te llamare cuando finalice.
Gracias, hijo.
Tu mamá te manda decir que te quiere y que seas fuerte.” Debería haber sentido alivio.
Pero solo sintió más peso.
El dinero ya no estaba en sus manos.
Ahora debía cinco mil dólares a gente que no perdonaba errores.
Se levantó, se duchó con agua fría hasta que le dolió la piel y se miró al espejo.
Tenía un aspecto terrible: ojeras profundas, barba de varios días, mirada vacía.
Parecía un hombre que estaba perdiendo la batalla.
El domingo fue aún peor.
No salió del cuarto en todo el día.
Se quedó acostado mirando el techo, repitiendo mentalmente las palabras de Laura en el bar: “Todavía quería que me dieras una explicación que no me hiciera sentir tan estúpida.” Cada vez que recordaba esa frase sentía una puñalada.
Sabía que la estaba destruyendo lentamente.
Sabía que ella merecía la verdad.
Pero también sabía que contarla podía costarle todo.
El lunes regresaron a la oficina.
El ambiente entre ellos era peor que nunca.
Ya no había miradas cruzadas, ni siquiera de reojo.
Laura pasaba frente a su escritorio sin voltear la cabeza.
Alejandro mantenía la mirada baja y respondía solo lo estrictamente necesario.
Patricia los llamó a su oficina por la tarde.
—Quería felicitarlos nuevamente por la presentación.
El cliente quedó muy satisfecho.
Sin embargo… noto que hay una tensión muy fuerte entre ustedes.
Si esto afecta el ambiente de trabajo, voy a tener que tomar medidas.
¿Hay algún problema que deba saber?
Laura respondió primero, con voz fría: —No hay ningún problema.
Todo está bien.
Alejandro solo asintió en silencio.
Cuando salieron de la oficina de Patricia, Laura murmuró sin mirarlo: —Qué fácil es mentir, ¿verdad?
Alejandro se detuvo.
—Laura… lo siento.
Ella soltó una risa amarga y siguió caminando.
—No.
No lo sientes.
Solo tienes miedo.
Y lo dejó allí, parado en medio del pasillo.
Esa noche, ya en su cuarto, Alejandro recibió el primer mensaje de los prestamistas: “Cinco mil.
Veinticinco días.
No olvides.” Se quedó mirando la pantalla hasta que la vista se le nubló.
Apenas habían pasado cuatro días desde que recibió el dinero el jueves, y ya sentía que la soga se apretaba alrededor de su cuello.
Pensó en su madre.
En ese preciso momento debía estar en la sala de operaciones.
Su tía le había dicho que la cirugía empezaría en la noche.
Imaginó a su mamá bajo las luces frías, anestesiada, luchando por su vida mientras él estaba aquí, con las manos vacías y el alma empeñada.
Se le formó un nudo en la garganta tan grande que le costaba tragar, y solo podía rezar para que todo saliera bien.
Sabía que el tiempo se le estaba acabando.
Y que cada día que pasaba sin hablar con Laura, la distancia entre ellos se volvía más grande, más fría y más imposible de reparar.
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