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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 15

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  3. Capítulo 15 - 15 Humo y Silencio
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15: Humo y Silencio 15: Humo y Silencio Laura salió de la oficina a las seis y media, con los hombros tensos y un peso en el pecho que no se aliviaba ni siquiera al respirar el aire fresco de la calle.

El lunes había sido un día largo y gris, lleno de reuniones vacías y miradas que evitaba a toda costa.

No quería ir directo a su departamento.

Sabía que si llegaba temprano se quedaría dando vueltas en la cama, repitiendo mentalmente la escena del bar, la cara destruida de Alejandro, sus palabras cortantes y esa mirada rota que todavía no lograba entender.

Caminó varias cuadras sin rumbo fijo hasta llegar a una pequeña plaza cercana a la oficina.

Era un lugar sencillo y algo descuidado: bancos de concreto, árboles raquíticos, faroles que empezaban a encenderse con luz amarillenta y un par de palomas que picoteaban migajas en el suelo.

Se detuvo en el kiosco de la esquina y compró un paquete de cigarrillos.

Hacía más de dos años que no fumaba, pero esa noche lo necesitaba como el aire.

Pagó, abrió el paquete con dedos torpes y encendió el primero allí mismo, bajo la luz del farol.

Se sentó en un banco apartado, lejos de la luz principal.

Dio la primera calada profunda y soltó el humo lentamente, mirando hacia la nada.

El humo subió en espirales lentas frente a su cara, difuminando las luces de la plaza y haciéndolo todo un poco menos real.

“¿Qué estoy haciendo?”, pensó.

Se sentía estúpida.

A sus 29 años estaba sentada en una plaza pública fumando como una adolescente herida porque un hombre que apenas conocía no quería hablar con ella.

Pero no era solo eso.

Era la forma en que la había mirado aquella primera noche en el café, la electricidad que sintió cuando sus manos se rozaron, la manera en que él parecía entenderla sin esfuerzo… y luego todo se convirtió en hielo.

Dio otra calada larga.

El humo le quemaba la garganta, pero el dolor físico era casi bienvenido.

Le distraía del otro dolor, el que estaba más adentro y no la dejaba en paz.

Recordó sus palabras en el bar: “No tienes idea de lo que estoy cargando…” —¿Y por qué no me lo dices, idiota?

—murmuró para sí misma, con la voz baja y resentida—.

¿Tan difícil es ser sincero?

¿Prefieres que te odie a que te entienda?

Se pasó la mano por el cabello con frustración.

Una parte de ella quería borrar a Alejandro de su mente, bloquearlo, ignorarlo en la oficina y seguir con su vida.

Otra parte, más enferma y masoquista, seguía buscando explicaciones.

Seguía preguntándose si había hecho algo mal, si había sido demasiado intensa, si él tenía novia, si tenía problemas graves… “Tal vez solo soy una más en su lista de complicaciones”, pensó con amargura.

El cigarrillo se consumió entre sus dedos.

Encendió otro casi sin pensarlo.

El humo subía en espirales lentas, mezclándose con el frío de la noche.

Se quedó ahí casi una hora, sentada en ese banco, con la mirada perdida entre los árboles y los pocos transeúntes que pasaban.

No lloró.

Solo sentía un vacío pesado, una mezcla de rabia, tristeza y una decepción tan grande que le dolía el pecho.

En algún momento sonó su teléfono.

Era un mensaje de una amiga preguntándole si quería salir.

Laura lo leyó, pero no contestó.

Apagó el cigarrillo contra el concreto del banco y se quedó mirando la colilla aplastada.

—Esto no puede seguir así —se dijo en voz baja—.

No voy a permitir que un hombre que ni siquiera se atreve a hablarme me destroce de esta forma.

Se levantó, se sacudió los jeans y empezó a caminar hacia su casa.

Pero incluso mientras se alejaba de la plaza, su mente seguía atrapada en el mismo lugar: En esos ojos oscuros llenos de secretos.

En esa voz ronca que le había dicho “esto es peligroso”.

Y en la certeza cada vez más grande de que, aunque quisiera negarlo, todavía no había logrado sacarlo de su sistema.

A varios kilómetros de distancia, Alejandro estaba sentado en el borde de su cama, con el celular en la mano y la mirada fija en la pantalla.

Acababa de recibir un mensaje de su tía: la operación de su madre había terminado.

Estaba en recuperación, pero el médico había dicho que las próximas horas eran críticas.

No había podido comer en todo el día.

Estuvo preocupo todo el día por su mamá, rezando porque todo salga bien y a la vez pensaba en Laura, en cómo la había lastimado una y otra vez, y en cómo, a pesar de todo, seguía siendo la única persona en esta ciudad que le había hecho sentir algo real.

La plaza donde Laura había estado fumando estaba ahora vacía.

Solo quedaba el olor a cigarrillo en el aire y dos colillas aplastadas en el concreto.

Dos personas destrozadas.

El mismo dolor.

Y una distancia que parecía imposible de cruzar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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