Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 16
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
16: Luna Solitaria 16: Luna Solitaria El miércoles por la tarde, Alejandro salió de la oficina poco después de las seis.
El cielo ya se había teñido de un gris violáceo y el aire traía ese frío húmedo que anunciaba otra noche de lluvia.
No tenía ganas de volver a su cuarto.
Cada vez que entraba por esa puerta sentía que las paredes se cerraban sobre él, recordándole todo lo que había perdido y todo lo que aún podía perder.
Caminó sin rumbo fijo, con las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta y la mirada clavada en las baldosas de la acera.
Sus pensamientos no dejaban de girar en torno a una sola persona: su madre.
La operación había terminado el lunes, pero las próximas horas eran críticas.
Su tía le había enviado un mensaje corto esa misma mañana: “Sigue estable, pero sigue luchando”.
Cada vibración del teléfono le aceleraba el pulso, esperando buenas noticias… o la peor llamada de su vida.
Sin darse cuenta, sus pasos lo llevaron hasta una pequeña plaza que había visto de pasada varias veces, pero en la que nunca se había detenido.
Era un lugar sencillo y algo olvidado: bancos de concreto agrietado, árboles raquíticos, faroles que empezaban a encenderse con luz amarillenta y un par de palomas que picoteaban migajas en el suelo.
No sabía —ni podía imaginar— que apenas la noche anterior Laura había estado sentada allí, fumando y pensando en él.
Se detuvo frente al kiosco de la esquina.
Dudó un segundo, pero finalmente compró una caja de cigarrillos.
Hacía muchos años que no fumaba, pero esa noche sentía que necesitaba algo que le ayudara a sostener el peso que llevaba dentro.
Se sentó en un banco en medio de la plaza, justo debajo de un farol.
Encendió el primer cigarrillo con manos temblorosas y levantó la vista hacia el cielo.
La luna estaba casi llena, brillante y fría, recortada contra el fondo oscuro.
Se quedó mirándola en silencio durante un largo rato, como si ella pudiera escucharlo.
El humo del cigarrillo subía lentamente frente a su rostro, difuminando la luz plateada por momentos.
Y entonces, en su mente, empezó a hablarle.
—“Mira… ahí estás otra vez —murmuró para sí mismo, casi sin voz, con los ojos fijos en la luna—.
Siempre tan tranquila, tan lejana.
Como si nada de lo que pasa aquí abajo te importara.
¿Sabes algo?
Hoy mi mamá sigue viva… pero no sé por cuánto tiempo más.
Está en esa cama, luchando sola, mientras yo estoy aquí, a miles de kilómetros, fumando como un idiota y pidiendo dinero a gente que me va a romper las piernas si no pago.” Dio una calada larga y soltó el humo con lentitud.
—“¿Por qué todo tiene que ser tan jodidamente difícil?
—continuó en su cabeza, como si la luna fuera la única que podía entenderlo—.
Yo solo quería sacarla adelante.
Solo quería que viviera.
Y ahora… ahora debo cinco mil dólares a unos tipos que no perdonan.
Tengo papeles falsos.
Tengo un trabajo que puedo perder en cualquier momento.
Y encima… encima está Laura.” Su mirada se ensombreció aún más.
—“La lastimé.
La lastimé una y otra vez.
La alejé porque no quería arrastrarla a mi mierda.
Porque si me descubren, si me deportan, ella también sufriría.
Y aun así… no dejo de pensar en ella.
En esa noche en el café.
En cómo me miró.
En cómo, por unos minutos, sentí que no estaba completamente solo en este mundo.” Se pasó la mano libre por la cara, cansado.
—“¿Qué hago, eh?
¿Qué carajo hago ahora?
¿Le digo la verdad y la pongo en peligro?
¿O sigo callado y la dejo creer que soy un hijo de puta sin corazón?
Dime tú… tú que lo ves todo desde arriba.
¿Vale la pena seguir luchando si al final voy a perderlo todo de todas formas?” El cigarrillo se consumió entre sus dedos.
Encendió otro sin pensarlo.
La luna seguía allí, imperturbable, brillante y distante.
Alejandro soltó una risa corta y amarga.
—“Claro… tú nunca respondes.
Solo miras.
Como siempre.” Se quedó allí sentado durante casi una hora, fumando en silencio y hablando con la luna en su mente, con la mirada apagada y el corazón más pesado que nunca.
No sabía que, en ese mismo banco donde ahora descansaba, Laura había estado la noche anterior, fumando y preguntándose por qué él se cerraba de esa forma.
No sabía que ella había dejado dos colillas aplastadas muy cerca de donde ahora estaban sus zapatos.
Dos personas rotas.
La misma plaza.
El mismo banco.
Solo con un día de diferencia.
Y la luna, testigo silencioso de todo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com