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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 Bajo el mismo farol
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17: Bajo el mismo farol 17: Bajo el mismo farol Era miércoles por la noche, pasadas las ocho.

Era miércoles por la noche, pasadas las ocho y media.

Laura apagó su computadora con un suspiro largo y cansado.

Había terminado el informe urgente que le pidieron a última hora y la oficina ya estaba prácticamente vacía.

Solo quedaban las luces de emergencia encendidas y el silencio pesado de los pasillos.

Recogió sus cosas lentamente, se puso el abrigo y salió al frío de la calle.

El estrés del día le había quedado adherido al cuerpo como una capa pesada.

Sentía los hombros rígidos, la mandíbula tensa y una ansiedad que le apretaba el pecho.

Necesitaba un cigarrillo.

Solo uno para poder respirar un poco mejor.

Sin pensarlo demasiado, sus pasos la guiaron de nuevo hacia la pequeña plaza de la noche anterior.

Se repetía una y otra vez que solo quería fumar en paz.

Al entrar en la plaza, el corazón le dio un vuelco.

Allí estaba él.

Alejandro sentado en el banco central, justo debajo del farol solitario.

La luz amarillenta caía sobre su figura como un foco tenue, resaltando su soledad.

Tenía un cigarrillo entre los dedos y la cabeza ligeramente echada hacia atrás, mirando la luna con una expresión completamente perdida, como si el mundo entero hubiera dejado de existir para él.

El humo subía lento frente a su rostro, difuminando sus facciones cansadas.

Laura se detuvo a varios metros de distancia, ocultándose parcialmente detrás de un árbol.

“Vete”, se ordenó a sí misma.

“Date la vuelta y vete.

Este hombre te ha rechazado una y otra vez.

¿Hasta cuándo vas a seguir preocupándote por el como una idiota?” Pero sus pies no se movieron.

Se quedó allí parada, observándolo.

Había algo en su postura —los hombros caídos, la mirada apagada fija en la luna— que le rompió algo por dentro.

Se veía tan solo, tan derrotado, que por un momento el resentimiento que sentía hacia él se mezcló con una profunda preocupación.

—Maldita sea… soy una estúpida —murmuró para sí misma, casi sin voz—.

La más estúpida de todas.

A pesar de todo, empezó a caminar hacia él.

Alejandro no notó su presencia al principio.

Seguía con la mirada clavada en la luna, perdido en un mundo interno lleno de miedo, culpa y agotamiento.

Solo cuando Laura se sentó a su lado, en el mismo banco, él giró lentamente la cabeza y la miró de reojo.

No dijo nada.

No se sorprendió.

Solo la observó durante un largo segundo con ojos cansados y luego volvió la vista al cielo, como si su llegada fuera algo que simplemente aceptaba sin fuerzas para cuestionar.

Se quedaron en silencio.

Un silencio largo, denso, cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir.

Laura podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Alejandro a pesar de los centímetros que los separaban.

Él, por su parte, sintió algo extraño y reconfortante en el pecho.

La presencia silenciosa de Laura no lo agobiaba.

Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía completamente solo bajo esa luna fría.

Ninguno de los dos se movió.

Ninguno habló.

Después de varios minutos que parecieron eternos, Laura reunió valor y habló en voz baja, casi tímida: —¿Me das un cigarrillo?

Alejandro la miró de nuevo.

Sin pronunciar una sola palabra, tomó la caja que tenía a su lado y se la extendió junto con el yesquero.

Sus dedos se rozaron por un breve instante.

Ninguno retiró la mano de inmediato.

Ese pequeño contacto se sintió más íntimo que cualquier palabra que hubieran podido decir.

Laura sacó un cigarrillo, lo encendió y dio la primera calada profunda.

Luego levantó la vista hacia la misma luna que él estaba mirando.

Los dos sentados en el mismo banco.

Los dos fumando en silencio.

Los dos mirando la misma luna.

El humo de sus cigarrillos se mezclaba en el aire frío de la noche, creando pequeñas nubes que subían juntas hacia el cielo.

Ninguno se atrevía a romper el momento con palabras.

Pero por primera vez en semanas, el silencio entre ellos no dolía.

Era casi… reconfortante.

Como si, por unos minutos, ambos hubieran encontrado un pequeño refugio en medio de la tormenta.

Laura sintió que algo dentro de su pecho se aflojaba un poco.

Alejandro cerró los ojos por un segundo, permitiéndose respirar más tranquilo con ella a su lado.

Ninguno sabía cuánto duraría esa frágil paz.

Pero por esa noche, bajo el mismo farol y la misma luna, ambos se permitieron simplemente estar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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