Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 18
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18: Palabras en el humo 18: Palabras en el humo El tiempo parecía haberse detenido bajo ese farol solitario.
Laura y Alejandro seguían sentados uno al lado del otro en el banco de concreto, fumando en silencio.
Solo se escuchaba el suave crepitar de los cigarrillos al quemarse y, a lo lejos, el rumor ocasional de algún auto.
El humo de ambos se mezclaba en el aire frío, subiendo en espirales hacia la luna.
Laura daba caladas lentas, observándolo de reojo.
Alejandro parecía un hombre al borde del abismo.
Las ojeras profundas marcaban su rostro, la mandíbula estaba tensa, y había una tristeza tan grande y pesada en su mirada que le dolía incluso a ella.
No pudo contenerse más.
—¿Estás bien?
—preguntó en voz baja.
Alejandro tardó varios segundos en responder.
Siguió mirando la luna durante un largo rato, como si estuviera reuniendo fuerzas.
Finalmente suspiró.
—No —admitió con voz ronca y cansada—.
No estoy bien, Laura.
Hace mucho que no estoy bien.
Laura sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
Era la primera vez en mucho tiempo que él admitía algo tan honesto frente a ella.
Quiso preguntarle mil cosas, pero se contuvo.
En cambio, dijo con suavidad: —¿Quieres… hablar de eso?
Alejandro soltó una risa corta y amarga, sin alegría.
—Si te contara todo, probablemente te levantarías de este banco y no querrías volver a verme nunca más.
—Tal vez —respondió ella con sinceridad—.
O tal vez me quedaría.
Hubo otro largo silencio.
Alejandro apagó su cigarrillo contra el banco y encendió otro casi de inmediato.
Sus manos temblaban visiblemente.
—Mi mamá… —empezó, pero la voz se le quebró desde la primera palabra.
Tragó saliva con dificultad y continuó—: Tiene cáncer.
Está en mi país, en un hospital.
La operaron el lunes.
Salió de cirugía, pero los médicos dijeron que las próximas horas son críticas.
No sé si va a despertar bien… no sé si va a sobrevivir.
Su voz se apagó.
Miró la luna como si esperara que ella le diera alguna respuesta.
Laura se quedó callada, procesando sus palabras.
Sintió que se le encogía el corazón.
Quería abrazarlo.
Quería reprocharle por qué había cargado con todo eso solo.
Pero solo logró murmurar: —Lo siento mucho, Alejandro.
Él asintió apenas, sin mirarla.
El silencio regresó, pero ahora era distinto.
Más honesto.
Más íntimo.
Laura encendió un segundo cigarrillo y, después de varios minutos, se atrevió a preguntar: —¿Por eso te cerraste tanto conmigo?
¿Por eso me alejaste de esa forma?
Alejandro miró la luna durante un largo rato antes de responder.
—Esa es una de las razones —dijo en voz baja—.
No quería arrastrarte a mi dolor.
No quería que cargaras con algo tan pesado.
Pensé que si te mantenía lejos, te protegía… pero solo terminé lastimándote más.
Laura sintió un escalofrío.
Quiso preguntarle qué otras razones había, pero sabía que si lo presionaba demasiado, él volvería a cerrarse.
—Tal vez yo decida si quiero cargar con eso o no —respondió con suavidad.
Alejandro giró la cabeza lentamente y la miró directamente a los ojos por primera vez en toda la noche.
Sus ojos oscuros reflejaban el brillo de la luna y un anhelo que ya no podía seguir escondiendo.
—No sabes lo complicado que es todo esto —susurró.
—Tal vez no —admitió Laura, sosteniéndole la mirada—.
Pero estoy cansada de huir de lo que siento.
Y estoy cansada de verte huir también.
Ninguno de los dos dijo nada más.
Se quedaron allí, hombro con hombro, fumando en silencio y mirando la misma luna.
El humo de sus cigarrillos se mezclaba en el aire frío, subiendo juntos hacia el cielo.
La noche era fría, pero entre ellos empezaba a crecer un calor distinto.
Frágil.
Asustado.
Lleno de miedo y de esperanza al mismo tiempo.
Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos se sintió completamente solo.
Finalmente, Alejandro apagó su cigarrillo y se levantó lentamente.
Se quedó de pie frente a ella, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y la mirada baja.
—Gracias… por escucharme —murmuró—.
De verdad.
Y lo siento.
Siento mucho cómo te he tratado estos días.
No tenías nada que ver con todo esto y yo… yo solo lo empeoré.
Laura levantó la vista hacia él, pero no supo qué responder.
Alejandro la miró una última vez, como si quisiera decir algo más, pero solo apretó la mandíbula y dio media vuelta.
Empezó a caminar hacia la salida de la plaza, con los hombros caídos y pasos pesados.
Laura se quedó sentada, viéndolo alejarse bajo la luz de los faroles.
Cuando su figura empezó a perderse en la oscuridad, soltó un largo suspiro y levantó la mirada hacia la luna.
Se quedó allí varios minutos más, sola con sus pensamientos, con el corazón latiéndole fuerte y una mezcla confusa de emociones que no lograba ordenar.
Finalmente, apagó su cigarrillo, se levantó del banco y comenzó a caminar hacia su casa, con la imagen de Alejandro bajo la luna todavía grabada en su mente.
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