Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 20
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20: Almuerzo compartido 20: Almuerzo compartido A la mañana siguiente, antes de entrar a la oficina, Alejandro se detuvo en un kiosco cercano y compró un periódico.
Sus ojos recorrieron con urgencia la sección de clasificados, buscando ofertas de trabajo nocturno.
Marcó mentalmente varias opciones mientras caminaba: vigilante en un almacén industrial, personal de limpieza en oficinas corporativas… cualquier cosa que le permitiera ganar dinero extra.
Llegó a su escritorio con la mente dividida.
La conversación de la noche anterior con Laura todavía resonaba en su cabeza, pero la realidad de las deudas no le daba tregua.
Cuando llegó la hora del almuerzo, tomó su táper y se dirigió a la cafetería de la empresa.
Se sentó en una mesa apartada, cerca de la ventana.
Abrió su recipiente: arroz blanco, un trozo pequeño de pollo y un huevo hervido.
Empezó a comer mientras abría el periódico sobre la mesa y, con un bolígrafo en la mano, comenzó a marcar las ofertas que le parecían más viables.
Estaba tan concentrado que no se dio cuenta cuando alguien se acercó.
Laura apareció con su propio almuerzo casero en un recipiente.
Después de lo que había pasado la noche anterior, había tomado una decisión: ya no quería seguir evitándolo.
Se sentó en la misma mesa, justo a su lado, sin pedir permiso.
Alejandro levantó la vista, visiblemente sorprendido.
Por un segundo pareció que iba a decir algo, pero solo murmuró: —Hola… —Hola —respondió ella con una pequeña sonrisa tímida.
Se hizo un silencio breve.
Alejandro volvió la mirada al periódico, aunque ya no marcaba nada.
Laura abrió su táper: ensalada de pollo con verduras, arroz integral y un poco de fruta.
Miró de reojo el almuerzo de él y sintió una punzada fuerte en el pecho.
Era tan poco… tan simple.
Se preguntó por qué comía tan poco, pero no se atrevió a preguntar.
Después de unos minutos, Laura reunió valor y habló en voz baja: —¿Qué tanto marcas en el periódico?
Alejandro dudó un segundo.
Siguió con la vista baja.
—Estoy buscando trabajo nocturno —dijo finalmente, con voz cansada—.
Necesito ahorrar más dinero.
Laura se quedó callada, procesando sus palabras.
Comieron casi en silencio durante varios minutos más, pero esta vez el silencio se sentía menos pesado.
Cuando terminaron el almuerzo, recogieron sus cosas y caminaron juntos de regreso a sus puestos en la oficina.
Hablaron de temas superficiales: el clima, un proyecto nuevo que había llegado esa mañana, lo lento que pasaba el tiempo esa semana.
Nada profundo, pero era la primera vez en días que caminaban uno al lado del otro sin tensión evidente.
A las seis de la tarde, la oficina empezó a vaciarse.
La gente recogía sus pertenencias, apagaba las computadoras y se despedía entre risas y comentarios sobre el tráfico.
Laura también recogió sus cosas, pero al levantar la vista notó que Alejandro seguía sentado en su puesto.
Tenía el periódico abierto sobre el escritorio y miraba fijamente una de las ofertas, sin moverse.
Intentó irse.
Dio unos pasos hacia la salida, pero algo la detuvo.
Suspiró, molesta consigo misma.
—“Ahí voy de nuevo… preocupándome por él innecesariamente” —pensó.
Aun así, dio media vuelta y se acercó a su escritorio.
Le tocó suavemente el hombro.
Alejandro se sobresaltó un poco y levantó la mirada.
Al verla, parpadeó sorprendido.
—¿Todavía estás aquí?
—preguntó.
—Vi que no te habías movido —respondió Laura con suavidad—.
Quise preguntarte si todo estaba bien.
Alejandro miró el periódico abierto frente a él y luego a ella.
—Estaba pensando en llamar para una entrevista —dijo—.
Es para vigilante en un almacén industrial.
El turno es de noche, pero el pago es bueno y parece tranquilo.
Laura frunció ligeramente el ceño.
—¿Estás seguro con ese plan?
Trabajar de día y de noche… te vas a desgastar mucho.
Alejandro se levantó de su silla y empezó a recoger sus cosas con movimientos lentos.
—No estoy seguro —admitió con honestidad—.
Pero no tengo otra opción.
Laura intentó decir algo más, pero las palabras se le quedaron atascadas.
Finalmente, solo logró decir: —Cuida tu salud, Alejandro.
Si caes enfermo, todo será en vano.
Él se quedó quieto un segundo y asintió lentamente.
—Lo haré —respondió en voz baja—.
No quiero caer enfermo y poner en riesgo ambos trabajos.
Salieron juntos de la oficina.
Caminaron en silencio por el pasillo, bajaron en el ascensor y cruzaron el lobby.
No dijeron nada más, pero tampoco se separaron.
Al llegar a la entrada principal, Alejandro se detuvo y la miró.
—Gracias por sentarte conmigo hoy —dijo en voz baja—.
Nos vemos mañana.
Laura solo asintió.
Se quedó parada en la puerta, viéndolo alejarse por la acera con los hombros ligeramente encorvados.
Cuando su figura se perdió entre la gente, soltó un largo suspiro y empezó a caminar hacia su casa.
La distancia entre ellos seguía ahí.
Pero por primera vez, también había algo más.
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