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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 4

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4: Capítulo 4: Casi 4: Capítulo 4: Casi Al día siguiente tuvieron que reunirse otra vez por el proyecto.

Esta vez Patricia los mandó a una sala más pequeña, casi al final del pasillo.

Era un espacio estrecho, con una mesa rectangular, solo dos sillas y una ventana que daba a un patio interno gris.

El lugar perfecto para que dos personas que intentaban evitarse no tuvieran escapatoria.

Laura llegó primero.

Se sentó y abrió su laptop, aunque no tenía ninguna intención real de trabajar.

Tenía el estómago cerrado y el pulso acelerado.

Se repetía mentalmente que iba a ser profesional, fría y distante.

No más debilidades.

Pero cuando Alejandro entró y cerró la puerta detrás de él, todo el aire de la habitación se volvió pesado.

Él se sentó frente a ella.

Durante los primeros minutos hablaron solo de números, fechas y gráficos.

Frases cortas, secas, estrictamente laborales.

Pero el silencio entre una frase y otra era ensordecedor.

De pronto, Alejandro dejó el bolígrafo sobre la mesa y la miró directamente.

—Laura… —su voz sonó más baja de lo normal, casi ronca—.

Sobre lo del otro día… no quise sonar tan cortante.

No es que no quiera… es complicado.

Ella levantó la vista lentamente.

El corazón le dio un golpe fuerte contra las costillas.

—¿Complicado cómo?

—preguntó, casi en un susurro.

Alejandro se pasó la mano por la cara, visiblemente cansado.

Por un segundo sus ojos se suavizaron al mirarla, como si estuviera a punto de decir algo importante.

Sus manos estaban muy cerca sobre la mesa.

Laura sintió que el aire se cargaba.

—Es que… desde esa noche en el café no he podido dejar de pensar en ti —confesó él, con la voz baja y quebrada—.

Y eso me está jodiendo la cabeza, porque no debería.

Laura sintió que algo se calentaba dentro de su pecho.

Por primera vez en mucho tiempo sintió una chispa de esperanza.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, casi sin darse cuenta.

—Entonces no lo compliques más —dijo ella con voz suave—.

Yo tampoco he podido sacarte de la cabeza.

El silencio que siguió fue denso, cargado.

Alejandro la miró a los ojos durante varios segundos.

Sus manos estaban tan cerca que solo faltaba un movimiento para que se tocaran.

Por un instante pareció que iba a tomar la de ella.

Pero de pronto su expresión cambió por completo.

Se puso rígido, como si hubiera recordado algo horrible.

Apartó la mirada y se echó hacia atrás en la silla, creando distancia.

—No puedo —dijo con voz fría y cortante—.

Esto no va a pasar.

Laura parpadeó, confundida.

El calor que había sentido hace un segundo se convirtió en hielo.

—¿Cómo que no puedes?

Hace un segundo estabas diciendo que… —Olvídalo —la interrumpió él, más seco de lo que pretendía—.

No debí decir nada.

Fue un error.

Ella sintió que le clavaban algo afilado en el pecho.

—¿Un error?

—repitió, con la voz quebrándose un poco—.

¿Entonces solo jugaste conmigo?

¿Me dices que piensas en mí y al segundo te arrepientes como si fuera una estupidez?

Alejandro apretó la mandíbula con tanta fuerza que se le marcó en la cara.

Quería gritarle la verdad.

Quería contarle todo: los papeles falsos, el cáncer de su madre, el préstamo peligroso, el miedo constante.

Pero las palabras se le atoraron en la garganta.

—Solo… mantengamos esto profesional —dijo finalmente, sin mirarla a los ojos—.

Es lo mejor.

Laura se quedó callada.

Sintió cómo la humillación le subía por el cuello y le quemaba la cara.

Se sentía estúpida, expuesta y rechazada de la peor forma posible.

Otra vez.

—Sabes qué?

Tienes razón —respondió ella con una sonrisa amarga y los ojos brillantes de rabia contenida—.

Mejor mantenemos esto profesional.

No te preocupes, no volveré a molestarte con tonterías.

Recogió sus cosas con movimientos rápidos y salió de la sala sin darle oportunidad de responder.

Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.

Alejandro se quedó solo, mirando la puerta cerrada.

Se llevó las manos a la cabeza y soltó un suspiro largo y doloroso.

“Bien hecho, imbécil”, se dijo a sí mismo.

“Ahora sí la lastimaste de verdad.” En el baño de mujeres, Laura se encerró en un cubículo y se apoyó contra la puerta.

No lloró.

Solo se quedó ahí parada, respirando con dificultad, sintiendo una mezcla asfixiante de vergüenza, rabia y una decepción tan grande que le dolía el pecho.

Se sentía usada.

Se sentía ridícula por haber bajado la guardia tan rápido.

Y lo peor de todo… seguía queriendo entenderlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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