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Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 5

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5: Silencio forzado 5: Silencio forzado Los siguientes cuatro días fueron un infierno silencioso y lento.

Laura y Alejandro apenas cruzaron palabra.

Cuando el proyecto lo requería, se enviaban mensajes por el chat interno de la empresa: cortos, secos y estrictamente profesionales.

“Adjunto los nuevos gráficos.” “Revisados.

Falta ajustar los tiempos de entrega.” “Ok.” Nada más.

Ni un saludo.

Ni un “por favor”.

Ni siquiera un emoji.

En la oficina se evitaban como si tuvieran una enfermedad contagiosa.

Si Laura entraba a la sala de descanso y veía a Alejandro allí, daba media vuelta sin pensarlo y esperaba cinco minutos afuera, fingiendo revisar su teléfono.

Si él la veía venir por el pasillo, bajaba la mirada y aceleraba el paso, como si mirarla le quemara.

Pero la tensión no desaparecía.

Al contrario, crecía cada día, como una presión que se acumulaba en el pecho y no encontraba salida.

Laura se sentía cada vez más irritada consigo misma.

Por las mañanas llegaba a la oficina con el estómago cerrado y pasaba el día entero con una presión constante en el pecho.

Lo peor no era que él la ignorara… era que, a pesar de todo, ella seguía pendiente de él.

Seguía recordando su voz ronca en el café, la forma en que la había mirado esa noche, y eso la enfurecía aún más.

“¿Cómo puedes decirme que pensabas en mí y luego tratarme como si fuera nada?”, pensaba mientras miraba su pantalla sin verla.

“Cobarde de mierda.” Alejandro no estaba mejor.

Cada vez que la veía pasar frente a su escritorio, sentía un golpe seco en el estómago.

Sabía perfectamente que la había lastimado.

Lo veía en su forma de caminar más rígida, en cómo evitaba mirarlo, en la frialdad de sus mensajes.

Y aunque quería explicarle todo, el miedo lo paralizaba por completo.

Su madre había entrado en una nueva ronda de quimioterapia esa semana.

El hospital le había enviado un mensaje urgente: necesitaba pagar 1.800 dólares antes del viernes o suspenderían el tratamiento.

Él estaba trabajando horas extras, comiendo lo mínimo posible y durmiendo cuatro horas diarias.

No podía permitirse distracciones.

No podía permitirse a Laura.

El jueves por la tarde tuvieron que reunirse obligatoriamente para revisar el avance del proyecto.

Solo quince minutos.

La sala estaba fría y la luz blanca del fluorescente los hacía ver más pálidos de lo normal.

Laura llegó primero y se sentó.

Alejandro entró dos minutos después y dejó la carpeta sobre la mesa sin mirarla.

—Aquí están los últimos datos —dijo él con voz neutra.

—Bien —respondió ella, igual de fría.

Trabajaron en silencio casi todo el tiempo.

Solo hablaban cuando era estrictamente necesario.

En un momento, sus manos casi se rozaron al pasar unos papeles.

Los dos las retiraron como si se hubieran quemado.

Cuando terminaron, Alejandro cerró la carpeta y se levantó rápido.

—Creo que con esto alcanza por hoy —murmuró.

Laura no contestó.

Solo asintió sin mirarlo.

Él dudó un segundo en la puerta.

Por un instante quiso decir algo.

Cualquier cosa.

“Lo siento”.

“No es lo que piensas”.

“Me estás volviendo loco”.

Pero no dijo nada.

Salió y cerró la puerta suavemente.

Laura se quedó sola en la sala.

Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que sintió dolor.

Tenía ganas de tirar todo al piso, de gritar, de llorar de pura rabia.

Pero solo se quedó ahí sentada, respirando profundo, intentando tragarse el nudo que tenía en la garganta.

Esa noche, al llegar a su departamento, se sirvió una copa de vino y se quedó mirando la pared durante largo rato.

—Esto es ridículo —susurró para sí misma—.

Apenas lo conozco… ¿por qué duele tanto?

A varios kilómetros de distancia, en un pequeño cuarto que rentaba, Alejandro estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos y el celular sobre la mesa mostrando el saldo de su cuenta: apenas suficiente para cubrir el pago de su madre.

Se sentía atrapado.

Se sentía solo.

Y lo que más le dolía era saber que la única persona que le había importado en mucho tiempo ahora lo miraba con resentimiento.

Y él mismo había provocado eso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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