Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 6
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6: Frío y distancia 6: Frío y distancia Los días siguientes se convirtieron en una rutina dolorosa y mecánica.
Laura y Alejandro ya ni siquiera intentaban disimular la frialdad entre ellos.
En la oficina se trataban como dos extraños que casualmente compartían el mismo techo y el mismo proyecto.
Cuando tenían que coordinar algo, lo hacían por mensaje o por correo electrónico.
Nunca cara a cara si podían evitarlo.
Cada vez que Laura lo veía pasar por el pasillo, sentía una punzada aguda en el pecho.
Ya no era solo rabia… era algo más profundo, una mezcla de humillación y tristeza que la hacía sentirse pequeña.
Se odiaba por seguir reaccionando a su presencia.
Se odiaba aún más por no poder ignorarlo del todo.
Alejandro, por su parte, caminaba por la oficina como un fantasma.
Tenía la mirada siempre baja, los hombros más encorvados de lo normal y una expresión permanente de agotamiento.
Nadie más lo notaba, pero él sentía que cada paso le costaba más.
El proyecto avanzaba, pero a un ritmo lento y tenso.
Patricia, la jefa, empezó a notar que algo no iba bien.
—Chicos, ¿todo bien con la propuesta?
—preguntó un día en el pasillo, mirando alternadamente a los dos—.
Los plazos se están apretando.
Necesito que estén más sincronizados.
Laura forzó una sonrisa profesional.
—Todo bajo control —mintió.
Alejandro solo asintió en silencio.
Cuando Patricia se alejó, Laura y Alejandro se quedaron solos un segundo en el pasillo.
El aire se volvió denso.
—Tenemos que terminar la presentación esta semana —dijo él finalmente, sin mirarla a los ojos—.
¿Puedes revisar los textos que te mandé ayer?
—Los revisé anoche —respondió ella con tono cortante—.
Te mandé los cambios por correo.
—Bien.
Y eso fue todo.
Ninguna mirada.
Ninguna palabra extra.
Alejandro dio media vuelta y se fue.
Laura se quedó allí parada, apretando el vaso de café con tanta fuerza que casi lo arrugó.
Sentía ganas de gritarle en medio del pasillo: “¿Qué te pasa?
¿Por qué me tratas como si fuera nada después de lo que dijiste?”.
Pero se tragó todo y volvió a su escritorio con la mandíbula apretada.
Esa misma tarde, mientras revisaba los últimos ajustes del proyecto, recibió un mensaje de Patricia en el grupo del equipo: “Reunión de avance mañana a las 9:00 a.m.
Alejandro y Laura, por favor preparen la presentación completa.
El cliente quiere ver resultados esta semana.” Laura soltó un suspiro largo.
Otra reunión juntos.
Otro día fingiendo que no pasaba nada.
Mientras tanto, en su escritorio al otro lado de la planta, Alejandro leía el mismo mensaje con la vista nublada.
Tenía los ojos rojos de cansancio.
La noche anterior había enviado casi todo el dinero que le quedaba a su tía para el siguiente pago del tratamiento de su madre.
Apenas le alcanzaba para comer el resto del mes.
Y ahora esto.
Se pasó la mano por la cara y murmuró para sí mismo: —No puedo seguir así… Pero sabía que no tenía opción.
Tenía que mantener la distancia.
Tenía que ser frío.
Aunque cada vez que veía a Laura sentía que algo se le rompía un poco más por dentro.
Esa noche, Laura llegó a su departamento, tiró los zapatos en la entrada y se dejó caer en el sofá.
Se quedó mirando el techo durante casi una hora, con el celular en la mano y el chat de la empresa abierto.
El último mensaje de Alejandro seguía allí: “Recibido.
Gracias.” Ni siquiera un “gracias, Laura”.
Solo “gracias”.
Se mordió el labio y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas de pura frustración.
—¿Por qué me importa tanto?
—susurró—.
Solo fue una noche… solo fue un café.
Pero sabía que se estaba mintiendo.
No era solo un café.
Era la forma en que él la había mirado.
Era la forma en que había hablado.
Era la conexión que sintió esa noche y que ahora parecía haber desaparecido por completo.
Alejandro, en su pequeño cuarto alquilado, estaba sentado en el suelo con la espalda contra la pared.
Tenía el celular en la mano y el mismo chat abierto.
Quería escribirle.
Quería explicarle todo.
Quería decirle que no era por ella, que era por él, que estaba aterrado de arruinarlo todo.
Pero no escribió nada.
Apagó la pantalla y se quedó mirando la oscuridad.
El silencio entre ellos se estaba volviendo más pesado que cualquier palabra.
Y ninguno de los dos sabía cuánto tiempo más podrían soportarlo.
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