Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 7
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7: Tiempo robado 7: Tiempo robado El viernes por la mañana todo cambió de golpe, como si el universo se empeñara en no dejarlos respirar.
Laura acababa de sentarse en su escritorio, todavía con el café tibio en la mano y el cuerpo pesado por otra noche de sueño entrecortado, cuando Patricia apareció en la sala principal y reunió con voz urgente a todo el equipo de Marketing y Logística.
—Les informo que la presentación del proyecto de la nueva ruta logística se ha adelantado drásticamente.
El cliente quiere verla el próximo miércoles por la mañana, no el viernes como estaba previsto.
Eso significa que tienen exactamente cuatro días hábiles para terminarlo todo: propuesta completa, diseño final, datos actualizados, simulación de resultados y ajustes de última hora.
Un murmullo de protestas y suspiros de cansancio recorrió la sala.
Alguien murmuró “esto es imposible”.
Patricia levantó la mano para silenciarlos, con expresión seria y cansada.
—No hay margen de negociación.
Si no entregamos a tiempo, perdemos al cliente.
Alejandro y Laura, ustedes siguen siendo los responsables principales de unir marketing y logística.
Quiero avances diarios, ya sea por correo, chat o en persona.
Si es necesario, se quedan hasta tarde o trabajan durante el fin de semana.
No me importa cómo lo hagan, pero el miércoles a las nueve en punto necesito una presentación impecable.
¿Entendido?
Laura sintió que el estómago se le caía al piso.
Su mirada, casi contra su voluntad, buscó a Alejandro al fondo de la sala.
Él estaba de pie con los brazos cruzados y la expresión pétrea.
Por un brevísimo instante sus ojos se encontraron.
Fue como recibir un golpe silencioso.
—Entendido —respondieron los dos casi al unísono, con voces apagadas.
Al terminar la reunión, Patricia se acercó directamente a ellos en el pasillo, bajando un poco el tono.
—Chicos, sé que ya tuvieron una reunión de avance ayer, pero ahora el tiempo se acaba.
Cancelen todo lo demás que tengan.
Si hace falta, trabajen juntos en la misma sala todo el día.
El resultado tiene que ser excelente.
¿Está claro?
—Claro —murmuró Laura, con la garganta seca.
Alejandro solo asintió, la mandíbula tan tensa que se le marcaban los músculos.
Cuando Patricia se alejó, quedaron solos un momento en el pasillo.
El aire entre ellos se volvió inmediatamente denso, cargado de todo lo que no se decían.
—Parece que no vamos a poder seguir evitándonos —dijo Alejandro en voz baja, sin atreverse a mirarla a los ojos.
Laura soltó una risa corta, amarga y llena de resentimiento.
—Qué conveniente para ti, ¿no?
Ahora puedes seguir actuando como si nada hubiera pasado, pero obligados a estar cerca todo el día.
Qué suerte la mía.
Él apretó la mandíbula con fuerza.
Por un segundo pareció que iba a responder algo más, pero se contuvo.
Solo dijo, con voz ronca: —Empezamos en una hora en la sala pequeña.
Trae todo lo que tengas listo.
Y se marchó sin esperar respuesta.
Durante las siguientes horas trabajaron casi en completo silencio.
La urgencia del nuevo plazo los obligaba a comunicarse más de lo que hubieran querido: pedir opiniones, corregir números, alinear textos y gráficos.
Cada frase era seca, funcional, mínima.
Cada mirada era esquiva.
Pero la cercanía física era inevitable y dolorosa.
En un momento, mientras revisaban el mismo documento en la pantalla de la laptop, sus hombros casi se rozaron.
Laura se apartó bruscamente, como si el contacto le hubiera quemado.
Alejandro se tensó visiblemente y apartó su silla unos centímetros.
A las siete de la tarde la oficina ya estaba casi vacía.
Solo quedaba el zumbido constante de los fluorescentes y el sonido ocasional de sus teclados.
Laura se frotó los ojos con fuerza, exhausta física y emocionalmente.
El cansancio acumulado junto con la tensión constante la estaban desgastando.
—No entiendo por qué todo tiene que ser tan complicado… —murmuró, más para sí misma que para él, mientras se masajeaba las sienes.
Alejandro levantó la vista lentamente.
Por un brevísimo instante su expresión se suavizó, como si estuviera a punto de decir algo más humano.
Pero el muro volvió a levantarse casi de inmediato.
—Porque la vida es así —respondió con tono frío y resignado—.
Casi nunca sale como uno quiere.
Laura lo miró con rabia contenida.
Quería gritarle, sacudirlo, exigirle una explicación por todo el cambio brusco de actitud.
Quería preguntarle por qué le había dicho que no podía sacarla de su cabeza y ahora la trataba como si fuera una molestia incómoda.
Pero solo apretó los labios hasta que le dolieron y volvió la vista a la pantalla.
—Sigamos —dijo secamente—.
Cuanto antes terminemos esto, mejor.
Alejandro asintió en silencio, pero por dentro sentía que se estaba rompiendo pedazo a pedazo.
Estar tan cerca de ella durante horas, respirar el mismo aire, ver sus dedos tecleando con frustración, oler su perfume sutil… era una tortura mucho más cruel de lo que había imaginado.
Y ahora, con solo cuatro días por delante, no tendría escapatoria.
Cuatro días de estar encerrados en la misma sala, obligados a colaborar, mientras el secreto le quemaba el pecho y el deseo que se prohibía sentir lo consumía lentamente.
A las nueve y media de la noche, Laura cerró su laptop con un golpe seco.
—Creo que por hoy es suficiente —dijo sin mirarlo—.
Mañana seguimos.
Alejandro se quedó sentado unos segundos más, mirando la pantalla apagada.
—Bien —murmuró—.
Descansa.
Ella no respondió.
Recogió sus cosas con movimientos bruscos y salió de la sala sin despedirse.
Alejandro se quedó solo bajo la luz fría de los fluorescentes.
Se pasó las manos por la cara, exhausto, y soltó un largo suspiro que sonó casi como un gemido de dolor.
Sabía que los próximos días iban a ser un infierno.
Y, aunque le avergonzara admitirlo, una parte traicionera de él no quería que esa tortura terminara nunca.
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