Entre Líneas y Silencios. - Capítulo 8
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8: Silencio tóxico 8: Silencio tóxico Los días siguientes (lunes y martes) se convirtieron en una lenta y agotadora guerra de desgaste.
Después del intenso viernes y de un fin de semana en el que ambos intentaron (sin éxito) desconectarse, la realidad del plazo reducido los golpeó con fuerza.
Tenían que trabajar juntos casi todo el día en la sala pequeña del fondo del pasillo.
La urgencia los obligaba a hablar más, a revisar juntos cada detalle, a pasar horas sentados a menos de un metro de distancia.
Y, sin embargo, nunca habían estado tan lejos el uno del otro.
Laura llegaba cada mañana con ojeras más marcadas y una armadura de indiferencia cada vez más frágil.
Ya no intentaba ser amable.
Sus comentarios eran cortantes, sus miradas fugaces y cargadas de resentimiento.
Cada vez que Alejandro abría la boca para explicar un dato logístico, ella respondía con monosílabos o con correcciones secas.
Sentía que cada hora compartida era una nueva humillación.
Alejandro, por su parte, parecía un hombre al borde del colapso.
Trabajaba con la cabeza baja, la voz ronca por el cansancio y los hombros permanentemente tensos.
Apenas dormía cuatro horas.
El dinero que había enviado la semana pasada para el tratamiento de su madre había dejado su cuenta casi en cero, y la presión de la deuda que se avecinaba no le daba tregua.
Estar cerca de Laura era una tortura doble: quería acercarse y, al mismo tiempo, necesitaba alejarla lo más posible.
El lunes por la tarde la tensión subió un escalón.
Estaban revisando la simulación de tiempos de entrega cuando Laura señaló un error en los cálculos de Alejandro.
—Aquí dice 14 días.
Deberían ser 18, como acordamos la semana pasada —dijo ella sin levantar la vista de la pantalla.
Alejandro revisó los números, frunció el ceño y corrigió el dato en silencio.
No dijo “gracias”.
No dijo nada.
Laura esperó unos segundos.
Al ver que él no reaccionaba, soltó una risa baja y amarga.
—Claro.
Ni siquiera un “tienes razón”.
Sigues igual de comunicativo que siempre.
Alejandro apretó la mandíbula.
—No es el momento, Laura.
—Nunca es el momento contigo —replicó ella, subiendo un poco el tono—.
¿Sabes qué es lo más patético?
Que sigo esperando que en algún momento te comportes como la persona que conocí aquella noche en el café.
Pero esa persona parece haber desaparecido por completo.
Él cerró los ojos un segundo, como si las palabras le dolieran físicamente.
—Esa persona no puede permitirse existir ahora —murmuró casi para sí mismo.
Laura lo miró fijamente, esperando que continuara.
Pero Alejandro volvió a bajar la vista hacia la pantalla y siguió trabajando como si no hubiera dicho nada.
El silencio que cayó después fue peor que cualquier discusión.
El martes la situación empeoró.
Trabajaban hasta tarde otra vez.
La oficina estaba prácticamente vacía y solo se escuchaba el tecleo constante y el zumbido de los fluorescentes.
Alrededor de las ocho y media, el celular de Alejandro vibró sobre la mesa.
Él miró la pantalla, se puso visiblemente pálido y se levantó de golpe.
—Tengo que contestar —dijo con voz tensa, y salió rápidamente al pasillo cerrando la puerta tras de sí.
Laura se quedó sola en la sala.
A través de la puerta entreabierta podía oír fragmentos de la conversación.
La voz de Alejandro sonaba más baja de lo normal, pero cargada de urgencia y angustia.
Palabras como “mamá”, “dinero” y “por favor” llegaban con claridad.
El tono era inconfundible: estaba al borde del llanto, desesperado.
Aunque no alcanzaba a entender todos los detalles, era evidente que algo grave estaba ocurriendo.
Cuando Alejandro regresó diez minutos después, su rostro estaba ceniciento.
Tenía los ojos rojos y se movía como si cargara plomo en las piernas.
Se sentó sin decir una palabra y abrió de nuevo el documento, intentando retomar el trabajo como si nada hubiera pasado.
Laura ya no pudo contenerse.
—¿Qué pasa?
—preguntó, esta vez con un tono que mezclaba preocupación y frustración—.
Se te nota que algo anda muy mal.
No soy idiota, Alejandro.
Él negó con la cabeza, sin mirarla.
—No es nada que te concierna.
Esa respuesta fue como una cachetada.
Laura sintió que la rabia le subía por el pecho como lava.
—¿No es nada que me concierna?
—repitió con voz temblorosa de indignación—.
Llevamos días trabajando codo a codo, me tratas como si tuviera la peste, y cuando te pregunto si estás bien me respondes eso.
Perfecto.
Entendido.
Se levantó de la silla con brusquedad, recogiendo su laptop y sus notas.
—Sabes qué?
Haz lo que quieras.
Yo termino mi parte sola.
Alejandro levantó la vista por primera vez en varios minutos.
Por un instante pareció que iba a decir algo importante, que las palabras por fin iban a salir.
Pero solo apretó los labios y volvió a bajar la mirada.
—Como prefieras —dijo en voz baja.
Laura salió de la sala dando un portazo suave pero cargado de rabia contenida.
Alejandro se quedó solo, con la cabeza entre las manos.
La llamada había sido de su tía: su madre había tenido una complicación durante la noche y necesitaba una intervención más cara de lo previsto.
El dinero que acababa de enviar ya no alcanzaba.
Necesitaba más.
Mucho más.
Y él no sabía cómo conseguirlo sin hundirse todavía más.
Mientras tanto, Laura caminaba por el pasillo vacío con los ojos ardiendo.
Se sentía humillada, rechazada y estúpida por seguir preocupándose por alguien que claramente no quería su preocupación.
El silencio entre ellos ya no era solo incómodo.
Se estaba volviendo tóxico.
Y ambos sabían que, al día siguiente, tendrían que pararse juntos frente al cliente y fingir que formaban un equipo perfecto.
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