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Ephemeral Darkness - Capítulo 10

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10: Capítulo 9 10: Capítulo 9 Por lo visto, de todas las reacciones que esperaba por parte de Blackburn, actuar como un demente no estaba en las opciones, ya que él habitualmente parecía serlo.

Creí que simplemente haría un comentario incómodo sobre abrazos a personas distraídas, pero me equivoqué.

Amenazó de muerte a Jake y yo quedé paralizada por la impresión y perplejidad.

—¡Te lo repito, mundano miserable!

—vociferó Blackburn— ¿estás ciego o quieres que te extirpe los globos oculares para que tengas una excusa coherente y digas que no te has dado cuenta del lenguaje corporal de Sophie?

¡Ella no te quiere cerca y, por ende, yo tampoco!

—¿Quién es este idiota, So?

—Jake se dirigió a mí con el ceño fruncido.

—Ya te he dicho mi nombre—ladró Blackburn—ahora lárgate.

—¿De dónde lo conoces?

—continuó Jake preguntándome, ignorando vilmente a Blackburn.

—Es un amigo de la universidad—respondí sin entrar en detalles.

—¿Y qué hace aquí?

—increpó Jake, irritado.

Sus ojos oscuros no se despegaban de Blackburn y yo me puse cada vez más nerviosa.

—La traje a casa, ¿tienes algún problema con eso, humano infeliz?

—inquirió Blackburn con una mirada asesina, incluso sus pupilas se le dilataron por completo.

Nueva expresión desbloqueada.

—¿Tus padres están de acuerdo con que te traiga este cavernícola sin educación hasta Snowshill?

—Jake arrugó la nariz, enviándole una mirada desaprobatoria a mi rubio y extraño acompañante.

—¿Podemos hablar después, Jake?

Me estoy muriendo de frío y quiero entrar a casa; ya que, como sabrás, cada año puedo venir de visita y en estos momentos hay una ola polar que está congelando el ambiente—le expliqué, frotándome los brazos por encima del abrigo y sonriendo mecánicamente para zanjar aquel enfrentamiento ridículo.

—De acuerdo, únicamente porque tú me lo pides—gruñó y sin miramientos, tiró de mi brazo hacia él, plantándome un beso en la mejilla que duró mil años desde mi perspectiva y la de Blackburn—te veo luego, ¿sí?

Asentí, agobiada por la situación.

La intensidad de Jake se incrementó a mil por ciento ante la presencia de Blackburn Varkáris.

Perfecto.

—¡Estoy rifando una paliza que incluye destrucción facial!

—le gritó Blackburn con odio a Jake cuando este se alejó unos pasos— ¡Y para mi buena suerte, tú sacaste todos los malditos números, humano depravado!

Sus palabras me hicieron reír y Jake le enseñó el dedo corazón a lo lejos.

La risa quedó atascada en mi garganta en el instante que oí la voz de mi madre detrás de nosotros.

—¿Sophie?

¿Cariño?

Blackburn por su parte, aventuró a volverse a ella antes de que yo levantara la vista y la mirara venir caminando con desconfianza hacia a mí, junto con Bowie, nuestro perro Golden Retriever de cuatro años, quien se abalanzó a mi espalda, llenándome de lamidas, ladridos y aullidos de emoción.

Estuve a punto de caer, y por tercera vez, Blackburn evitó que cayera.

Si seguía desafiando las leyes de la gravedad, a ese ritmo, yo le estaría debiendo mil veces la vida.

—¡Bowie!

—lo reprendió mi madre y le jaló la correa.

—Estoy bien, mamá, no pasa nada—me sacudí el pelaje en mi ropa y sonreí.

Hasta ese momento, percibí la mirada de mi mamá sobre Blackburn.

Sus ojos castaños destilaban sorpresa y picardía.

No entendí bien a qué se debía semejante expresión, hasta que sentí el apretón en el brazo, proveniente de la enorme mano de Blackburn, todavía sosteniéndome para no caer en la nieve.

—Pensé que no ibas a venir, cariño—me dijo ella, abrazándome cálidamente.

Bowie se dedicó a olfatear al chico extraño de cabello rubio que yacía revolviéndole las orejas con diversión.

—También yo, pero mi amigo Black se ofreció a traerme en su coche—señalé a Blackburn y a su tierno vehículo robado aparcado detrás del de mi padre.

—¿Tu amigo Black?

—preguntó mi madre, mirándolo de arriba abajo.

—Hola, señora progenitora de Sophie Beaumont—se presentó, extendiéndole la mano y quise esconder la cabeza como un avestruz.

Estaba actuando más raro que de costumbre—me llamo Blackburn Varkáris, pero puede llamarme Black, tal como su vástago aquí presente me llamó, acortando mi nombre—me señaló con la barbilla, esbozando una sonrisa decente de oreja a oreja, enseñando la mayor parte de su perfecta dentadura.

Nueva expresión desbloqueada.

Mamá me envió una mirada confusa y después sonrió con nerviosismo.

—Mucho gusto, Black.

Soy Wendy Beaumont, madre de Sophie—le estrechó la mano—y agradezco que te hayas tomado la molestia de traerla hasta acá.

Y para rematar más la situación, apareció mi padre por la parte de atrás de la casa.

Su rostro ensombrecido por la confusión me hizo querer salir corriendo.

Era un hombre de pésimo temperamento.

Lo amábamos mucho, pero teníamos que ser cuidadosas para tratarlo.

—Hija, me alegro de que estés aquí—me saludó, dándome un beso en la frente, pero sus ojos en Blackburn— ¿y este joven quién es?

Quise hablar primero, pero las palabras se quedaron atascadas en mi garganta reseca por los nervios.

Una cosa era agradarle a mi madre y otra muy diferente a mi padre.

Blackburn cuadró los hombros y alargó la mano a él con firmeza y seguridad.

Enseguida noté la mirada aceitunada de mi padre sobre el piercing en la ceja de mi amigo.

Tragué saliva.

Había tenido suerte de que no se había puesto el del labio o estaríamos perdidos.

—Usted debe ser el señor Beaumont—dijo Blackburn con voz tranquila y serena—mi nombre es Blackburn Varkáris, es un placer conocerlo.

Soy amigo de su hija en la universidad.

—Richard Beaumont—respondió mi padre, correspondiéndole el gesto de la mano, pero sin dejar de escanearlo detenidamente, buscando más razones, aparte del piercing en la ceja y aretes, para desaprobarlo como persona— ¿y qué te trae por aquí?

—¿Qué respuesta le apetece escuchar?

¿La real o la falsa?

—masculló Blackburn, esbozando la sonrisa cínica que usaba para atormentar psicológicamente a las personas y ambos se rehusaron a soltar sus manos entrelazadas que seguían meciéndose de arriba abajo.

—Papá—intervine y él desvió la vista de Blackburn hacia a mí—yo le pedí de favor a Black para traerme a Snowshill porque los trenes y autobuses no estaban en funcionamiento por el clima.

—Quiero escuchar las respuestas de tu amigo—gruñó mi padre y hasta ese momento, soltaron sus manos porque coloqué las mías sobre las suyas.

—Lo que dijo Sophie es una de las respuestas—vaciló Blackburn—y la otra es porque a mí no se me apetecía pasar las vacaciones con mi madre y hermana, ya que últimamente no me dejan ni a sol ni a sombra, por ende, deseaba despejarme en un sitio alejado de la ciudad y, dadas las circunstancias, encuentro a su hija muy estimulante en todos los aspectos, especialmente en el ámbito intelectual—hizo una pausa para humedecer sus labios, meter sus manos en los bolsillos de su abrigo y ensanchar más su sonrisa—usted decide cual es la respuesta real o falsa.

—¿Qué?

—espetó mi padre, perplejo.

Con la mirada, le indiqué a mi madre que ya era hora de que interviniera para calmar a su esposo.

—Cariño, es solo un amigo de Sophie—dijo mi madre con tono suave, agarrándolo del brazo.

Bowie ladró, como si también estuviera de acuerdo.

—Sophie Phoebe Beaumont Russell—siseó mi padre, mirándome como si acabara de robar un banco—adentro, ahora.

—Pero ¿y mis cosas?

—balbuceé.

—¡Ahora!

—vociferó y obedecí.

Corrí hacia la casa rápidamente, asustada de que me castigaran como en los viejos tiempos y echaran a patadas a Blackburn, cuando su único error fue haber sido él mismo con mis padres.

Mi hermano Atwood habría estado en desacuerdo con la actitud de mi padre, pero él ya no estaba para defenderme, ya que se hallaba felizmente con su familia en Nueva York.

Cinco años atrás, él fue de viaje a Estados Unidos con algunos amigos de la universidad, donde conoció a Matthew, un chico muy simpático y guapo, con quien conectó al instante y se enamoraron.

La situación romántica de Atwood enfureció a mis padres, en especial a papá y lo echó deliberadamente de la casa, gesto que mi hermano agradeció porque se sintió libre por primera vez en toda su vida.

A mí me dolió verlo partir, pero la alegría de verlo ser quien era sin miedo fue lo que me consoló.

De vez en cuando me llamaba, pero desde que entré a la universidad, decidimos darnos espacio para nuestras nuevas vidas.

Me senté cerca de la chimenea encendida y vi entrar a Bowie sin su cadena.

Se recostó a mis pies con aire triste.

Afuera, escuché la voz gutural de mi padre discutiendo con mi madre mientras se acercaban a la casa.

Quise asomarme por la ventana para ver a Blackburn y quedé quieta cuando ellos entraron.

Me sorprendí un poco cuando mi extraño amigo apareció en el umbral de la puerta justo cuando mis padres se dejaron caer en el sofá con el semblante serio.

Nadie habló, lo único que se escuchaba eran mis latidos atormentándome en los oídos y el crepitar de las llamas de la chimenea ardiendo suavemente.

—¿Son novios?

—mi padre rompió el silencio.

—No—aseveré, con los ojos desorbitados y sentí la mirada de Blackburn, pero no me atreví a verlo— ¿por qué insinúas que lo somos?

—Un chico jamás llevaría a una chica hasta otra ciudad sin ningún tipo de interés, a menos que fuesen pareja o él pretendiera algo con ella—enfatizó mi padre.

Elevé los ojos al techo con indignación.

—¿Acaso no te acuerdas de Jake Wood y su intensa manera de ser conmigo?

Me seguía a todas partes y jamás me propuso nada—mentí.

Jacob Dominik Wood Hughes se me declaró varias veces cuando teníamos catorce años e incluso me besó.

Estuvo por tres años rogándome hasta que se rindió y decidió ser solo mi amigo.

Él fue el ganador de mi primer beso, pero eso jamás se lo conté a nadie.

Y cuando lo vi hace un rato, quedé en shock.

Había cambiado muchísimo en tan poco tiempo.

—¿El mismo mundano a quien hace un rato le dejé en claro que no podía abrazarte?

—interrumpió Blackburn con frialdad.

El rostro ensombrecido de mi padre se volvió hacia él.

—¿De qué estás hablando, muchacho?

—interrogó.

—El recién mencionado, «Jake Wood», cuando recién traje a su hija a casa, se le fue encima sin miramientos y la abrazó de forma poco respetuosa—aguijoneó Blackburn y lo miré con desprecio porque era mentira.

Jake simplemente me abrazó y por lo sorprendida, no le correspondí.

—¿Es eso verdad, Sophie?

—espetó mi madre porque mi padre apenas podía asimilar la enorme mentira de Blackburn.

Sentí la presión encima.

Si lo negaba, echarían a Black a su suerte, pero si afirmaba el suceso, Jake quedaría como un degenerado.

—Sí, es verdad—aseguré, dándome cuenta de lo mal que terminaría eso—Black me dio a respetar.

Él siempre intenta ayudarme y cuidarme—eso no era mentira, aunque tampoco podía darme el lujo de contarle a mis padres las veces que Blackburn me salvó la vida, comenzando con el vagabundo de la calle que quiso violarme—es un gran amigo—enfaticé.

—Bien, y tú, chico—mi padre miró a Blackburn—no pretendes algo más que amistad con mi hija, ¿verdad?

—De ninguna manera, señor Beaumont—planteó Blackburn—solo quiero ser amigo de ella el mayor tiempo posible.

—¿Mayor tiempo posible?

—preguntó mi padre con el ceño fruncido.

—Sí, esta vida es efímera—respondió Black, volteando a verme de forma extraña—y nunca sabes cuándo será la última vez que estés con alguien especial y que te inspire a hacer cosas positivas.

Y le digo esto porque hace poco más de un mes, defendí a mi madre de unos pandilleros que deseaban abusar de ella sexualmente y me apuñalaron justo en el corazón—explicó.

Mis padres se horrorizaron—morí por unos minutos, pero afortunadamente volví a la vida y no pienso desperdiciar ni un momento.

El haberle confesado su traumatizante episodio mortal, consiguió neutralizar el desdén de mis padres.

Pensé que ocurriría lo contrario o que no le creerían en lo absoluto.

—Si vas a pasar aquí las vacaciones decembrinas, entonces necesitarás donde dormir—comentó mi padre, esbozando una sonrisa genuina de forma repentina.

Mamá suavizó su semblante también y Bowie empezó a mover la cola de felicidad—usarás la recámara de mi hijo mayor, Atwood; solo que tendrás que limpiarla a conciencia porque lleva cinco años intacta.

Blackburn y mi padre se adentraron en la antigua alcoba de Atwood mientras que mi madre se apoderaba de mi brazo con la intención de saber la verdad, porque no se tragó el cuento de que Black y yo solo éramos amigos.

Me llevó a la cocina para servir la comida y sentí su mirada castaña sobre mí.

—No, mamá, en serio solo somos amigos—insistí, acomodando los platos en el comedor.

Tenía cinco años exactamente sin poner un cuarto plato.

—¿Y te gusta a ti?

—me codeó.

—No—me ruboricé, haciendo lo posible por rehuir a su mirada.

—Algo me dice que sí te gusta.

Tú jamás habrías dejado que nadie te trajera a casa, a menos que confiases muchísimo en esa persona o te atrajera físicamente.

Me mantuve en silencio un momento porque sabía que, si hablaba, diría algo que terminaría por aceptar lo que mamá insinuaba.

Era cierto que Blackburn Varkáris me resultara aterradoramente atractivo, pero no me gustaba como tal.

Era molesto, irritable, malhumorado y sin sentido del humor; sin mencionar el gusto por tatuajes grotescos.

Por lo que me vi obligada a informarle la verdadera razón, o parte de ella.

—¿Quieres saber por qué le tengo un poco de confianza a Black?

—Por supuesto, cariño.

—Él me salvó la semana pasada de un agresor sexual en la calle—admití, sintiéndome mareada por evocar ese recuerdo horrible y sollocé—estuve a nada de ser violada, mamá—me limpié furiosamente las dos lágrimas que amenazaban con escurrir por mis mejillas—de no haber sido por Blackburn Varkáris, no sé qué hubiera ocurrido conmigo.

Mi madre dejó caer un vaso de cristal al suelo y este se hizo añicos, pero le restó importancia porque corrió hasta mí y me abrazó con los ojos llorosos.

—Por favor, no se lo digas a papá—murmuré, temblando en sus brazos.

Hice jurar a mi mamá que guardaría ese secreto y prometió que se encargaría de hacer sentir a Blackburn como en casa, en agradecimiento de haberme salvado de un acto tan atroz y vil.

Era cierto que cuando ocurrió, y él me salvó, traté de olvidarlo, pero continuaba dentro de mi mente atormentándome.

Hablar sobre ello con mi madre me sirvió para tener un poco de paz y ningún sentimiento de culpa o miedo.

Optamos por comer únicamente las dos porque mi padre y Blackburn se tomaron en serio la limpieza excesiva de la habitación de Atwood.

Mi madre les guardó la comida y yo aproveché a ir a mi antigua recámara, que sí estaba limpia, por órdenes de papá; ya que la de mi hermano jamás era aseada por el rencor que aún le guardaban.

La sensación acogedora de estar en casa me envolvió.

Añoraba demasiado estar ahí.

Omití informarle acerca de la muerte repentina de Amber Wright a mi madre, pero trataría de hacérselo saber más adelante, ya que, para ella, no era tan relevante saberlo.

Tras el regocijo de estar otra vez en casa, me quedé dormida fácilmente en mi cama, al lado de mi maleta.

Desperté tiempo después y a oscuras, dándome cuenta de que ya había anochecido y había dejado a Blackburn solo con mis padres durante horas.

Mala señal.

Aturdida, me puse en pie y salí de la habitación.

Tuve que parpadear varias veces para asegurarme de lo que mis ojos miraban: Blackburn Varkáris jugando ajedrez de manera competitiva con mi padre.

Ambos enfrascados en la partida.

Mi madre estaba observándolos con fascinación y llenándoles las tazas de chocolate caliente cada que se vaciaban.

Era la primera en vez en mucho tiempo que miraba a mis progenitores, diría Black, felices de verdad.

Creo que, con la partida de Atwood y el fallecimiento de mi tía y abuelo, no los había visto sonreír y reír tanto por más de un segundo.

—¡Cariño!

—exclamó mi madre al verme a la mitad de la sala con el rostro confundido—tu amigo sabe jugar ajedrez y le está dando pelea a tu papá.

—¡Es la primera vez que alguien sabe cómo enfrentarme!

—canturreó mi padre, emocionado.

—No tenía idea de que Black supiera jugar—ahogué un bostezo, me encogí de hombros y me senté junto al susodicho.

Él me regaló una sonrisa torcida sin dejar de examinar las piezas de ajedrez.

—Sírveles más chocolate, cariño, saldré a tirar la basura—anunció mi madre.

—No, yo lo hago, ¿la bolsa está donde siempre?

—Sí, en la cocina, pero ¿no quieres que vaya contigo?

—Mamá, está bien.

Me gusta ayudar—dije—además, quiero estirar las piernas y llenarme de la paz de Snowshill.

Fui a la cocina, cerciorándome de estar bien abrigada y encontré la mediana bolsa de plástico negra, lista para sacarse.

La sujeté con fuerza y salí por el patio trasero.

Enseguida el aire helado me arrojó un puñado de nieve a la cara y sacudí la cabeza.

Había muchísimo frío, pero del que yo estaba acostumbrada.

Mis pies no quedaron enterrados en la nieve y, sin embargo, la acera pedregosa estaba resbalosa.

Cuidadosamente, me las ingenié para llegar a los contenedores que estaban a dos calles de distancia.

El silencio, tranquilidad y paz reinaba en mi bello pueblo.

Ensimismada en mis pensamientos, después de meter la basura, me quedé un momento disfrutando del ambiente.

De pronto, los pasos de alguien sobre la nieve, corriendo en mi dirección, me desconcertó.

Desde mi ataque del vagabundo, mis nervios se descontrolaron.

Sin pensarlo dos veces, me lancé lejos del alcance de cualquiera que quisiera hacerme daño.

—¡Sophie!

Me detuve en seco, reconociendo la masculina voz de Jake Wood.

A decir verdad, no solo había cambiado su físico, sino que su voz se hizo más gruesa y varonil.

Di media vuelta, avergonzada y lo vi acortando la distancia.

Sus ojos oscuros me miraron con interrogación y no pude evitar verlo de arriba abajo.

A pesar de que andaba un abrigo enorme, se alcanzaba a notar que su cuerpo había aumentado en musculo, pero no exageradamente y tenía un corte de cabello muy peculiar, que lo hacía ver misterioso.

Nada que ver con aquel chico inseguro que se la vivía enamorado de mí a sus catorce años.

Estaba casi de la estatura de Blackburn.

—Jake, ¿Qué haces aquí?

—Estaba esperándote—respondió de lo más normal.

—¿Esperándome?

¿Aquí?

—fruncí el ceño.

Él asintió—pero es el contenedor de basura.

—La verdad es que fue mera casualidad.

Planeaba ir a verte justo ahora, pero te vi aquí y decidí venir a interceptarte, ¿te molesta todavía que siga tus pasos?

—ladeó la cabeza y noté que en su cuello tenía un tatuaje y aretes en las orejas.

Dios, ¿Qué le había pasado?

Las vacaciones de invierno pasadas no lo vi por ningún lado y seguramente tuvo su Glow Up en el transcurso de estos meses.

—No me molesta—mentí—pero las personas normales no andan a por ahí siguiendo a los demás, Jake.

Podrías haber ido a mi casa mañana cuando yo estuviera más relajada.

—¿Quién es el sujeto que vino a dejarte?

¿Ya se ha marchado?

—preguntó con irritación.

Elevé los ojos al cielo y negué con la cabeza.

—Es un amigo de la universidad y no, no se ha ido.

Mis padres lo invitaron a pasar las vacaciones con nosotros—le informé.

—¿Qué demonios?

¿en serio?

—se precipitó— ¿Cómo es posible que haya logrado caerles bien a tus padres?

Yo lo intento todos los días y parece que ellos me odian más—se decepcionó.

—¿Te has acercado a ellos?

—quise saber.

—Sí.

Les limpio la entrada todos los días desde que empezó a nevar—respondió, mirando sus pies.

Sus largas pestañas oscuras acariciaron sus mejillas—lo siento… —¿Sigues enamorado de mí?

Aquello lo sobresaltó y me miró con los ojos muy abiertos.

Sus cejas pobladas se arquearon hasta casi tocar el inicio de su cabello.

—¡No hagas que me dé un ataque al corazón!

Todo lo que tenga que ver contigo me debilita y me afecta demasiado porque no me correspondes como quisiera.

—¿Por qué sigues interesado en mí, Jake?

Es decir, mírate, has cambiado y ahora puedes tener a cualquier chica a tus pies.

—Tienes razón, pero no quiero a cualquier chica—me miró ofendido—te quiero a ti.

Desde los catorce años he soñado con que aceptas estar conmigo y hoy que te vi muy cerca de ese idiota, sentí que mi corazón se rompía en mil pedazos.

Yo atesoro tu primer beso en mis labios, pero no es suficiente—metió las manos en sus bolsillos del pantalón— ¿Cómo es que él robó tu corazón tan fácilmente?

—Estás equivocado—eludí—Blackburn es simplemente mi amigo, él no es mi novio… —¿Por qué le das explicaciones de tu vida privada a este humano tan desagradable, Cereza de Otoño?

Di un respingo al escuchar la voz de Blackburn detrás de mí.

Maldita sea.

¿Por qué tenía que aparecer en ese momento?

Lo más probable era que mi madre lo enviase a buscarme porque me estaba tardando mucho en regresar.

—Si ya con anterioridad lo mandaste al cuerno, ¿por qué le das la oportunidad para que te siga molestando?

—continuó diciendo Blackburn y a medida que hablaba, su voz suave del principio se fue tiñendo de hostilidad.

—No me está molestando, de hecho, ya nos estábamos despidiendo… —¿Tienes algún problema conmigo, cabello de paja?

—le espetó Jake de forma violenta.

—Ninguno, ¿y tú, tienes algún problema conmigo, ojos de carbón?

—Blackburn dio paso a él de forma amenazadora y tuve que intervenir, sintiéndome fuera de lugar.

Odiaba el dramatismo.

—Ya cierren la boca los dos.

Si quieren comportarse como aborígenes sin raciocinio, háganlo, pero ni se les ocurra volver a dirigirme la palabra nunca más—gruñí, encaminándome a mi casa.

Mi humor no estaba para soportar peleas de hombres sin sentido.

Y más teniendo en cuenta la razón tan ridícula: yo.

Eso era muy patético.

—¡Espera, Sophie, no te vayas!

—me gritó Jake.

—¡Yo no soy Bella Swan o cualquier chica tonta que intenta tener contentos a los dos chicos solo para no se sientan mal y quedar en ridículo!

—grité—por mí, mátense, pero lejos de mi casa y déjenme en paz.

Había ido a Snowshill para relajarme, no para tener que estar cuidando las espaldas de dos tontos que no se agradaron.

Jake podía ser malditamente guapo ahora, pero continuaba teniendo sus celos enfermizos de cuando era un adolescente.

Blackburn estaba actuando más demente de lo habitual, como si estuviera celoso de Jake, lo cual no podía ser posible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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