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Ephemeral Darkness - Capítulo 9

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9: Capítulo 8 9: Capítulo 8 El funeral de Amber Wright fue el lunes a las nueve de la mañana en punto en el enorme gimnasio del colegio.

La temperatura era tan baja, que era insoportable mantenerse quieto, teníamos que estar moviendo continuamente los pies para no tener algún calambre.

Casi nadie asistió a despedirla, contándome a mí, éramos solo veinte personas, incluyendo al sacerdote, la prefecta, dos docentes, el rector, sus padres y hermano.

Ni siquiera el bastardo de Elliot Jackson se presentó y se suponía que era su novio, y mucho menos los demás con quien ella amanecía bebiendo en las fiestas.

Y ahí me di cuenta cuan desgraciada había sido Amber.

Para embriagarse y tener sexo, abundaban las personas detrás de ella, pero para su funeral, brillaban por su ausencia, porque jamás la consideraron una amiga.

Y lamentablemente, yo tampoco.

El resultado de la necropsia arrojó que, en efecto, sufrió un colapso por el frío y se desmayó, muriendo congelada.

Nadie supo de ella hasta que un hombre empezó a mover la nieve con una pala para abrir el camino vehicular.

Amber había quedado debajo de la acera, detrás un coche cubierto de nieve y quedó sepultada, sin que nadie se diera cuenta.

En cuanto terminó el funeral, la familia se llevó las cenizas consigo y me sentí devastada.

¿Ahora quién reñiría conmigo todas las noches y me repetiría hasta el cansancio que debía tener una vida, además de la universidad y el trabajo?

Varias lágrimas rodaron por mis mejillas y sollocé, sintiendo como se congelaban al contacto con el aire.

Al salir del gimnasio, tomé la decisión de ir a Snowshill.

Me daba igual que el tiempo no estuviera en su mejor momento.

Yo quería estar con mi familia.

Necesitaba urgentemente el abrazo de mi mamá.

—No desperdicies tus lágrimas, Cereza de Otoño, ya tendrás la oportunidad de usarlas cuando sea importante.

De todas las personas que no pensé encontrar ahí, Blackburn fue el menos esperado.

Yacía afuera del colegio, de pie sobre una banca metálica cubierta de nieve y aparentemente esperándome.

Todo su atuendo era negro, como el de todos, pero lo que llamó mi atención fue que tenía un nuevo piercing, uno en la ceja derecha.

—No estoy de humor para tus comentarios sarcásticos—gruñí.

Y era cierto.

Amber Wright había muerto gracias a la discusión en la que él estuvo inmiscuido también y se me hacía desagradable que tuviera el descaro de continuar con su ironía.

Pasé a su lado a grandes zancadas, en dirección al dormitorio que no estaba tan lejos.

La nevada había aminorado, pero las calles seguían cubiertas con su manto helado y el frío espeluznante calándome los huesos.

—Nunca dije que fuera un sarcasmo—repuso, dando un salto a la nieve y corriendo tras de mí— ¿por qué percibo irascibilidad en ti?

¿acaso lo que te compartí hace un momento te incomodó?

—No quiero hablar contigo ni con nadie, ¿entiendes?

Quiero estar sola—mascullé sin detenerme a mirarlo.

—Irradias demasiada ira en tu ser—le oí decir, siguiéndome muy de cerca—y yo no tengo la culpa de que te sientas así, Sophie.

Sentí extraño cuando me llamó por mi nombre, ya que, había estado llamándome “Cereza de Otoño” y decidí echarle un vistazo a través del rabillo del ojo.

Su expresión era neutra.

No sonreía, pero tampoco estaba enfadado.

—¿Podrías dejar de acosarme?

—Si estuviera acosándote, ya me habría insinuado a ti de forma sexual o pasado la mano en alguna parte de tu cuerpo sin tu consentimiento—eludió, perplejo— ¿te molesta que quiera acompañarte al dormitorio?

No respondí.

Continué andando, con la esperanza de que se aburriera y desistiera de seguirme, pero no fue así.

Caminó conmigo a una distancia apropiada y evitó mi caída dos veces en el camino.

Me ruboricé demasiado y no podía si quiera ocultar el rubor de mi rostro porque él tenía sus peculiares ojos sobre mí.

¿Cómo era posible que Blackburn no se daba cuenta de su presencia influía muchísimo en mis emociones?

—Supongo que vas a quedarte aquí en las vacaciones, ¿verdad?

—dijo en cuanto llegamos al edificio de los dormitorios.

Él se recargó en la puerta principal, evitando que yo entrara.

Técnicamente tenía bloqueándome el paso.

—Supones mal—repliqué.

Él frunció el ceño y su nuevo piercing se contrajo en su rubia ceja—porque justo ahora me marcho a casa.

Lo empujé con suavidad y abrí la puerta.

Había dejado mi valija lista en la recepción porque planeaba escaparme cuanto antes, sin tener que volver a ver las cosas de Amber en la habitación, tal como lo había dejado.

—Debes estar bromeando—siseó.

Por primera vez, en los escasos días de conocernos, vi la expresión de desasosiego en su rostro y desesperación.

—¿Por qué habría de estarlo?

Voy con mi familia, ¿Cuál es el problema?

—arrastré mi maleta de rueditas hacia el porche—el clima mejoró un poco y no me puedo dar el lujo de esperar a que retome el ritmo.

—¿En qué te irás?

—preguntó con severidad.

—Probablemente en tren.

Es más barato que en autobús y tardo menos en llegar.

Me impresionó que se quedara callado y no es que yo esperara una respuesta de su parte, pero él jamás se quedaba sin algo qué decir.

Su mirada estaba perdida en el horizonte y me pregunté qué era lo que estaba pensando en aquel instante.

—Si te dijera que te esperes una hora más para marcharte, ¿lo harías?

—habló de repente y bajó su mirada a mí.

—¿Por qué?

—cuestioné.

—Solo responde, ¿me obedecerías?

—Dependiendo la razón… —No importa por qué, solo acepta esperar una hora más, ¿de acuerdo?

—comenzó a alejarse de mí.

—¿A dónde vas?

—fruncí el ceño.

—¡Volveré en una hora!

—gritó, al tiempo que cruzaba la calle corriendo.

Lo observé correr durante un momento, su cabello dorado moviéndose gracias al aire helado y suspiré.

En la vida jamás imaginé teniendo una amistad poco convencional con alguien como él.

Blackburn me tenía demasiada confianza para tener pocos días de conocernos.

Entré al edificio con mi equipaje para no morirme de frío afuera.

Los dormitorios estaban casi vacíos, señal de que la mayoría optó por regresar con sus familias a pesar del pésimo clima.

Me senté sobre una de las sillas de plástico y me dediqué a contemplar la fotografía de Amber Wright que habían puesto sobre una mesita pequeña de madera, acompañada de una vela encendida y dos rosas blancas.

Un mini altar en su memoria.

La sonrisa de ella parecía tan real.

No me cabía en la cabeza que esa chica ya no estaba más en el mundo de los vivos.

Mi compañera de habitación había muerto y me sentía culpable.

—Pensé que ya te habías marchado, señorita Beaumont, ¿quieres chocolate caliente?

—escuché hablar a la prefecta minutos después.

Seguramente me vio con la mirada perdida en la fotografía de Amber y le di una pizca de lástima.

Pestañé y sacudí la cabeza para prestarle atención.

—Claro, me vendría bien un poco—acepté.

Ella asintió, gustosa.

Despareció en su habitación y salió rápidamente con una bandeja con dos tazas humeantes con chocolate, aparte, en un plato pequeño había malvaviscos diminutos y dos cucharas de plástico.

—¿Estás esperando un taxi que te lleve a la estación de tren o autobús?

—preguntó, cuando ambas revolvíamos los malvaviscos en el chocolate.

Si tan solo ella hubiera estado la semana pasada cuando fui atacada por el vagabundo, probablemente mi “amistad” con Blackburn jamás habría existido y tuve que agradecerle a esa mujer, mentalmente, de su ausencia.

—Estoy esperando a un amigo—me encogí de hombros—dijo que lo esperara una hora.

—¿El rubio extraño y misterioso?

—se tensó.

Yo asentí— ¿es cierto que él es el alumno que sobrevivió a las puñaladas en el pecho el mes pasado?

—volví a asentir—es perturbador, ¿no te parece?

—Es un milagro—repuse—nadie sale ileso de ese tipo de heridas al corazón.

—Al igual que una ruptura amorosa—murmuró, sumiéndose en un recuerdo doloroso—sobrevives, pero no eres la misma persona.

Una parte de ti muere y la que queda, se encarga de mantenerte con vida por inercia.

Asintiendo, le di un sorbo a mi taza y me estremecí.

A mí me pasó algo similar a las palabras de la prefecta, pero no en el ámbito romántico, sino familiar.

Hacía siete años, perdí a una tía a quien yo amé demasiado y consideré como mi segunda madre, puesto que ella jamás tuvo hijos y falleció de cáncer de estómago, siendo soltera, joven, deseando poder casarse y formar una familia propia.

Y, tres años después de su descenso, cuando estaba comenzando la universidad y pensé haber superado mi duelo, mi abuelo también enfermó de la misma enfermedad de mi tía, llevándoselo muy rápido.

A él también lo miraba como mi segundo padre y me fue muy difícil superarlo.

Mi mitad del corazón que seguía con vida todavía continuaba luchando por sobrevivir sin ellos a mi lado hasta el día de hoy.

Guerras internas que los demás no tienen la menor idea.

La prefecta me hizo compañía durante cuarenta minutos en silencio, gesto que le agradecí.

Yo no tenía nada de qué hablar y ella tampoco.

Nos quedamos absortas en nuestra mente y nos sonreíamos de vez en cuando, al momento de cruzar las miradas por accidente.

Mi teléfono sonó, anunciando una llamada de Blackburn.

Sabía que era él porque nadie me llamaba y mucho menos en vacaciones.

Atendí rápidamente, siendo escudriñada por la prefecta.

—¿Hola?

—Sal, ya estoy aquí—dijo y colgó.

Fruncí el ceño, todavía con el teléfono en la oreja y resoplé.

—Nos vemos—me despedí de ella y salí a la calle empujando mi valija.

Busqué a Blackburn por todas partes, pero no había más que nieve y frío.

Pensé en devolverme al edificio, cuando escuché el sonido de un claxon antiguo.

Di media vuelta y lo vi aparcar en la acera, dentro de un coche clásico muy hermoso de una mezcla de color celeste cielo, cian y aguamarina.

Era un Austin Mini, que estuvo de moda a finales de los años 50’s, que estaba bien cuidado y parecía nuevo, de no ser porque era el bisabuelo del Mini Cooper actual.

—¿Es tu vehículo?

—pregunté, estampándome en el cristal de su ventana.

Él bajó manualmente el cristal y arqueó la ceja con su nuevo piercing, desafiándome con la mirada—espera, ¿no dijiste que tuviste que devolverlo?

—En efecto—asintió, guiñándome un ojo y sonriéndome con malicia, nueva expresión desbloqueada y la memoricé—sube, yo meteré tu maleta en los asientos traseros, ahí también llevo mi mochila.

Como constaba únicamente de dos puertas, él se deslizó fuera y lanzó la valija atrás, mientras yo rodeaba el pequeño coche y me sentaba en el asiento del copiloto.

Eché un rápido vistazo y sí, todo estaba nuevo, el tapiz beige, el volante y ciertos detalles curiosos.

Incluso tenía un estéreo para CD, USB y conectar tu teléfono.

Muy impresionante.

—Me alegro de que hayas logrado comprarlo de vuelta—le dije en cuanto él se abrochó el cinturón.

Lo imité y Blackburn encendió el motor, conectando su teléfono al estéreo.

—Algo así—vaciló.

Había muchísima diversión y malicia en sus palabras.

Puso en marcha el coche y fruncí el ceño.

—¿A qué te refieres con “algo así”?

—Lo robé de la concesionaria que me lo compró para venderlo más caro—respondió con tranquilidad.

—¿Qué?

—me exalté— ¿acaso estás loco?

¡Nos van a arrestar!

¡Detén el auto y déjame bajar!

—Extremismo en su máximo esplendor—gruñó, poniendo los ojos en blanco—no abrirán esa concesionaria hasta enero.

Nadie irá y tampoco se darán cuenta que falta mi coche.

—¿Por qué lo hurtaste?

—interrogué, nerviosa de que en cualquier momento saliera la policía de alguna parte y comenzara a seguirnos y poco después estar en la TV por robo de vehículo.

—Necesitábamos un medio de transporte para ir a Snowshill.

Los trenes y autobuses son muy tediosos.

—¿Snowshill?

—increpé, sin comprender absolutamente nada—explícate.

—Sí, te llevaré con tu familia y de paso, conoceré ese lugar—volteó a verme una fracción de segundo y devolvió su atención al frente.

En poco tiempo, la nieve empezó a caer otra vez, pero de forma sutil, así que él encendió los limpiaparabrisas y redujo un poco la velocidad.

—No entiendo por qué estás haciendo esto por mí, Blackburn—farfullé—necesito una explicación.

—Creí habértela dado cuando almorzamos en el área de danza la semana pasada.

—No se trata de estimularte o darte paz.

Nos conocemos de unos días, por Dios—me alteré—lo que has hecho por mí es lo que haría un mejor amigo de mucho tiempo o un…

novio—murmuré, avergonzada.

—Comprendo—asintió—hasta ahora estoy cavilando lo que quieres decir—humedeció sus labios—Amber Wright, a quien tuviste de compañera de cuarto durante tres semestres, no la miraste jamás como amiga y yo, con días de conocerte, tampoco; entonces, asumo que deseas que te pida que enmendemos una amistad, ¿no?

Boquiabierta, reprimí el impulso de echarme a reír por la sorpresa.

Cerré la boca y sonreí irónicamente.

—Amigos—repliqué.

—Amigos—repitió él, satisfecho por su gran descubrimiento.

—Así que, nuevo mejor amigo, ¿estás dispuesto a viajar cerca de dos horas y media para llevarme a mi casa en Snowshill, sin ningún tipo de beneficio de por medio?

—aguijoneé, observando cómo se desviaba del centro de la ciudad hacia las autopistas, que estaban libres de nieve, gracias a los camiones quitanieves con sal.

—Yo jamás hago nada sin algo a cambio—me contradijo, esbozando una leve sonrisa torcida.

—Te escucho—sentencié, poniéndome seria.

Sin responderme, alargó la mano al estéreo y lo encendió.

La canción After Dark de Mr.

Kitty surgió de las bocinas.

La canción le dio un toque oscuro al ambiente, sumándole a la nieve cayendo delicadamente sobre los cristales.

Era de mañana, pero estaba nublado.

El escenario perfecto para ponerse melancólicos.

—Necesito inspiración y relajarme—contestó por fin—en casa no me la pasó muy a gusto que digamos.

Mi madre está encima de mí todo el tiempo y mi hermana está en la edad adolescente más arrogante e idiota.

—Adivinaré: conmigo estás tranquilo y motivado—bromeé, soltando una risa discreta para que no pensara que me estaba burlando de él.

—Suena cliché y parezco grabadora, pero es cierto—dijo con seriedad y dejé de reírme.

Vi un músculo palpitar en su mejilla, señal de haber tensado las mandíbulas.

La canción concluyó y Midnight City de M83 fue la siguiente.

No se me ocurrió algo ingenioso para romper el odioso silencio que quedó después de su respuesta.

Me dediqué a mirar por la ventana todos los copos que iban acumulándose, provocando más frío.

Blackburn manipuló la calefacción y pude sentir pesados los párpados.

A mí jamás me gustaba dormirme mientras viajaba porque me daba la sensación de que, en cualquier accidente que ocurriera, no me daría tiempo de reaccionar y salvarme, pero fue la primera excepción.

Quedé profundamente dormida con Blackburn a mi lado, conduciendo hacia Snowshill.

—Deberías despertar e indicarme dónde es tu casa.

Presa del sueño, gruñí que quería seguir durmiendo y después mi mente procesó aquella voz.

Instintivamente, abrí los ojos y me encontré con los de Blackburn, mirándome fijamente y a una distancia poco apropiada.

Aparté mi rostro del suyo y miré a mi alrededor.

Reconocí inmediatamente las colinas, vegetación y estructura antigua de las casas de mi adorado Snowshill, pero todo estaba debajo de un manto blanco.

Había llegado un poco del clima polar hasta aquí, pero con moderación.

—¿Tan rápido llegamos?

—pregunté.

Ahogué un bostezo y vi que mi reloj marcaba las dos de la tarde.

—Decidí no adentrarme más porque no sé dónde vives—dijo él, mirando con fascinación lo que tenía enfrente.

La población, según el censo del 2011, decía que Snowshill tenía 164 personas residiendo ahí.

Y si los cálculos seguían intactos, ahora se sumaba Blackburn, siendo así 165, ya que yo fui contada en aquel entonces.

Todavía con sueño, le di instrucciones para llegar a casa.

Nos introdujimos al corazón de mi pequeña aldea, como yo le llamaba de cariño y pronto estuvimos del otro lado.

Mi hogar estaba ubicado frente a un cementerio antiguo que tenía un muro de piedra de menos de dos metros, con mucho césped, árboles y flores, y una pequeña iglesia.

Era totalmente hermoso.

La nieve le daba el toque perfecto.

La estructura de la casa de mis padres era idéntica al resto: rustica, con tejas, vegetación en las paredes externas, arboles, plantas, flores y estaba cercada con una valla de madera, los cuales, por obvias razones, quedaron bajo la nieve.

Incluso teníamos chimenea.

—¡Es aquí!

—exclamé, antes de que se pasara de largo—aparca detrás del coche de mi padre.

Blackburn obedeció.

Se estacionó justo atrás del Honda Concerto color gris de mi papá, que también era un coche antiguo, de finales de los años 80’s y que él amaba más que a su familia.

—Tu progenitor tiene buenos gustos—dijo Blackburn, observando con extremada fascinación el vehículo de papá.

—Espera a conocerlo—bromeé y de pronto caí en la cuenta de que él, mi extraño amigo, había llegado conmigo y mi familia no tenía idea sobre su existencia—espera, le enviaré mensaje a mi madre antes.

—¿Temes que yo no les caiga bien o viceversa?

—preguntó con egocentrismo.

—Temo que quieran asesinarte si haces algún comentario extraño, como es tu costumbre, Blackburn—bufé, escribiendo el mensaje rápidamente.

—¿Sophie?

¿Sophie, eres tú?

Sabía que estando en Snowshill, había altas probabilidades de encontrarme antiguos compañeros de escuela e incluso a quienes no deseaba ver, y para mi mala suerte, fui vista por la última persona que pensé que vería en mi rápida estadía con mi familia.

No me dio tiempo de replicar, cuando ya tenía a mi casi algo, es decir, Jake Wood, abrazándome con efusividad.

Me tensé bajo su abrazo y sentí la mirada de Blackburn sobre nosotros, en Jake, más que nada.

Las cejas rubias de mi amigo se juntaron a tal punto que casi chocaron entre sí y su piercing se contrajo.

Era una mirada colérica.

Nueva expresión desbloqueada.

—Atrevido humano, ¡aparta tus escuálidos brazos de ella!

—le oí exclamar, al tiempo que me sacaba de encima a Jake con mucha facilidad.

Teniendo en cuenta que mi antiguo prospecto era de la misma altura que Blackburn y ahora, un poco más robusto, se me hizo extraño que mi amigo hubiese podido tener semejante fuerza para alejarlo de mí.

—¿Y tú quién demonios eres?

—espetó Jake.

Sus ojos oscuros ardieron de rabia hacia Blackburn.

—Blackburn Varkáris y tu peor tormento si no te largas, humano imbécil.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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