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Ephemeral Darkness - Capítulo 11

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11: Capítulo 10 11: Capítulo 10 De camino a casa, no pude evitar mirar el cielo para relajarme antes de enfrentarme al interrogatorio de mis padres.

A pesar del embriagante frío, se podía ver perfectamente la luna y las estrellas.

Deseé poder saber más acerca de las constelaciones para algún día tener un buen tema de conversación con las personas, pero únicamente sabía los nombres con vaguedad, más no la historia de ellas y mi favorita era la constelación de Andrómeda por la historia triste que trae consigo, según la mitología griega.

Como el viejo cementerio frente a mi casa tenía un pequeño muro de piedra, decidí limpiar la nieve y sentarme ahí a continuar contemplando el cielo estrellado, aunque me muriera de frío.

Sabía que Blackburn no tardaría en aparecer y quería que lo hiciera, ya que, sería terrible que él y Jake de verdad se hubieran agarrado a golpes sin sentido alguno.

—Esta situación amerita un cigarrillo… —Si quieres desarrollar cáncer de pulmón, adelante, pero aléjate un kilómetro, por favor—le dije a Blackburn, sin molestarme en mirarlo.

Por el rabillo del ojo noté su silueta sentarse a mi lado, sobre la nieve helada.

—Esa misma respuesta esperaba que le dieras a ese mundano—manifestó Blackburn con recelo.

—¿Por qué te desagrada?

Apenas lo conociste hace unas horas.

—Porque es un humano promiscuo, como Amber Wright, solo que ella ya está pagando por su lujuria en el río Aqueronte, a manos de Caronte.

—¿El barquero del infierno?

—volteé a verlo y noté que sus peculiares ojos tenían un extraño brillo.

—Me fascina saber que sabes al respecto—esbozó una media sonrisa—esa es una de las tantas razones por las que me estimulas demasiado, Cereza de Otoño y, por ende, me tienes a tus pies.

Asentí, complacida por su respuesta y regresé a mi afición de minutos atrás: ver las numerosas estrellas y la hermosa luna adornando el cielo oscuro.

—¿Te sabes la historia de las constelaciones?

—pregunté.

—Los dioses fueron malditamente brutales con las personas en quienes están inspiradas las constelaciones—aseguró Blackburn con aspereza—es muy triste la historia detrás de esas hermosas estrellas.

—Mi constelación favorita es la de Andrómeda.

—Andrómeda.

Condenada a morir devorada por un monstruo gracias a su inexplicable belleza—murmuró él y yo asentí—pero por el enamoramiento de Perseo, sobrevivió.

—Jamás entenderé porque la envidia conllevó a la muerte a muchas diosas—arrugué la nariz— ¿Dónde estaba la sororidad en las mujeres?

—En la antigüedad, esa palabra no existía y mucho menos practicaban el significado de esta.

Y Medusa ha sido la más desdichada, ¿sabes?

—nuestras miradas se cruzaron y rápidamente miré al cielo, ruborizada—porque era una hermosa y joven mujer, digna de admirar y enamorarse de ella, pero infortunadamente, el imbécil de Poseidón la quería para él, y pienso que solo para un rato, ya que solo bastó con violarla para abandonarla a su suerte y la ultrajo en un templo de Atenea—espetó, molesto—y lo más irónico de todo fue que la diosa Atenea, en vez de proteger a Medusa por el daño que le causó Poseidón, lo tomó como ofensa y la castigó, dándole la apariencia que conocemos, desgraciándole la vida para siempre—sacudió la cabeza y chasqueó la lengua—la feria de las casualidades es que gracias a que Perseo la degolló, él pudo acabar con el monstruo que amenazaba la vida de Andrómeda convirtiéndolo en piedra.

La manera en la que Blackburn se expresó fue como si de verdad él hubiera estado presente en esos hechos tan atroces.

Incluso empezó a respirar agitadamente.

Y llegué a la conclusión de que probablemente se debía a que su madre, e incluso yo, estuvimos a punto de sufrir lo mismo que Medusa.

—Por lo visto, amas muchísimo la mitología griega—susurré.

—Es un pasatiempo—se excusó, tratando de calmarse—lo lamento, Cereza de Otoño, no quería arruinar el momento.

—No lo arruinaste, de hecho, hiciste que me llamara más la atención.

—¿En serio?

—se le iluminó el rostro e incluso sonrió genuinamente, de oreja a oreja.

Nueva expresión desbloqueada.

Asentí.

Inconscientemente, me froté los brazos y mis ojos se desviaron a algún punto lejano.

De pronto, sentí una calidez sobre mis hombros y espalda.

Giré el rostro hacia él y lo encontré colocándome su abrigo encima—te vas a resfriar, está bajando la temperatura.

—Deberíamos entrar a la casa porque el que va a resfriarse serás tú—intenté devolverle el abrigo, pero se negó.

—¿Es verdad que ese humano degenerado obtuvo tu primer beso?

—preguntó con curiosidad.

Parpadeé, perpleja.

—¿Qué tanto escuchaste de nuestra conversación?

—me estremecí y el abrigo de Blackburn me adormiló por lo tibio que estaba gracias a su cuerpo.

—Lo suficiente.

—Bien, no tengo nada más que añadir.

Fue exactamente, así como escuchaste.

Me besó cuando teníamos catorce años—eludí—nada con importancia, de hecho.

Fue más bien un juego de adolescentes.

—¿No fue importante para ti?

—enarcó su rubia ceja que estaba perforada y me miró de soslayo.

—Por supuesto, de haber sido lo contrario, habría aceptado salir con él—me encogí de hombros y moví los pies para no acalambrarme.

—¿Y si yo decidiera besarte justo ahora?

¿también le restarías importancia?

—inquirió en tono jocoso, inclinándose a mí.

—Yo no soy como las chicas que acostumbras a molestar, Blackburn—gruñí, molesta, pero en el fondo, mi lado vergonzoso estaba canturreando de nervios—y si intentas besarme en contra de mi voluntad, te canjearé la rifa de Jake para que recibas el premio tú, ¿te parece?

—¿Ese es el costo por besarte, Cereza de Otoño?

—bromeó, sonriendo con malicia en la tenue oscuridad.

Sus ojos parecían negros.

—Si no estuvieras jugando conmigo, te dejaría hacerlo—repuse y enseguida me arrepentí.

¿De dónde había sacado semejante valentía para decir eso en voz alta?

Él alzó ambas cejas y asintió, pensativo.

Su actitud estaba siendo más normal que al principio, ya no se expresaba tan raro y trataba de convivir de forma más pacífica conmigo e incluso se le dio por ser coqueto.

Lo cual me generó más desasosiego.

—Blackburn… —murmuré, con muchísima vergüenza.

—Dime Black, se escucha lindo cuando me dices así—replicó, mirándome e involuntariamente sonreímos.

—Está bien, Black, ¿por qué no entramos?

Mis padres se encuentran espiándonos desde la ventana y pensarán que estamos mintiendo sobre no ser novios—le informé, fingiendo rascarme la nariz y mirando a otra parte para actuar indiferente.

—A ver, bella dama, ¿por qué te escandaliza que piensen que somos novios?

¿habría algo de malo en ello?

—No, pero es mentira—insistí—si fuera verdad, no lo ocultaría.

—Entonces jamás has tenido novio y por eso tus progenitores están al acecho—planteó.

No respondí—deberíamos de darles una lección, Cereza de Otoño, ¿no crees?

En su mirada noté picardía, malicia, diversión y muchísimo egocentrismo mezclado con vanidad.

No tuve tiempo de cuestionarle sus palabras, cuando, sin previo aviso y en contra de mi voluntad, tomó mi mentón, acortó la distancia de nuestros rostros y se apoderó de mi boca de forma apasionada.

No fue un simple roce de labios tal como ocurrió con Jake Wood a mis catorce años, sino un beso francés real.

Curiosamente, me quedé sin moverme, dejando que él tomara las riendas de la situación y cerré los ojos.

Pensé en apartarlo, darle un puñetazo en su perfecta cara, pero mis manos se quedaron quietas en mi regazo mientras Blackburn acariciaba mi lengua con la suya de forma feroz.

Jamás di un beso como ese y enloquecí.

Opté por darle vida propia a mis manos e inmediatamente lo tomé del cabello en la base del cuello, acercándolo a mí para intensificar nuestra cercanía.

Sus labios sabían a chocolate y a menta.

Una extraña combinación, como él.

—¿Nos siguen mirando?

—murmuró sobre mis labios y yo gemí, recuperando el aliento.

Abrí los ojos levemente y eché un vistazo, sin dejar de besarlo, a la casa.

Mis padres yacían con la boca abierta, observándonos y no pude seguir siendo cínica y grosera.

Me aparté bruscamente y cubrí mi rostro con las manos.

—Sí y esto estuvo mal, Black, muy mal—expresé, sintiéndome terrible.

No podía ni si quiera alzar la cabeza de lo pésima que me sentía y tampoco iba a poder encarar a mis padres.

—¿Por qué mal?

Ambos queríamos, ¿Qué tiene de malo eso?

—se mostró confundido.

—¿Piensas que estoy jugando?

—las lágrimas fueron más rápidas que mi autocontrol y lo miré, ofendida—tú mismo dijiste que ser promiscua es algo enfermo, a Amber la heriste tanto que se fue directo a su muerte.

Tus críticas son ofensivas, Blackburn y apuesto que vas a burlarte de mí porque dejé que me besaras sin ser nada.

Yo no soy como las chicas de mi edad, que se besan y tienen sexo con cualquier chico en alguna fiesta y se olvidan al día siguiente—sollocé, histérica—no soy tampoco una mojigata, pero me doy a respetar.

Y lo peor es que mis padres, con este maldito beso, me tacharán de mentirosa y urgida, porque me permití mentirles, a cambio de que te dejasen quedar con nosotros.

—Yo jamás me burlaría de ti y menos por haber compartido un beso conmigo—prometió él, su voz sonaba sincera y me animé a mirarlo entre lágrimas.

—No llores, Cereza de Otoño, no desperdicies tus valiosas lágrimas en un idiota como yo.

No soy digno de ellas y el que lo sea, no te hará llorar nunca.

—¿Y por qué me besaste?

¿no te das cuenta de que es exactamente lo que Jake hizo conmigo hace años?

—Te besé porque me gustas, Sophie, me gustas en todos los aspectos.

Y no quiero irme de este mundo sin antes haber probado tus labios—declaró, dejándome confundida—suena muy cursi, y un poco tonto, pero es verdad.

Desde que estuve muerto por varios minutos y reviví milagrosamente de ese accidente, me puse como meta disfrutar de las pequeñas cosas placenteras de la vida, y una de ellas era poder darte un beso, ¿Qué tal si muero o mueres mañana?

Habría sido muy decepcionante y triste.

—Te estás contradiciendo mucho—objeté y él ladeó la cabeza, prestándome atención absoluta—a ti te asqueaba la vida de Amber porque tenía sexo con todos y prácticamente ella vivía al extremo, tal como estás diciendo ahora, disfrutando de los placeres de la vida.

¿Por qué la trataste tan mal, si tu pensamiento era el mismo que el de ella?

¿O fue porque era una chica y no chico?

Porque si ese es el caso, entonces eres un maldito machista y misógino que únicamente le aplaude el comportamiento a los de su gremio.

—No me mal entiendas—carraspeó—la vida de tu amiga fue muy promiscua, muy diferente a la mía o la tuya.

Robarte un beso no es lo mismo que acostarme contigo, ¿o sí?

La idea de estar con Blackburn en un sitio aislado, los dos solos y en un momento candente, me hizo ruborizar y arder las mejillas.

Mi mente no habría sido tan explícita si tan solo él no me hubiese besado minutos antes.

—Hablaremos otro día, Black, hace muchísimo frío—zanjé la conversación y él se lanzó hacia abajo primero.

Una vez estando en el camino pedregoso, se impulsó a mí, ayudándome a bajar, sosteniéndome de la cintura.

Le devolví el abrigo al momento de entrar a la casa y hubo un silencio sepulcral, idéntico a la noche en que echaron a Atwood de la familia.

Mentalmente, me preparé para lo peor.

Si tenía que regresar a Camberwell con Blackburn en ese instante, lo haría.

El olor a café recién hecho me desconcertó.

También sentí el aroma a pan dulce.

—¿Quieren café y pan?

Están deliciosos—preguntó mi padre desde el comedor.

Escudriñé su semblante, en busca de alguna expresión mortífera en su rostro y no encontré más que relajación y buen humor.

Sentí miedo.

—Perdón por haber tardado—dije, yendo a lavarme las manos antes de sentarme al comedor con él.

Blackburn me imitó—encontré a Jake Wood en el contenedor y se me fue el tiempo.

—Black se ofreció a ir a buscarte—puntualizó mi madre, dejando una bandeja grande de pan dulce.

—S-Sí—titubeé y con torpeza, alargué la mano para agarrar un pan y me sobresalté cuando Blackburn tomó el mismo que yo.

Lo solté rápidamente, dejándoselo a él.

—Es tuyo—me contradijo y lo depositó en mi mano de forma cariñosa.

Maldita sea.

Todo eso bajo el escrutinio de mis padres.

Tiempo después, a eso de las diez de la noche, nos fuimos todos a dormir.

Me puse uno de los pijamas que tenía guardados en casa y miré el techo, debajo de las cobijas.

El silencio era placentero.

Camberwell no se comparaba en nada a la plenitud de paz de Snowshill.

A pesar de haber dormido una siesta por la tarde, eso no evitó que mis ojos se cerraran en cuanto toqué la almohada.

El recuerdo del beso con Blackburn me estresó durante un minuto antes de lograr conciliar el sueño.

Todavía sentía el sabor de sus labios impregnados en los míos, como si los hubiera tatuado para siempre en mi piel.

Supuse que quizá el momento intimo con Blackburn hizo de las suyas en mi cabeza, porque cuando desperté, eso fue lo primero que se me vino a la mente.

Él iba a estar todas las vacaciones y yo no iba a tener ningún segundo de paz para poder reflexionar sobre el beso y su confesión.

Había admitido que se sentía atraído por mí en todos los ámbitos, pero no dio señales de querer salir conmigo.

Y de ninguna manera deseaba hacerme ilusiones con ese misterioso y engreído rubio de ojos de extraño color y comportamiento errático.

Fui a asearme al sanitario y antes de afrontar el nuevo día, me quedé un rato más en la cama.

Me llegó un mensaje de texto al teléfono y a través de la barra de notificación lo leí.

Era de Blackburn.

“Quedarte encerrada en tu habitación no evitará que yo tenga contacto contigo.

Me di cuenta de que la recámara de tu hermano tiene un compartimiento secreto para entrar a la tuya.” Era cierto que entre Atwood y yo, hicimos una puerta pequeña estilo Coraline en donde cabíamos perfectamente y la usábamos para poder enviarnos notas, comida y juguetes cuando estábamos castigados, y fue sorprendente que Blackburn se diera cuenta rápido, si estaba muy bien escondido.

Iba a responder, cuando escuché algunos crujidos por debajo de mi escritorio.

Entorné los ojos al verlo aparecer a través de la puertecita.

Su rubio cabello fue lo primero que vi y después el resto de su cuerpo.

—¿Cómo es que conseguiste pasar por ese espacio tan estrecho?

—me puse en pie, incrédula, observándolo incorporarse fácilmente.

—Rompí más tablas—respondió, sacudiéndose el polvo del pijama de mi hermano.

Tenía puesto su amuleto extraño en el cuello, escondido debajo del suéter.

—Ya veo que mis padres te obsequiaron todo de mi hermano.

—Es ropa muy cómoda, tu padre dijo que Atwood ya no lo necesitaría—se encogió de hombros y sus ojos barrieron mi habitación, incluso en cada rincón.

Echó un vistazo a mi estante de libros y tomó posesión del otro ejemplar de mi libro favorito The Host de Stephenie Meyer.

El que estaba en el dormitorio escolar era el más reciente y con la portada de la película— ¿este libro es bueno?

—Más que bueno, es fenomenal—presumí—es mi libro favorito.

Asintió, lamiéndose el labio inferior con aire distraído mientras leía la sinopsis.

—Me encantaría leerlo, ¿puedo?

—volteó a verme.

Sus pupilas, que habían estado contraídas por la luz mañanera, se dilataron al encontrarse con mi mirada.

—Adelante.

—Por cierto, ¿Quiénes son las personas de las fotografías que hay en la habitación de tu hermano?

—Mi tía Gwen y mi abuelo Joseph, hermana y padre de mi mamá—le informé—Atwood fue el único que quiso conservar sus fotografías porque todos estábamos tan devastados como para continuar viéndolos en simples retratos.

—Eso me recordó a una frase que escribió el poeta y escritor francés, Alphonse De Lamartine, acerca de la muerte—opinó Blackburn con suavidad.

Se aclaró la garganta y sin apartar su mirada de la mía, recitó en un murmuro— “A menudo el sepulcro entierra, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd”.

—No solamente se llevaron mi corazón consigo, sino el de toda la familia.

Sus muertes repentinas a causa de una enfermedad mortal nos devastaron—confesé, con el ánimo hecho añicos—por eso ese mismo año del fallecimiento de mi tía, Atwood se fue de viaje a Norteamérica en donde conoció a su actual pareja y encontró la felicidad, en vez de quedarse deprimido en una casa llena de prejuicios.

—¿Y tú por eso decidiste ir a Camberwell?

—fue una pregunta curiosa, que me tomó desprevenida.

—Quizá, de forma inconsciente, lo hice, poniendo como excusa mi pasión por la fotografía—respondí—pero eso no lo saben mis padres.

—Tampoco el beso que te robó el humano promiscuo al que le dices cariñosamente Jake, en vez de Jacob—espetó Blackburn.

—No sabía que eras celoso y más de alguien a quien no conoces—bufé, caminando hacia la puerta de la habitación porque mi estómago demandaba hambre.

—No soy celoso—arribó, colocando rápidamente su mano sobre la puerta y haciendo un bloqueo corporal para que yo no pudiera abrir—además, creo que ahora tengo más derecho de enfadarme si se te acerca.

Fruncí el ceño y alcé la barbilla a él, desafiándolo.

Blackburn se inclinó casi a mi altura y me devolvió la misma mirada arrogante que le regalé.

—¿Derecho?

—inquirí irónicamente— ¿de qué derecho hablas?

—Te di tu primer beso real, Cereza de Otoño—con su otra mano, me tomó del mentón, tal como hizo anoche antes de besarme frente a mi casa y en el muro de piedra del viejo cementerio—por lo tanto, tengo derecho a ahuyentar a los demás depredadores de ti.

Sus palabras me estremecieron, en especial su voz teñida de malicia, oscuridad y deseo.

Sí, deseo.

Blackburn Varkáris tenía una apariencia malditamente atractiva, y a simple vista se miraba como un chico guapo, tierno, dulce y tranquilo, pero ahora que estaba conociéndolo más, era todo lo contrario.

—¿Me estás insinuando que te gusto?

—pregunté torpemente.

—Pensé que ayer había quedado claro—su dedo pulgar acarició mis labios—jamás besaría a una humana si yo no tuviera deseos de hacerlo, aparte de que yo mismo te dije que me atraías en todos los aspectos, en especial en el ámbito intelectual, aunque esto último es un extra.

—Llevamos una semana de conocernos—indiqué, con las mejillas ardiéndome, quise bajar la mirada, pero sus delicados dedos mantuvieron mi rostro alto—es muy pronto, y tú no sabes si tu atracción hacia a mí es correspondida.

—Oh, dulce y tierna Sophie—canturreó, dejando escapar una risita burlona.

Junté las cejas ante su inesperada reacción, ¿acaso se estaba burlando de mí?

—eres un libro abierto.

¿Crees que no me daría cuenta de que yo te gusto?

Soy consciente del efecto que causo en las féminas ante mi apariencia.

—No me gustas—aseguré con voz temblorosa—estás confundiendo mi amistad con atracción.

Una lástima.

Con toda la seguridad del mundo, habríamos seguido discutiendo como idiotas en mi habitación a hurtadillas, pero los pasos de mis padres afuera nos hicieron darnos cuenta de que era mejor dejarlo para después.

Blackburn regresó a la recámara de mi hermano a través de la pequeña puerta debajo de mi escritorio, llevándose consigo mi libro favorito.

Tardé cinco minutos en tranquilizarme y olvidar ese episodio incómodo para salir a desayunar.

—Muy temprano estuvo aquí tu amigo, Jake Wood, limpiando la nieve de la casa—informó mi padre, leyendo el periódico, pero observando discretamente a Black y a mí.

—Sí, me dijo que lo hace todos los días.

—Puedo hacerlo yo a partir de mañana—se ofreció Blackburn, enviándome una mirada desdeñosa.

Lo ignoré.

—Háganlo juntos, Black—terció mi madre con una sonrisa maliciosa—Jake es un buen amigo de la adolescencia de Sophie y tú de la universidad, podrían caerse bien.

—Sería como juntar dinamita y fósforos, mamá—declaré—y no lo voy a permitir.

—¿Te asusta salir quemada de esa explosión?

—vaciló Blackburn, con una sonrisa traviesa.

—No, me asusta desperdiciar mi tiempo apagando el fuego que puede lastimar a los inocentes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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