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Ephemeral Darkness - Capítulo 14

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14: Capítulo 13 14: Capítulo 13 Para tener un léxico amplio, Blackburn debió haber asistido a clases intensivas de gramática, ortografía, sinónimos, antónimos y demás, y así poder expresarse de tal manera.

¿Qué persona, aparte de él, diría “acéfalo” en vez de “idiota”?

Fastidiada, forcejeé con ambos y solamente Jake me liberó.

Black se negó rotundamente a liberarme de su agarre, sin importarle estar bajo el escrutinio de mis padres.

Su enorme mano parecía una tenaza adherida a mi muñeca.

—Ya es suficiente, los dos—gruñó mi padre—y tú, Black, suelta a mi hija.

—Necesito hablar con ella, señor Beaumont—respondió Blackburn, sin despegarle la mirada de encima a Jake y al cabo de un segundo, volteó a ver a mi papá—por favor, solo cinco minutos… —La que decide es ella—terció mi madre de mal humor.

Sentí la mirada expectante de Blackburn y la de Jake, que era de esperanza ante alguna posible respuesta negativa de mi parte.

Incluso mis padres aguardaban lo mismo.

Kore, por otro lado, simplemente observaba con fascinación la situación.

—Cinco minutos—planteé, abrumada—no más.

Blackburn asintió sin soltarme y echó andar lejos de todos, llevándome consigo con suavidad.

Atravesamos la sala de espera para salir al estacionamiento en donde no estaba nevando, pero el frío era denso.

Sin embargo, ninguno de los dos opinó algo al respecto sobre el clima.

Él dirigió el camino hasta detenerse en la parte más alejada de cualquier persona a varios metros a la redonda.

Soltó mi muñeca únicamente cuando se cercioró de que no había nadie cerca y que yo no podría huir de él, puesto que parecía un pequeño callejón en el que, para salir, tenía que salir uno primero.

—Supongo que ya dejaste de actuar como tonto—dije con desdén.

Ni siquiera lo miré.

—No he cometido ningún pecado hacia a ti, como para que me quieras torturar de esta manera, Cereza de Otoño—musitó, sacudiendo la cabeza en negación.

Algunas gotas de agua que aún le goteaban del cabello aterrizaron en mis mejillas.

—¿Por qué actuaste como un cretino cuando fui a verte a la habitación?

—no pude evitar preguntarle con cólera.

Apreté los puños para controlar mi temperamento.

No pretendía sentirme enfadada, pero la sensación de ser reemplazada o desechada por parte de Blackburn me enfureció.

No me dolió, sino todo lo contrario.

Quería saber qué era lo que se traía entre manos al haberme tratado con indiferencia.

¿Acaso se debía por la presencia de su vecina y no quería que su mentira de “no tengo amigos, solo me estimulas tú” saliera a la luz?

Porque, viéndolo desde otra perspectiva, sonaba ridículo.

Todas las personas, alguna vez en su vida, tuvo un amigo.

El ser humano estaba diseñado para convivir con más de ellos.

Y Blackburn no iba a ser la excepción.

Era raro, pero nada más.

—¿Estás irritada por Kore o porque supuestamente actué como no querías?

—me miró con malicia, acercando su rostro al mío.

—Blackburn Varkáris—pronuncié su nombre con frustración—no me conoces en lo absoluto.

Soy capaz de ignorarte a tal punto, que dudarás de tu existencia si así lo deseo.

Más te vale que no me metas en tus juegos mentales—le pinché el pecho con el dedo índice y él atrapó mi mano con la suya, colocando mi palma sobre su corazón, sonriendo de tal modo que contuve la respiración.

Tuve que retroceder dos pasos para no sentir la cercanía de su rostro, pero él avanzó lentamente hacia a mí, colocando su mano libre a un costado de mi cara.

Mi mirada viajó de sus perfectos labios rosas hacia sus ojos, que parecían querer devorarme con picardía.

Solo Dios sabía la magnitud de testosterona que Blackburn estaba destilando para que yo me sintiera mareada ante su presencia varonil.

Tragué saliva, sintiendo la garganta y boca secas.

No podía permitirme ser débil de nuevo y mucho menos ante él, aunque en el fondo deseaba volver a besarlo.

Y quizá lo habría dejarlo hacerlo, pero…

—¡Ahí están!

En cuanto escuchamos la voz de Jake, nos separamos a una buena distancia.

Percibí una rabia palpable en Blackburn cuando se volvió hacia a mí casi algo con la mirada oscura, llena de odio y coraje.

Fue cómico ver cómo enseguida la irascibilidad de Black se fue al traste al vislumbrar a mis padres con Jake Wood.

Los tres venían a buscarme porque claramente los cinco minutos ya habían terminado.

Y mi corazón seguía latiendo errático dentro de mi pecho.

¿Qué me estaba pasando?

¿Acaso me sentía atraída por Blackburn más de lo que pensaba?

—Vamos a casa, Sophie—sentenció mi padre, enviándole una mirada de recelo a Blackburn—ya no tenemos por qué estar aquí por más tiempo.

Detrás de mi padre, alcancé a ver la rojiza cabellera de Kore.

—Nunca entenderé el comportamiento humano, pero son tan divertidos—dijo ella entre risas y ahí comprendí la razón por la que esa chica era amiga de Blackburn.

Eran igual de extraños, en especial en la manera de hablar.

—No hemos terminado de conversar—advirtió Blackburn.

El matiz huraño en su voz me inquietó.

Ya no intentaba agradar a mis padres.

Estaba comportándose como cuando iba a masacrar mentalmente a los demás—íbamos a darnos un segundo beso apasionado para reconciliarnos, pero ya no fue posible.

Entorné los ojos, sobresaltada.

Es decir, era cierto, podríamos habernos dado un segundo beso igual de apasionado que el primero, pero se necesitaba demasiado pantalones para decírselo a mis padres sin ningún tipo de vergüenza.

Mi mirada evitó fijarse en el semblante de Jake Wood, porque sabía que en cualquier segundo haría algún comentario hiriente o una rabieta.

—¿Te atreviste a besarla?

¿En contra de su voluntad y querías hacerlo nuevamente?

—exclamó Jake, alterado.

—Nunca fue en contra de mi voluntad, Jake, cálmate—dije, azorada.

No era posible que mi vida privada ahora era de dominio público gracias a Blackburn.

—¿Y por qué negaste que era tu novio?

—Jake me dirigió una mirada decepcionada.

—Porque es verdad.

Blackburn no es mi novio y ni siquiera sé si somos amigos—aguijoneé, mirando al susodicho de reojo.

Y a continuación, me aparté de él para irme con mis padres.

Jake Wood estaba furioso y lleno de celos, pero logró mantenerse calmado, aunque sus ojos oscuros decían lo contrario.

Querían asesinar a Blackburn y viceversa.

—Si quieres que me vaya a Camberwell, Cereza de Otoño, dímelo y prometo no volver a molestarte jamás en la vida.

Seremos extraños otra vez.

Dejé de caminar.

Era tentadora su oferta.

Además, no es que nos conociéramos de mucho tiempo, así como con Jake, pero algo dentro de mí se estremeció.

El lado fantasioso que se sentía atraído por él me dijo a gritos que desistiera de esa pésima idea ya que, tenerlo lejos sería aburrido, pero mi lado analítico, estaba en silencio.

O probablemente no tenía ningún otro lado.

Quería a Blackburn Varkáris más tiempo en mi vida y no sabía por qué.

—Vamos, hablemos en mi casa—repuse, sin atreverme a mirar a mis padres que, seguramente estaban perplejos por mi respuesta.

—Dime que es una broma—dijo Jake, molesto.

No le hice caso y reanudé la marcha hacia mi casa.

Minutos después, sentí la presencia de Blackburn Varkáris a mi lado.

No obstante, su cálida mano masculina se cernió en la mía, obligándome a detenerme de forma suave.

—Vamos, demos un paseo en coche—dijo.

—¿Qué hay de Kore?

—continué mirando al frente, con la mano entrelazada a la de él.

No quería verlo porque se daría cuenta del rubor de mis mejillas ante su contacto.

—Se marchará a Camberwell—respondió e hizo una pausa, haciéndome girar sobre mi eje para quedar frente a él sin soltarme—y para tu información, Cereza de Otoño, Kore es una vecina fastidiosa que comparte el mismo gusto que yo por la Mitología Griega.

No hay nada más y jamás lo habrá.

Ella tiene novio y créeme, nadie querría meterse en conflictos con ese sujeto.

—¿El gran Blackburn Varkáris temiéndole a otro ser humano?

—vacilé y él sonrió, avergonzado—no lo puedo creer.

—Espero jamás tengas la deshonra de conocerlo—puntualizó—de lo contrario, me veré obligado a practicar homicidio calificado, premeditado y con dolo para mantenerlo alejado.

—Debes odiarlo demasiado… Nuestra caminata cambió de rumbo, no pregunté, solamente me dejé llevar por él.

—Odiarlo es un término que limita lo que siento por él.

Volví el rostro hacia atrás, por encima del hombro y divisé a mis padres entrar a la casa con el rostro enfadado.

No vi rastro alguno de Jake o de Kore.

Seguramente ambos se fueron al vernos a Black y a mí juntos.

La verdad es que no sabía que iba a pasar.

El hecho de que estuviera tomada de la mano con él, no me garantizaba nada.

Y no es que yo esperase que Blackburn me confesara su atracción física «real» por mí y no solo por lo estimulante.

Además, yo tenía que aclarar mis sentimientos porque estaba segura de que el término “enamorada” no encajaba con lo que sentía por ese chico rubio de ojos impactantes y personalidad oscura.

Nos alejamos lo suficiente del cementerio y de mi hogar.

Estuvimos a nada de estar en la última casa del pueblo cuando él dejó de caminar y se negó a soltarme.

Ahí estaba su pequeño coche, esperándonos.

—¿Qué hace aquí tu vehículo?

—pregunté.

—A Kore le encanta molestar y esta es la prueba—carraspeó—antes de siquiera darme cuenta, lo trajo hasta acá.

—No noté su ausencia hoy—dije pensativa.

Y era verdad.

Como estaba tan preocupada por Blackburn, su coche pasó a segundo plano.

Bien pudieron robárselo y yo no me habría enterado.

El sol estaba ocultándose y yo tenía hambre.

Para mi mala suerte, mi estómago gruñó en protesta y Blackburn se dio cuenta de ello.

—Bien, antes de dar un paseo nocturno, vamos a comer a alguna parte—sentenció, mirando a todos lados— ¿hay alguna cafetería aquí?

El pueblo es muy pequeño y temo que no haya ese servicio.

—Está solamente el «Snowshill Arms», es un pub—respondí—venden comida local, pero podemos ir a «The IVY INN», ahí hay comida deliciosa.

—Entonces vamos, ¿dónde queda?

—En Broadway—respondí y él me miró con el ceño fruncido—es un pueblo vecino que está a cuatro kilómetros de Snowshill, en seis minutos llegaríamos o máximo diez, dependiendo si hay nieve o no en la carretera.

—Debo suponer que hay más humanos ahí, ¿o me equivoco?

Porque aquí en Snowshill es una población pequeña de mundanos y es lo que más me agradó.

—Snowshill es más pequeño—me encogí de hombros—pero si quieres comer algo para nada apetitoso, entonces nos quedemos y vamos al pub.

Humedeció sus labios, pensativo.

Echó un vistazo por el camino que colindaba con la carretera a Broadway y suspiró.

Sacó su teléfono, me soltó la mano con sutileza y se dio a la tarea de buscar algo en internet.

—Tú ganas, Cereza de Otoño—buscó mi mano y la tomó con confianza—por lo que leí, suelen haber ladrones en el camino si las personas no son lo suficientemente rápidas conduciendo Alcé una ceja con escepticismo.

—¿Acaso tienes miedo?

—lo desafié.

—De ninguna manera—se rascó la ceja que no tenía el piercing—pero si llegase a ocurrir un atraco, tendría que aniquilarlos y tengo miedo de que quedes traumatizada.

—El hecho de que mi aspecto sea débil y frágil, no quiere decir que mis extremidades no tengan fuerza al momento de proyectarse con violencia contra el cuerpo de algún agresor—repuse con frialdad.

Mis palabras provocaron que sonriera de oreja a oreja y un brillo de emoción se alojó en su mirada.

Nueva expresión desbloqueada.

—Te pareces a Andrómeda, la princesa libre y valiente que no tiene miedo de enfrentar cualquier adversidad—observó y su sonrisa se volvió torcida y coqueta, enviándome una extraña mirada que me fue difícil descifrar.

Él era como un acertijo.

De camino a Broadway, él conectó su teléfono y me permitió poner música.

Busqué en su lista de canciones, las cuales eran muy melancólicas, oscuras y deprimentes, pero de grupos excelentes.

Decidí, después de buscar una en específico, la que él había estado escuchando recientemente.

Goth de Sidewalks and Skeletons.

Él volteó a verme y subió el volumen.

Tuvimos suerte de que no hubiera demasiada nieve en el camino.

—Interesante—murmuré, escuchando con atención la letra de la canción.

—Es un himno humano muy alentador—comentó, moviendo los dedos sobre el volante al ritmo de la música—inspira a dejar un legado honorable.

Para estar anocheciendo, The IVY INN estaba abarrotado de personas.

Broadway resultó ser más ruidoso, según la percepción de Blackburn.

Había del doble de coches, personas y casas.

—Podemos esperar un rato aquí sentados—objeté, señalando unas bancas metálicas afuera de la cafetería—cuando salga alguien, entramos.

—Déjame intentar buscar un lugar.

—Pero está llenísimo, ¿Cómo podrías conseguirlo?

—ladeé la cabeza.

—Intentaré ser persuasivo con el humano específico, si no funciona, traeré la cena para comer en el coche.

Observé a Blackburn dirigirse a la cafetería con determinación.

Me costaba discernir si lo de nuestra relación era simple amistad o algo más.

Por momentos, parecía que se sentía atraído hacia a mí de manera romántica y otras veces todo lo contrario.

Me dediqué a mirar el cielo que estaba nublado, pero no en su totalidad.

En la pequeña parte despejada, se alcanzaba a ver la luna con algunas estrellas a su alrededor.

Un espectáculo natural divino.

Mi abuelo solía decía que cada constelación eran una obra de arte celestial que nos hacían recordar los pequeños que somos en comparación con el universo, y que, de alguna forma, nos conectaban con nuestras raíces, y la historia de la humanidad, y que su enorme belleza no tenía límites, puesto que siempre había mucho por descubrir.

Gracias a él, comencé a amar con locura las estrellas y la historia detrás de ellas.

Era curioso que a Blackburn también le gustase lo mismo que a mí y no pensase que estaba mal de mi cabeza al deleitarme con el cielo y su gala nocturna solo para aquellos que sabían apreciarlo.

Tras un largo rato, decidí meterme al coche porque la temperatura empezó a bajar más de lo habitual.

Desde donde yo estaba, alcanzaba a divisarlo.

Su cabello dorado sobresalía entre las personas y su delicado y atractivo perfil me estremeció.

Tenía un perfil estupendo, gracias a su nariz respingada y su mirada severa, incluso sus pestañas sobresalían a la distancia.

Era el colmo que él, siendo un chico, tuviera las pestañas más largas que yo.

Dios debía tener a sus favoritos y en su mayoría, eran hombres, porque los dotaba de características que las mujeres desearían tener de forma natural.

Tardó aproximadamente quince minutos en ser atendido y otros diez minutos en recibir su orden.

Me resultó divertido observar cómo se desenvolvía con las demás personas.

Su expresión huraña para con ellas fue lo que me encantó.

Con solo su mirada yo podía saber casi hasta lo que pensaba de aquel que estuviese enfrente suyo.

Tras la espera, cerré un rato los ojos y di un respingo cuando él estuvo de vuelta.

Apresuré a abrirle y se deslizó al interior con dos enormes bolsas de comida caliente y bebidas.

—Fue un tormento tratar de hablar con esos humanos.

Una fémina me enfrentó erróneamente, declarando que iba delante de mí—se quejó—pero no era cierto.

Gracias a los otros que sirvieron de testigos, no tuve que brindarle mi puesto.

Me limité a mirarlo, únicamente porque se me estaba haciendo hábito hacerlo y era reconfortante.

La sola presencia de él lograba mantenerme relajada y estremecida.

Antes habría deseado, quizá, tenerlo lejos, pero en estos momentos no.

Mi vida sería aburrida sin ese chico de cabello dorado, ojos indescriptibles, de sonrisa maliciosa y personalidad extraña y arrogante.

—¿Te sientes bien, Cereza de Otoño?

—preguntó, al darse cuenta de mi mirada en él.

Parpadeé, avergonzada.

—¿Qué compraste?

—inquirí, como quien no quiere la cosa.

—Compré crepas dulces y saladas—respondió, echándole un vistazo a una bolsa—y de beber café capuchino.

Extrajo los dos vasos térmicos de la otra bolsa y los colocó en el espacio especial que tenía el coche para las bebidas.

Gracias al frío, no había necesidad de abrir los cristales y evitar que se empañasen con nuestra respiración.

Degustamos tranquilamente la comida en silencio: yo elegí las crepas dulces y él las saladas.

Hubo un silencio cómodo, pese a que de vez en cuando nuestras miradas se encontraban y una ligera sonrisa asomaba en los labios de Blackburn y en los míos.

Era una nueva complicidad en ambos.

—¿Te sabes la historia trágica de amor de Orfeo y Eurídice?

—pregunté para tener algo de qué hablar.

Ya estábamos terminando de comer.

Él volteó a verme y asintió.

—¿Cómo no conocer esa historia tan deprimente y llena de valentía?

—inquirió—la cual incluso, inspiró a la constelación de Lyra, en honor a Orfeo.

—Sí, aunque lo único que sé, es que él fue hasta el inframundo con tal de recuperarla y su ansiedad provocó perderla para siempre—arrugué la nariz.

—Sí y no—repuso con severidad—la historia siempre la cuentan mal.

Orfeo realmente no tuvo la culpa de nada.

—Hay muchas versiones al respecto.

—Te contaré la real—me guiñó el ojo, mientras se limpiaba las comisuras de su boca con una servilleta—como sabrás, Orfeo nació del amor de Apolo, dios de la música y la poesía, que era sumamente atractivo y de Calíope, musa de la poesía épica y la elocuencia—comenzó a decir—asimismo, Apolo le regaló una lira a Orfeo que le perteneció a Hermes, el mensajero de los dioses, para que hiciera música con ella—miró el parabrisas y después a mí—no había ser vivo que no cayera a sus pies con sus melodías tan fascinantes, y por lógica, Eurídice, una bella ninfa de los valles de Tracia, se enamoró perdidamente de Orfeo y viceversa.

Se casaron y estaban felices por haber encontrado el amor, pero cuya felicidad se esfumó cuando ella fue víctima de la picadura de una serpiente que la llevó a su muerte.

«Orfeo se sumió en una profunda tristeza en la que nada lo hacía volver a sonreír.

Solo quería estar con su amada.

Sin embargo, las ninfas le incitaron luchar por recuperar a Eurídice y como seguía enamorado de ella, les hizo caso y descendió al inframundo en donde se encontró con Cancerbero, el “perro” guardián del infierno, al que logró adormecer con su melodiosa música.

Con la lira y su canto, también ablandó el corazón de Hades y Persephone, dioses del inframundo, aceptando sus súplicas de dolor.

Accedieron a que Orfeo se llevase a Eurídice al mundo de los vivos con la única condición de que él no podía verla hasta que la luz del sol la bañase por completo, de lo contrario, la perdería por segunda vez y para siempre.

Por supuesto, él aceptó sin miramientos y caminó hasta la salida del inframundo con ella detrás.

Y cuando estuvieron por fin lejos de los terrenos infernales y bajo la luz solar, Orfeo se dio la vuelta para contemplar a su mujer, pero ninguno de los dos se dio cuenta que el pie de ella aún seguía en la oscuridad y regresó al inframundo inmediatamente.

Y tras la tragedia, él se convirtió en el amante más desgraciado del mundo.

Se aisló de todos y se encerró en su dolor en soledad.

Tiempo después, Orfeo visitó Tracia, su lugar de origen y allí, tocando la lira, sedujo por accidente a unas bacantes, las “adoratrices” del dios Baco (dios del vino, la fiesta y el jolgorio).

Rechazó a todas y ellas, desesperadas, ciegas de pasión, lo asesinaron y despedazaron.

Cuando Zeus se enteró del fatídico final de Orfeo, colocó en lo alto del firmamento su hermosa lira para que todos le pudieran recordar, haciendo así, que naciera la constelación de Lyra, que, en lo alto de esta, hay una estrella muy brillante que sobresale de todas, llamada Vega, que es símbolo del poder eterno del amor, más allá de la muerte.

Curiosamente esa estrella está situada a veinticinco años luz de la Tierra».

—Esa versión es la menos popular—agregué—porque de antemano conocen la historia por la ansiedad de Orfeo para verla.

—Mi versión es la original—protestó.

—¿Por qué estás tan seguro?

Ni que hubieras estado ahí—vacilé—además, es un mito.

—¿Has escuchado el dicho que dice “cuando el río suena, algo lleva”?

—Sí, ¿por qué?

—fruncí el ceño.

—Detrás de cada constelación hay una historia, una mitología, una leyenda que merece ser contada y siempre tienen algo verídico.

—Yo lo que puedo decirte es que la historia de Orfeo y Eurídice es muy triste.

Muchas personas, tras perder a su persona amada, se dejan morir porque no pueden con el dolor de su partida e incluso serían capaces de bajar al infierno con tal de recuperarlas.

—Prometo hacer arder hasta el cielo y enfrentarme al mismísimo rey del infierno con tal de verte feliz y a salvo, Cereza de Otoño—verbalizó, mirándome con intensidad.

Sus pupilas estaban dilatadas y el tono de su voz era de absoluta seriedad y no había nada de vacilación en sus palabras.

—¿A qué te refieres?

—fruncí el ceño.

—Olvídalo—hizo una mueca— ¿por qué no damos un paseo caminando?

Asentí.

Algo en Blackburn Varkáris estaba cambiando.

Podía sentirlo.

Continuaba siendo el mismo arrogante y mezquino chico, pero su mirada era diferente y comenzaba a ponerme más nerviosa de lo normal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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