Ephemeral Darkness - Capítulo 15
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15: Capítulo 14 15: Capítulo 14 Regresamos a Snowshill pasada la medianoche.
Mis padres ni siquiera se molestaron en esperarme, pero al menos habían dejado la puerta principal sin pasador para que pudiéramos entrar.
Blackburn había dicho que elegiría un hostal para pasar la noche y evitar problemas con mi padre, pero lo obligué a acompañarme.
Cada uno se fue a su respectivo dormitorio a hurtadillas.
Me despojé de la ropa y elegí el pijama más suave para dormir.
Logré conciliar el sueño rápidamente, pero luego de unas horas, desperté y fue gracias a una sensación de calidez abrasante y estremecedora en mi espalda.
Me moví un poco para girar sobre mi eje, pero sentí un brazo alrededor de mi cintura.
Entorné los ojos, alarmada, y estuve a punto de gritar, cuando de repente, escuché su voz.
—Soy yo, Cereza de Otoño, no te asustes—susurró en mi oreja y su brazo tiró de mí hacia él.
En mi espalda sentí la calidez de su pecho nuevamente.
Y me percaté que mi cabeza estaba descansando sobre su otro brazo.
Me tensé.
—¿Qué haces aquí?
—quise saber, con voz increíblemente baja.
—Durmiendo contigo, ¿no es obvio?
—su aliento acarició mi cuello.
—Lo sé—repuse—pero ¿por qué estás en mi cama y a qué hora entraste?
—Esperé una hora desde que volvimos y como los ronquidos de tu padre no me dejaban dormir, busqué alojamiento contigo, ¿te molesta?
—su dedo pulgar empezó a acariciarme el abdomen por encima del pijama.
—Debiste comentarme antes y te habría dejado entrar desde el principio—me tembló la voz.
—Tampoco podía ser tan cretino de pedírtelo así sin más y, además, sabía que dirías que no, aunque digas lo contrario—bromeó.
Aquello me hizo reprimir una sonrisa.
Era muy astuto.
—Solo por esta vez—arribé, con los párpados pesados—no tengo fuerzas para echarte de mi habitación.
Al día siguiente, él ya no estaba conmigo.
Alcancé a escuchar su voz en la sala y palidecí.
Fue interesante que, a juzgar por la conversación animada que mantenía con mi padre, deduje que había vuelto a ganárselo.
Antes de salir a afrontarlos, fui al sanitario y luego fui directo al comedor, en donde un delicioso desayuno, digno de todo ciudadano de Reino Unido, me esperaba.
—De que termines de desayunar, ve a ayudarle a Black con la nieve—me ordenó mi padre y asentí.
Quise preguntar por qué Jake no vino a casa esta mañana, pero seguramente se debía a lo de ayer.
Y comprendía su decisión.
Afuera, la espalda de Blackburn, enfundada con una sudadera holgada roja y un gorro negro, pertenecientes a mi hermano, se alcanzaba a ver desde la ventana.
Estaba limpiando a diestra y siniestra la nieve de la entrada y de la acera completa.
Tenía la nariz y mejillas enrojecidas por el frío.
Había amanecido helado.
Terminé rápidamente y me cambié.
Busqué mis antiguas botas de nieve y salí a ayudarlo.
—¿Cómo amaneciste?
—me preguntó con toda la intención.
Ni siquiera estaba mirándome, pero traté de mantenerme tranquila.
—Excelente, ¿y tú?
—agarré la otra pala de nieve y comencé a moverla.
—Tu cama es más cómoda que la de Atwood—comentó y le lancé una bola de nieve.
Él volteó a verme con una media sonrisa—solo estoy siendo sincero.
—Solo estás fastidiándome—aguijoneé, moviendo la nieve con furia para evitar que mi rostro avergonzado se mirase.
—Vas a lastimarte si lo haces de esa manera.
Lo ignoré y seguí removiendo la nieve con incertidumbre.
Y para mi mala suerte, él tuvo razón.
Resbalé y caí justamente sobre el borde de una barda vieja de alambre de púas que mi padre había sacado a tirar porque tenía tiempo que había comenzado a oxidarse.
Me golpeé la frente y sentí un ardor insoportable del metal oxidado incrustarse en mi piel.
No obstante, pudo ser peor puesto que Blackburn logró agarrarme del brazo antes de que el resto de mi cara terminara desfigurada.
Algo húmedo y caliente se deslizó sobre mi nariz y aterrizó en la nieve en forma de gotas.
Sangre.
—¿Estás bien?
—Blackburn me hizo girar hacia él y me alzó el rostro con delicadeza.
Sus ojos se entornaron y sin miramientos me cargó en sus brazos con una agilidad sobre humana.
Se abrió paso a la casa en donde me depositó lentamente en el sofá—necesito un botiquín, ¿tienen uno en casa?
Su voz fue tranquila y entendí por qué.
En cuanto mis padres vieron mi frente sangrando, se acercaron corriendo a verme, ahogando una exclamación.
Él se encargó de contarles el suceso con muchísima calma.
Gesto que le agradecí.
La herida no fue profunda y el sangrado se detuvo al momento que Blackburn limpió el área con alcohol, haciéndome ver estrellas.
Cubrió el corte superficial con una gasa pequeña y luego se sentó a mi lado con la mirada preocupada.
Había culpabilidad en sus ojos.
—Perdóname por haber provocado que te enfadaras con mis comentarios estúpidos.
—No fue tu culpa.
Simplemente resbalé—traté de apaciguar la situación—sabes muy bien que suelo ser torpe a veces.
Me has salvado más de una vez y hoy nuevamente.
Gracias.
—Cuidaré mejor mis palabras—fue todo lo que dijo.
Se quedó en silencio casi la mayor parte del día, pero eso sí, siendo el doble de servicial en todos los aspectos, en especial conmigo.
Estuve dos días en total reposo.
Sin esforzarme, sin levantarme por cualquier cosa de la cama y disfrutando de bebidas calientes en compañía de él.
Y, por supuesto, acurrucada en los brazos de Blackburn por las noches.
Por obvias razones, mis padres no tenían conocimiento de lo último.
Tiempo después, la Noche Buena estaba a escasos dos días.
Y absolutamente todo el pueblo ya había adornado su hogar con árboles navideños y luces blancas muy hermosas.
Nosotros no fuimos la excepción.
No supe en qué momento aparecieron cuatro obsequios debajo del árbol de navidad, pero tampoco pregunté.
—Los padres de Jake trajeron pavos de la capital a buen precio—escuché decir a mi padre la mañana del veintitrés de diciembre—el chico me avisó por mensaje por si queremos apartar uno, ya que se acabarán pronto.
—Encárgale dos—dijo mi madre.
—Pensé que este año haríamos pato a la naranja—objeté.
—A Blackburn le encanta el pavo, ¿no es así?
—inquirió mi madre, mirando a mi rubio amigo sentado junto a mí.
Él asintió.
Técnicamente estaban haciéndole el gusto a Black de comer pavo para Noche Buena.
Desde que me reconcilié con Blackburn, Jake no volvió a dirigirme la palabra.
Hasta eso, tampoco se acercó a mi casa a limpiar la nieve que había decidido hacerlo desinteresadamente.
Y tampoco se dignaba a responderme ningún mensaje.
Era una clara señal de enfado.
—Iré contigo cuando vayas por el pavo—le dije a Blackburn—necesito hablar con Jake.
—No necesitas hablar con ese mundano depravado, me tienes a mí, ¿Qué más quieres?
—ladeó la cabeza con vacilación—tengo todo lo que él tiene e incluso más.
—No seas arrogante, señor egocéntrico—reí—él también tiene lo suyo.
Tú tienes sangre checa y él italiana.
Aquello hizo que arqueara una ceja con escepticismo.
—¿Me estás comparando con un italiano, Cereza de Otoño?
Porque mi sangre checa es más pura que la suya.
—Aquí dejo el dinero en la mesa para el pavo—anunció mi madre.
Enseguida me levanté, pero Blackburn hizo una mueca.
—Voy a ir a ver a Jake Wood—sentencié—nada de lo que hagas evitará que vaya a verlo.
Se encogió de hombros y fui a mi habitación por un abrigo.
Cuando salí, él estaba afuera esperándome.
Se había puesto un gorro tejido color celeste de Atwood y en sus manos sostenía una bufanda del mismo tono.
Al verme, esbozó una media sonrisa y me envolvió el cuello con ella.
Sentí muchísima calidez y se lo agradecí con una sonrisa.
No éramos novios, pero nos estábamos comenzando a tratar como si lo fuéramos.
Aunque, a decir verdad, no volvimos a besarnos por segunda vez al igual que esa noche en el viejo cementerio y en las narices de mis padres.
Ganas no me faltaban de besarlo a la hora de dormir, pero no podía darme el lujo de dar el primer paso yo, cuando él era el que insinuaba a desearlo.
En vez de entrelazar sus dedos con los míos, decidió abrazarme por encima de los hombros, cuidándome al caminar.
La herida de mi frente estaba por borrarse, pero continuaba teniendo una bandita encima.
A lo lejos, divisamos la casa de Jake, la cual estaba abarrotada de personas, exigiendo comprar su pavo navideño con tiempo.
Debía sentirme privilegiada de tener el acceso VIP, porque en cuanto llegamos, la madre de Jake dejó de atender a los demás para entregarnos el nuestro.
—Muchísimas gracias, señora Wood—dije y Blackburn recibió la mercancía al momento que le entregué el dinero— ¿está Jake aquí?
—Fue a entregarle tres pavos a las monjas de la iglesia—respondió—pero no debe tardar, si quieres puedes esperarlo adentro—le echó un vistazo a Black, pero no dijo nada.
—No, le llamaré luego.
Gracias.
Me despedí de ella y nos dirigimos de regreso a casa.
Estaba muy nublado y parecía que, en vez de nevar, llovería fuertemente o ambos.
El clima de Snowshill no era predecible.
—¿No vas a echar de menos pasar estas fechas con tu mamá y hermana?
—le pregunté cuando estábamos por entrar a mi casa.
Los ojos de Blackburn se fijaron en los míos durante unos segundos.
—No querrías pasar una velada con una mujer que no te deja ni a sol ni a sombra y con una adolescente hormonal que está en la edad en la que todo le fastidia—repuso—además, aquí es mejor que mi casa.
—¿Lo dices por la estimulación que te provoco?
—reí.
Pero antes de siquiera responder, su teléfono sonó.
Me hizo señas de que yo entrara a la casa y que me seguiría en un momento.
Obedecí porque no podía continuar mucho tiempo afuera con el frío.
Él se quedó con el pavo, así que fui por un poco de té para calentarme.
Transcurrieron diez minutos y él no volvía.
—¿Y Blackburn?
—preguntó mi padre desde su habitación.
—En una llamada telefónica.
—¿Y el pavo?
—terció mi madre en la cocina.
—Él lo tiene.
Blackburn entró a la casa y su rostro estaba sombrío.
Colocó el pavo en la mesa y se sentó a mi lado, contrariado.
—¿Sucedió algo?
—interrogué.
Él sacudió la cabeza en negación y no respondió.
Se quedó con la mirada perdida un largo rato.
Una nueva expresión desbloqueada: desasosiego.
Era como si algo le preocupase—puedes contármelo y confiar en mí—le recordé.
—Hay cosas que están fuera de tu dominio y entendimiento, Cereza de Otoño—dijo entre dientes—pero agradezco tu preocupación.
El resto del día, Blackburn se comportó más extraño que nunca.
Estuvo aislado de mis padres, e incluso de mí.
No comió y se fue a dormir a la habitación de Atwood muy temprano.
Fue la primera noche de muchas en la que no durmió conmigo y me sentí sola al no verlo del otro lado de mi cama y escuchar su respiración tranquila mientras su brazo me tenía pegada a él.
Su comportamiento distante continuó hasta Noche Buena.
Ayudó a mis padres con normalidad y apenas intercambiamos miradas y una que otra palabra.
Le di su espacio, pero planeaba confortarlo en la noche, después de cenar.
Faltaban dos horas para la cena y recibí una llamada de Jake Wood.
Observé a través del rabillo del ojo a Blackburn, que estaba sentado junto a la chimenea con Bowie.
Mi perro había desarrollado una gran amistad con él y había elegido estar con mi mascota que conmigo, pero fue a raíz de esa sospechosa llamada que recibió cuando compramos el pavo un par de días atrás.
—Hola, Jake—lo saludé y percibí tensión en Blackburn.
Sus indescriptibles ojos se postraron en mí sin miramientos.
—Perdón por no contestarte las llamadas ni mensajes, pero como comprenderás, mis ánimos estaban por los suelos y fue mi madre quien me convenció de llamarte, pese a mi dignidad—me explicó con amargura— ¿se te ofrece algo?
Porque debo seguir ayudando con la cena—su tono de voz fue tajante.
—Quería disculparme por lo que pasó y saber cómo estabas—apreté los labios, avergonzada.
—Mejor que ayer, pero peor que mañana—respondió.
—Entiendo.
Disculpa por molestarte—susurré, a punto de colgar, pero de repente, Blackburn me arrebató el teléfono— ¡oye!
Lo colocó en su oreja y con voz dura y fría, le replicó a Jake.
—Escucha, humano imbécil, ¿esas son formas de responderle a Sophie, quien te buscó para pedirte disculpas, aunque no te las merecías?
Porque recuerda que jamás le vas a interesar como hombre—carraspeó Black con cólera—y en su lugar, yo te habría mandado al infierno y no solo metafóricamente.
Ahora, sigue tus propias palabras y jamás vuelvas a buscarla, de lo contrario, me veré obligado a enviarle otro pasajero a Caronte para su destino infernal en manos de Hades—colgó bruscamente.
Boquiabierta, me quedé mirándolo.
Me entregó el teléfono y apenas podía salir de la impresión.
Bowie se acercó a mí, moviendo su cola para aligerar el ambiente.
—¿Por qué le dijiste eso?
—logré preguntarle.
—Él no merece ninguna disculpa tuya—espetó—si no respeta tu decisión de dejarlo en la zona de amigos y apoyarte, y todavía te habla con mezquindad, cargado de razón, ¿Qué sentido tiene que sigas teniéndolo cerca?
Quédate con personas que te sumen, no que te resten.
—Tienes razón, pero te recuerdo que también tú has estado actuando pésimo conmigo—sisé—estás distante desde aquella extraña llamada que recibiste cuando compramos el pavo y… —bajé la voz—ni siquiera has querido dormir conmigo en mi habitación.
Él esbozó una sonrisa maliciosa y sus ojos brillaron de picardía.
—Entonces ya no puedes dormir si no sientes mi cuerpo detrás del tuyo—dijo y entorné los ojos.
—¡Cállate!
—me ruboricé—mis padres podrían escucharte.
—Jamás se enterarán de que dormimos juntos, Cereza de Otoño—estiró la mano para tomar la mía.
Él se sentó y tiró de mi para que me sentase sobre sus piernas.
Aquel sitio era mi lugar seguro desde hacía unos días—a menos que desees que ellos sepan lo nuestro… —¿Existe “lo nuestro”?
—pregunté con toda la intención.
—Dímelo tú—me envió una mirada curiosa y después se centró en mis labios—porque, recuerda que me pertenece tu primer beso francés, el real.
Me ruboricé totalmente.
Y salté lejos de su regazo cuando escuché los pasos de mis padres aproximarse.
—Mi bella dama con cabello de color de las hojas de los árboles en verano con toques cerezas—dijo con voz profunda, sorprendiéndome.
Sus pupilas se dilataron a pesar de que había bastante luz y yo me hallaba de pie frente a él.
Volvió a agarrar mi mano y se inclinó a besarme el dorso, para después hacer una reverencia—te pido las disculpas más sinceras por haberme comportado como un humano idiota.
Fue sin la menor intención de hacerte sentirte mal.
No espero tu perdón tan pronto, pero estaré en espera de cuando eso ocurra.
Le darías paz a mi alma.
—¿Por qué estás haciendo todo eso?
—parpadeé, perpleja.
—Solo quiero decirte que jamás haría esto por ningún otro humano que no fueras tú, Cereza de Otoño.
—¿Por qué?
—Porque eres la única humana que me importa en este mundo.
Tenía que reconocer que era muy convincente.
Su manera de hablar me derretía hasta cierto punto.
Él era único en su forma de ser.
Me quedé mirándolo durante escasos segundos y él me devolvió la mirada.
—El color de tus ojos es parecida a la miel vista a través del sol, un espectáculo alucinante y embriagante—murmuró, aturdido y sin parpadear, enfrascado en mi mirada—y sin mencionar que son como el atardecer, brillantes, hermosos y misteriosos, ¿lo sabías, Cereza de Otoño?
—De repente te volviste un poeta—bromeé para que no notase cuan nerviosa me sentía en ese momento tan íntimo.
—Sucede que…
—hizo una pausa para humedecer sus labios y me quedé hipnotizada por el movimiento lento de su lengua—has comenzado a ser mi inspiración, mi razón de ser y mi todo, aunque parezca muy descabellado y me vea igual o peor que ese humano desagradable de Wood.
—Es hora de poner la mesa.
La cena está lista—informó mi padre, acercándose a nosotros y frunció el ceño al vernos agarrados de la mano y con Bowie de testigo.
Quise soltarme, pero Blackburn no me lo permitió— ¿qué sucede?
—Estaba comentándole a su hija acerca de su belleza tan inexplicable—respondió Blackburn con una sonrisa torcida—su cabello y sus ojos son lo que más me gustan de ella.
Mi padre parpadeó, sorprendido.
—Ella es la chica más hermosa de Snowshill y de todo Reino Unido—sentenció mi padre con orgullo—y me da gusto que también lo hayas notado.
—¡Papá!
—me sentí avergonzada y Black me apretó la mano para tranquilizarme y funcionó.
—Ella no solo es la más hermosa de todo el país, sino también del universo.
Parece una ninfa o una humana creada por los dioses del Olimpo para deleitar a los demás humanos con su inigualable belleza.
—¿De casualidad estás drogado, chico?
—mi padre me leyó la mente.
Blackburn ladeó la cabeza, desconcertado.
—De ninguna manera, señor Beaumont, ¿por qué la pregunta?
—No comprendo por qué estás diciendo todo eso de mi hija.
Agradezco tus halagos, pero son algo extraños y extremistas.
—¿Prefiere que simplemente enamore a su hija con música barata y regalos clichés, para después embarazarla y huir?
—increpó Blackburn con hostilidad—porque si ese es el caso, entonces no lo conseguirá.
El tipo de hombre que quiere para Sophie con esa descripción es Jacob Wood.
—¿Qué demonios dijiste?
—rugió mi padre.
—Con todo respeto, señor Beaumont, ¿quiere que su hija esté con un hombre que solo piense en llevársela a la cama y ya, o que desee una vida con ella para siempre?
Definitivamente, el comentario de Black dejó mudo a mi padre y a mí también.
—¿Y piensas que eres el indicado para ella?
—inquirió mi padre, después de salir del enmudecimiento.
Su voz no sonó dura, sino dubitativa.
—Seré lo que ella me permita ser—me miró y después a él, aferrándose a mi mano.
Acarició mi dorso con el pulgar, estremeciéndome.
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