Ephemeral Darkness - Capítulo 18
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
18: Capítulo 17 18: Capítulo 17 La perspectiva vuelve a manos de Sophie Beaumont• Horrorizada, emití un grito con desesperación, captando la atención del resto de vecinos, quienes, al parecer, no tenían idea de que había ocurrido un terremoto y no podía ser posible, ya que el movimiento de las placas tectónicas fue tan colosal que se tragaron a Blackburn y a Jake frente a mí.
—¡Se abrió el suelo bajo mis pies y se los tragó!
—insistí por quinta vez, hecha un mar de lágrimas y nerviosismo.
Mis padres y los de Jake se acercaron a verificar la grieta y estuvieron de acuerdo con que algo extraño había sucedido.
—Debemos avisar a las autoridades—dijo la madre de Jake con extrema tranquilidad, pero a juzgar por el tic nervioso en uno de sus ojos, deduje que estaba obligándose a guardar la calma y no entrar en shock, puesto que, dentro de ella, había un caos.
Era inconcebible pensar que de verdad se los tragó sin miramientos aquel cráter en menos de un minuto.
Cada que cerraba los ojos para mantenerme serena, miraba a Blackburn sumergirse en la oscuridad con su mano en dirección a mí, gritando mi nombre.
Cuando la policía llegó al cabo de un par de horas, me interrogaron tres oficiales, a los cuales les relaté los hechos varias veces y fui sometida ridículamente al alcoholímetro para descartar posible embriaguez en mi organismo y de no ser por la intervención de mis padres, me habrían llevado a hacer exámenes de sangre para sustancias más fuertes.
—Ella estaba con sus amigos—protestó mi madre—y estoy segura de que mi hija dice la verdad.
Quise agradecerle a mi mamá, pero el tono de su voz era tan desesperado, que simplemente quería salvarme el trasero y no ser detenida como la principal sospechosa de la desaparición de Blackburn y Jake.
—Sophie no lastimaría ni a una hormiga—espetó mi padre y eso era cierto—somos testigos de que mi hija estaba con esos muchachos a unos metros de nosotros y no ejecutó conductas raras o sospechosas en contra de ellos.
Eran amigos, por Dios.
—¿Y cómo explica la desaparición de ambos jóvenes?
—inquirió uno de los oficiales con el semblante duro e inflexible.
Masticaba bruscamente chicle con la boca abierta, causando que mi padre apretara los puños, encolerizado.
—Eso lo tienen que descubrir ustedes, para eso son policías, especializados en esto, ¿no?
—siseó mi progenitor con una sonrisa cínica.
Mientras tanto, yo permanecí mirando a la nada, pensando en la posibilidad de haberlo imaginado todo y Blackburn y Jake se hallaban en alguna parte, riéndose de mí.
Mi corazón estaba dolido porque por fin había encontrado a alguien que me complementaba y entendía, pero la felicidad de ese momento se esfumó cuando él desapareció ante mis ojos; dejándome sola y sin ninguna explicación.
El amor no era perfecto, pero era lo más cercano a la perfección que podemos encontrar en esta vida y Blackburn Varkáris era la prueba de ello.
Durante tres largos días, las autoridades prohibieron el acceso al viejo cementerio y llegaron personas especializadas a investigar la tragedia.
Yo observaba detenidamente todo desde el alféizar de mi ventana y me estremecía cada que cambiaban de turno porque ninguno podía explicar con exactitud la razón del desastre.
En ese tiempo, me negué a probar bocado.
Mi estómago se había vuelto de piedra y mis lágrimas huéspedes de mi cama cada noche ante la ausencia del primer chico en mi vida al que había comenzado a amar y que, de un segundo a otro, lo perdí sin poder evitarlo.
Mi madre trataba de alimentarme, pero lo único que quería era abrazar a Blackburn y saber que estaba bien.
Dormía con las margaritas de colores, el anillo, y su extraño collar con su amuleto de piedra que me entregó antes de desaparecer, teniendo la esperanza de que, en algún momento, él aparecería por el acceso secreto que colindaba mi habitación con la de mi hermano y se acostaría a abrazarme en la cama para dormir, como cada noche.
Y escuchaba la canción “Can I Call You Tonight?
de Dayglow” en bucle para sentirme más miserable.
—Atwood vendrá mañana—me anunció mi madre al quinto día del terrible suceso.
Ella estaba afuera de mi habitación y en cuanto la escuché hablar, me senté al borde la cama.
—¿Por qué?
—interrogué con la voz ronca.
Había pasado cinco días sin emitir una sola palabra ni comer ni beber nada y mi garganta estaba rasposa.
Mi estómago comenzó a protestar por comida.
—Porque se enteró de lo que pasó y está preocupado por ti—respondió—por favor, abre la puerta, cariño.
Come algo, dúchate y trata de calmarte, ¿sí?
Debe haber una explicación a lo que les ocurrieron a tus amigos.
—No hay más explicación—espeté y me tembló la voz—ellos murieron… nadie sobrevive a algo como eso.
Se cerró la maldita tierra otra vez, se los tragó y… Se me formó un nudo en la garganta.
—Solo déjame en paz, mamá.
Dile a Atwood que no se preocupe.
Estaba a escasos días de regresar a clases.
¿Qué estaba pasando con mi vida?
Primero la muerte repentina de Amber Wright, mi compañera de dormitorio tras haberse congelado en la calle, luego Blackburn Varkáris, mi primer novio y amor, que fue succionado por el suelo junto a Jake Wood, mi casi algo.
¿Acaso iba a ir perdiendo a todas las personas que quería y apreciaba?
A eso de la una de la madrugada del siguiente día, desperté porque no podía respirar.
Mi frente, cuello y manos estaban curtidas en sudor frío y me di cuenta de que el collar de Blackburn emitía una luz rojiza como aquella noche en el sanatorio.
Quise sostenerlo en mis manos, pero el amuleto ardía, así que rápidamente me lo quité del cuello y lo coloqué en el buró.
Entorné los ojos ante semejante luz cegadora color escarlata.
Y un ruido proveniente de la sala me desconcertó.
Me levanté de la cama muy mareada por no comer nada en casi seis días.
Mis piernas temblaban, pero logré sostenerme de la puerta y abrirla.
Casi tropezando con mis pies, crucé el pasillo y todo estaba oscuro.
Bowie apareció de alguna parte y me acompañó a echar un vistazo a la cocina.
Abrí el refrigerador y serví un poco de leche en un vaso para recuperarme de mi ayuno doloroso.
—Hola, Garfield.
Di un respingo cuando escuché la voz de Atwood detrás de mí, en la oscuridad.
El halo de luz del refrigerador fue lo que me ayudó a divisarlo.
Bowie fue a saludar a mi hermano muy feliz, aunque no lo conociera del todo, ya que Atwood se marchó un año antes de que adoptáramos a mi perro.
Asumí que, mientras yo dormía, mi hermano llegó, saludó a Bowie y a mis padres, pero no quiso molestarme.
—¡Casanova!
—chillé, corriendo a abrazarlo.
Atwood me correspondió al gesto y me hizo girar en el aire.
—Has crecido demasiado, pero tus ideas para apodos siguen igual de inaceptables—bromeó—soy casanova, pero de hombres, ya lo sabes, mi pequeña zanahoria.
—Voy a decírselo a Matthew—lo amenacé, riéndome.
—Dejé de ser coqueto con los demás cuando lo conocí—suspiró sobre mi cabello, sin soltarme.
Se estaba aferrando a mí con mucho miedo y habló con seriedad y preocupación—por favor, Sophie, no te hagas daño por lo que les pasó a tus amigos.
—Tú no sabes nada, Atwood—deshice el abrazo y encendí la luz de la sala.
Bowie y mi hermano me siguieron a la sala.
Tomamos asiento en el sofá.
—Sé lo suficiente.
—Uno de ellos no era simplemente mi amigo—me ruboricé y al mismo tiempo, se me llenaron los ojos de lágrimas.
Atwood entornó los ojos y yo asentí, dándole a entender que lo que estaba pensando era cierto.
—Era tu… —Sí, era mi novio.
Justamente habíamos confesado nuestros sentimientos cuando ocurrió ese maldito desastre—me cubrí la cara con las manos.
—¿Qué ha dicho la policía?
—se sentó junto a mí y colocó mis piernas sobre las suyas para acariciarme los pies con cariño.
Gesto que solía hacer cuando éramos más pequeños y yo lloraba por castigos impuestos por mis padres y él trataba de animarme.
Atwood solo era dos años mayor que yo, pero muy maduro en todos los sentidos.
—No hay rastro alguno de ellos.
Incluso sospechan que yo tengo algo que ver o que lo imaginé todo estando bajo algún narcótico.
—Cuéntame realmente que sucedió, Garfield.
—Con la condición de que ya no me digas más apodos malísimos—sorbí por la nariz con una leve sonrisa.
—No prometo nada, mi Anne With An E—sonrió abiertamente, y me besó en la frente.
—Mi cabello no es tan rojizo como ella—puse los ojos en blanco.
Tener que relatarle otra vez la crueldad del destino, no fue tan malo como pensé.
Atwood me escuchó sin interrumpirme y tampoco me miró como si me hubiese crecido una segunda cabeza del cuello.
Sino todo lo contrario.
Fue paciente y cariñoso.
Cada que mi voz temblaba, acariciaba mis pies y la confortación hacía efecto en mí para continuar.
—… y no sé si ese sea el ciclo de la vida misteriosa de Blackburn, pero hace dos meses aproximadamente, fue “asesinado” por tratar de salvar a su madre de unos pandilleros y revivió sin explicación—me estremecí—y yo deseo tontamente que su buena suerte siga presente y lo traiga de regreso.
Dicen que fue un milagro y que es el favorito de Dios por haber vuelto de la muerte, ¿Quién sobreviviría a puñaladas en el corazón y vive para contarlo?
Nadie.
Solo Blackburn Varkáris.
Y en lo profundo de mi ser, siento que él volverá.
No sé cómo, pero lo hará.
La verdad es que había momentos en los que pensaba que sí estaba muerto y luego no.
Mi cabeza comenzaba a colapsar por la falta de comida y oxigenación.
El cabello color chocolate de Atwood se movió ligeramente hacia a un lado cuando él asintió, pensativo.
Mi hermano había cambiado bastante en cinco años y había pulido su atractivo al máximo.
Alcancé a verle tatuajes y su mirada con más brillo.
—Mañana iremos a inspeccionar, ¿te parece?
Tal vez la policía no está haciendo bien su trabajo—añadió con sabiduría—y quizá tus amigos fueron arrastrados por un túnel que los llevó a otro pueblo vecino o están esperando a ser rescatados abajo.
Todo puede pasar—me dio ánimos.
Asentí, suspirando.
—Bien, entonces vamos a comer unos sándwiches, ¿te parece?
—No tengo hambre, gracias.
—Sabes que no me gusta comer solo—puntualizó—así que comerás conmigo como en los viejos tiempos.
Después de degustar en la madrugada sus deliciosos sándwiches que tanto extrañaba, nos quedamos dormidos en la sala con Bowie a nuestros pies.
No recordaba la última vez que dormí con mi hermano, pero fue gratificante.
Horas más tarde, nuestros padres nos despertaron con lentitud.
No querían estresarme.
Incluso me percaté de que papá se había tragado la estúpida dignidad al haber aceptado a Atwood en la casa después de echarlo hacía cinco años cuando él solamente persiguió su felicidad y paz mental al lado de otro chico.
A petición de mi hermano, me digné a ducharme y a vestirme para salir.
Él de verdad quería echar un vistazo en el viejo cementerio, pero no iba a ser fácil.
Continuaba restringido el acceso a nadie que no fuera miembro de los forenses y peritos.
Desayunamos cereal y café antes de salir a indagar.
Tuvimos que amarrar a Bowie para que no nos siguiera.
A medida que caminaba hacia allá, aferré el collar de Blackburn en mi pecho, y ya no brillaba ni ardía.
Tal vez fue mi imaginación por la histeria del momento.
Las margaritas de colores las guardé en mi bolso y no me quité el anillo por ningún motivo.
Atwood me agarró de la mano y rodeamos la vieja iglesia para poder saltar el muro de piedra en donde no había nadie vigilando.
Él me ayudó a escalar y después nos dejamos caer en el césped con nieve.
Había muchísimo frío y la nieve no ayudaba.
—Ese amuleto es muy extraño—observó Atwood en un susurro cuando me vio agarrándolo con fuerza.
—Es de Blackburn—susurré—me lo dio antes de desaparecer.
—¿Él sabía que caería?
—No tengo idea.
Me lo dio cuando todo comenzó a temblar.
—Entonces él sabía que eso sucedería—dijo con curiosidad y hasta ese momento me di cuenta de que podía tener razón.
Black jamás se despegaba de ese collar.
—¿Cómo podría saber que se lo tragaría la tierra?
—¡Hey, ustedes!
—escuchamos vociferar a una mujer del otro lado del cementerio.
Era uno de los peritos que tenía restringida la zona.
La cinta amarilla amurallaba el sitio donde vi a Blackburn y a Jake por última vez.
—Soy Atwood Beaumont—se presentó mi hermano—y ella es Sophie, mi hermana menor.
Estamos aquí porque ella fue quien presenció el accidente.
—¿Eres hermano de la sospechosa?
—inquirió la fémina con cara de pocos amigos.
Parecía tener cerca de cincuenta años y con un genio terrible.
Si tan solo Blackburn estuviera ahí, le habría bajado los humos con la mirada.
Atwood esbozó una sonrisa forzada y resoplé.
—¿Disculpa?
¿Me puedes explicar por qué te refieres a mi hermana con ese término tan fuera de lugar?
—espetó él.
—Porque es la única que vio por última vez a los jóvenes… —Ella es inocente hasta que se demuestre lo contrario—aseveró mi hermano y le palmeé el hombro.
No valía la pena pelear con gente idiota.
—Atwood, olvídalo, vámonos… —No, tengo muchas cosas qué decir—masculló Atwood.
—¿Hay algún problema, Licenciada Ashley?
—preguntó otro de sus colegas, acercándose con aire prepotente y llevándose una mano a la cintura en donde descansaba una Glock.
Atwood sacudió la cabeza en negación y me puse lívida al verlo sonreír como desquiciado.
—¿Crees que con un arma vas a repeler la libertad de expresión?
—gruñó mi hermano y me alarmé.
Había olvidado que él tenía problemas de temperamento y por eso nunca logró congeniar con mi padre porque eran iguales, solo que nuestro progenitor sí podía controlarse en momentos serios.
Atwood no.
Blackburn también era demasiado colérico, pero él usaba sus términos y frases raras para despedazar a los demás.
Atwood no.
Mi hermano se lanzaba a masacrar a cualquiera que se metiera con él o conmigo.
Él recibía los golpes físicos y yo los golpes emocionales.
—Escucha, jovencito, no queremos problemas, ¿de acuerdo?
—aseguró el hombre sin apartar la mano del arma—váyanse a casa y déjennos trabajar.
—¿En serio están trabajando o simplemente fingen hacerlo?
Ya van seis días y ninguna noticia, ¿o me equivoco?
Seguramente piensan dejar a mi hermana como la sospechosa de la desaparición, ¿verdad?
—Te lo advertí, chico—el policía desenfundó la Glock y le apuntó a mi hermano en la cabeza.
—¡Basta!
—grité, alterada.
—Es un malentendido—balbuceó la tal licenciada Ashley, viendo como la situación se había torcido por su maldita culpa—son simples niños, guarde su arma, oficial Sanders.
—A muchachos insolentes como ellos, son merecedores de una lección—siseó el hombre, sudando como un cerdo pese al frío.
Le quitó el seguro al arma y palidecí.
Mi hermano seguía retándolo con la mirada y sin flaquear, y el estúpido oficial apuntándole en medio de las cejas.
Si por error presionaba el gatillo, le reventaría los sesos a Atwood y a mí me daría un ataque.
—¿Me vas a disparar sin haber hecho algo?
—lo desafió Atwood sin miedo—muchos vecinos míos están asomados en sus ventanas, aunque ustedes no lo noten y puede que estén grabando.
Y sin que yo pudiera detenerlo, Atwood se abalanzó sobre el hombre, embistiéndolo en las costillas, siendo cuidadoso de salirse de la dirección del arma y tacleándolo.
Ahogué un grito, histérica porque se escuchó un balazo, pero gracias al cielo fue hacia la nada.
Forcejaron el arma y el policía le dio un puñetazo a mi hermano en la mandíbula, enviándolo a la nieve.
Y me interpuse cuando quiso seguir golpeándolo.
—¡Quítate, muchacha insolente!
—me gritó el policía al tiempo que levantaba su mano, listo para abofetearme.
Su compañera se horrorizó, pero yo no me dejé intimidar.
Iba a darme una cachetada, claro estaba.
—¡Sophie…!
—balbuceó Atwood en el suelo, queriendo auxiliarme, pero tenía sangre en la boca y parecía a punto de vomitar por los golpes.
Cerré los ojos en espera de la bofetada, pero mi rostro continuó intacto.
Y no fue por el gemido de dolor por parte del policía, que volví a abrirlos para presenciar una escena increíble.
El estúpido oficial Sanders yacía sometido en la fría nieve, a manos de Blackburn Varkáris.
Él lo sostenía del cuello con fuerza y parecía querer asesinarlo.
Sus ojos estaban encendidos de furia e ira.
—¡Por eso los humanos despreciables como tú, arden por toda la maldita eternidad cuando mueren y yo disfruto tanto eso!
—siseó, iracundo.
Sus dedos se enroscaron más al cuello del hombre y por fin reaccioné—firmaste tu sentencia de muerte y una cita con el barquero del infierno en este segundo… —¡Black…!
—jadeé, atónita.
Al escuchar mi voz, su semblante se suavizó y sin miramientos, levantó al hombre sin esfuerzo por encima del suelo y lo lanzó lejos de su vista.
El oficial voló por los aires hasta caer sobre el campamento de los peritos, rompiendo todo a su paso con brusquedad.
Sus ojos, que estaban fijos en el cuerpo desmayado del oficial y en sus colegas que corrieron a socorrerlo, se desviaron hacia los míos y sentí mucha calidez.
—¡Eres tú!
—le eché los brazos al cuello y él atrajo más mi cuerpo al suyo, pegando su nariz en mi hombro.
Su cuerpo temblaba y andaba la misma ropa que hacía seis días, pero sucia, rota y con olor a sangre seca.
Apenas podía sostenerse de pie.
—Cereza de Otoño—le oí susurrar sobre mi cabello.
—Pensé que no volvería a verte—me aferré más a su cuello— ¿Qué pasó?
¿Dónde está Jake?
—comencé a temblar, cerrando los ojos y sintiendo su piel bajo mi tacto, la cual era cálida y suave.
—¿Sophie?
—murmuró Atwood, lográndose poner de pie.
El labio le sangraba y se le estaba formando un moretón en el pómulo derecho— ¿Quién es él?
Blackburn se tensó y juntó las cejas en dirección a Atwood.
—Él es Blackburn—dije—mi novio.
—¿Y tú quién eres, humano desconocido?
—musitó Black con desconfianza, alejándome de él.
—Black, él es Atwood, mi hermano—sonreí—pensé que lo reconocerías porque creo que hay alguna foto de él en su habitación, que, por cierto, tú la ocupaste por varios días.
—¡Cuidado!
—gritó Atwood, sobresaltado.
Blackburn me empujó hacia atrás, al tiempo que más oficiales venían a nuestro encuentro con armas de por medio.
¡Vaya sorpresa!
—¡Llévate a tu hermano de aquí!
—exclamó Black, empuñando las manos— ¡y no miren atrás!
—Pero… —murmuré, presa del pánico.
—¡Volveré a ti, Cereza de Otoño!
A donde quiera que vayas, te seguiré—prometió sin mirarme, ya que sus ojos de color inexplicable estaban puestos en los sujetos armados.
Ayudé a Atwood a incorporarse y juntos nos alejamos de ahí, pero, ante mi maldita curiosidad, volví la vista por encima del hombro y me horroricé.
Seis hombres vestidos de policía rodearon a Blackburn con la finalidad de intimidarlo, pero él no mostró signo alguno de miedo.
Todos apuntándole a la cabeza.
—Tenemos que hacer algo—dije, muerta de miedo.
—Tu novio es más idiota que yo, pero no podemos hacer nada.
Llamemos a emergencias—sugirió Atwood.
—Quédate aquí—lo senté lo más alejado posible del problema—tengo que ayudarlo—pero él me agarró de la muñeca.
—No.
Tú eres mi responsabilidad y no soportaría si sales herida de ese altercado.
—Él es mi novio.
No es justo que nos defienda de algo que nosotros iniciamos—mascullé, molesta.
Atwood se estremeció.
De pronto, un disparo surcó el silencio y revolvió mis entrañas.
Forcejeé contra mi hermano y me liberé para ir con Blackburn.
Era una completa estupidez porque terminaría estorbándolo, pero no iba a dejar que le metieran una bala en la frente por mi culpa.
Y tal fue mi sorpresa… los policías estaban todos incrustados en lo más alto del techo de la vieja iglesia, agonizando de dolor y Blackburn acomodándose la camisa.
—¿Qué ha pasado?
—me atreví a preguntarle, perpleja.
Aún faltaban como cuatro metros para llegar a él.
Blackburn palideció y volteó a verme horrorizado.
O, mejor dicho, a alguien o algo detrás de mí.
Giré sobre mis talones y vislumbré a la licenciada Ashley apuntándome con su arma.
Estaba hecha un manojo de nervios y el temblaba la mano que sostenía la Glock.
—¡Malditos seres demoniacos!
—gritó, enloquecida, decidida a dispararnos.
Ese iba a ser mi fin.
Asesinada por una maldita perito-histérica en el viejo cementerio frente a mi casa y a los pies de Blackburn Varkáris.
El tiempo pareció detenerse cuando vi con absoluta claridad, como Blackburn corría más rápido de lo que un humano normal podría haberlo hecho y llegaba hasta donde yo estaba, para después golpear con el puño el suelo cubierto de nieve y abrir un cráter justo en donde la mujer estaba de pie, succionándola al instante, sin dejar rastro.
La tierra volvió a su estado original y parpadeé.
—¡Eres un demonio!
—gritaron varios policías en el techo de la iglesia y di un respingo cuando Blackburn se alejó de mí, encaminándose a ellos.
—Tienen un poco de razón, pero yo trabajo para él—dijo Black con voz suave, señal de que estaba sonriendo de manera arrogante—y, por ende, no debo dejar que ningún mundano sea testigo de ello.
Y esta vez, no usó únicamente un puño, sino ambos.
Los incrustó con demasiada fuerza y la vieja iglesia crujió, empezando a desmoronarse.
Los pedazos con los policías incluidos cayeron hacia el vacío del cráter, siendo consumidos por el interior del mundo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com