Ephemeral Darkness - Capítulo 19
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
19: Capítulo 18 19: Capítulo 18 Blackburn no me dejó cuestionarle los sucesos antinaturales que sucedieron ante mis ojos.
Me agarró de la mano y echó a correr, llevándome consigo.
Cogió a Atwood del brazo con tal facilidad y lo levantó sin esfuerzo, echándoselo al hombro sin dejar de correr.
Mi hermano y yo no sabíamos que estaba pasando, pero tampoco podíamos detenernos a verlo.
Después de casi salir de Snowshill, Black se detuvo en la carretera.
Dejó a Atwood en el suelo y después me abrazó con fuerza.
—¿Qué está pasando?
—susurré, muerta de miedo.
—No puedo responderte eso ahora, Sophie—dijo.
Escuchar mi nombre de sus labios me estremeció.
Él siempre me decía “Cereza de Otoño”—tengo que alejarme de ti lo más que pueda.
Fruncí el ceño y me aparté de él para mirarlo.
—¿De qué hablas?
¿Cómo que te vas a alejar?
Pero acabas de volver—balbuceé—si quieres no preguntaré más cosas estúpidas, pero no te vayas.
—Por supuesto que tenemos que hacerle preguntas—interrumpió mi hermano con desasosiego—abrió el maldito suelo con los puños, ¿Qué clase de chico eres tú?
Blackburn lo ignoró y buscó algo en sus bolsillos.
—Parece que el día en que fui devorado por el cráter, me llevé conmigo esto—me sonrió cálidamente y tomando una de mis manos, depositó mi collar con el dije de la Constelación de Lyra.
—Y yo me quedé con esto—me quité su collar de amuleto extraño y se lo coloqué en su cuello—aun no entiendo por qué me lo pusiste antes de caer.
—Si te cuento toda la verdad, estarás en un peligro mortal, más del que ya estás.
—Puedo entender… —¡Sophie, nos vamos a casa!
—Atwood se limpió el polvo de los pantalones y me agarró del hombro.
Blackburn volteó a ver a mi hermano y le regaló una mirada mortífera, haciendo que Atwood parpadeara y tragara saliva.
—Es mi hermana, imbécil.
Quiero cuidar de ella—logró decir—tú mismo dijiste que corría peligro.
—Debí haber dejado que te tragara la tierra con los demás mundanos—siseó Black a Atwood—para ser hermanos, no se parecen en nada.
Tu maldito cerebro es como el de una arveja, comparado al de Sophie.
Ella es brillante.
Atwood iba a replicar y tuve que intervenir.
—Déjame a hablar a solas con Blackburn—sentencié—ve a casa e inspecciona si ya llegó más policías al viejo cementerio.
—Estás loca si piensas que voy a dejarte sola con este lunático… —Espero funcione al igual que mi fuerza—susurró Blackburn para sí y me miró—Sophie, apártate.
—¿Qué vas a hacer?
—murmuré, temerosa.
—No le dolerá.
Solo aguarda.
Black se colocó frente a mi hermano y este hizo una mueca de desagrado ante su cercanía, y antes de que pudiera objetar alguna grosería, Blackburn chasqueó los dedos a la altura de sus ojos y Atwood parpadeó.
—Vuelve a tu casa y cerciórate de que no haya testigos de los sucesos.
En cuanto cumplas con tu deber, olvidarás lo que viste y esperarás tranquilamente a Sophie en la noche—dijo Blackburn y volvió a chasquear los dedos, pero ahora en la oreja derecha de mi hermano.
Y sin previo aviso, Atwood sacudió la cabeza y asintió.
Empezó a caminar en dirección a mi casa sin voltear atrás ni una sola vez.
—¿Qué le hiciste?
—pregunté en un hilo de voz.
—No te asustes, Cereza de Otoño, jamás te haría daño a ti ni a ningún pariente tuyo—dijo—solo lo alejé de nosotros.
No te preocupes—se volvió a mí y acunó mi rostro en sus manos—no sé por cuanto tiempo estuve desaparecido, pero quiero que sepas que lo siento.
Se me formó un nudo en la garganta y me puse de puntillas para alcanzar sus labios con los míos.
Pero él situó su dedo índice en mi boca, haciéndome para atrás suavemente.
Había rechazado un beso mío.
Tuve que ignorar el hecho de que me había dolido su rechazo.
—Quiero que me digas todo lo que ha pasado y no aceptaré una negativa como respuesta—mascullé, muy afectada.
—Entre más me relaciono contigo, más dolorosa será la despedida—manifestó, retrocediendo varios pasos de mí—y por nuestro bien, en especial el tuyo, será mejor que me marche y olvides quien soy.
—A mí no me vas a hipnotizar como a Atwood—reduje la distancia entre nosotros a grandes zancadas—yo quiero la maldita verdad.
—¿Qué parte de “peligro” no has entendido?
—me miró ofendido.
—La parte en la que no me explicas qué pasa—repuse con desdén— ¿acaso eres un maldito hombre lobo o vampiro que está luchando contra sus propios demonios para no hacerme daño?
—la mera idea estúpida me causó gracia y solté una carcajada que lo asustó—escucha, Black, la fantasía no existe.
Explícame todo y estaremos bien.
—No soy un vampiro y tampoco un hombre lobo—dijo con aire deprimido.
—Obviamente—lo miré con escepticismo—pero lo que no entiendo es de donde sacaste tanta fuerza para abrir esos agujeros que se tragaron a los policías, a menos que supieras que el suelo estaba propenso a abrirse y aprovechaste la situación.
Él me dedicó una mirada cuestionable.
Parpadeó, pensativo; como si estuviera debatiéndose internamente en decirme “algo” o guardárselo.
—En todo este tiempo que hemos pasado juntos, me cercioré de que fueras una humana muy lista y de mente abierta—dijo de pronto y había un dejo de tristeza en su voz—y lo que más deseo es que seas participe de todo lo que ocurre a tu alrededor y aun sabiendo la verdad, decidas quedarte conmigo.
—¿Perteneces a una secta satánica y por eso tienes ese tatuaje de la muerte en el pecho?
—entorné los ojos.
—Estar contigo es como estar en casa, siempre me siento seguro y… —dijo, ignorando mi insinuación de la secta y suspiró con agobio sin dejar de mirarme—amado.
—Black…
—murmuré, asombrada.
—Cada vez que te veo, mi corazón humano late más fuerte—tomó mi mano y la puso encima de su corazón—si volvieran a atravesar este órgano palpitante para causar mi muerte instantánea, haría lo posible para revivir otra vez con tal de volver a verte un minuto más, aunque eso me condene de por vida en el infierno.
—Nadie es lo suficiente santo para ir al cielo, Black.
No te tortures por tus actos.
—No lo entiendes.
—Lo haré si me lo explicas.
Tengo todo el tiempo del mundo para ti—le acaricié la mejilla instintivamente.
Él se sobresaltó.
—¡Por los dioses!
—exclamó y aparté la mano rápidamente, pero Black volvió a agarrármela y a ponerla en el mismo sitio, ladeando la cabeza para sentir la calidez de mi palma en su piel—tengo tantas ganas de intentar muchas cosas mundanas contigo—humedeció sus labios—aun cuando eso signifique que mi condena será todavía peor porque estaría rompiendo completamente reglas y desobedeciéndolo como nunca.
—¿A quién?
—fruncí el ceño— ¿de qué hablas?
Sus ojos, que habían estado perdidos en algún pensamiento, se posaron en mí.
Tenía las pupilas dilatadas.
—Si he de ser condenado, ¡voy a sacarle provecho al tiempo que me quede en este maravilloso mundo!
—gritó con mucho entusiasmo, algo raro en él.
—¿Qué te ocurre?
—lo miré con desconfianza.
—Ven conmigo, Cereza de Otoño.
Perdámonos por muchos días en sitios donde nadie nos conozca y no puedan encontrarnos—tomó mis dos manos y las entrelazó con las suyas—no te preocupes por los peligros o banalidades humanas, yo me haré cargo de todo eso.
La idea era tentadora, sin embargo, no podía aceptar así sin más.
Quería saber qué estaba pasando y poner un poco de resistencia.
—Si accedo a ir contigo—repliqué, siendo consciente en lo maravillosos que eran sus ojos mirándome acompañados de una sonrisa genuina en sus labios— ¿tendré la certeza de que vas a decirme lo que está sucediendo, sin reservarte ningún detalle, Black?
—¿Y yo tendré la certeza de que vas a quedarte conmigo cuando te enteres de mis secretos más oscuros?
—inquirió él, dejándome en una encrucijada.
No comprendía hasta que nivel de misterio consistía la verdad de los hechos antinaturales a los que fui testigo.
—No puedo responderte a eso—admití.
—Tampoco yo puedo darte la respuesta que quieres, al menos, no ahora.
—Del 1 al 10, ¿Qué tan malos y delicados son tus secretos oscuros?
—pregunté.
—La magnitud de gravedad es mayor que el infinito multiplicado por él mismo—respondió Blackburn con severidad—y no estoy jugando, Sophie.
Hablo en serio.
—Yo también.
—Entonces solo confía en mí, así como lo has hecho desde el principio—suplicó.
—Al menos dame una pista, un poco de la verdad, por favor—insistí—no puedo simplemente confiar ciegamente en ti después de lo que hiciste con esos policías.
—Dame tu opinión sincera de la mitología griega.
Pensé en decirle un comentario sarcástico, pero su seriedad era real.
—Sabes a la perfección que amo la mitología griega y la historia de cada ser que forma parte de ella, ¿por qué?
—lo miré con atención.
Blackburn se inclinó ligeramente a mi oreja y me estremecí.
—La mitología griega y todo lo que conlleva es real—susurró—no son simples historias inventadas por los mundanos para tener temas de conversación.
—¿Real?
—titubeé, pero él no se apartó de mi oreja.
—Todas las mitologías y leyendas del mundo humano son reales—acotó con voz suave—y creen que son ficticias porque nadie ha tenido la osadía de cruzarse con los seres fantásticos, dado que, si eso ocurriese, todos los de tu raza, Cereza de Otoño, harían lo posible por destruirlos.
Los mundanos se matan entre sí y eliminan a aquellos seres que desconocen por miedo a ser atacados.
—No estamos en la clase de la profesora Grace—le recordé con incertidumbre.
—Querías parte de la verdad y ahí lo tienes—gruñó con decepción—tu percepción todavía es nula, debes ejercitar un poco más ese intelecto, Cereza de Otoño.
—¡No me ayudó en nada…!
Dejé mi protesta a la mitad porque él me abrazó sin miramientos.
Me estrechó entre sus fuertes brazos y mantuvo su postura inclinada a mi altura para poder enterrar su rostro en el hueco de mi cuello, inhalando mi perfume.
Le correspondí al abrazo y estuvimos largo rato en aquella posición.
Cada segundo que transcurría me preocupaba más Blackburn.
Antes de caer al cráter, parecía un enorme lobo blanco y agresivo, capaz de aniquilar a cualquier persona con solo mirarlos, y ahora, después de volver de ese agujero, era como un cachorro de Golden Retriever.
Muy adorable, pero para nada grotesco.
¿Qué le había ocurrido?
Y de manera repentina, sentí sus manos deslizarse por mi espalda de una forma atrevida hasta situarse en mi cintura, atrayendo mi cuerpo al suyo con mucha posesividad.
—¿Black…?
—Quiero recorrer y descubrir cada maravilla que existe en todos los rincones de tu cuerpo, Cereza de Otoño, usando mis manos como guía y trazar un mapa con mis labios, aprendiéndome de memoria tu piel—murmuró con voz ronca y un hormigueo entre mis piernas me hizo soltar un gemido cuando él frotó su masculinidad despierta en mi abdomen.
Ambos teníamos ropa, pero las prendas parecían haber desaparecido.
—Estamos en medio de la carretera, alguien podría vernos… —balbuceé, aturdida por la nueva sensación en mi cuerpo junto al suyo.
—Acepta venir conmigo, Cereza de Otoño, prometo hacerte feliz el tiempo que nos queda—ronroneó en mi oreja y yo, como siempre he sido débil en todos los aspectos, asentí como tonta porque quería continuar con aquel encuentro íntimo con Blackburn.
—Sí—dije, absorta en su perfume—iré contigo, pero tengo que ir por mis cosas.
—Yo me hago cargo—besó mi cuello antes de dejar de abrazarme y me sentí embriagada de él—quédate aquí, no te muevas.
Asentí.
No podía encontrar palabra alguna después de tener ese contacto con Blackburn Varkáris.
Mi cuerpo había reaccionado positivamente a sus caricias y deseaba más.
Mucho más.
Tuve que sostenerme a un pequeño tronco y me senté sobre un montículo de rocas sin nieve para recuperar el aliento.
Y comprendí que mi apego hacia ese chico de ojos inexplicables, humor negro y léxico rebuscado me tenía completamente enamorada.
Cualquier cosa que él me pidiera, era muy probable que yo lo hiciera para satisfacerlo sin pensarlo.
Quince minutos después, lo vi aparecer a lo lejos en su coche.
Iba muy deprisa y tenía esbozada una sonrisa traviesa en los labios.
Al momento de invitarme a subir, me guiñó el ojo e hice lo posible por controlarme y no llenarlo de besos en ese instante.
—Me encanta que traigas todo lo que nos identifica—dijo, poniéndose en marcha nuevamente.
Jugué distraídamente con el anillo y él alargó su mano hacia el collar de la Constelación de Lyra que oscilaba en mi cuello.
—Las margaritas de plástico las tengo aquí—dije y abrí mi bolso.
Saqué las flores y se las enseñé.
Su mano viajó a mi regazo y acarició una de mis piernas con confianza.
Me hundí en el asiento sin dejar de observarlo.
Semanas atrás no me imaginé que volveríamos a estar dentro de su vehículo antiguo dándonos muestra de afecto romántico, ya que solíamos discutir a menudo.
—¿A dónde vamos?
—quise saber.
—Si por mi fuera, a las estrellas.
—¿Esa no es una frase de la película “Titanic”?
—bromeé.
—La película más cursi que existe—planteó, haciendo una mueca—recuerdo con vaguedad la historia, pero lo único que sé, es que no te puedes enamorar de alguien en tres días.
A lo mucho, desearse sexualmente, tener coito y ya.
Pero amor, ¡Nada qué ver!
Solo sirve para avivar a las adolescentes a tener sexo con degenerados al poco tiempo de conocerse y ser abandonadas por ellos tras embarazarlas.
Y tal parecía que el sentido del humor de Blackburn aún continuaba en él, pero por breves lapsos.
—Acabas de arruinar un buen momento, ¿sabías?
—bufé.
—Mira quien lo dice—puso los ojos en blanco—quise ser cursi con el tema de las estrellas y sacaste a relucir una película pésima.
—Hagámoslo de nuevo—reí, dándome cuenta de que tenía razón—repitamos todo desde el principio y prometo no echarlo a perder.
Blackburn sonrió de lado y asintió.
Estuvimos un buen rato en silencio hasta que él volteó a verme con la ceja arqueada y recordé que yo era la que iniciaba la conversación.
—¿A dónde vamos?
—pregunté, mordiéndome la lengua para no echarme a reír por la expresión de él, que era de absoluta derrota.
—Si por mi fuera, a la cama más próxima para terminar lo que empezamos hace un rato en las afueras de Snowshill.
—¿Qué es lo que te detiene?
—cuestioné y enseguida me arrepentí porque en vez de pensarlo, lo dije en voz alta.
—No quiero verme como alguien promiscuo.
Si voy a copular contigo, mínimo elegir un sitio adecuado—respondió con franqueza—a mí no me va eso de coger como animales en celo en cualquier sitio cuando la libido se me desborde hasta por los poros.
—¿Y qué me dices de ese arrebato de hace un rato?
—lo aguijoneé.
—No sé de dónde saqué ese autocontrol—reconoció, ruborizado—pero estaba tentado a mandar al averno mis principios con tal de estar contigo, Cereza de Otoño.
—Si te hubiera dejado hacérmelo ahí mismo, ¿habrías pensado que tengo útero festivo, así como Amber Wright?
La pobre chica se llevó muchos insultos de tu parte hasta la tumba—arrugué la nariz ante el fatal recuerdo de su funeral.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tú eres mía y me perteneces.
No tendrás sexo con nadie que no sea yo—aseguró en un siseo, mirándome por el rabillo del ojo.
—¿Cómo estás tan seguro de eso?
—Porque me amas—afirmó, esbozando una sonrisa arrogante—y no te atrevas a negarlo, Cereza de Otoño.
—¿Por qué no lo negaría?
—musité, con el rubor ardiendo en mis mejillas.
—Porque el sentimiento es mutuo—confesó con mucha seriedad—yo te amo también y soy tuyo, claro, si me aceptas.
Pero desde mi punto de vista, te he pertenecido desde el primer día que me viste entrar a tu trabajo del bar todo moribundo y te pedí leche en vez de licor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com