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Ephemeral Darkness - Capítulo 20

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20: Capítulo 19 20: Capítulo 19 Depresión, inmundicia humana, recelo, odio, amargura, lascivia, avaricia, celos… todas esas emociones y actitudes negativas eran lo que hacía flotar la barca de madera raída a través del río Aqueronte.

Blackburn Varkáris había estado feliz de poder hacer algo emocionante como trasladar a las almas humanas a su destino a manos de Hades, después de su fatídica muerte repentina y miserable a manos de pandilleros.

Creyó que, intercambiando lugares con Caronte, el gran barquero del infierno podría lograr divertirse un rato, ya que, después de todo, estaba muerto.

Le habría gustado mantener su apariencia humana y no la de un anciano decrépito, pero aceptó deliberadamente el pacto con Persephone para darle sentido a su existencia y no ser descubierto por Hades.

El tiempo en el inframundo era diferente al mundo terrenal, por lo que ni siquiera tenía un segundo de descanso.

Le encantó al principio estar presente mientras las almas se lamentaban y pedían piedad, pero a medida que miraba más y más a los infelices, se deprimió, comprendiendo que Caronte había tenido razón.

Ese trabajo apestaba y no se dio cuenta de la gravedad del asunto cuando le tocó llevar el alma de una chica que él conocía de vista en el Colegio de Artes de Camberwell.

Amber Wright.

—Te conozco—se animó a decirle en cuanto ella tomó asiento en la barca con la mirada perdida.

Su aspecto traslúcido aun representaba lo que había sido su cuerpo en vida y lucía terriblemente mal.

Ella apenas y volteó a verlo.

Parecía saber en dónde se encontraba.

—Estudiabas en el Colegio de Artes de Camberwell, ¿verdad?

Tras aquella afirmación, Amber Wright frunció el ceño y fijó su mirada en él con cierta desconfianza.

—Para ser un simple lacayo de Hades, tienes bastante información de las almas que trasladas—arribó con mezquindad.

Blackburn hizo una mueca y dejó de remar.

—Sé muchas cosas y una de ellas es que fuiste la chica más ardiente del instituto—rompió a reír.

—¿Quién demonios eres tú?

—espetó Amber con incomodidad, en especial porque a su perspectiva, estaba hablando con un anciano depravado.

—En este lugar soy Caronte, pero cuando estuve vivo y fui humano me llamaba Blackburn Varkáris—dijo él, acomodándose la túnica y preparándose para seguir remando.

—¿Qué?

—replicó ella, desconcertada— ¿Cómo que Blackburn Varkáris?

—¿Me conociste en vida?

—arqueó una ceja en su dirección—supongo que sabías lo apuesto que era, ¿no?

—Dime que esto es una maldita broma de mal gusto.

—¿Por qué habría de bromear?

—se encogió de hombros—, aunque debo saber primero si puedo confiar en ti para contarte un secreto.

—¿A quién demonios podría contárselo?

Estoy muerta—dijo ella con desdén.

Blackburn se quedó pensativo.

Menos mal que Amber Wright seguía siendo tonta incluso después de haber muerto porque no se daba cuenta que en el inframundo el que reinaba era Hades y si él se enteraba, habría serios problemas.

—Cambiamos lugares—dijo Blackburn con simpleza—el Caronte real está en mi cuerpo humano y yo en el suyo—señaló su aspecto.

—Imposible… —No lo es—afirmó Blackburn con entusiasmo—solo que estoy empezando a aburrirme.

Eres la primera alma con la que intercambio palabras y, por cierto, no me has dado el pago para el viaje.

—¿Qué?

¿Ni siquiera en el infierno dejamos de pagar?

—ladró Amber, sin poder creerlo.

—Un óbolo es el costo.

Así son las reglas—objetó Blackburn—no quiero problemas, Wright.

Págame y estarás del otro lado, de lo contrario, harás que te tenga por cien años vagando sin rumbo por todo el río Aqueronte y eso sería más aburrido.

—No tengo dinero—manifestó ella, avergonzada—pero puedo pagarte con un secreto.

—Aquí es con un óbolo—le recordó Blackburn, sentándose en la barca y sin intención de remar—no me podré mover si no me pagas.

—¿Y no te encantaría saber qué es lo que está haciendo Caronte en el mundo humano con tu cuerpo?

—inquirió la fémina con tono arrogante, captando la atención de Blackburn—yo lo conocí, tuve el infortunio de conocerlo y llevarme una pésima impresión de él.

—Te encanta crear problemas—dijo él—pero honestamente no me interesa lo que haga con mi cuerpo, después de todo, solo es un simple cascarón que usa a su antojo.

—¿Y si te dijera que se ha enamorado de una humana?

—siseó ella.

—¿Y eso en qué me afecta?

—hizo una mueca de fastidio—solo págame o acepta tu miserable destino de vagar un siglo hasta que me sea permitido llevarte a manos de Hades.

—¡No lo entiendes!

—espetó la chica con molestia, acabando con la paciencia de Blackburn.

—¿Qué es lo que no entiendo?

Tal vez con esa finalidad no fue por la que Caronte decidió tener su vivencia humana y podría decirse que es una recompensa extra a su arduo trabajo aquí abajo, pero ¿Qué más da?

Que lo disfrute mientras pueda porque aquí es una mierda.

No le creí sobre lo abrumador que es trabajar como el barquero del infierno y ahora estoy sufriéndolo en carne propia y más porque me tocó llevar el alma de la humana que habla hasta por los poros… ¡Y no paga el pasaje requerido!

Los fríos ojos azules de Amber le enviaron una mirada de odio genuino.

—Para haber sido humano, te conformas con esta porquería—señaló la barca—pareciera que estás a gusto usurpando el lugar de alguien más, quien usa también tu cuerpo humano para divertirse mientras estás navegando como imbécil en un río del infierno hasta la eternidad.

A mí me arrebataron la vida de una manera brutal y no puedo recordar quien fue.

Solo recuerdo que alguien me tocó el hombro y chasqueó sus dedos en mi oreja.

—Caronte no me asesinó—lo defendió Blackburn—él me dio la oportunidad de ver su vida desde su propia perspectiva y a cambio, le di mi cuerpo.

De todas maneras, ganamos ambos porque yo no podría regresar a mi cadáver, puesto que mi destino es estar muerto.

—¿Y cómo es que él logró poseer tu cadáver?

—Fue gracias a la señorita Persephone—añadió Blackburn con orgullo—ella tiene mucho poder, ¿sabes?

es la segunda al mando de este reino subterráneo.

—Si Persephone tiene el poder de engañar a su propio esposo y hacer este caos contigo y Caronte, ¿Qué le impide devolverte la vida y regresarte al mundo humano?

—inquirió Amber con un matiz oscuro en sus palabras.

Su voz era filosa.

Blackburn parpadeó y frunció el ceño.

Si hubiera tenido su apariencia humana, se habría visto malditamente atractivo, pero en aquel instante era un anciano decrépito de expresión mortífera y vestido con una túnica negra muy vieja.

—El tiempo de Caronte en el mundo humano es limitado—dijo él al cabo de unos minutos de silencio—cuando todo eso termine, volverá a ser el barquero del infierno.

—¿Y qué pasará contigo?

—aguijoneó Amber.

—No tengo idea—se encogió de hombros—aceptaré mi destino como buena alma, algo que tú deberías hacer también—la miró con recelo.

—¿No quisieras volver?

—preguntó ella.

—Creo que esta conversación es más sobre ti que de mí—se echó a reír— ¡No aceptas que moriste!

Supéralo o sufrirás más.

—Mi tiempo de vida no puede terminar así—espetó ella—no voy a resignarme.

—Haz lo que quieras, pero págame el óbolo—extendió su huesuda mano a ella con frustración.

—No tengo cómo pagarte—se revolvió nerviosa—además, te di muchísima información y como agradecimiento, mínimo olvida el cobro.

De repente, el río comenzó a formar olas extrañas, haciendo que la barca se meciera violentamente sobre el agua oscura.

Blackburn se sostuvo del borde, observando con detenimiento a su alrededor.

—¿Esto es normal?

—quiso saber la fémina, agarrándose del asiento de madera.

—No, o al menos, no que yo sepa.

Y sin la menor intención de prever qué era lo que estaba sucediendo, una luz extraña atravesó el cielo negro y nublado del inframundo, dando paso a algo caer desde las alturas con mucha rapidez.

Blackburn, ante la curiosidad, usó el poder que aquel cuerpo poseía y elevó la barca con solo mover la mano y esta se precipitó por encima del agua, moviéndose hacia atrás, en dirección a lo que acababa de descender, alejándose del destino de Amber para regresar al principio del río Aqueronte.

Al llegar, él obligó al alma caprichosa a quedarse en la barca o de lo contrario, desaparecería para siempre.

Y era cierto.

Si alguna alma, una vez estando en la barca, pisaba nuevamente el suelo escarlata del inframundo sin permiso, se volvía nada al instante.

—¡Te arrepentirás!

—le gritó ella al verlo saltar fuera de la barca y correr al centro del suceso.

Blackburn apareció dando traspiés detrás de Persephone.

Ella se hallaba ahí mismo, verificando algo, o, mejor dicho, a alguien.

—¡Soy yo!

—exclamó Blackburn al ver su cuerpo desmayado frente a él.

—Es la representación de tu cuerpo, aunque es el alma de Caronte—le explicó Persephone con seriedad.

—¿Qué?

—Parece que está fusionándose de verdad con tu cuerpo humano y no podemos ver la diferencia.

—¿Eso es malo?

—No mucho—se mordió los labios—pero tu cuerpo real sufrió un colapso y necesito que regreses temporalmente a darle vida.

—¿De qué estás hablando?

—se sobresaltó.

—En lo que Caronte reacciona, necesito que subas a darle vida a tu cuerpo, porque de no ser así, comenzará a pudrirse y eso sería fatal.

—Por supuesto, ¿Qué debo hacer?

—humedeció sus labios agrietados—pero no estoy seguro si podré afrontarlo… comienzo a familiarizarme con este lugar.

—¡Es una maldita orden!

—gritó ella, haciendo vibrar el suelo.

—Lo haré—titubeó—pero hay un alma en la barca, ¿no habrá problema?

—Solamente los que pertenecemos al inframundo podemos verla.

Incluso si Caronte reacciona, al no tener ningún poder aquí por el momento, no podrá ver a nadie.

Así que apúrate.

—¿Tardaré mucho tiempo allá?

—se mostró nervioso.

—El tiempo necesario, quizá solo unos minutos, ¿por qué?

—Porque me llegó el rumor de que está enamorado de una humana… —No pasa nada.

Cabe la posibilidad de que no recuerdes tu estadía aquí en cuanto despiertes y tampoco tengas idea de qué está pasando; tómalo con calma, ¿de acuerdo?

Blackburn asintió y se sentó junto al alma de Caronte que era su misma apariencia humana de cuando estaba vivo.

Persephone se situó detrás de él y lo agarró de los hombros.

—¡Allá vas!

—exclamó ella y lo lanzó hacia arriba.

Él sintió que volaba desnudo.

Bajó la mirada y halló el cuerpo de Caronte, el real, en las manos de Persephone.

Era su alma la que levitaba en dirección a su verdadero cuerpo humano.

Cerró los ojos porque pensó que se estrellaría con el cielo.

Cuando los abrió, se encontró con un techo deprimente y su respiración estaba acelerada.

¿Qué estaba pasando?

¿Dónde estaba?

—¿Dónde estoy?

—balbuceó, agarrándose el pecho, justo en el corazón, recordando el instante en que fue apuñalado.

Sus ojos barrían la estancia con miedo y nerviosismo, hasta que el rostro de una chica muy hermosa captó su atención, pero el miedo era demasiado como para contemplarla con tranquilidad— ¿Quién eres tú?

—aventuró a preguntarle porque sus bellos ojos color ámbar lo observaban con… ¿amor?

¿preocupación?

¿Quién era semejante belleza mirándolo de esa manera?

Se le hacía un poco conocida.

—¿De qué hablas?

Soy yo, Sophie—le informó, asustada.

—No conozco a nadie con ese nombre, ¡¿Dónde estoy?!

—gritó y acto seguido, Blackburn se tambaleó y corrió la chica a sujetarlo antes de que cayera de cara al suelo.

Él se había vuelto a desmayar.

En su interior, sintió como se desprendía de nuevamente de su cuerpo y caía en picada a alguna parte.

Se hizo un ovillo con la esperanza de no partirse el cuello al aterrizar, pero unas manos suaves y gentiles lo detuvieron a centímetros de estrellarse en la barca del inframundo.

—Ya has vuelto e hiciste un trabajo excelente, Blackburn Varkáris—era Persephone y de pronto, todo en la memoria de él volvió como un relámpago y se sintió tranquilo cuando miró a esa hermosa mujer, pero de pronto, el recuerdo de la chica que vio en aquella estancia deprimente tras darle vida a su antiguo cuerpo abarcó su mente instantáneamente.

¿Acaso a esa chica se había referido el alma de Amber Wright?

¿Y qué Caronte y ella se habían enamorado?

Técnicamente si eso era verdad, la pobre chica se había enamorado de su cuerpo humano, más no del Caronte en sí.

Por un segundo Blackburn se sintió mal por el barquero del infierno, pero luego satisfacción.

Estaba jugando al romance cuando ni siquiera lo tenía permitido y menos con alguien del mundo terrenal.

—Caronte hizo amistad con una chica muy hermosa—le informó a Persephone con ironía—es una lástima que ella le corresponda porque está usando mi cuerpo humano.

—No seas arrogante, Blackburn—le riñó Persephone—los humanos son extraños.

No todos se dejan llevar por el físico.

Acepto que tu atractivo humano era asombroso, pero parte de la atracción que Sophie Beaumont siente por Caronte es por su personalidad.

Él está dejando huella en el corazón de esa humana y no solo por tu “cuerpo”.

Blackburn puso los ojos en blanco y se rascó la barba plateada, que ya había logrado tomarle cariño, pero otra vez comenzó a odiarla.

—Por cierto, ¿vas a dejar que sigan relacionándose más?

Porque a ese paso, romperás el corazón de ambos—observó él con curiosidad.

Ella se dejó caer en el suelo escarlata y él se sentó a su lado.

—En lo que yo iba a beneficiarme era que quería que Caronte encontrara un contenedor humano para que yo pudiera estar en el mundo terrenal a mis anchas, pero no creí que él formaría semejante vínculo con una chica—bufó—al principio me pareció una excelente idea que fuese ella… —¿Y…?

—Blackburn frunció el ceño.

—No podría ser capaz de arruinarles ese romance prohibido y efímero.

Caronte de todas maneras volverá aquí y quiero que al menos le queden recuerdos hermosos allá arriba.

—¿Y qué hay de mí?

—Por haber ayudado en la causa, voy a convencer a Hades de que te permita ser un lacayo más y no ir con el resto de las almas.

No sé qué puesto tendrías, pero será uno mejor que el de Caronte, claro está, ya que nadie más que él puede con eso.

—¿Tendré poderes?

—aquello emocionó a Blackburn.

—El necesario.

—¿Y no podrías darme la oportunidad de volver a la vida?

—murmuró.

Persephone volteó a verlo, sorprendida.

—Pensé que estabas de acuerdo con estar aquí.

—Lo estoy, pero… —No me digas que viste a la chica que ama Caronte y te llamó la atención—gruñó.

Blackburn se ruborizó y miró a otra parte—porque eso sería traición.

Yo no tolero ese tipo de comportamiento.

—Bueno, cuando Caronte vuelva, sería un desperdicio dejar que mi cuerpo muera otra vez, ¿no crees?

—puntualizó—además, esa chica ama el recipiente con el que el barquero se está haciendo pasar por mí y no notaría la diferencia.

—Por supuesto que se daría cuenta.

La he conocido y es una chica muy lista.

La personalidad de Caronte es lo que ella más ama.

—Solo piénsalo.

Es una idea tentadora y todo volvería a la normalidad.

—Lo normal es que tú estés muerto y tu alma en manos de mi esposo—siseó ella.

—Acabo de cruzarme con el alma de una chica que conoció muy de cerca a Caronte en mi cuerpo.

Dice que fue asesinada, pero no recuerda por quién, solo sabe que alguien la tocó en el hombro y chasquearon sus dedos cerca de su oreja.

—¿Y dónde está esa alma?

—La dejé en la barca porque no tiene el óbolo para pagarme.

Se llama Amber Wright y por lo que me dijo, detestó a Caronte desde el inicio.

—¿Cómo murió ella?

—quiso saber Persephone— ¿murió luego de convivir con él?

—Acompáñame—le instó Blackburn.

Sobrevolaron para llegar lo antes posible a la barca, la cual, a simple vista parecía vacía, pero se acercaron un poco más y hallaron a Amber acostada en posición fetal, mirando fijamente la madera raída de la barca con los ojos llorosos.

—¿Cuál es tu nombre?

—expresó Persephone, sobresaltándola.

La chica se sentó abruptamente y entornó los ojos.

—Amber… Amber Wright—susurró.

—Bien, Amber, yo soy Persephone y este es Blackburn, pero eso ya lo sabías, ¿verdad?

—la mirada de Persephone pasó de ser dulce a iracunda.

Su cabello rojizo casi encendió fuego por el enfado—quiero que bajes de la barca y me dejes inspeccionarte.

—No puedo.

Desapareceré si lo hago—balbuceó.

—Te estoy otorgando el permiso—siseó.

Amber asintió y temerosa, descendió.

Sintió mucho vapor en los pies, que casi iban desapareciendo al tocar el suelo escarlata.

—Dame la mano.

Necesito ver tu muerte exacta.

La chica de cabello rizado y rubio extendió su mano y Persephone la atrapó.

—¿Qué harás…?

—Cállate, no la interrumpas—espetó Blackburn a Amber.

Luego de lo que pareció una eternidad, la soltó.

El rostro de Persephone detonó palidez y angustia, como si hubiera visto algo que no debía y deseaba no haberse enterado.

Y para cuando se alejó del alma en desgracia, Blackburn se subió a la barca y Amber lo siguió al ver algo detrás de Persephone.

La esposa del rey del inframundo no se inmutó ante la colosal presencia de Cancerbero detrás de ella, ni cuando el perro de tres cabezas que medía cerca de veinte metros le respiró en el cuello, revolviéndole su hermoso cabello rojo y varias margaritas salieron volando de su peinado.

—¿Qué está ocurriendo aquí?

—preguntó un voz imponente y gutural desde el lomo de aquella bestia.

—Hola, cariño—lo saludó Persephone con dulzura, dándole la cara y haciéndole señas en la espalda a Blackburn de largarse de ahí con Amber.

—He percibido la entrada y salida del inframundo de seres no autorizados—vociferó el recién llegado.

Era Hades, el rey del reino subterráneo en su apariencia original.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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