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Ephemeral Darkness - Capítulo 23

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23: Capítulo 22 23: Capítulo 22 De regreso a Camberwell, Black me aconsejó recoger algunas de mis cosas del dormitorio a hurtadillas.

Ya era de noche y parecía que el edificio estaba desértico.

—Prefiero no arriesgarme—dije, hundiéndome en el asiento del coche.

Y sentí su escrutinio.

—No hay nadie, se puede entrar forzando la puerta.

—Inténtalo y luego me llamas cuando logres entrar—lo desafié.

—Perfecto.

Cuando la puerta ceda, entrarás conmigo para continuar lo que dejamos pendiente en Snowshill en tu dormitorio, Cereza de Otoño.

Sin darme tiempo replicar, Blackburn descendió del viejo coche y se encaminó a la puerta del edificio y recordé nuestro verdadero encuentro, porque el primero él ni siquiera estaba lo suficientemente cuerdo para contarlo como tal, y el segundo encuentro, que no fue más que un momento alarmante en el que yo corría peligro, sucedió en este mismo sitio gracias a un vagabundo pervertido.

Por estar sumida en mis recuerdos, no me percaté de que Black ya había entrado al edificio y me estaba llamando con el dedo índice, y una sonrisa traviesa en los labios en medio de la tenue oscuridad.

Cohibida por la situación, bajé del vehículo y me acerqué con pasos inseguros, mirando a todas partes.

Había bastante frío en Camberwell.

—Tal como te lo dije, Cereza de Otoño, el edificio es nuestro—me dijo en cuanto estuve a su lado y cerró la puerta detrás de mí.

—Me impresiona que no haya nadie.

Siempre se quedan alumnos en las vacaciones decembrinas—observé el polvo de las revistas y periódicos del colegio sobre un taburete que iluminaba la breve luz del pasillo.

—Estoy seguro de que el abandono al edificio se debe a la muerte de Amber Wright—repuso Black, fisgoneando en algunos cajones de la prefecta y como seguramente no halló nada interesante, los dejó por la paz.

—De solo pensar en ella se me parte el corazón.

No merecía morir—me estremecí.

—Me pregunto por qué le afectó tanto mis palabras a esa chica—dijo él con preocupación.

Era la primera vez que se refería a ella con respeto—es decir, muchas personas, además de mí, debieron haberle dicho algo similar y no lo sintió tanto como para dejarse morir de hipotermia, ¿o sí?

—No sé qué me sorprende más: el hecho de que ya no dices la palabra “humano” para referirte a todos o que hables de Amber como Dios manda.

Él se encogió de hombros y suspiró.

—Dejemos las banalidades a un lado.

Volteé a verlo por encima del hombro y en menos de un segundo, se acercó detrás de mí y me abrazó cariñosamente.

Literalmente Blackburn podía volver a abrazarse a sí mismo teniéndome entre sus brazos.

O yo era diminuta o él muy grande.

—Vamos a tu dormitorio y me enseñas con lujos de detalles cada pliegue de tu cama… Solté una risilla cuando me besó la parte trasera de mi cuello y empezamos a caminar abrazados hacia la escalera.

—Por ahí está el ascensor—señalé con la barbilla la puerta de doble hoja.

—Dudo mucho que esté en funcionamiento—replicó él—subamos por el camino difícil.

—Será muy cansado—bromeé.

—Suerte que yo amo ejercitarme.

Y dicho eso, me tomó desprevenida y me cargó en sus brazos.

Coloqué mis manos alrededor de su cuello y Blackburn sonrió de oreja a oreja.

—Eres muy liviana, eso me agrada.

—¿Por qué?

—pregunté.

—Porque no necesito usar más que tu cuerpo para ejercitarme y no me refiero al ejercicio convencional.

Me ruboricé.

—Te has convertido en un chico promiscuo.

—Me has convertido en un chico promiscuo—me corrigió, guiñándome un ojo de manera seductora.

Recargué mi cabeza en su hombro y reí.

—Pasaste de ser un idiota irónico que odiaba el sexo a alguien muy pícaro que insinúa tener relaciones sexuales a cada segundo, eso es asombroso.

—Jamás he odiado el sexo, sino la manera en la que los humanos lo practican sin cesar.

Es una necesidad fisiológica, pero tampoco vas a morirte si no lo haces—acotó, subiendo los escalones con lentitud porque me miraba la mayor parte del tiempo.

—¿Tú ya has estado con alguien en la cama?

—me atreví a preguntarle y alcé la mirada a él, pero esta vez Blackburn apresuró el paso y desvió la vista de mí—y me refiero al sexo, por si sales con alguna ironía.

—¿Por qué quieres saberlo?

—respondió con otra pregunta.

Ya estábamos por llegar a mi dormitorio.

—Simple curiosidad.

—¿Acaso yo alguna vez te he preguntado si eres virgen?

—No, pero asumes que lo soy y que solamente puedo tener sexo contigo.

—Y es verdad—aventuró a mirarme de nuevo—solo puedes estar conmigo o mandaré al infierno al pobre infeliz que te ponga una mano encima—me regaló una sonrisa torcida y rodé los ojos.

Él se detuvo frente a la puerta del dormitorio y me bajó al suelo.

Abrí y una sensación de desasosiego me invadió.

Encendí la luz y todo estaba intacto.

Me pareció extraño que la familia de Amber no hubiese llegado a recoger sus pertenencias.

Dejé la llave sobre el horno de microondas y Blackburn se quitó el abrigo, dejándolo en el respaldo de una silla.

Se encaminó a echar un vistazo a la ventana mientras yo revisaba los nuevos boletines y del colegio que ya tenía varios días en el suelo.

—La vista desde esta ventana es espectacular—le oí decir a Blackburn.

—Créeme que, con tantas tareas y el trabajo, nunca le tomé mucha importancia.

Dejé los boletines sobre la mesa y caminé hasta donde él estaba.

Había movido parte de mi escritorio para poder apreciar mejor las calles oscuras y nevadas de Camberwell.

Nuestros alientos empañaron los cristales y me sentí reconfortada cuando él me abrazó y me atrajo hacia su cuerpo cálido.

Alcé la barbilla con el fin de observarlo y me llevé tal sorpresa de que él ya estaba mirándome con sus preciosos ojos de colores inexplicables.

Sus largas pestañas acariciaban sus mejillas sonrojadas por el frío cada que parpadeaba.

Éramos novios.

Sí, novios, pero todavía sentía muchísima pena tenerlo así de cerca.

Ya había probado sus gloriosos besos y anhelaba hacerlo otra vez en aquel instante, pero tenía miedo de que Black no quisiese.

—Pasaremos aquí la noche, Cereza de Otoño—me dijo con suavidad—no me apetece conducir de noche, además, será un viaje largo y ambos debemos estar despejados.

—¿Qué ocurrirá con mi hermano y mi familia?

Sigues sin contarme lo que necesito saber.

—A su tiempo, Cereza de Otoño.

—¿Van a estar bien?

—me impacienté.

—Más que bien.

Y es mejor no involucrarse con nosotros.

—¿Por qué?

—fruncí el ceño.

—Cuando tengas la información que necesitas, sabrás la razón.

—¿Y qué hay de Jake?

¿Dónde está?

—me sentí mal porque en ningún momento desde que Black volvió del cráter, le pregunté sobre él, ya que no era mi prioridad, o si lo hice, no insistí demasiado.

Sentí la tensión de Blackburn sobre mis hombros y endureció las mandíbulas.

—Probablemente bien, no lo sé—se encogió de hombros—pero no debes preocuparte por ese humano.

—Por supuesto que sí, entiendo que no debió estar ahí, sin embargo, intentó ayudarte.

—Lo sé, eso es lo que más me enfada.

¿Por qué quiso ayudarme si no le agrado?

—bufó.

—Jake es una buena persona—le recordé—no le agradas, pero eso no evitó que quisiera salvar tu vida, aunque la suya también estuviera en peligro.

Recargué mi frente en el hueco que había entre su cuello y hombro y suspiré.

Habíamos pasado a comer comida rápida en un puesto cercano antes de venir al dormitorio y lo único que se me antojaba era una taza caliente con café.

—Quiero café—dije para romper el silencio que se formó después de que hablar de Jake.

—¿Capuchino o americano?

—preguntó, besando mi cabeza por encima de mi cabello.

—Quiero americano sin azúcar.

—Perfecto.

Vuelvo en un momento—comenzó a soltarme, pero lo atraje hacia mí nuevamente.

Me miró con una ceja arqueada, en donde estaba su piercing y enseguida aventuré a robarle un beso.

—Te espero.

Mi reacción le encantó porque me devolvió el beso con creces.

Fue por su abrigo, pero antes, regresó a colocarme su collar con el amuleto extraño.

Le eché un vistazo sobre mi pecho y fruncí el ceño al alzar la vista a él.

—¿Por qué vuelves a dármelo?

—Mientras yo no esté contigo, te lo pondrás de ahora en adelante, ¿de acuerdo?

—respondió—es por tu seguridad.

Dicho eso, se marchó rápidamente por mi café expreso.

Si a él le tranquilizaba que yo usara su amuleto, entonces así sería.

Aproveché a ordenar un poco la habitación y guardar las cosas de Amber en una caja suya.

Tendí su cama primero y después la mía.

Me costaba asimilar que ella ya no estaba y que jamás volvería a verla.

Sus pertenencias continuarían ahí, pero Amber Wright nunca más regresaría a tomar posesión de lo que le perteneció en vida.

Entré a darme una ducha rápida en lo que Blackburn regresaba y me relajé bajo el agua tibia.

En otras circunstancias me habría deprimido por el fallecimiento repentino de mi compañera, pero gracias a ese rubio atractivo y misterioso, al que ahora podía llamar como “novio”, mi conciencia estaba tranquila.

Salí del baño con mi pijama puesta y me sequé el cabello con la secadora.

Luego saqué mis cremas corporales para untármelas.

Comencé primero con mi rostro y después los brazos y piernas.

Mi madre me había regalado una crema llamada Jalea Real para retrasar el envejecimiento y rara vez la usaba, y opté por hacerlo hoy.

Era humectante, aunque algo cremosa.

Vi el reloj de Amber: nueve en punto.

Blackburn estaba tardándose.

Llevaba más de media hora fuera.

Encendí mi teléfono porque lo mantuve apagado en nuestro trayecto hasta acá y lo llamé, poniéndolo en altavoz.

—Hola—respondió con aire irritado.

—¿Qué pasa?

¿Está todo bien?

—sacudí mi cabello para quitarle la poca humedad que le quedaba.

—No.

Apenas voy a pasar a pedir mi orden, hay muchísima gente—se quejó.

—Si quieres vuelve.

No pasa nada.

—No, te llevaré tu café, solo espérame un poco, ¿sí?

—No te preocupes, aquí estaré—vacilé.

—Intenta no divertirte sin mí—dijo y su voz sonó maliciosa y claramente en doble sentido.

Colgué, sonriendo como boba.

No transcurrieron ni diez minutos de la llamada de Black, cuando escuché movimiento afuera de mi puerta, en el pasillo, como si alguien estuviera caminando o supervisando los dormitorios.

Se me hizo extraño porque literalmente no había nadie más que yo en el edificio y Blackburn acababa de decirme de que seguía haciendo fila por el café.

Por una fracción de segundo se me vino a la mente la absurda posibilidad de que se trataba de algún ladrón, ya que la seguridad del edificio era una mierda, así que apagué las luces y aseguré la puerta con sigilo.

Busqué a tientas mi teléfono y quedé lívida cuando escuché que ese “alguien” llamó a mi puerta con tres golpes leves.

Contuve la respiración, muerta de miedo.

Aun si Black supiera de esto, no le daría tiempo de llegar hasta acá y protegerme a tiempo.

—¿Hola?

¿hay alguien ahí?

—preguntó una voz masculina del otro lado de la puerta, haciendo que mi corazón latiera con más fuerza—me temo que estoy siendo desconsiderado en molestar, pero soy un nuevo alumno de intercambio y llevo dos días en el dormitorio solo.

Pensé que había más estudiantes aquí, por eso acepté quedarme lo que restaban de vacaciones invernales.

Poco a poco el miedo se fue evaporando de mi cuerpo y respiré con normalidad.

Tomé mi teléfono y con la linterna llegué hasta el interruptor y abrí la puerta.

Tuve que cerrar la boca obligatoriamente cuando esta se abrió de forma involuntaria.

Mis ojos parpadearon ante semejante chico que tenía frente a mí.

Dios.

¿Acaso el Colegio de Artes de Camberwell albergaba chicos tan malditamente perfectos?

Tenía ante mí a un chico que, claramente, sus orígenes eran mezclados.

Cabello azabache, ojos ligeramente rasgados de color marrón claro, adornados de numerosas pestañas largas y rizadas muy oscuras, mandíbula marcada, leves pecas doradas en toda la cara, especialmente en la nariz y parte de las mejillas que estaban sonrojadas por el frío, las cejas pobladas y bien definidas, las cuales captaron mucho mi atención.

Tenía una pequeña cicatriz en la frente, casi arriba de su ceja derecha y una sonrisa juguetona adornaba su boca, la cual tenía el labio inferior más grueso que el superior, dándole un toque aún más atractivo.

No quise describir su cuerpo porque claramente era de infarto.

Estaba vestido con una playera gris manga corta con la palabra en letras negras en el pecho que decía “GUINNES” y Jeans de mezclilla celestes con tenis blancos.

—No pensé que habría alguien más en el edificio—deshizo el silencio incómodo en el que me quedé como idiota observándolo de pies a cabeza, pero pareció no molestarse porque siguió sonriendo.

—No estaba, es decir, apenas ese rato regresé de estar con mi familia—respondí.

Mi voz sonó como un chillido y me aclaré la garganta, avergonzada.

—Dos días enteros he estado solo aquí—se rascó el cuello con impaciencia y noté su acento, era norteamericano—comenzaba a preguntarme por qué aceptaron mi estadía aquí si no habría nadie.

—Es confuso.

Ni siquiera lo sé—me encogí de hombros y me di cuenta de que estaba siendo descortés por dejarlo ahí en la puerta—perdona, no te invité a pasar, lo siento.

Le abrí paso y dejé la puerta abierta para que Blackburn no se enfadara de ver a ese chico en mi habitación.

Él entró y barrió con la mirada todo a su alrededor.

—¿Regresaste sola o con tu compañera de dormitorio?

—preguntó al ver que lo seguí hasta mi escritorio.

Se dio la vuelta y sonrió, ladeando la cabeza en espera de mi respuesta.

—Mi compañera de dormitorio falleció hace unas semanas—repuse con tristeza.

Al chico se le borró la sonrisa.

—Lo siento mucho… creo que fui desconsiderado y metiche.

—Metiche sí, desconsiderado no—bromeé y su sonrisa reapareció.

—¿Es difícil estudiar en Camberwell?

—preguntó, metiendo sus manos en los bolsillos y mirando las fotografías que tenía pegadas en la pared.

—Si te apasiona el arte en general, serás como un pez en el agua—le aseguré.

Él asintió, sin mirarme.

—Por cierto, ¿Cómo te llamas?

—quiso saber.

—Sophie Beaumont.

—Sophie Beaumont—probó mi nombre en sus labios y ensanchó su sonrisa— ¿y naciste aquí o eres extranjera?

—Soy de Snowshill, ¿y tú?

—Nací en San Diego, California, pero tengo ascendencia de otra parte—se encogió de hombros.

—Probablemente tienes genes asiáticos, algo al estilo de Keanu Reeves.

—¿Quién es Keanu Reeves?

—¿No lo conoces?

—lo miré con extrañeza y él negó con la cabeza—es un actor de Hollywood, muy guapo, por cierto.

Tiene ascendencia de muchos países y por eso es demasiado perfecto.

—Debo ver más películas ahora que tengo tiempo.

Asentí, sin saber qué añadir.

—Te ofrecería algo de beber, pero llevo semanas sin administrar la despensa y mandé a mi novio por café.

—¿Tu novio?

¿Él también estudia aquí?

—pareció interesado.

—Sí, solo que en diferente carrera.

Yo soy de fotografía y él de escultura, por cierto, ¿tú en cuál te inscribiste?

—Fotografía—sonrió y se recargó de manera casual sobre el respaldo de la silla, cerca de donde yo estaba, así que me aparté con el pretexto de ver mi teléfono.

—Espero de todo corazón que te adaptes bien—dije.

—¿Tu novio y tú comparten ahora dormitorio?

—arqueó una ceja, fisgoneando la cama de Amber.

—No, pero me fui con él de vacaciones con mi familia y regresamos por mis cosas porque planeamos ir a otra parte mañana, antes de que inicien las clases… Guardé silencio discretamente.

¿Por qué demonios estaba contándole todo a ese chico desconocido?

Aunque tuviera el rostro y cuerpo muy agradable, no podía decirle así sin más mis asuntos.

Evadí cualquier pregunta personal con banalidades de la carrera en lo que Blackburn llegaba.

Y eso se tomó otros veinte minutos.

El chico y yo nos hallábamos enfrascados en el tema del clima helado, cuando de repente, Blackburn apareció silenciosamente en la puerta con los dos cafés expresos americanos en sus manos.

Volteé a verlo y salté en su encuentro, feliz de verlo.

Le di un beso en los labios y me correspondió, pero sin dejar de mirar al invitado.

Black tenía el rostro pétreo y sus ojos parecían querer arder en llamas.

—Hola—saludó el chico con una sonrisa extraña—tú debes ser el novio de Sophie.

—En efecto—respondió Black con sequedad, dejando los cafés en la mesa—mi nombre es Blackburn Varkáris, ¿y tú eres…?

—extendió su mano a él con determinación.

Y hasta ese momento caí en la cuenta de algo importante: no sabía el maldito nombre de ese chico.

—Un placer conocerte, Blackburn Varkáris—dijo el chico de pecas doradas, estrechándole la mano con la misma determinación—y me llamo Kane Kelly, próximo compañero de clases de Sophie—humedeció sus labios—espero poder llevarme bien con ambos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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