Ephemeral Darkness - Capítulo 27
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27: Capítulo 26 27: Capítulo 26 Blackburn ya tenía el coche listo y simplemente me ayudó a deslizarme al asiento trasero para que Jake Wood se sentara en el copiloto.
Ciertamente el brazo parecía que de verdad había logrado fracturarme algún hueso porque no podía moverlo a mi gusto.
Tuve suerte de que fuera el brazo derecho y no una pierna.
—¿Alguien puede decirme qué está ocurriendo?
—pregunté, con los pelos de punta.
Pero la atención se concentró en encender el motor y echar reversa de manera salvaje y acelerar al incorporarnos a las calles, puesto que detrás de nosotros, Kane Kelly venía corriendo como un animal a través de la nieve.
—¿Esta cosa no puede ir más rápido?
—.
Se quejó Jake.
—¿Qué esperabas por un coche antiguo, idiota?
—Le riñó Black con frustración.
La capacidad de Blackburn para lograr meterse en medio de los autos fue asombrosa, pero mi inquietud estaba en la imagen de Kane persiguiéndonos como una bestia.
Y sin previo aviso, sentí una punzada de dolor justo en el área donde Kane me había mantenido sujetada en la ventana y ahogué un grito.
—¿Qué pasa, So?
¿Qué tienes?
—Jake volvió el rostro hacia mí y Black me miró a través del espejo retrovisor porque no podía simplemente detenerse.
—Creo que me quebró el brazo—, me quejé.
—Deja que avancemos un poco más hasta perderlo y me detendré a revisarte, ¿sí?
Resiste lo más que puedas—dijo Blackburn con pesar.
Sus ojos destilaban mucha preocupación y noté la impotencia en sus manos al aferrarse con fuerza al volante.
Asentí.
—Jake, ¿podrías decirme en dónde estuviste y cómo fue que apareciste de la nada en los dormitorios de mi universidad?
Pero mi amigo en vez de responderme volteó a ver a Black, en busca de ayuda.
Era extraño que estuviera buscando su aprobación para responder con libertad y me pregunté qué era lo que ese par se traía entre manos.
—En cuanto nos detengamos, vamos a hablar contigo—.
Fue todo lo que logró decirme, antes de acomodarse nuevamente en el asiento con la vista al frente.
Me estremecí en el asiento y siendo cuidadosa, me recosté, mirando el techo del coche, ensimismada.
¿Qué había sucedido?
Dios.
Cada vez tenía más y más preguntas y nada de respuestas.
Sentía el brazo palpitar de dolor y un leve ardor en donde ese estudiante californiano me mantuvo apresada en la ventana, como si de alguna manera me hubiera dejado marcada con sus sucios dedos.
Alrededor de cuarenta minutos de movimiento, por fin nos detuvimos y me senté a verificar en dónde estábamos.
—Pensé que saldríamos de Camberwell.
—No, lo haremos mañana, hoy tenemos que descansar lo suficiente porque el viaje dura entre trece y quince horas si nos vamos directo sin detenernos—respondió Blackburn, apagando el motor y miró a Jake—.
Baja a alquilar una habitación con dos camas separadas.
Mi amigo rodó los ojos, pero no protestó.
En silencio, bajó del coche y obedeció.
El hotel al que habíamos llegado estaba en las afueras de Camberwell y era muy discreto, incluso el estacionamiento estaba protegido por enormes muros para mayor privacidad.
—En cuanto tengamos la habitación, echaré un vistazo en tu brazo, ¿está bien, Cereza de Otoño?
—Sus ojos parecían suplicantes y llorosos, como si estuviera resistiéndose a las ganas de… llorar.
—Black—, susurré y alargué la mano del brazo sano para acariciarle la mejilla.
Él ladeó la cara para recargarse en ella—no sé qué está ocurriendo, pero deseo que sepas que solamente te quiero a ti.
Mis palabras lo desconcertaron.
Tragó saliva y bajó la mirada.
Sus perfectas y rubias pestañas acariciaron sus suaves y ruborizadas mejillas por el frío, viéndose muy adorable y sexy.
—Espero que cuando seas partícipe de todo esto, sigas eligiéndome por sobre todas las cosas.
—¿Por qué habría de no hacerlo?
Quiero estar contigo, Black, ¿por qué aún lo dudas?
Blackburn no respondió, pero sujetó mi mano y movió su rostro para poder besarme la palma con cariño.
—Quiero que uses mi amuleto.
Lo observé quitarse el collar y ponérmelo encima del collar de la Constelación de Lyra que me había obsequiado.
El anillo continuaba en mi dedo y las margaritas de colores en mi bolso, pero de pronto advertí que no lo había rescatado del dormitorio y no podíamos volver por él.
—¿Qué significa el amuleto?
—pregunté.
Él sostuvo el dije en su mano y le dio un tierno beso sin dejar de mirarme.
—Es la promesa de que jamás voy a olvidarte y espero que tú tampoco, además de que es para tu protección.
No debes quitártelo por ningún motivo.
—Pero… —Júramelo, Cereza de Otoño, por favor—.
Suplicó.
—De acuerdo, te lo juro… El momento romántico se arruinó cuando apareció Jake en la ventana de Blackburn, estampando su rostro al cristal con una media sonrisa maliciosa.
—Malas noticias—dijo—alguien tendrá que dormir en un sofá porque solo hay una cama.
—No veo lo malo—se burló Black con una sonrisa maquiavélica—.
Porque tú serás el que duerma ahí.
Black obligó a Jake a ir primero a la habitación, llevando una valija y no molestar por cinco minutos.
Me resultó gracioso porque de verdad no podía creer que Jake lo estuviera obedeciendo sin pelear.
Mientras tanto, Blackburn me ayudó a salir del coche en sus brazos, siendo gentil de no lastimarme el brazo.
—En unos minutos veremos si ese imbécil te hizo daño.
—Espero que no, pero me gustaría saber qué pasó realmente.
—¿Te dijo algo extraño?
—preguntó Black, preocupado.
—Uhmm… sabía cosas personales tuyas y eso fue lo que más me intrigó porque se supone que acababa de llegar de California.
Un fino músculo en la mandíbula de Black me dio a entender que aquello no le había dado ninguna gracia y sabía perfectamente todo de Kane Kelly.
Blackburn cerró la puerta detrás de nosotros.
El sonido fue suave, pero algo en mi cuerpo reaccionó como si hubiera sido una sentencia.
—Déjame ver tu brazo —pidió.
Me ardía el brazo desde antes de que Blackburn me pidiera verlo.
Su voz no temblaba.
La mía sí.
Me quité el abrigo y subí la manga con lentitud.
La piel seguía sensible.
No era un dolor agudo, sino uno profundo, como si los dedos de Kane siguieran ahí, cerrándose una y otra vez.
—Fue él —dije antes de que hablara—.
Me agarró para que no escapara.
Blackburn no respondió.
Se acercó y, con una delicadeza que no combinaba con su tamaño, me subió más la manga hasta la altura del hombro.
Al principio pensé que solo veríamos los moretones.
Pero no.
La marca estaba ahí, justo donde Kane había apretado con más fuerza.
No era un hematoma común.
Las líneas estaban demasiado definidas, demasiado… intencionales.
Un círculo imperfecto rodeado por surcos que parecían uñas hundidas en la piel.
—¿Eso… estaba antes?
—preguntó Blackburn en voz baja.
Negué con la cabeza.
Él se quedó mirando mi brazo más tiempo del necesario.
No me tocó.
Como si hacerlo pudiera empeorar las cosas.
—¿Qué es?
—pregunté, con un nudo en la garganta.
Tragué saliva cuando vi cómo su mandíbula se tensaba.
—No lo sé —respondió al fin—.
Pero no es solo una marca por fuerza.
El aire se volvió denso.
Bajé la mirada y fue entonces cuando lo sentí: un hormigueo leve, casi imperceptible, como si la piel recordara algo que mi mente aún no alcanzaba.
—¿Me va a doler más?
—susurré.
Blackburn alzó la vista.
Sus ojos tenían una profundidad extraña, como si estuviera midiendo cuánto decirme sin romperme.
—No —dijo—.
No mientras yo esté aquí.
No sabía por qué, pero le creí.
—Déjame echarle un vistazo en el espejo—dije, moviéndome hacia el tocador.
Me miré el brazo en el espejo y el aire se me quedó atorado en el pecho.
En el centro de la piel había un círculo perfecto, del tamaño de una moneda.
No parecía un tatuaje ni una quemadura reciente.
La piel estaba oscurecida, como si algo la hubiera presionado con demasiada precisión.
Dentro del círculo, una figura se distinguía apenas: un rostro sin vida, hueso sobre hueso, grabado con una claridad perturbadora, como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Justo debajo, cuatro marcas paralelas cruzaban mi brazo en diagonal.
No eran profundas, pero sí reales.
La piel estaba enrojecida, abierta en algunos puntos, con restos de sangre seca marcando el recorrido de algo que había rasgado sin dudar.
No parecían arañazos al azar.
Eran demasiado uniformes.
Demasiado… decididos.
Tragué saliva al notar cómo el círculo contrastaba con las heridas: una marca limpia, cerrada, casi ceremonial… y debajo, la violencia cruda de una mano que no pidió permiso.
—No me apretó así —murmuré—.
Esto no fue solo fuerza.
En el espejo, Blackburn no se movía.
Su expresión era dura, contenida, como si nombrar aquello pudiera empeorarlo.
Sentí un escalofrío al darme cuenta de algo más: la marca no parecía una herida reciente… parecía una señal.
Una marca de muerte.
—Black—susurré, presa del pánico al ver su expresión y Jake se llevó la palma de su mano a la frente con consternación.
Y mi histeria aumentó—.
¿Qué significa esto?
Blackburn tardó en hablar.
Sentía su presencia detrás de mí, tan cerca que podía percibir el calor de su cuerpo sin que me tocara.
Cuando al fin lo hizo, su voz fue más baja de lo normal, como si el lugar pudiera escucharnos.
—Eso que tienes en el brazo… —dijo— no es solo una herida.
Cerré los dedos con fuerza.
—¿Entonces qué es?
Dio un paso más cerca.
En el espejo, vi cómo sus ojos seguían la marca con una atención que no parecía médica, sino… antigua.
Blackburn abrió la boca… y la cerró otra vez, buscando las palabras.
—Es un óbolo —respondió por fin.
La palabra no me era del todo ajena.
—¿Como una moneda?
—pregunté—.
¿De las historias griegas?
Asintió apenas.
—Un óbolo no es dinero —explicó—.
Es un símbolo.
Una forma de decir esto pertenece al tránsito.
Mi estómago se encogió.
—¿Tránsito hacia dónde?
No respondió de inmediato.
Levantó la vista y se encontró con la mía en el espejo.
Por primera vez desde que lo conocí, su expresión no era segura.
Era honesta.
—Hacía algo de lo que no deberías formar parte —dijo—.
Y, sin embargo, ya estás marcada y es por mi culpa… Bajé la mirada a mi brazo otra vez.
—¿Kane me hizo esto a propósito?
¿Quién es él y cómo pudo hacerlo si solamente me apretó el brazo?
La mandíbula de Blackburn se tensó.
—Sí.
No alzó la voz.
No hizo falta.
—Entonces… —mi voz salió más firme de lo que me sentía—.
Si eso no es normal, si no es humano… Lo vi respirar hondo.
Como si estuviera cruzando un límite invisible.
—Sophie —dijo—.
Hay cosas que no te conté porque no tenía derecho a hacerlo.
Se acercó hasta quedar a mi lado.
Esta vez sí me tocó el brazo, apenas, con la yema de los dedos, cuidando no rozar la marca.
—Pero después de esto… —añadió— ya no puedo seguir fingiendo que estás a salvo sin la verdad.
Alcé la mirada hacia él.
—Entonces cuéntamela.
Sus ojos, grises, verdes, azules —no supe distinguir— se oscurecieron.
—Todo —respondió—.
Desde el principio.
—¿Estás seguro?
—intervino Jake Wood con atención.
—Muy seguro—.
Aseveró Blackburn y yo fruncí el ceño.
—Aguarda… ¿Tú sabes sobre esto, Jake?
—me volví a él.
—Me temo que más de lo que debería… y menos de lo que tú mereces saber.
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