Ephemeral Darkness - Capítulo 28
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28: Capítulo 27 28: Capítulo 27 Blackburn acarició mi piel con ternura, haciendo que el resto de mi cuerpo se estremeciera.
—Toma, Wood, ve y compra algo de comer mientras le explico a Sophie la gravedad del asunto—.
Se acercó a él con dinero.
—¿Por qué te empeñas en mantenerme alejado?
—me sentí aliviada cuando por fin Jake protestó.
—Porque no quiero que Sophie se sienta peor cuando se entere de lo que está pasando y también porque yo no me siento cómodo viéndote mucho tiempo—, agitó el billete como bandera frente al rostro de Jake—.
Hazme el favor, ¿no?
Agradeciendo que te he salvado el… —Black—.
Lo reprendí y apretó los labios y miré a mi amigo con desesperación—, escucha, Jake, ayúdame, ¿sí?
Obedece a Black y trae de comer.
Los ojos oscuros de Jake me enviaron una mirada resignada y asintió.
De los tres, yo era la única que desconocía la verdad de lo que estaba ocurriendo y no quería continuar estando en la ignorancia.
Cuando Jake se retiró de la habitación, me acomodé el abrigo para ocultar aquella marca macabra de mi brazo derecho y tranquilizar a Blackburn, que se había quedado con la mirada perdida en algún punto lejano.
—¿Black?
—estiré la mano del brazo sano y alcancé la suya, haciéndolo respingar y traerlo de vuelta a mí.
—Cereza de Otoño—susurró con pesar.
Jamás había visto tanta tristeza y culpabilidad en su mirada.
Tenía las pupilas dilatadas y parecía a punto de llorar o gritar.
Cualquiera de las dos cosas era extraño.
Él no era así.
Blackburn Varkáris se caracterizaba por ser alguien sarcástico, malicioso y con un humor negro cuestionable, no ese chico de ojos tristes que pretendía llorar a la menor provocación.
En su mirada había mucho dolor y no sabía por qué.
—Dime qué pasa—le apreté la mano, acercándome a él con desesperación—.
Me preocupa demasiado tu semblante.
Sea lo que sea que tengas qué decirme, hazlo.
Yo estoy contigo.
Esbocé una leve sonrisa y me impulsé hacia arriba para besarle la mejilla.
—Ven, hablemos.
Tiré de él hacia el sofá en donde Jake iba a dormir y nos sentamos sin soltarnos de la mano.
Él se hundió en el asiento, echando la cabeza hacia atrás y cerró los ojos un momento.
Humedeció sus labios y tragó saliva.
—¿Prometes mantenerte con la mente abierta a partir de ahora?
—dijo, abriendo los ojos y mirándome con anhelo.
Asentí, sintiendo mi corazón acelerarse.
Entonces Black se acomodó en mi dirección y se apoderó de mis manos, teniendo cuidado de no lastimarme el brazo derecho con la marca.
—Yo no soy realmente Blackburn Varkáris—.
Confesó.
Su voz era seria, formal y en su mirada supe que no mentía.
—¿Qué?
—Blackburn Varkáris, el real—aclaró, con nerviosismo, tratando de mantener el contacto de nuestras manos con miedo—, falleció cuando fue apuñalado por esos pandilleros hace más de un mes.
—¿De qué estás hablando?
¡Estás aquí!
—insistí, sonriendo para que me dijera que era una broma de mal gusto, pero Black continuó teniendo la misma expresión seria, preocupada y triste.
—No, Sophie.
Este cuerpo es un cascarón vacío—soltó mis manos para darse un golpe en el pecho con fuerza—.
No hay nada de valor adentro.
Pero Black volvió a golpearse el pecho una y otra vez.
—¡Detente!
—lo detuve con horror para que no se hiciera daño en sus heridas del corazón, pero él me rechazó suavemente y se levantó del sofá, alterado.
Y comenzó a desvestirse.
Primero se despojó del abrigo, luego de la sudadera y al final de la playera manga larga, dejando al descubierto su torso desnudo.
Sus tatuajes se notaban perfectamente porque su piel era muy similar a la porcelana o a la nieve.
Y las cicatrices alrededor de su corazón me estremecieron porque seguían en recuperación.
—Este que ves aquí—añadió, señalando el tatuaje de la muerte que tanto me incomodaba—, soy yo, Sophie.
Fruncí el ceño.
—¿La muerte?
¿te refieres a qué burlaste la muerte cuando te apuñalaron?
Mi comentario lo exasperó y negó con la cabeza.
Y salté del susto cuando se arrodilló ante mí con los ojos llorosos.
—¿Es que no lo entiendes todavía, Cereza de Otoño?
Acercó su rostro al mío para darme un beso, como si su vida estuviera dependiendo de ello y lo atraje a mí, enredando mis dedos en su cabello, deleitándome con sus labios, que de pronto sentí un extraño sabor salado en mi lengua.
Abrí los ojos y me di cuenta de que Blackburn Varkáris se hallaba llorando y aquel sabor salado eran sus lágrimas mezclándose entre nuestros labios.
—¿Por qué lloras?
—le pregunté, con un nudo en la garganta.
Verlo llorar me había partido el corazón.
Maldita sea.
—Te he arrastrado a mi propia miseria sin darme cuenta y ya no hay vuelta atrás… —susurró sobre mis labios.
Sus lágrimas seguían deslizándose por sus mejillas—.
Te han marcado por mi culpa y es el precio por desear ser parte de los seres humanos.
Parpadeé, cada vez más confundida.
—Ellos saben que te amo y—tragó saliva con dificultad sin dejar de mirarme—, te han puesto como precio a mi desobediencia—.
Aproveché a limpiarle las lágrimas con los pulgares, y eso lo enterneció—.
Están comenzando a castigarme por haberte elegido, Sophie.
He desobedecido porque me enamoré de ti y eso es inconcebible en mi mundo.
—¡¿Quiénes quieren castigarte por elegir amar y ser amado?!
—exclamé, asustada.
—Hades.
Y envió a Kratos por mi cabeza—siseó—.
Ellos ya no solamente me quieren a mí, sino también a ti.
¡Te marcaron por mi culpa y nunca voy a perdonarme por eso!
—¿Hades y Kratos?
Pero ellos son… —Son reales.
Toda la mitología griega es real—me soltó de sopetón y por un segundo pensé que había perdido la cabeza.
—Blackburn, cariño, cálmate… —Sophie—dijo con severidad y se apartó de mí, lo suficiente para ponerse de pie y darme la espalda—.
¿Qué personaje mitológico representa a la muerte?
Tragué saliva.
Abrí la boca y la cerré, sabiendo que, si respondía a su pregunta, obtendría la respuesta que tanto temía.
Dios mío.
—Responde—exigió, aun dándome la espalda.
—Caronte.
El barquero del inframundo.
Y en cuanto terminé de hablar, él se dio la media vuelta y me encontré con su mirada.
Con su verdadera mirada.
Oscura, tenebrosa, letal y mortífera.
—Lo que más me duele es que tú te enamoraste del cuerpo del verdadero Blackburn Varkáris, no de mí—repuso sin darme tiempo a hablar.
Sus ojos, que antes habían sido de color inexplicable, eran completamente negros—.
Yo soy Caronte.
Sentía mis latidos en mis oídos.
—El barquero del inframundo que jugó a ser humano y te condenó.
Lo siento muchísimo, Sophie Beaumont, tú mereces más que un estúpido anciano inmortal que solo sirve para llevar almas a Hades por toda la eternidad.
Sentí una sensación extraña en la boca del estómago y vértigo.
En el fondo, sospechaba que Black no era normal e incluso por momentos parecía una criatura, muy diferente a los humanos, pero no creí que de verdad se tratase del gran Caronte usurpando el cuerpo de alguien muerto.
—No te pido que me elijas, simplemente te ruego que me dejes liberarte de lo que te he hecho—le oí decir y alcé la mirada, tomándolo por sorpresa—.
Aunque entenderé si me rechazas y no quieres verme nunca más.
Me quedé en silencio, sin saber qué decir.
La conmoción me impedía articular o unir más de una palabra.
¿Qué podía decirle?
Blackburn, o, mejor dicho, Caronte, comenzó a vestirse con decepción y se acercó a la puerta sin decir nada.
—Black… —dije, precipitadamente—es decir… Caronte… Al escuchar mi voz llamándolo por su nombre, lo hizo detenerse abruptamente y quedar apretando la manija con fuerza.
Cuando vine a darme cuenta, mis piernas se movieron por sí solas y también mis brazos.
Tal vez el verdadero Blackburn Varkáris había sido extremadamente atractivo en vida, pero la personalidad de Caronte era lo que realmente me había atraído de él y sin él, seguramente no me habría fijado en ese cuerpo.
Lo abracé por detrás, enterrando mi rostro en su firme espalda y lo sentí estremecerse.
Sus manos buscaron las mías y se las llevó a los labios.
—¿No estás decepcionada de quién soy?
—No.
—Afirmé.
Era cierto de que ese cuerpo era sexy, pero sentía amor por quien lo hacía moverse y hablar.
—Mi apariencia real es de un maldito anciano raquítico y deprimido—susurró, abatido—.
¿Estás segura de que…?
—Nunca había tenido novio, en toda mi vida—comencé a decir, aun pegada a su espalda—, y no porque no tuviera pretendientes, Jake Wood es un ejemplo, —lo escuché gruñir al mencionarlo—.
Y la razón fue porque nunca me llamó la atención nadie, ya que infortunadamente, cada chico que se me acercó no contaba con tu inteligencia, ingenio y astucia que posees tú.
Eso me atrajo a ti.
—¿Estás segura de que no fue porque Blackburn Varkáris es atractivo?
—Acepto que es sexy, sí, pero sin ti, estoy segura de que ni siquiera lo habría volteado a ver—suspiré, inhalando su perfume—.
Fuiste tú, Caronte.
Si me iba a enamorar, tenía que ser de alguien que no fuese un simple humano cualquiera.
Él se dio media vuelta para sostenerme el rostro entre sus manos y esbozó una sonrisa.
—¿Entonces puedo pedirte un favor?
Asentí, atenta a su petición.
—Sigue llamándome Blackburn, me gusta ese nombre.
Y se inclinó a besarme con el mismo frenesí con el que solía hacerlo y a mí me encantaba.
Ese día comprendí que amar a Caronte no era una elección sino una sentencia: supe quién era, supe lo que significaba, entendí que la marca en mi brazo era la prueba de que ya no pertenecía del todo a los vivos… y, aun así, no elegí al cuerpo de Blackburn Varkáris, sino a la muerte que lo habitaba, aceptando con plena conciencia todo aquello de lo que nadie regresa: la eternidad.
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