Ephemeral Darkness - Capítulo 4
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4: Capítulo 3 4: Capítulo 3 Diciembre llegó más rápido de lo que pensé y estaba a escasos días de cumplir un mes trabajando en el restaurante y bar nocturno llamado «tártaro» y ya había comenzado a nevar.
Mi jefa era muy amable y considerada al dejarme marchar a las diez en punto, una hora antes, para no desvelarme demasiado y rendir en mis clases.
Le había comenzado a tomar cariño al trabajo y a ver muchas escenas ridículas causadas por el alcohol con los clientes.
Desde despecho hasta propuestas de matrimonio en el que fui testigo al llevar la champaña hasta la mesa de la pareja de chicas que se comprometieron hermosamente.
Como estuve en semana de exámenes de final de semestre, me iba más temprano y llegaba más tarde a petición de la licenciada Lucy Oxford, la mejor jefa del universo.
Cuando estuve libre, repuse las horas, trabajando dos fines de semana todo el día.
El último domingo de repuesto de tiempo, eran pasadas las once de la noche y el lugar estaba abarrotado de personas.
Divisé algunos rostros conocidos del instituto y seguí limpiando la barra con una franela.
Me había tocado tomar el lugar del Barman por esa noche.
Tenía suerte que la mayoría estaba en su mesa y nadie había llegado a molestar a la barra.
—¿Qué vendes aquí?
—me preguntó una voz trémula y masculina.
Ni siquiera me tomé la molestia de mirarlo porque a través del rabillo del ojo lo vi tomar asiento en la barra.
Genial.
Ya había llegado el primer idiota a joderme la noche.
—Leche con chocolate—respondí con sarcasmo, enjuagando la franela.
—No sé qué demonios sea eso, pero suena bien.
Dame un vaso lleno de leche con chocolate—exigió.
Volví el rostro inmediatamente hacia él casi como Regan, la niña del exorcista y fruncí el ceño.
Lo escudriñé de pies a cabeza, pero no podía verle la cara puesto que tenía una sudadera oscura con la capucha puesta encima y la cabeza inclinada hacia abajo.
Únicamente podía ver unos cuantos mechones dorados sobresaliendo de la capucha.
—¡Si estás drogado, mejor lárgate!
¡Este lugar es solo para alcoholizarse!
—espeté a gritos a causa de la música.
—¡Qué molesta eres!
—me dijo en gruñido y se levantó tambaleante.
Debía medir cerca de un metro con ochenta y cinco centímetros porque quedé diminuta en comparación.
Se llevó una mano al pecho, justo sobre el corazón y se quejó.
—¿Te encuentras bien?
—di un paso a él y lo tomé del brazo.
Y sin previo aviso, nuestras miradas se encontraron.
Quedé estupefacta con semejante atractivo masculino.
Sus ojos eran una rara combinación de colores claros que me dejó muda y el resto de su rostro tan bello.
Tenía tres perforaciones: en ambos lóbulos de las orejas y en el labio inferior derecho.
Señal de que usaba piercings.
—No me toques—me empujó y tan solo caminó un paso, cuando se desplomó frente a mí.
Rápidamente fui a auxiliarlo y comprendí que se había desmayado.
Con ayuda de los demás meseros, lo llevamos a la oficina de la señorita Oxford en donde ella nos indicó que lo dejáramos en el sofá.
Tratamos de reanimarlo con un poco de alcohol y no ocurrió nada.
—¿Estás segura de que se desmayó así sin más?
—inquirió ella, preocupada.
—Sí.
Se tambaleó antes de irse y cuando quiso caminar, se desplomó frente a mí.
Escudriñé su rostro, el cual no estaba relajado, sino más bien abrumado de dolor y luego bajé la mirada a su pecho, en donde alcancé a ver una huella oscura que iba haciéndose más grande.
Y sin miramientos, le levanté la sudadera y nos horrorizamos al ver que era sangre.
Entre la señorita Oxford y otro señor mesero, le quitamos la ropa rápidamente, dejándolo solo con sus pantalones.
Tenía numerosos tatuajes que no pude ver con mucha atención y un collar con un dije octagonal muy extraño alrededor del cuello.
Parecía un amuleto antiguo.
—Madre mía, ¿Qué le pasó?
—chilló la licenciada con miedo.
El chico tenía varias heridas en el área del corazón, no, más bien eran cicatrices que habían vuelto a abrirse y sangrar.
—Tenemos que llamar una ambulancia—aconsejaron los otros meseros.
—Y llamar a su familia—dije, y busqué en su ropa alguna identificación.
Encontré de todo, menos lo que necesitaba.
Su teléfono no tenía batería y las envolturas de chocolate tampoco servían de nada—no hay nada.
—Bien, entonces acompañen a Sophie a llevarlo al hospital—ordenó la señorita Oxford—no quiero que vaya a morir aquí y nos culpen por ello.
¡Corran!
Nos otorgó las llaves de su Mini Cooper rojo y emprendimos la marcha hacia el hospital más cercano.
Roger, el señor mesero que me ayudó los primeros días, fue el que condujo y yo me dediqué a cuidar al chico extraño, rubio y guapo en los asientos traseros.
Coloqué su cabeza sobre mi regazo y sus largas piernas dobladas sobre el asiento, siendo cuidadosa de no lastimarlo más.
Sus largas pestañas casi blancas, descansaban sobre sus mejillas sonrosadas.
La nieve hacía que el coche resbalara, pero logramos llegar.
A los quince minutos, las enfermeras del hospital corrieron a atenderlo.
Intentamos, Roger y yo, inmiscuirnos, pero fue imposible.
Una de las enfermeras nos obligó a dar una explicación al respecto.
—Escuche, señorita—dijo Roger de mal humor—este muchacho llegó al bar donde trabajamos y se desplomó de la nada.
Agradezca que lo hemos traído antes de que ocurriera algo peor.
—Es que este joven ha estado hospitalizado aquí desde hace semanas porque tuvo un accidente.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
Lo trajimos porque llegó a nuestro trabajo—inquirí, irritada.
—¡Hijo!
¡Apareció!
—lo gritos de una mujer enloquecida nos desconcertó a Roger y a mí.
Su acento era raro.
Miramos a una señora rubia de edad madura, pero muy hermosa y de ojos azules, correr hacia nosotros y tratar de seguir a la enfermera que se había llevado al chico.
Era su madre.
Y detrás de ella, se encontraba una adolescente de unos dieciséis años, rubia y de ojos verdes, que era como la copia femenina del chico.
Su hermana menor, no tenía duda.
—¡¿En dónde estaba mi hijo?!
—exclamó la mujer a nadie en particular, mientras que su hija fijaba su mirada en mí y en Roger.
—¿Trajeron a mi hermano al hospital?
—la adolescente nos preguntó con severidad.
—Sí.
Llegó a nuestro trabajo y se desplomó—contesté fríamente.
—¿Dónde trabajan?
—siguió aguijoneando.
—En el restaurante y bar nocturno «tártaro»—siseó Roger, histérico—ahora déjennos volver porque seremos sancionados—mintió.
—¡Muchísimas gracias por traerlo!
—chilló la madre, sonriendo entre lágrimas.
—Se me hace sospechoso todo—acusó la adolescente, achicando sus petulantes ojos verdes.
—¡Lexa!
—la reprendió su madre.
Roger y yo, retrocedimos en dirección a la salida.
No teníamos humor para lidiar con problemas familiares ajenos.
Nos subimos al Mini Cooper y volvimos al trabajo.
Reanudé la tarea de lavar la franela sin dejar de pensar en lo que había sucedido.
La noche fue en total calma.
Me tocó quedarme a ayudar a barrer el lugar con otros meseros y mientras recogía la basura, mi mirada se fijó en un objeto oscuro debajo de los taburetes donde el chico se había sentado.
Era una billetera.
La guardé en el bolsillo de mi falda y continué limpiando.
A la una de la madrugada, llegué rendida al dormitorio.
Tenía el cuerpo congelado por el frío y los pies a punto de perder la movilidad a causa de la nieve que me llegó hasta los tobillos.
Ni siquiera me quité la ropa y me metí a la cama, dejando la billetera que encontré sobre el buró.
Desperté gracias al despertador y metí el uniforme del bar a la lavadora que estaba en el baño en lo que me duchaba y alistaba para ir a clases.
Escuché a Amber gruñir en sueños y me di prisa.
A punto de irme, vi la billetera y la metí en mi mochila para no extraviarla y llevarla a objetos perdidos en la tarde.
Los camiones limpiando la nieve con sal, obstruyeron mi camino unos minutos, pero ayudaron a que las personas y coches no resbalaran.
A la hora del almuerzo, decidí sentarme lo más alejada posible del exterior.
Los dos suéteres, el abrigo, orejeras, guantes, gorro, y botas de nieve, no ayudaron mucho en mantenerme cálida.
La próxima clase la tuve libre por el clima y opté por un café expreso caliente en la entrada del colegio.
Degustándolo tranquilamente y en dirección al aula, cuando recordé la billetera del cliente.
Me senté a curiosearlo y no había nada interesante.
Cupones de pizza a mitad de precio y gratis.
Tarjetas del parquímetro.
Tickets viejos de compra.
Y finalmente, la identificación.
«Blackburn Reznik Varkáris Müllerová, nacido el 7 de octubre del 2002 en Praga, República Checa, nacionalidad británica y checa».
Entorné los ojos al leer toda su información personal y me atraganté cuando vi la foto del susodicho.
Era el chico atractivo y herido de anoche, que resultó ser al que apuñalaron hacía un mes en aquel callejón y que era de mí mismo instituto, pero que jamás vi hasta ayer en el bar.
La razón de su belleza tenía mucho sentido.
Tenía nacionalidad de dos países.
Mordí mi pulgar, pensando en lo que haría a continuación.
No podía darme el lujo de poner la billetera en objetos perdidos del bar y se me hacía tonto ir a entregárselo a su familia en el hospital, puesto que él había sido el culpable de perderla.
Finalmente, elegí la segunda opción.
El pobre idiota estaba herido y por alguna razón la vida le dio una segunda oportunidad.
Salí antes de la escuela para tener tiempo de llegar a planchar mi uniforme e ir a trabajar luego de entregar la billetera.
Tomé un autobús hacia el hospital, sintiendo como el frío me calaba hasta lo más profundo de mi ser.
Mi acción buena del día tenía que ser recompensada con algo positivo muy pronto.
Observé a los demás pasajeros que iban en lo suyo.
Solo a mí se me había ocurrido desviarme de mi destino para no poner en aprietos a un rubio de apariencia exótica a la que su madre tenía con el alma en un hilo por su recuperación.
Deliberadamente, me di cuenta de que la razón por la que me encontraba yendo hacia allá, fue por esa pobre mujer.
Me imaginé a mi madre en su lugar y entristecí.
Ninguna mamá merecía pasar por tanta preocupación.
Entré por el área de urgencias y busqué a la madre de Blackburn por todo el sitio, pero no tuve éxito.
Escudriñé minuciosamente y me senté a esperarla.
Tal vez había ido al sanitario o a comer.
—Por lo visto, conoces a mi hermano y mentiste al decir que llegó a tu trabajo a desmayarse.
Alcé la vista hacia la adolecente arrogante, hermana de él.
Sus enormes ojos verdes querían taladrarme el alma.
Una enorme trenza al estilo Katniss Everdeen adornaba su cabello rubio, viéndola más amenazante.
Tragué saliva.
—No mentí.
No conozco a tu hermano en lo absoluto—le contradije, poniéndome en pie—solo vine a entregar su billetera que quedó en el bar.
Apenas hice el ademán de sacarla, cuando la chica me la arrebató de las manos con mezquindad.
La miré con muchísimo desprecio, recogí mi dignidad y abandoné el hospital con ganas de estrangularla.
Suficiente amabilidad y empatía para todo el resto de mi vida.
Como aún era temprano, pasé a comer a un pequeño restaurante cercano milanesa empanizada de pollo con papas fritas y refresco.
No era fan de aquella comida, pero no podía negar que estaba deliciosa.
Volví al dormitorio en donde encontré a Amber hablando por teléfono y aventuré a planchar mi uniforme para tener una hora de respiro antes de ir al bar.
—¿Vienes hoy con Elliot a una fiesta, Sophie?
—me preguntó descaradamente mientras encendía la plancha.
—No, hoy tengo trabajo, pero gracias—gruñí.
—¿Por qué no te tomas un respiro?
Has trabajado duro desde hace un mes.
—Necesito pagar esa clase extra—le recordé.
—Tienes razón, pero no puedes solo estudiar y trabajar, ¿Qué hay de tu vida?
—Yo no nací privilegiada, tengo que luchar por lo que quiero y para alcanzar mis objetivos, debo esforzarme.
Aquello la mantuvo callada por un buen rato.
Mi sueño era convertirme en una fotógrafa profesional y si tenía que abstenerme de ir a fiestas que no me gustaban solo por encajar, definitivamente lo haría.
—Bien, entonces regreso como a las dos de la madrugada.
No dejes con pestillo la puerta—me avisó.
—No pienso dormir sin estar segura, Amber—dije—lleva tu llave, por favor.
—Ayer se me perdió—soltó una risita nerviosa cuando volteé a verla—y sé que no puedo pedirte la tuya porque la necesitas.
—Solo por esta vez, Amber Wright—sentencié—la próxima que decidas perder tu llave y salir de fiesta, busca quien te dé asilo.
Ella asintió, feliz por haber accedido a su tétrica idea de dejar la puerta abierta, a merced de cualquiera.
Me fui antes y le advertí que llegara a las dos en punto, ni un minuto más ni un menos porque cerraría con pestillo.
Amber aseguró que iría a cenar con la hermana de Elliot, así que no debía preocuparme.
Pero eso ocasionó que mi preocupación aumentara.
Su nuevo novio no me generaba ninguna confianza.
El Barman volvió a su trabajo en la barra y yo a ser mesera, lo más ajetreado, pero tranquila de no tener que estar cuidándome de ebrios molestos o de chicos apuñalados desvaneciéndose en el suelo.
—Roger, ¿podrías ayudarme a llevar el pedido de la mesa número siete y ocho?
Es una familia completa la que vino a cenar—le pedí.
Él dejó de rebanar tomates para sostener la segunda bandeja de comida—muchas gracias.
Adquirí un equilibrio excepcional en poco tiempo para no caerme encima de los alimentos y caminar deprisa entre las mesas.
Roger colocó la bandeja justo en medio de las dos mesas que fueron juntadas para mayor capacidad y yo dejé la otra a un lado.
—Enseguida traeremos sus bebidas—dije con amabilidad.
—Gracias, Sophie—agradeció Amber.
Giré el rostro a ella y la hallé abrazada de su novio, en compañía de esas personas.
Seguramente familia de Elliot.
Como yo no tomé la orden de ellos, no me di cuenta.
—Para servirles—sonreí forzadamente, alejándome cordialmente de ahí con Roger pisándome los talones.
Más tarde, faltando veinte minutos para cerrar, comencé a limpiar las mesas vacías.
Amber, Elliot y sus acompañantes tenían tiempo de haberse marchado, dejándome diez euros de propina.
Apresuré a recoger la basura y a ir al sanitario.
Me puse el abrigo, guantes, orejeras, gorro y bufanda antes de salir del bar.
Otros a parte de mí, se quedaron a esperar a más clientela porque salían horas después.
La nieve me llegaba a la altura de las rodillas y se me dificultó avanzar por la acera.
El clima comenzaba a ponerse peor y el frío impedía disfrutarlo.
Pasé a comprarme un café expreso en una tienda de autoservicio y dirigí mi cuerpo cansado hacia el dormitorio.
Eran las once y media de la noche de un lunes.
Aun había movimiento en las calles, pero no en todas y tuve que buscar en donde las personas caminaban o pasaban en sus coches para no sentirme vulnerable.
Las cuatro calles restantes eran mi calvario.
Los negocios amaban tanto cerrar temprano y apagar sus luces, dejando un tétrico camino oscuro hasta el próximo farol de luz cercano que estaba justo en el edificio de mi dormitorio.
—Siempre pasas por este lugar desde hace un mes.
Me detuve de golpe y sentí mi piel erizarse ante esa voz rasposa que salió de la oscuridad de uno de los callejones que conectaban a esas calles tétricas.
Afiancé mi bolso a mi pecho y preparé mi delicioso café para lanzárselo al cretino si se atreví a acercarse.
No contesté a su afirmación porque era obvio que me había estado vigilando y no pretendía nada bueno.
Reanudé la marcha sin siquiera buscarlo en la penumbra.
—¿No te han enseñado a ser educada y responder cuando te hacen una pregunta?
—repuso con hostilidad y sentí sus pasos siguiéndome.
Apresuré el paso y él también—no huyas, es una falta de respeto dejar a las personas hablando.
Era mi fin.
El sujeto tal vez me violaría o mataría.
O si tenía la mala suerte suficiente, ambas cosas.
Corrí como una loca, histérica, porque la distancia del hombre era cada vez más corta y yo miraba más largo el camino a mi dormitorio.
El café me quemó la mano, pero no me importó.
De pronto, la mano de mi atacante me agarró del hombro, obligándome a parar y chillé.
Le lancé lo que quedaba de mi café a la cara y gritó enfurecido, dándome tiempo de soltarme y correr más rápido.
Resbalé varias veces por la nieve derretida, y cuando no pude más, caí de bruces hacia adelante, encima de un montículo helado de nieve sucia que se hallaba en la puerta de un taller mecánico cerrado.
Traté de incorporarme, pero en menos de un segundo, ya tenía encima de mí al maldito hombre, sometiéndome de las manos.
Y tan solo faltaba una calle para haber estado a salvo.
Mis lágrimas nublaron mi vista, dándome por vencida, sabiendo que sería violentada de la peor manera.
Quise gritar, pero me cubrió la boca con su asquerosa mano.
Cerré los ojos, aceptando mi destino.
No obstante, pasó un coche en la esquina, asustándolo y en medio de mi llanto, logré darle una patada en el pecho y arrastrarme hacia la luz del farol.
Torpemente llegué hasta ahí, pero eso no aseguraba mi seguridad.
Todavía tenía que sacar mis llaves y entrar al primer filtro que no tenía vigilancia.
Ante el nerviosismo, tiré el contenido de mi bolso y palidecí al vislumbrar que el agresor no se dio por vencido y se atrevió a seguirme hasta la entrada.
—¡Aléjate!
—le grité, enloquecida por la adrenalina y amenacé con lanzarle el estuche de mis lentes en la cabeza.
—He visto que este dormitorio le pertenece al Colegio de Artes de Camberwell y que no hay nadie que vigile la seguridad de los estudiantes—me informó.
Y por fin vi su rostro ennegrecido por la suciedad.
Era un vagabundo pervertido.
—¡Si das un paso más…!
—lo amenacé, pero el hombre cortó la distancia y me agarró de los hombros con fuerza.
—¿Acaso en esta ciudad no se puede tener un minuto de paz?
—inquirió alguien más, sobresaltándonos a ambos.
Era una voz masculina que me resultó muy familiar.
—¡Este no es tu asunto, lárgate!
—le espetó el vago al recién llegado.
—¡Ayúdame!
—grité a esa persona con la esperanza de que fuera alguien de bien, ya que no me atreví a mirarlo porque estaba acorralada contra la pared.
—Es mi asunto porque necesito entrar al dormitorio y, además, es una compañera de universidad—repuso mi salvador—así que, te doy dos opciones, asqueroso humano promiscuo—espetó—o la dejas ir y te largas, o bien, despídete de tu existencia en este momento.
De nada sirvió su advertencia porque en vez de obedecerlo, se le fue encima.
Entorné los ojos al ver como mi aparente compañero de universidad, al que no le alcancé a ver la cara por la sudadera gris que tenía puesta con la capucha sobre la cabeza, embestía al hombre con tal agilidad y velocidad sobrehumana, tirándolo al suelo y dándole un puñetazo en el pecho que dejó inmóvil al vagabundo.
Parpadeé, perpleja y di un respingo al encontrarme con la mirada de mi “salvador”.
Reconocí al instante aquellos ojos de extraña combinación de colores que vi la noche anterior en el bar antes de caer desmayado.
Ya no lucía moribundo, sino todo lo contrario.
Su mirada tenía una fiereza más concentrada, parecida a un felino hambriento.
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