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Ephemeral Darkness - Capítulo 31

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31: Capítulo 30 31: Capítulo 30 A pesar de verse extremadamente hermosa, su semblante era triste, cansado y preocupado, e incluso, en algunas partes de su piel se le notaban ligeros rasguños y moretones, como si hubiera sufrido alguna clase de daño brutal como para haber lacerado su cuerpo de una diosa poderosa.

Intentó dar un paso, pero se tambaleó y de no ser por Blackburn, habría caído de bruces al suelo.

—¡Por los dioses, Persephone!

—exclamó Black, evitando que cayera.

La cargó con facilidad en sus brazos y la depositó cuidadosamente junto a Jake.

—¿Qué pasó?

—le pregunté, angustiada y con mucho miedo de que en el sanitario alguien más la habría seguido, pero no; aunque no perdía nada en ir a cerrar la puerta.

—La marca de la chica—susurró Kore, sobresaltada en cuanto me vio acercarme—, es un mapa certero a su muerte.

—Eso lo sé y por eso le pedimos a Wood que te llamara para que nos ayudes a detener a tu estúpido esposo—gruñó Black—.

Hades está convirtiendo esto en una idea demencial y su manera de actuar es extremadamente salvaje, no tiene nada que ver con su sangre de dios del inframundo.

¿Por qué está obsesionado conmigo y con Sophie?

—Pasó a ser obsesión cuando descubrió que amabas a la chica humana—dijo Kore con incertidumbre—y debo admitir que también me sorprendió que en poco tiempo desarrollaras sentimientos por ella y viceversa.

Blackburn hizo una mueca, enseñando los dientes, a la defensiva y tragué saliva.

—Has roto toda regla del inframundo y del Olimpo, Caronte—le oímos decir a Kore con vehemencia—.

Y Hades no quiere que Zeus y Poseidón se enteren de lo que ha estado ocurriendo en el inframundo.

—Fuiste tú quien nos ofreció ese trato a ese humano y a mí—le recordó Black con la mandíbula apretada—.

No puedes echarme la culpa, tú también estás implicada y es por eso que Hades enfureció.

—Hades solo necesitaba una razón para comenzar a torturar humanos y súbditos.

—¿Entonces esto lo hiciste a propósito?

—interrumpí, deseosa de darle una bofetada a esa estúpida diosa del inframundo.

Kora me miró y negó con la cabeza, con aire sombrío.

—Yo deseaba poseer tu cuerpo—me informó con recelo—, porque solo teniendo un cuerpo humano podía disfrutar mezclarme entre la humanidad, teniendo las sensaciones reales sin ser descubierta, pero… —No creíste que me enamoraría de Caronte y él de mí, ¿verdad?

—inquirí, a la defensiva.

—No conoces la verdadera apariencia de Caronte, Sophie—bufó con tristeza.

Y percibí la tensión de Black junto a mí.

—Creo que en eso la única que debe pensarlo soy yo, ¿no lo crees?

Además, ya he hablado con Black al respecto.

—Su nombre no es Blackburn, es Caronte—me corrigió con suavidad.

—Lo sé, pero fue a petición de él de continuar llamándolo así—le informé, subiendo el tono de mi voz porque comenzaba a enfadarme de verdad.

Ella miró a Black sin comprender absolutamente nada.

—¿Puedes quitarme la marca que me hizo Kane?

—espeté, y sin esperar a que dijera algo más patético, continué hablando—y sí, ya sé que es Kratos, pero se presentó con nosotros como Kane Kelly.

Kore enarcó una ceja en mi dirección, evaluando con su mirada mi actitud desafiante y después miró a Black con suficiencia.

—Ahora veo porque enloqueciste por ella, mi querido Caronte—esbozó una sonrisa conciliadora—.

Es muy temperamental para ser un simple ser humano y sabe defenderse con las palabras sin llegar a la violencia.

Me gusta.

Y es una lástima que no pueda tener su cuerpo.

Blackburn ahogó una risa nasal y se encargó de rodear mi cintura con su brazo para mantenerme junto a él.

—Sophie Beaumont es la perfección humana personificada—le replicó con orgullo y me miró con sus hermosos ojos de colores delirantes, haciéndome ruborizar—.

Y no solo físicamente, Kore—volvió la mirada a Kore—ella es alucinante y tú me conoces, jamás me habría referido a un humano de esta manera, pero mi Cereza de Otoño es la única excepción.

Entonces Kore suspiró con mucho sentimiento y alcancé a verle los ojos llorosos detrás de aquella sonrisa amable.

—A mí me hubiera gustado conocer el verdadero amor y no ser obligada a estar con alguien por la fuerza—admitió con decepción—, y lo peor es que Hades es prácticamente mi familia.

En el Olimpo no hay distinción de sangre y eso, por lo visto, en el mundo humano, es una abominación, ¿verdad, Sophie?

—Sí.

Es de hecho, un delito.

Está prohibido mantener una relación sentimental con alguien de tu familia—le informé, sintiendo escalofríos.

Black bajó la mirada a mí, sonriendo sin separar los labios y Kore miró el techo durante un momento.

El silencio no fue incómodo, pero sí tenso.

—La marca que Kratos te hizo es imborrable y solamente él puede quitartela si así lo desea, pero está bajo las órdenes de Hades para lograr localizarte—explicó Kore después de un rato, sin apartar la vista del techo—, en lo único que puedo ayudarte es en retrasar a Kratos, es decir, camuflar tu esencia para que vaya en otra dirección en lo que logras huir con Caronte y Jake hacia un sitio seguro.

—¿Qué tienes en mente?

—interpuso Black.

—¿Qué sitio seguro?

—fruncí el ceño.

—Existe un lugar—dijo Kore por fin—que no pertenece a mi esposo, ni a Zeus, ni siquiera al orden olímpico.

Black alzó la mirada con atención.

—Un error del sistema —añadió ella—.

Uno que yo ayudé a ocultar.

—¿Dónde está?

—pregunté–.

¿Es en tu mundo mitológico?

Kore me miró directamente.

—No, Sophie, está aquí, en tu mundo.

Tragué saliva.

—¿Como un refugio?

—No—negó—.

Es un espacio suspendido.

Un lugar que el tiempo olvidó marcar.

Allí, la esencia divina se diluye, los rastros se vuelven borrosos… y ni Hades ni Kratos pueden seguirlos sin romper leyes que ni siquiera ellos se atreven a violar.

—¿En dónde se encuentra exactamente, Kore?

—la presionó Black con ansiedad.

La diosa del inframundo se incorporó lentamente hasta quedar sentada a los pies de la cama, recuperando su vitalidad, ya que los rasguños y moretones habían desaparecido de su cuerpo y lo único que le quedaron fueron las ojeras de sus ojos.

No respondió de inmediato, sino que se dedicó a observar a Jake que continuaba descansando después de verse atormentado por Black para llamarla.

—¿Y bien?

—aguijoneó Black, perdiendo la paciencia.

De pronto Kore estaba sentada en la orilla de la cama, con una pierna cruzada sobre la otra.

La luz amarillenta de la lámpara le dibujaba sombras suaves en el rostro, pero sus ojos… sus ojos no pertenecían a ese lugar.

Y como si ella así lo hubiera decidido, mi amigo despertó del descanso, desorientado y asustado al mismo tiempo, pero en cuanto vio a Kore, se estremeció y permaneció en silencio, raro en él.

—Está en Praga—dijo con naturalidad, como si hablara del clima—.

En una colina llamada Divoká Šárka.

Jake dejó escapar un suspiro nervioso.

Yo sentí que el estómago se me encogía.

—Los humanos creen que fue un observatorio astronómico—continuó—.

Abandonado, inútil, un error histórico.

Es gracioso lo que necesiten decir para dormir tranquilos.

Black no reaccionó.

Estaba de pie, inmóvil, con los brazos cruzados.

—Su verdadero nombre es El Umbral de las Horas Silenciosas.

Apoyó los codos sobre las rodillas y entrelazó los dedos.

—Fue construido en el siglo XVII por hombres que no eran magos—explicó—.

Astrónomos, relojeros, matemáticos.

Personas obsesionadas con los segundos que no encajan… con el tiempo que se equivoca.

Levantó la vista hacia mí.

—Encontraron una fisura natural.

Un punto donde el tiempo se adelgaza.

Donde Chronos no gobierna del todo.

Sentí un escalofrío recorrerme los brazos.

—¿Quién los ayudó?

—pregunté.

Kore sonrió apenas.

No fue una sonrisa amable.

—Las Horas —respondió—.

No se mostraron.

Nunca lo hacen.

Solo susurraron retrasos, errores mínimos, fórmulas incompletas.

Cada piedra fue colocada fuera de ritmo.

Cada reloj… mal calibrado a propósito.

Jake negó con la cabeza, como si quisiera despertar.

—¿Quiénes son Las Horas?

—preguntó Jake, robándome la pregunta de los labios.

Kore humedeció sus labios y se colocó el cabello detrás de las orejas, preparándose para responder a esa inquietante pregunta.

—Son deidades primordiales del tiempo ordenado, pero no del tiempo que corre, sino del tiempo que sostiene.

No son relojes.

No son segundos.

Son las que deciden cuándo algo puede ocurrir.

Jake me miró sin comprender y me encogí de hombros con el mismo semblante confundido.

—Las Horas no son diosas comunes—tradujo Blackburn, despacio—.

Ni siquiera deberían ser nombradas como tal.

Existen desde antes de que el Olimpo se organizara, antes de que Zeus creyera que gobernar significaba mandar.

Se pasó la mano por el rostro, inquieto.

—Ellas no controlan el tiempo—continuó—.

No lo miden, no lo aceleran ni lo detienen.

Eso lo hace Chronos.

Las Horas hacen algo peor… deciden cuándo algo es permitido.

Kore cerró los ojos un instante, como si esa verdad pesara demasiado.

—Son las guardianas del momento exacto —prosiguió Black—.

Del instante que no puede adelantarse ni retrasarse.

Amor, muerte, traición, castigo… nada ocurre sin que ellas lo consientan.

—¿Entonces…?

—murmuré— ¿Ellas saben todo lo que va a pasar?

—No —negó con firmeza—.

Saben cuándo puede pasar.

Y eso las vuelve intocables.

Ni Zeus las desafía directamente.

Ni Hades.

Y mucho menos yo o Kore.

Eso último me heló la sangre.

—El Umbral de las Horas Silenciosas —dijo, pronunciando el nombre con cuidado— existe porque ellas lo permitieron.

No lo crearon con manos ni magia, sino con errores.

Un segundo fuera de lugar.

Un latido mal contado.

Un espacio donde el “ahora” no termina de fijarse.

Kore abrió los ojos y asintió, dándole la razón.

—Ahí, el Olimpo no puede imponer su ley —añadió Black—.

Porque las Horas no obedecen jerarquías.

Solo ciclos.

Se volvió hacia mí entonces, y su expresión se suavizó… pero el temor seguía ahí, latente.

—Por eso ese lugar es seguro para ti, Sophie —dijo Kore en voz baja—.

Porque no pertenece del todo a ningún reino.

Y porque ellas… te han estado observando desde hace mucho más tiempo de lo que imaginas.

—¿Observarme?

—susurré.

Blackburn dudó de las palabras de Kore.

Una sola vez.

Como si decir lo siguiente fuera cruzar una línea invisible.

—Las Horas no intervienen por compasión —admitió—.

Pero cuando algo rompe el orden de una forma tan perfecta como tú y yo… guardan silencio.

Y cuando las Horas guardan silencio—concluyó—es porque han decidido dejar que ocurra.

De un segundo a otro, sentí como mis rodillas temblaban por tanta información en la que, sin que yo quisiera, ya estaba implicada hasta los huesos.

Kore se aclaró la garganta para retomar su explicación en cuanto Blackburn terminó de hablar y me abrazó con fuerza, sabiendo que esa muestra de afecto me ayudaría bastante.

—Cuando los humanos murieron —continuó Kore—, yo sellé el lugar.

No para poseerlo.

Sino para que permaneciera en silencio.

Entonces miró a Black.

—No obedece a los dioses.

No responde al poder.

Existe para detener… no para mandar.

El silencio se volvió espeso.

—Por eso lo conoces —añadió—.

Y por eso sabes que no debe abrirse sin pagar un precio.

Black exhaló lento, como si ese nombre hubiera removido algo antiguo en su pecho.

Yo lo miré entonces… y entendí que esa habitación era demasiado pequeña para las cosas que estábamos a punto de despertar.

—En resumen—objeté, con pánico—Las Horas… ¿son más poderosas que el mismismo Zeus?

Blackburn exhaló despacio, como si responder aquello le costara algo más que palabras.

—Zeus gobierna porque alguien debe hacerlo —dijo—.

Truena, castiga, impone… y aun así, siempre llega tarde.

El rayo cae después del error.

Alzó la mirada, serio.

—Las Horas no castigan —continuó—.

Ellas deciden si el error puede existir.

Kore apretó los labios.

—Zeus puede destruirte—añadió él—.

Puede borrarte del Olimpo, del mundo y del recuerdo.

Pero las Horas pueden hacer algo peor… Se inclinó un poco hacia mí.

—Pueden permitir que existas en el momento equivocado.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Un dios fuera de su tiempo —prosiguió— se vuelve irrelevante.

Un amor fuera de su hora se vuelve tragedia.

Un castigo fuera de ciclo… se vuelve eterno.

—¿Entonces Zeus les teme?

—pregunté en voz baja.

Black negó.

—No —respondió—.

Zeus finge que no existen.

Y en el Olimpo, esa es la forma más alta de miedo.

Kore intervino entonces, con un hilo de voz.

—Las Horas no se oponen a Zeus… porque oponerse implicaría reconocerlo como igual.

El silencio que siguió fue pesado.

—Ellas no quieren tronos —concluyó Black—.

No quieren templos.

No quieren culto.

Solo observan… y cuando dejan de intervenir, el universo sigue respirando.

Me miró fijamente.

—Y cuando intervienen —susurró—, ni siquiera Zeus puede reclamar justicia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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