Ephemeral Darkness - Capítulo 33
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33: Capítulo 32 33: Capítulo 32 Al anochecer, tanto Kore y yo, decidimos que cada una se quedaría vigilando a uno de ellos para que no volvieran a pelear, así que me ofrecí a llevar a Blackburn conmigo a la tienda que estaba cruzando la carretera para comprar café y algunos bocadillos para cenar y también para el largo camino a Praga.
—¿Crees que esas cosas sean sinceras?
—me animé a preguntarle cuando salimos de la calidez de la habitación.
El aire me despeinó y él me acomodó varios mechones de cabello detrás de las orejas.
—Son astutas—reconoció—, pero saben que no queremos tener problemas con ninguna, solo deseamos un refugio temporal.
—Tengo un mal presentimiento de todo esto, Black, espero estar equivocada.
Pero él me rodeó los hombros con el brazo, atrayéndome a su cuerpo y besó mi frente.
—No vas a estar sola, me tienes a mí, Cereza de Otoño, y mientras yo esté a tu lado, nada ni nadie te tocará—prometió.
De regreso al hotel, de alguna manera, no quise entrar todavía porque ansiaba estar a solas con Blackburn y cuando él estiró la mano para abrir la puerta, lo detuve.
—¿Por qué no nos quedamos un rato más aquí afuera?
—Pero hace frío y no quiero que te vayas a enfermar—, dijo con inocencia.
Sonreí.
Había pasado, al menos para mí, un buen tiempo sin haber besado sus labios y decidí que era el momento perfecto para hacerlo, ya que, después de todo, aunque fuese Caronte, el barquero del inframundo, él era mi novio y podía besarlo cuando yo quisiera.
Y eso hice.
Lo tomé de las solapas de su abrigo, sonriendo ante su expresión de confusión y liberé una de mis manos para alcanzar su cuello e inclinarlo hacia mí para poder encontrar mis labios con los suyos, tomándolo por sorpresa.
Soltó las bolsas de plástico de las compras y me tomó de la cintura, gustoso de besarme y sentir nuestros cuerpos demasiado cerca, como si no hubiera prendas de por medio.
Blackburn dejó escapar un gemido y yo jadeé por la falta de aire entre nosotros, que fue lo que nos obligó a separarnos.
Y en cuanto nos miramos, reímos como tontos, ambos ruborizados.
—¿Qué fue eso, Cereza de Otoño?
No me quejo, pero… fue extraordinario.
—Solo quiero que atesoremos este momento, ¿sí?
—lo abracé con fuerza, enterrando mi rostro en su pecho y lo sentí estremecerse y rodearme con sus brazos.
—Sí, yo también quiero eso.
Esa noche cenamos los cuatro mientras mirábamos la TV que había en la habitación.
Kore y yo dormimos en la cama a petición de ambos chicos, aunque ellos tuvieron que dejar a la suerte quien dormiría en el sofá y desde luego, Jake perdió y se resignó a dormir sobre la alfombra con una sábana y el peor cojín del sofá que Black le lanzó a la cabeza.
Al amanecer, salimos en dirección a nuestro destino.
El trayecto completo tomó casi quince horas.
Salimos de Londres de madrugada y cruzamos media Europa mientras el cielo cambiaba de color una y otra vez.
Para cuando Praga apareció ante nosotros, el cansancio ya no era humano.
El coche murió antes que el amanecer asomara por completo entre las colinas lejanas.
No fue una falla mecánica; fue una decisión.
El motor simplemente se rindió, como si entendiera que más allá de ese punto nada hecho por humanos debía avanzar.
El silencio que quedó fue espeso, antinatural, y el bosque de Divoká Šárka nos observaba con esa paciencia cruel que solo tienen los lugares antiguos.
El observatorio se alzaba entre la niebla como un recuerdo mal colocado.
No parecía en ruinas… parecía detenido.
—Aquí el tiempo no avanza —dijo Kore—.
Solo espera.
Black no respondió de inmediato.
Por primera vez desde que lo conocí, parecía incómodo.
—Este lugar… —murmuró— no me reconoce.
Yo sentí algo distinto.
Como si el aire, al verme, hubiera exhalado.
La cúpula estaba rota, los muros cubiertos de musgo y grietas que parecían venas abiertas.
Un sitio construido para mirar el cielo… y abandonado cuando el cielo devolvió la mirada.
Jake fue el primero en hablar.
Luego se calló.
De repente, Kore se detuvo abruptamente, y perdió el equilibrio, cayendo de rodillas sobre las rocas del camino.
—No puedo… —hizo una mueca de dolor—, me duele… —¿Qué sucede?
—me acerqué a ella con preocupación, pero Black me agarró del brazo.
—No la toques, esto es obra de Las Horas, tal parece que no desean la presencia de Kore en el observatorio—masculló Black con irritación.
—¡No podemos dejarla aquí!
—exclamó Jake.
—Estaré bien—consiguió decir Kore, comenzando a sudar por el dolor que solo ella sentía—, cuando puedan acceder, tal vez me permitan entrar.
Creo que necesitan hablar con ustedes y saber quiénes son… —Pero… —Jake Wood, ve con ellos, no me moveré de aquí—ordenó Kore con cansancio, sentándose en el suelo y agarrándose la cabeza.
Black tiró de mí para continuar caminando y agarré a Jake para que nos siguiera, dejando atrás a Kore a regañadientes.
Caminamos unos metros más, percibiendo algo extraño en el ambiente, pero yo fui la primera en entender.
El aire cambió.
No sopló viento, no hubo sonido, pero algo se alineó, como cuando una aguja encuentra por fin el centro de un reloj.
Y entonces las vi.
Las Horas.
No llegaron desde ningún lugar visible.
Simplemente estaban ahí, ocupando el espacio con una autoridad absoluta.
El mundo no las recibió: se les sometió.
No eran tres ni cuatro; eran las necesarias.
Su número no importaba porque funcionaban como una sola voluntad fragmentada.
Vestían túnicas translúcidas que no caían: existían en un estado suspendido, como si el concepto de gravedad no hubiera sido aprobado para ellas.
Su piel parecía esculpida en el instante exacto entre el pasado y el futuro.
No reflejaba la luz del amanecer; la devoraba.
Sus rostros eran serenos, terribles, hermosos de una forma que no buscaba agradar.
Y sus ojos… No me miraban a mí.
Me atravesaban.
Sentí recuerdos moverse dentro de mi cabeza.
Decisiones que aún no tomaba.
Versiones de mí misma respirando en lugares que jamás había visto.
Fue entonces cuando lo noté.
Blackburn.
Él bajó la cabeza.
No fue lento.
No fue teatral.
Fue inmediato, automático, como el reflejo de quien ha sobrevivido demasiadas veces.
Sus hombros estaban tensos, su mirada clavada en la piedra húmeda del suelo.
No era respeto.
Era estrategia.
Black sabía, mejor que cualquiera, que mirarlas de frente demasiado tiempo era una invitación al desastre.
No porque lo castigarían… sino porque podrían aceptarlo.
Una de las Horas dio un paso adelante.
No se movió: el espacio cedió para ella.
La voz apareció dentro de nosotros, grave, múltiple, imposible de ubicar.
—Han llegado fuera de su tiempo.
Blackburn fue el primero en responder.
No levantó la cabeza.
—Eso ya lo sabemos.
El aire vibró.
Jake contuvo el aliento.
Sentí cómo el corazón me golpeaba las costillas.
—El observatorio no es un umbral gratuito, barquero —dijeron—.
Aquí, el tiempo no avanza.
Se despoja.
Black sonrió apenas.
Una sonrisa torcida, peligrosa.
—Nada entra gratis a donde ustedes reinan —murmuró—.
Digan el precio.
El silencio que siguió fue largo.
No medido en segundos, sino en algo más profundo, más cruel.
—Dracmas —respondieron al fin—.
No para pagar la entrada, sino para pagar lo que no regresará.
Tragué saliva y di un paso al frente.
Sentí sus miradas posarse sobre mí como manos invisibles.
—¿Cuántos?
—pregunté, odiando lo firme que sonó mi tono.
Las Horas inclinaron la cabeza apenas.
El gesto fue casi… curioso.
—Uno por cada decisión que deseas conservar.
—Uno más… —Por cada verdad que aún no estás lista para perder.
Blackburn alzó la vista solo lo suficiente para mirarlas de reojo.
—Siempre tan poéticas —dijo—.
Y siempre tan letales.
—Y tú, Caronte —respondieron—, no pagarás con moneda.
El aire se volvió helado.
—Tú pagarás con memoria.
Black cerró los ojos.
Por primera vez desde que lo conocí, no parecía peligroso.
Parecía cansado.
—Entonces abran la puerta —dijo—.
Antes de que el tiempo recuerde que debería seguir corriendo.
Las Horas se separaron.
El observatorio respiró.
Y el mundo, por un instante, dejó de avanzar.
A decir verdad, Las Horas eran realmente más aterradoras de lo que Blackburn había descrito en el hotel y comprendí que era porque seguramente la que lo había enfrentado en el inframundo, había sido diferente a las que habitaban aquí.
Las Horas no se apartaron del todo.
El observatorio no se abrió.
En cambio, el suelo crujió.
No fue un temblor: fue una reconfiguración.
Las piedras antiguas comenzaron a deslizarse unas sobre otras como piezas conscientes, formando pasillos donde antes había tierra y musgo.
Muros emergieron desde la nada, altos, imposibles, cubiertos de símbolos que no reconocí pero que mi cuerpo recordaba.
Un laberinto.
Blackburn levantó la cabeza de golpe.
—No —dijo, seco—.
No ese lugar.
Las Horas hablaron al unísono: —El observatorio es un refugio.
El laberinto es el filtro.
Solo quienes saben perderse… merecen detener el tiempo.
Jake soltó una risa nerviosa.
—Por favor, díganme que no están hablando de ese laberinto.
—¿El del Minotauro?
—tragué saliva, horrorizada.
Una Hora giró el rostro hacia nosotros.
Sonrió apenas.
Fue suficiente para helarnos.
—No existe otro.
Sentí el estómago caerme a los pies.
—Esto no es una prueba de fuerza —intervine, sin saber de dónde me salía el valor—.
Es una prueba de algo peor, ¿verdad?
Las Horas asintieron.
—Es una prueba de identidad.
El laberinto no devora cuerpos.
Devora certezas.
Blackburn cerró los puños.
—El Minotauro no mata a cualquiera —dijo con voz baja—.
Mata a quienes creen que son héroes.
—Exacto —respondieron ellas—.
Por eso tú no lucharás.
Él levantó la mirada, fulminante.
—¿Qué?
—Tú no puedes guiar.
No puedes negociar.
No puedes pagar.
El silencio cayó como una sentencia.
—Aquí no eres Caronte.
Aquí… eres solo otro perdido.
El laberinto terminó de formarse.
La entrada se abrió con un gemido antiguo, como una boca cansada de esperar.
—¿Y la trampa?
—pregunté—.
Porque esto huele a trampa.
Las Horas se acercaron a mí.
Sentí el peso de mil relojes detenerse sobre mi pecho.
—El Minotauro no siempre tiene la misma forma.
A veces ruge.
A veces suplica.
A veces… tiene el rostro de lo que más temes enfrentar.
Blackburn me miró entonces.
No con miedo.
Con advertencia.
—Si lo ves —dijo—, no corras.
Y por los dioses… no intentes salvarlo.
Jake tragó saliva.
—¿Y si no salimos?
Las Horas inclinaron la cabeza.
—Entonces nunca intentaron entrar.
La entrada del laberinto comenzó a cerrarse detrás de nosotros incluso antes de que diéramos el primer paso.
—Una última cosa —dijo Blackburn, mirando a las Horas—.
¿Qué gana el Minotauro con esto?
Las Horas sonrieron.
Ahora sí, plenamente.
—Esperanza.
Cada vez que alguien entra… cree que quizá esta vez… alguien se quedará.
El pasillo nos tragó.
Y el mundo, una vez más, dejó de ser lineal.
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