Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Ephemeral Darkness - Capítulo 34

  1. Inicio
  2. Ephemeral Darkness
  3. Capítulo 34 - 34 Capítulo 33
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

34: Capítulo 33 34: Capítulo 33 El primer giro no fue violento.

Fue silencioso.

Caminábamos juntos, demasiado juntos, cuando el suelo cambió de textura bajo mis botas.

No fue un derrumbe, eso estaba claro.

El pasillo se estiró como si respirara y, en un parpadeo, Jake ya no estaba a mi lado.

—¿Jake?

—dije.

Mi voz regresó distorsionada, como si hubiese tardado siglos en volver.

Blackburn se detuvo en seco.

—No grites —ordenó—.

El laberinto responde al reconocimiento.

Si dices su nombre, te dará algo con ese nombre.

Tragué saliva.

Un muro descendió entre nosotros sin tocar el suelo, flotando apenas, cubierto de símbolos que se movían como engranajes antiguos.

Del otro lado, Jake golpeó la piedra.

—¡Oigan!

¡Esto no es gracioso!

—Nunca lo es —murmuró Blackburn.

Intenté tocar el muro.

Frío.

Vivo.

Retiré la mano de inmediato.

—¿Esto es parte de la prueba?

—pregunté.

—No —respondió él, serio—.

Esto es el inicio.

El laberinto se configuró otra vez.

Un corredor se abrió frente a mí.

Otro, a Blackburn.

No hubo tiempo para discutir.

—Sophie —dijo, cuando me llamaba por mi nombre es porque la situación era tan grave como para ser cariñoso—.

Pase lo que pase… no confíes en lo que te hable primero.

Y entonces, el muro entre nosotros se cerró.

No con violencia.

Con resignación.

Y no supe en qué momento dejé de caminar.

Mis pies seguían avanzando, pero algo dentro de mí se había quedado atrás, como si el laberinto me hubiera arrancado una parte y aún no se decidiera a devolvérmela.

El aire era espeso, no por falta de oxígeno, sino por exceso de memoria.

Cada respiración sabía a piedra vieja y a decisiones que nunca se deshicieron.

Entonces lo vi.

No apareció de golpe.

No irrumpió.

Estaba ahí desde antes, esperándome.

El Minotauro ocupaba casi todo el espacio, pero no imponía presencia.

Estaba sentado, la espalda apoyada contra el muro, los enormes brazos peludos descansando sobre las rodillas y más abajo de estas, advertí sus pezuñas manchas de lodo.

Sus cuernos no eran afilados: estaban gastados, erosionados por el tiempo, como si hubieran rozado demasiadas paredes intentando salir.

Sus ojos amarillos… Dios mío, sus ojos no eran de una bestia.

Eran los ojos de alguien que seguía esperando algo.

—No huyes —dijo, mirándome con sus penetrantes ojos amarillos—.

Eso es nuevo.

Su voz no era grave por amenaza, sino por peso.

Como si cada palabra hubiera sido pronunciada demasiadas veces antes.

Tragué saliva.

—¿Eso esperabas?

—pregunté.

Una comisura de su boca se alzó apenas.

—Espero muchas cosas.

La mayoría decepciona.

Di un paso al frente.

El suelo no tembló.

Él tampoco se movió.

—No vine a matarte —dije, sin saber de dónde me salió esa certeza.

El Minotauro inclinó la cabeza, evaluándome como cuando se evalúa una grieta en la piedra: no por su tamaño, sino por lo que deja pasar.

—Nunca vienen por eso —respondió—.

Vienen a demostrar algo.

Y el laberinto se los cobra.

Me crucé de brazos sin darme cuenta.

—¿Qué eres tú, entonces?

¿El castigo?

¿La prueba?

Él rio.

No fuerte.

No cruel.

Fue una risa cansada.

Aburrida.

—Soy lo que queda cuando el castigo se queda sin público.

Soy el guardián de los que creen que el centro del laberinto es el final.

—¿Y no lo es?

Sus ojos se oscurecieron, no de rabia, sino de conocimiento.

—El centro es donde te despojan—dijo—.

No donde te salvan.

El silencio cayó entre nosotros como una sentencia.

—¿Cuántos han pasado por aquí?

—pregunté.

—Todos los que creían ser especiales —respondió—.

Y algunos que solo querían regresar a casa.

Mi pecho se apretó.

—¿Y tú?

—me atreví—.

¿Qué perdiste?

Por primera vez, el Minotauro apartó la mirada.

—Mi nombre —dijo—.

Eso es lo primero que te quitan cuando decides quedarte.

Sentí un nudo en la garganta.

—Yo no quiero perder nada —susurré.

Volvió a mirarme.

Esta vez, con algo parecido a compasión.

—Ya perdiste —dijo—.

Si no, no estarías aquí.

Pensé en Blackburn.

En su silencio y en la forma en que el poder lo rodeaba como una condena y no como un privilegio.

—Me enamoré de alguien que no debería existir—admití.

El Minotauro cerró los ojos un instante.

—Ah —murmuró—.

Entonces ya sabes por qué el laberinto te dejó llegar tan lejos.

—¿Por qué?

Se puso de pie.

Ahora sí, el suelo vibró.

No por amenaza, sino por verdad.

—Porque amas algo que no puede quedarse —dijo—.

Y aun así, no retrocedes.

Caminó hacia mí.

Cada paso era medido, contenido.

Se detuvo a una distancia respetuosa.

—Dime, Sophie Beaumont —pronunció mi nombre completo, y supe que ahí nada era casual—.

¿Qué estás dispuesta a perder para seguir adelante?

Sentí que el laberinto entero contenía el aliento.

Pensé en mi vida.

En el miedo.

En el futuro que nunca sería simple ni sencillo.

—Mi certeza—respondí—.

Quiero seguir, aunque no sepa en qué me estoy convirtiendo.

El Minotauro asintió lentamente.

—Esa respuesta… —dijo, impresionado— es la que nunca dan los héroes.

Extendió una mano enorme hacia el muro detrás de él.

La piedra se abrió como si siempre hubiera estado esperando esa orden.

—Ve —dijo—.

Y dile al barquero que el monstruo no lo odia.

Lo miré, confundida.

—¿Lo conoces?

Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.

—Somos lo mismo —respondió—.

Criaturas hechas para custodiar límites que nadie agradece.

Di un paso hacia el pasaje, pero me detuve.

—¿Y tú?

—pregunté—.

¿Te quedarás aquí para siempre?

El Minotauro volvió a sentarse.

—Hasta que el laberinto decida que alguien más debe aprender a quedarse.

Cuando crucé el umbral, sentí algo desprenderse de mí.

No dolor.

No miedo.

Una versión más ingenua de quien creí ser.

Y supe, con una claridad que dolía, que ya no había vuelta atrás.

Salí del pasaje con la respiración irregular y las manos frías.

El aire del exterior no era más ligero, solo distinto.

Como si el laberinto me hubiera cambiado los pulmones y ahora el mundo no supiera cómo llenarlos.

El observatorio se alzaba frente a mí, enorme, abandonado, con la cúpula rota apuntando a un cielo que no reconocía constelaciones.

Blackburn estaba de pie a unos metros.

No se movió cuando me vio.

No corrió hacia mí.

Solo me miró.

Y en su mirada entendí que sabía.

—Entraste en la guarida de él—dijo en voz baja.

No sonaba aliviado.

Sonaba… resignado.

—Sí —respondí—.

Y salí.

Sus ojos descendieron lentamente, como si buscara algo en mí que ya no estaba donde lo había dejado.

Sentí un escalofrío recorrerme el brazo derecho, justo donde la marca ardía bajo la piel.

—No saliste completa —murmuró.

—¿Cómo lo sabes?

Black apretó la mandíbula.

Por primera vez desde que lo conocí, parecía incómodo con una verdad.

—Porque el Minotauro nunca deja ir a nadie sin quedarse con algo —dijo—.

Es el precio de cruzar el centro.

Jake apareció detrás de mí, pálido, respirando como si acabara de huir de sí mismo.

No preguntó nada.

Nos miró a los dos y entendió que ese no era el momento.

—¿Qué es lo que se quedó?

—pregunté.

Blackburn tardó en responder.

—Tu versión intacta —dijo finalmente—.

La que aún creía que podía amar sin consecuencias.

Sentí un vacío extraño en el pecho.

No dolor.

Ausencia.

—Lo conocías —dije—.

Al Minotauro.

Black levantó la vista hacia el observatorio, pero no lo estaba mirando a él.

Miraba más allá.

Mucho más atrás.

—Antes de ser barquero —comenzó—, antes de la barca, antes del río… yo también fui un guardián atrapado en un límite.

Lo miré sin atreverme a interrumpir.

—Él se quedó para que yo pudiera irme —continuó—.

Alguien tenía que custodiar lo que los dioses no querían vigilar.

—¿Te odia?

—pregunté.

Una sombra de tristeza cruzó su rostro.

—No —respondió—.

Eso es lo peor.

El silencio se extendió entre nosotros, pesado.

—Cuando salí del laberinto —dije despacio—, me pidió que te dijera algo.

Black cerró los ojos un instante.

—¿Qué?

—Que el monstruo no te odia.

Su respiración se quebró apenas perceptiblemente.

Un gesto mínimo, humano, que no debía existir en alguien como él.

—Entonces sigue ahí —susurró—.

Esperando.

Me acerqué un paso.

—Black… —dudé—.

Algo se quedó conmigo.

Lo siento.

Él me miró con atención renovada.

—¿Qué sientes?

Busqué las palabras.

—Como si una parte de mí ya no perteneciera al tiempo —dije—.

Como si… aunque siga viva, algo en mí ya hubiera aprendido a quedarse.

Sus ojos se oscurecieron.

—Eso no es el laberinto —dijo—.

Eso soy yo.

Sentí el peso de esas palabras caer sobre mí con una claridad devastadora.

—El Minotauro no te quitó nada —continuó—.

Solo te mostró qué parte de ti estaba dispuesta a quedarse en los márgenes.

El observatorio crujió suavemente, como si escuchara.

—Y ahora —añadió—, esa parte responde a mí.

Miré la marca en mi brazo.

No ardía.

Pulsaba.

—¿Eso significa que ya no puedo volver a ser quién era?

Blackburn se acercó hasta quedar frente a mí.

No me tocó.

—Significa —dijo con voz grave—que el mundo ya no podrá fingir que no te pertenece lo que camina entre la vida y la muerte.

Levantó la mirada hacia la entrada del observatorio.

—Y que, a partir de hoy, las Horas sabrán que dejé pasar a alguien que no debía.

Jake tragó saliva detrás de nosotros.

—¿Eso es malo?

—preguntó.

Black no respondió de inmediato.

—Eso —dijo al fin— es una declaración de guerra.

Y entonces lo entendí.

No solo había salido del laberinto.

Había cruzado un límite del que nadie vuelve sin ser reclamado.

El aire cambió otra vez, más asfixiante y crudo.

No fue un viento ni un sonido.

Fue algo peor: una corrección.

Como si el mundo se hubiera dado cuenta de que algo estaba fuera de lugar… y decidiera mirarnos directamente.

Las Horas aparecieron sin aparecer.

Un segundo no estaban, y al siguiente el espacio ya les pertenecía.

No caminaban.

No flotaban.

Simplemente ocupaban el sitio donde antes había vacío.

Sentí la presión en el pecho antes de verlas por completo.

Tres figuras altas, envueltas en telas que no parecían tela sino tiempo plegado sobre sí mismo.

Sus rostros no eran jóvenes ni viejos; eran inevitables.

Como el momento exacto en el que sabes que algo va a ocurrir y no puedes detenerlo.

Blackburn bajó la cabeza.

No fue una reverencia.

Fue un acto reflejo.

Su cuerpo sabía algo que mi mente aún no terminaba de comprender: mirarlas de frente demasiado tiempo podía matarlo.

Yo no bajé la mirada.

No por valentía.

Por error y estupidez.

Y ellas lo notaron.

—La humana cruzó el centro —dijo una de ellas.

Su voz no venía de su boca.

Venía de mi memoria, como si siempre hubiera estado ahí.

—Y regresó —añadió otra—.

Eso no estaba previsto.

Sentí la mano de Black cerrarse con fuerza alrededor de mi muñeca.

—No hables —susurró—.

No pienses en responderles.

La tercera Hora inclinó apenas la cabeza hacia mí.

No sonrió, pero el gesto fue casi… curioso.

—No está vacía —dijo—.

El laberinto no la devolvió intacta.

Un estremecimiento recorrió el suelo bajo nuestros pies.

El observatorio crujió, protestando, como si no quisiera ser testigo de lo que estaba por decidirse.

—¿La marcaste?

—preguntó una Hora a Blackburn.

Black apretó los dientes.

—No —respondió—.

La protegí.

—Mentira incompleta —corrigió otra—.

La amaste.

Sentí cómo la palabra caía sobre él como una condena.

—Eso no te corresponde —gruñó Black sin alzar la cabeza—.

Aun la amo y la amaré por toda la eternidad, aunque todo el universo esté en contra.

—Todo lo que rompe el orden nos corresponde —respondieron al unísono.

Mi marca ardió.

No como dolor.

Como reconocimiento.

—Ella ya no pertenece del todo al flujo —continuaron—.

Puede permanecer donde el tiempo no existe… o arrastrar el tiempo consigo.

—No la tocarán —dijo Black con una firmeza que me heló la sangre—.

El trato fue claro.

El refugio es neutral.

Las Horas guardaron silencio.

Ese silencio fue peor que cualquier amenaza.

—El Umbral de las Horas Silenciosas no fue creado para ocultar amantes —dijo una—.

Fue creado para contener catástrofes.

Entonces la verdad llegó a mi cabeza como un latigazo.

—Yo no soy el problema —dije, antes de poder detenerme—.

Soy la consecuencia.

Las Horas me miraron por primera vez de verdad.

—La humana comprende —dijeron—.

Eso lo vuelve más grave.

Black levantó la cabeza apenas un poco, lo suficiente para mirarme de reojo.

—Sophie… —susurró—.

No ofrezcas nada.

—Ya lo tomaron —respondí sin apartar la vista de ellas.

Sentí algo moverse dentro de mí.

No un poder.

Un ancla.

—¿Qué quieren?

—pregunté.

Las Horas no respondieron de inmediato.

El mundo pareció contener la respiración.

—Una elección —dijeron al fin—.

Porque lo que cruzó el laberinto no puede entrar aquí sin dejar algo atrás.

—No —gruñó Black—.

No volverán a ponerla a prueba.

—No es una prueba —corrigieron—.

Es una definición.

Me solté suavemente de la mano de Black.

—¿Qué tipo de elección?

—pregunté.

Las Horas se acercaron un paso.

El aire se volvió denso, casi inmóvil.

—Si entras —dijeron—, el refugio te reconocerá, pero dejarás de pertenecer al mundo humano por completo.

Sentí un vértigo extraño.

No miedo.

Claridad.

—¿Y si no entro?

—Entonces el tiempo te reclamará —respondieron—.

Y aquellos que te aman sufrirán las consecuencias.

Black dio un paso al frente.

—Yo cargaré con eso.

Una Hora lo miró.

—Ya lo haces.

Mi corazón latía con una calma antinatural.

—¿Esto es lo que el Minotauro quiso decir?

—murmuré—.

¿Que no me quitó nada… solo me preparó?

Las Horas inclinaron la cabeza al mismo tiempo.

—El guardián del centro no destruye —dijeron—.

Revela.

Miré el observatorio.

El refugio.

El límite.

Miré a Jake, temblando, pero vivo.

Y miré a Blackburn.

No al barquero.

No al dios menor.

Al ser que había bajado la cabeza no por obediencia… sino porque sabía lo que estaba en juego.

—Si entro —dije—, ¿en qué me convierto?

Las Horas respondieron sin emoción.

—En algo que los dioses no podrán nombrar.

Y eso… es lo que más temen.

El silencio volvió a caer.

Y supe, con una certeza que me quemó la sangre, que esta elección no era solo mía.

Era el principio del final.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo