Ephemeral Darkness - Capítulo 35
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35: Capítulo 34 35: Capítulo 34 No hubo una puerta.
No hubo un umbral visible.
Solo una sensación extraña en el pecho, como cuando contienes el aire demasiado tiempo y tu cuerpo olvida cómo respirar.
El suelo bajo mis pies dejó de sentirse sólido.
No se volvió blando.
Simplemente… dejó de existir.
El mundo no se rompió.
Se desordenó.
Los sonidos se estiraron, como si alguien los jalara desde extremos opuestos.
El latido de mi corazón sonaba lejano, ajeno, como si perteneciera a otra persona.
Vi luz.
Pero no venía de ningún sitio.
Vi oscuridad.
Pero no me envolvía.
Era un espacio donde ambas cosas coexistían sin tocarse.
Sentí que algo me atravesaba.
No una mano.
No una garra.
Algo más antiguo: una mirada.
No me juzgó.
No me interrogó.
Me leyó.
Sentí cómo algo se desprendía de mí sin arrancarse.
Como si una capa invisible se deslizara fuera de mi piel.
Mi tiempo.
Mi derecho a ser arrastrada por él.
No dolió.
Pero tampoco fue amable.
Estuve segura, absoluta, irrevocable, de que, si intentaba volver atrás, no encontraría el camino.
Entonces ocurrió lo peor.
Entendí.
Entendí que no estaba siendo castigada.
Ni bendecida.
Estaba siendo reclasificada.
No hubo palabras.
Solo una presión suave, constante, como manos que me acomodaban en un lugar nuevo del mundo.
Y después… El peso regresó.
El suelo volvió a existir.
El aire volvió a entrar en mis pulmones de golpe, haciéndome jadear.
Caí de rodillas.
Mis manos tocaron algo frío, sólido.
Escuché una respiración agitada detrás de mí.
—Sophie… —dijo alguien, con voz tensa.
Era Jake.
Mi mejor amigo.
¿Dónde estaba Blackburn?
Y las Horas… Estaban ahí.
No habían cruzado conmigo.
Siempre habían estado ahí.
Sentí la piel erizarse incluso antes de que hablaran.
El silencio que dejaron no fue un silencio común.
No era ausencia de sonido.
Era una pausa deliberada, como si el mundo mismo contuviera el aliento para no llamar su atención.
Sentí la presión en el pecho antes de comprenderla.
No era miedo.
Era la verdad de que algo ya había sido decidido… sin pedirme permiso.
Una de ellas dio un paso al frente.
No sabría decir cuál.
Nunca logré distinguirlas del todo.
—Ella ha cruzado —dijo, y su voz no resonó en la estancia, sino dentro de mí—.
No como huésped.
No como prisionera.
Cruzó como quien observa lo que no debía ser observado.
Tragué saliva.
—¿Eso qué significa?
—pregunté, aunque una parte de mí ya intuía la respuesta.
Las Horas no me miraron con compasión.
Tampoco con crueldad.
Me observaron como se observa un fenómeno irrepetible.
—El tiempo ya no puede reclamarla del todo —continuaron—.
No la detendremos.
No la protegeremos.
No la reclamaremos.
Mi piel se erizó, asustada.
—Pero cuando muera… —susurré— ¿qué pasará conmigo?
La respuesta fue inmediata.
—No vagarás.
No serás arrastrada.
No serás llamada por error.
Entonces, sentí algo distinto.
No alivio.
No esperanza.
Dirección.
—Él sabrá dónde encontrarte.
No dijeron su nombre.
No fue necesario.
Giré el rostro hacia Blackburn Varkáris.
Y lo vi.
Su postura no era la de un dios frente a entidades antiguas.
Era la de alguien que sabía que, si decía una palabra fuera de lugar, dejaría de existir.
Las Horas dieron un paso atrás, haciendo que la neblina que había estado rodeándonos se disipara un poco para que Kore pudiera acercarse, ya que le fue imposible acompañarnos y todo se debía a que ella conocía muy bien las trampas y artimañas de esos seres escalofriantes y nos habría ayudado a burlarlas.
El aire volvió a sentirse respirable, pero nada volvió a ser normal.
Jake fue el primero en romper el silencio.
—Entonces… —dijo con voz tensa— ¿qué es Sophie ahora?
Nadie respondió de inmediato.
Ni Kore, que apenas se había acercado con dificultad.
Ni las Horas.
Ni yo y era porque no tenía ni la menor idea de que lo me habían hecho.
Fue Blackburn quien habló.
Levantó el rostro lentamente, como si cargar con esas palabras pesara más que cualquier guadaña.
Sus ojos ya no tenían rastro de burla.
Ni de ironía.
Ni siquiera de ternura.
Solo verdad.
—No es inmortal—afirmó.
Jake frunció el ceño.
—¿Entonces…?
—No es una diosa.
Sentí su mano cerrarse alrededor de la mía, con fuerza.
No para protegerme, sino para anclarse.
—Ahora es algo mucho peor para los dioses —continuó, con la voz baja, firme— es alguien que nadie podrá controlar jamás, ni para bien ni para mal.
El silencio que siguió fue distinto.
No impuesto.
No sagrado.
Era el silencio de quien comprende que acaba de presenciar el nacimiento de una anomalía.
Y supe, con una claridad que me heló la sangre, que el amor de Caronte por mí ya no era solo una herejía.
Era una amenaza.
—El cruce se ha completado —dijo una de ellas—.
La humana ya no pertenece al flujo ordinario.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, pero no miedo.
—Entonces —intervino Jake con la voz tensa—, ¿nos van a ayudar o no?
El silencio que siguió fue deliberado.
Cruel, incluso.
—El Umbral no es un santuario —respondieron—.
Es un intervalo.
—No pedimos permanencia —dijo Black al fin, con voz baja—.
Solo tiempo.
Lo suficiente para que Hades pierda el rastro… o se equivoque al seguirlo.
Las Horas parecieron considerar aquello.
—El rastro ya se ha distorsionado —dijeron—.
No por ti, Caronte… sino por ella.
Sentí que todas las miradas invisibles se centraban en mí.
—Sophie Beaumont —continuaron—, al cruzar, te convertiste también en un punto ciego.
Donde tú estés, los designios se confunden.
Jake frunció el ceño.
—¿Eso es bueno… o malo?
—Para los dioses —respondieron—, es intolerable.
El observatorio vibró apenas, como si hubiera aprobado la respuesta.
—Por esa razón —prosiguieron—, sí.
Mi corazón dio un salto.
—Se les permitirá refugiarse aquí —dijeron—.
Temporalmente.
Black levantó la mirada por primera vez con ilusión.
—¿Bajo qué condiciones?
—preguntó Kore antes de que él abriera la boca, sabiendo que siempre las había.
Las Horas no se apresuraron.
—Mientras permanezcan en este lugar, Hades no podrá localizarlos.
Kratos no podrá cruzar.
Y ningún dios olímpico podrá intervenir directamente.
Jake soltó el aire que estaba conteniendo.
Yo, en cambio, sentí un nudo en el estómago.
—Pero —añadieron—, el tiempo aquí no les pertenece.
El frío se intensificó.
—Cada día que permanezcan en el Umbral —continuaron—, el mundo exterior avanzará sin ustedes.
No sabrán cuánto… ni qué perderán.
Miré a Black.
Él me observaba con una mezcla de orgullo y preocupación que me partió el alma.
—¿Y yo?
—pregunté—.
¿Qué pasa conmigo si nos quedamos?
Las Horas se inclinaron levemente.
—Tú ya pagaste el precio de entrada —dijeron—.
Este lugar no te dañará… pero tampoco te devolverá lo que eras.
Silencio.
Largo.
Pesado.
Black dio un paso a mi lado y apoyó su mano en la mía.
—Nos quedamos —dijo sin dudar—.
Si ese es el único modo de mantenerla a salvo.
Jake asintió lentamente.
—Sí —añadió—.
Aunque no me guste… nos quedamos.
—Por fin estaré un buen rato lejos del radar de mi esposo—canturreó Kore, emocionada.
Las Horas no sonrieron.
Pero el observatorio respondió.
El domo se cerró un poco más.
La luz se estabilizó.
El viento cesó.
—Entonces —concluyeron—, el Umbral de las Horas Silenciosas los reconoce como huéspedes.
Y supe que no nos habían dado una victoria.
Nos habían dado una tregua.
Una peligrosa.
Una que, tarde o temprano, alguien iba a romper.
Había aceptado mantenerme resguardada en ese lugar, a sabiendas que en el mundo exterior las personas que amaban iban a envejecer de manera natural, mientras que yo no, yo permanecería con la misma edad y apariencia, pero si me negaba a estar en ese refugio temporal, corría un peligro de muerte con Hades y Kratos detrás de mí.
Enseguida el observatorio que estaba en ruinas cobró vida.
La niebla, el polvo, la humedad y la suciedad fue sustituida por una limpieza perfecta, haciendo que aquel sitio fuera completamente funcional en todos los sentidos, como si segundos atrás, solo hubiese sido un sueño.
A mi lado, Blackburn buscó mi mano y la afianzó con la suya para no perderme de vista.
Tenía la mirada a la defensiva y tanto Jake y Kore, se habían aventurado a correr a una enorme mesa con un banquete exquisito servido, especialmente para nosotros porque había exactamente cuatro platos, y cuatro sillas, esperándonos.
—Lamento que hayas sacrificado el tiempo con tu familia—le oí susurrar a Black con tristeza.
Sus palabras provocaron que se me formara un nudo en la garganta y tuve que parpadear para alejar las lágrimas.
—Ellos están bien—le aseguré, pero fue más para mí misma que para él—, de alguna manera van a olvidarse de mí o mi hermano hará que mi ausencia no duela tanto.
Black acarició mi mejilla con ternura y yo cerré los ojos unos segundos.
—¿En serio soy tan importante para ti, Sophie?
Abrí los ojos y fruncí el ceño, encontrándome con su mirada triste.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Has accedido a todo con tal de no separarte de mí y evitar que nos castiguen por haber desafiado a los dioses, y eso nadie nunca lo había hecho, y mucho menos por mí—explicó, suplicante—.
Por eso Las Horas hicieron hasta lo impensable porque deseaban que te negaras en algún momento y castigarme.
Entonces, para que a Blackburn le quedara muy claro mis sentimientos hacia él, lo tomé de las mejillas con firmeza y le di un beso en los labios.
—Yo, Sophie Beaumont—susurré sobre sus labios—, te amo como jamás creí llegar amar a alguien en toda mi existencia, y no pienso dejarte ir tan fácilmente—sentí su sonrisa en mis labios y el estremecimiento de su cuerpo—.
Y el que seas Caronte, el gran barquero del inframundo, no es ningún obstáculo para mí.
Sea cual sea la apariencia que tengas, mis sentimientos por ti no van a cambiar nunca.
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