Ephemeral Darkness - Capítulo 5
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5: Capítulo 4 5: Capítulo 4 Y a continuación, observé como se echaba al hombro con facilidad al hombre que había noqueado.
—Espera, ¿A dónde lo llevas?
¿No se supone que estás herido de muerte?
—hablé atropelladamente y él me envió una mirada desdeñosa antes de darse media vuelta y caminar en dirección opuesta al dormitorio.
—No sé quién infiernos eres y tampoco me interesa saberlo, me conformo con que agradezcas que salvé tu mediocre vida y te alejes de mí—replicó con hostilidad sin detenerse y me vi obligada a seguirlo.
Su voz fue más dura y varonil que la noche anterior.
—Soy la chica que te regresó al hospital ayer cuando llegaste al bar pidiendo leche con chocolate en vez de una bebida alcohólica—aguijoneé.
Él se detuvo abruptamente y yo retrocedí.
—Ah, la mesera—dijo con simpleza y continuó caminando.
—¿Cargar al vagabundo no te lastimará la herida de tu pecho?
—quise saber.
Sabía que me había vuelto loca, pero me atraía muchísimo ir tras él y sacarle conversación.
—No.
Este cuerpo ya se curó por completo—respondió mecánicamente.
Era extraño incluso en su forma de expresarse, volviéndolo más exótico—ayer fue un sangrado normal por haberme levantado de forma brusca.
—Tú no estás en el dormitorio, de serlo, yo te conocería.
—Vine a buscar a una persona y no estaba, así que… —guardó silencio y gruñó, dándose cuenta de que me estaba dando fe y razón de sus actos—no tengo por qué explicarte nada, fémina chismosa.
Solo dame las malditas gracias y aléjate de mí.
—Gracias—añadí, esbozando una sonrisa—pero no puedo dejar que te vayas así sin más, cargando al hombre inconsciente.
Déjalo a por ahí, después cobrará la conciencia.
—¿Quién dice que está inconsciente?
—me miró a través del rabillo del ojo y por encima del hombro.
No percibí vacilación en sus palabras y me di cuenta de que aún no tenía puesto su piercing en su labio derecho.
—Si lo asesinaste, irás a prisión—susurré.
El pánico estaba a nada de desatarse en mi cabeza.
—Iremos a prisión—me corrigió—porque lo hice para salvar tu honor.
Sin miramientos, el vagabundo gimió de dolor sobre su espalda, volviendo a la realidad.
Mi corazón se estremeció porque todo había sido un mal chiste contado por ese rubio checo de ojos preciosos y mal encarado.
—Lamentablemente tengo prohibido infligir un daño irreversible en este lugar—me confió, abatido y lanzó al hombre a un cubo de basura al inicio de un callejón oscuro—y el límite de mis habilidades es noquear con la fuerza permitida para no hacerlo pedazos.
—En cualquier parte del mundo es ilegal asesinar a alguien.
—Infortunadamente—siseó con decepción.
—¿Quieres un poco de café caliente?
Ya es muy tarde para que regreses solo a casa—la verdad es que me sorprendí invitándolo al dormitorio.
Era la primera vez que mi boca se adelantaba a mi cerebro.
Sin embargo, yo esperaba algún rechazo de su parte, más no aquel gesto que me dejó desconcertada.
Esbozó una suave sonrisa torcida y negó con la cabeza, haciendo que la capucha de su sudadera se le bajara hacia atrás, dejando al aire libre su cabello perfectamente rubio y algo despeinado.
—El café es uno de los mejores manjares que pudieron haber inventado los humanos—dijo—y no puedo negarme a degustar esa delicia—enmudecida, asentí—pero yo no te conozco—se puso serio—no sé quién infiernos eres ni tú sabes quién soy yo.
Deberías reflexionar sobre el tipo de individuos que invitas a tu dormitorio.
No está bien visto que una dama meta varones al sitio donde duerme sin conocerlos.
—Yo sé quién eres—comencé a caminar en dirección al edificio y él involuntariamente me siguió, con el ceño fruncido.
—Si eso fuera verdad, yo también sabría tu nombre.
—Eres Blackburn Reznik Varkáris Müllerová, nacido el 7 de octubre del 2002 en Praga, República Checa, nacionalidad británica y checa—recité de memoria lo que leí en su identificación.
—Debe parecerte atractivo este cuerpo para haberte aprendido con lujo de detalles su información personal—dedujo, señalándose.
En su rostro no había incomodidad ni rechazo hacia a mí, solo sorpresa.
Ruborizada, negué con la cabeza.
—Tengo retentiva.
De hecho, hoy en la tarde fui a entregar tu billetera al hospital porque la dejaste en el bar anoche.
Tu hermana fue quien la recibió.
—Esa mocosa es un caso perdido, es un milagro que sigas con vida después de hablar con ella—resopló.
Seguramente el pobre chico no soportaba la mezquindad de esa adolescente.
Llegamos a la entrada del dormitorio y él me ayudó a recoger mis pertenencias que quedaron tiradas en la escalera cuando intenté sacar las llaves.
Entramos y subimos dos plantas en el ascensor.
Al llegar a la habitación, Blackburn escudriñó a su alrededor y fue directamente a mi escritorio a echar un vistazo.
Cerré la puerta rápidamente y vi que era pasada la media noche.
Guardé mi abrigo y el resto de los accesorios de frío para poder preparar café en la cafetera que tuve que mandar a reparar la semana pasada.
—¿Cuándo tendré el placer de saber tu nombre?
—le escuché preguntar mientras yo buscaba las mejores tazas.
—Sophie Beaumont—respondí.
—Un gusto Sophie Beaumont, yo me llamo Blackburn Varkáris, pero eso, lógicamente, ya lo sabías—carraspeó, husmeando en una revista de fotografías sorprendentes del mundo—y supongo que eres de la carrera de Fotografía, ¿no?
—Exactamente, ¿y tú?
—Algo me dice que ya lo sabes, pero fingiré que no—humedeció sus labios sin despegar sus extraños ojos de la revista—voy en la carrea de Escultura, tercer semestre.
—¿Es complicada tu carrera?
—le saqué conversación para que no muriera la chispa.
—En absoluto.
Es cuestión de enfocarse y saber cómo manejar tus manos para crear obras de arte, similar a la fotografía, en donde tienes que encontrar el ángulo perfecto de alguna cosa o panorama.
—He fotografiado lo más bello de Camberwell y de Snowshill, de donde soy originaria y quiero buscar más sitios perfectos para fotografías de calidad.
Estoy pensando ir a Londres en verano.
—En Praga encontrarás lo que necesitas—sentenció—a cada dirección que vayas, hay material para tu pasión artística.
—Eres de República Checa, ¿verdad?
—Nací allá, me mudé aquí cuando tenía seis años, más o menos—se encogió de hombros—pero mi memoria aún recuerda el paisaje.
Serví el café en las tazas y me acerqué a darle la suya.
Él la recibió gustoso y yo tomé asiento al borde de mi cama, observándolo sin ningún tipo de disimulo.
Honestamente él parecía una obra de arte al que no podías dejar de mirar de tan espectacular que era.
Tenía leves pecas en las mejillas y la nariz, y las mejillas levemente sonrosadas por el frío.
Sus ojos, a los que no podía definir un color en específico, miraban a todas partes, excepto a mí.
—¿Con quién compartes este sitio?
—preguntó, cortando el silencio.
—Con Amber Wright, ¿la ubicas?
—¿No es una chica rubia de cabello rizado y ojos azules que le encanta participar en orgías en las fiestas del instituto?
—preguntó con cierta repugnancia.
Quería defenderla, pero su reputación ya era bien sabida por todo el colegio.
—Sí, ella.
—Tengo entendido que suele meter varones aquí—arrugó la nariz y me miró a los ojos— ¿no has tenido problemas con ello?
—Al principio sí—me acomodé el cabello detrás de las orejas—pero después le ordené que ya no lo hiciera más, y ahora ella me obliga a dejar sin pestillo la puerta porque se le perdió su llave y no quiere “molestarme” al volver de su festejo.
—Cambia de compañera de dormitorio—sentenció con irritación—que alguien más se haga cargo de la promiscuidad de esa pobre infeliz fémina.
—Te expresas muy extraño—fruncí el ceño, dándole un sorbo al café.
—¿Prefieres que me refiera a ella como los demás la llaman en el instituto?
—ladeó la cabeza, desafiándome.
—Porque estoy siendo considerado al no repetir esas obscenidades.
—La verdad con solo su nombre está bien.
Al cabo de cinco minutos de volver a quedarnos en silencio, fui yo la que habló para evitar que él se marchara pronto.
—Jamás te había visto en el colegio—dije—hasta hace apenas un mes que te hirieron supe de tu existencia.
—Ya somos dos—se encogió de hombros—me mantuve con un perfil bajo para no llamar la atención.
—¿Cómo lograste sobrevivir?
Es decir, dicen que te apuñalaron en el corazón y creo que en el estómago también y que habías muerto, pero milagrosamente volviste.
Aquello lo incomodó.
Vi que sus orejas enrojecieron y sus movimientos se hicieron torpes y nerviosos.
Ya no había nada de seguridad en él.
—Un regalo de los dioses, supongo—contestó—o como los religiosos le llaman: un milagro divino.
—¿Puedo saber qué te pasó?
—Salvé a mi madre de ser abusada sexualmente por unos pandilleros—repuso con tranquilidad—elegí defenderla y me incrustaron una navaja oxidada en el pecho muchas veces y parte del estómago hasta dejarme inconsciente.
No recuerdo qué pasó después.
Desperté a las dos semanas en el hospital.
Me estremecí.
Un acto de valentía.
¡Fantástico!
—Pues anoche casi te abres la herida por haberte escapado del hospital.
—Vivir en ese tedioso lugar es peor que estar muerto, además, en esta semana iba a ser dado de alta, así que decidí apresurarlo.
—¿Qué?
¿Entonces otra vez te escapaste del hospital?
—me impacienté.
—Relájate, ingenua dama—eludió—me quedaré esta noche aquí contigo, si no te molesta, claro.
—¿Por qué?
—entorné los ojos.
—Porque tu café es estupendo.
Lo hiciste en el punto exacto de sus ingredientes y porque tengo pereza de regresar al hospital para que vuelvan a darme otra semana encerrado allí.
—¿Qué hay de tu herida?
—Está perfectamente bien, ¿ves?
—y sin previo aviso, se levantó la sudadera gris, que tenía estampada en el pecho una pequeña bandera de Estados Unidos, junto con su playera blanca y quedé hipnotizada con su magnífico cuerpo.
Le presté atención brevemente a uno de sus tatuajes que abarcaba todo su costado derecho: era un barco tenebroso siendo dirigido por la muerte encapuchada, mostrando su mano esquelética sosteniendo el remo.
Perturbada, aparté la vista porque anoche apenas y vi que tenía tatuajes, pero no me tomé la molestia de verlo con más claridad.
Al lado opuesto, en su costado izquierdo, vi las numerosas cicatrices hechas por una navaja.
Estaba enrojecido, señal de que el esfuerzo que hizo con el vagabundo fue letal.
—Deberías ponerte una gasa encima para evitar que las cicatrices rocen con tu ropa—dije, haciendo una mueca.
—Es innecesario—objetó.
—Insisto.
—Haz lo que quieras, pero me voy a recostar en esta cama—se tumbó sobre las sábanas desordenadas de Amber en lo que yo buscaba gasas en el pequeño botiquín de primeros auxilios en el baño.
—Le harás compañía a Amber cuando vuelva en un rato—bromeé, estando de vuelta.
Él me miró como si me fuera a crecer una segunda cabeza—la cama es de ella.
De un salto, se puso en pie, asqueado.
—He decidido irme al hospital antes de dormir en esa cama y contagiarme de herpes u otra ETS.
Puse los ojos en blanco y lo llamé a sentarse otra vez en mi silla frente al escritorio para ponerle la gasa.
Él accedió sin protestar, quitándose por completo la sudadera y playera para que yo no tuviera problema alguno.
Su piel era extremadamente blanca, las venas de sus brazos sobresalían perfectamente y pequeños tatuajes de personajes de Studio Ghibli adornaban también sus extremidades.
Era curioso porque no contrastaba con el tatuaje de la muerte navegando en un pequeño barco que tenía plasmada en la mitad de su pecho del lado derecho.
Limpié las cicatrices con un algodón bañado en alcohol y después coloqué con manos temblorosas la gasa, sujetándola con tela adhesiva especial.
—¿Te duele?
—pregunté.
—No.
—Me gustan tus tatuajes de los brazos… Estuve contemplando unos segundos más sus tatuajes, cuando de repente, la puerta del dormitorio se abrió y salté del susto.
Blackburn no se inmutó y tampoco hizo el ademán de ponerse la ropa.
—Oh por Dios, ¿Qué está pasando aquí?
—canturreó Amber, mirándome con picardía y después a él.
—Nada de lo que puedas estar pensando—balbuceé, nerviosa.
Y era cierto, aunque las circunstancias dieran pie a pensar lo contrario.
—No me sorprende que pienses que Sophie es igual que tú al meter varones al dormitorio, pero estás más lejos de la realidad—repuso Blackburn con extremado veneno en sus palabras, dejando perpleja a Amber—ella no tiene un útero festivo como tú sabrás.
—¿Quién te crees que eres para venir hasta acá a faltarme el respeto?
—le riñó, encolerizada.
—No te muerdas la lengua, fémina promiscua—espetó él, apretando las mandíbulas mientras se ponía la playera y la sudadera—porque has sido tú quien le faltó primero el respeto a tu compañera de dormitorio al meter hombres lascivos a esta habitación sin su consentimiento.
Amber se quedó sin argumentos para contraatacar.
Algo raro en ella porque sabía defenderse perfectamente.
—Y lo digo en serio, Sophie Beaumont, solicita un cambio de compañera o te contagiará su promiscuidad y no creo que eso quieras, ¿verdad?
—me miró con preocupación y parpadeé, estupefacta—la vida de esta pobre alma en desgracia se basa en la inmundicia humana, no tiene propósitos claros para vivir—se pasó una mano por su cabello—y ahora, es mejor retirarme.
No quiero meterte en problemas.
Mañana reanudo clases, espero verte en el colegio.
Y antes de irse, giró sobre sus talones en dirección a mi escritorio y tomó un bolígrafo.
Tomó mi mano izquierda, arremangó la manga de mi camisa y anotó algo en mi piel.
—Es mi número de teléfono.
Llámame si esta hembra obscena—señaló a Amber—intenta ingresar a varones otra vez aquí gracias a su ciclo de celo continuo—y dicho eso, abandonó el dormitorio, dejándonos boquiabiertas.
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