Ephemeral Darkness - Capítulo 6
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6: Capítulo 5 6: Capítulo 5 —¿Me puedes decir quién demonios es ese tipo tan mezquino que estaba en el dormitorio?
—masculló Amber, a punto de tener una rabieta.
—Es Blackburn Varkáris—respondí, sin mirarla.
Yo tenía la intención de ponerme el pijama y dormir.
—¿Qué?
¿Al que apuñalaron?
—abrió los ojos más de la cuenta y se plantó frente a mí.
Me limité a asentir—pero ¿Cómo es posible?
¿acaso lo conocías y fingiste que no para que yo no te cuestionara sobre su enfrentamiento con esos pandilleros?
—¿Por qué siempre eres tan extremista?
—musité, azorada.
—Contéstame, Sophie, por el amor de Dios.
—La respuesta a todas tus preguntas te la resumo en esto: no lo conocía hasta hace un rato y fue porque evitó que un vagabundo me hiciera daño de camino a casa—sisé— ¿ahora puedo irme a dormir?
¿o quieres que te cuente con lujo de detalles como fui casi violada?
Mis palabras la dejaron shockeada.
Amber Wright por primera vez desde que la conocí, aceptó su culpa y pidió disculpas sinceras, sorprendiéndome.
Sus ojos azules estaban a nada de echarse a llorar.
—Lo lamento, Sophie.
Tienes razón en que soy extremista y muy idiota, en serio, no quería hacerte sentir mal, ¿podrías aceptar mis disculpas?
—Las acepto, siempre y cuando controles un poco tu manera de ser, ¿de acuerdo?
—sonreí levemente—no todas las personas van a mentirte, Amber, confía en mí.
Por gracia divina, “nos reconciliamos” y nos fuimos a dormir.
O al menos, eso intenté.
No pude sacarme de la cabeza la presencia de Blackburn Varkáris en mi habitación y menos, darme cuenta de que de un mes atrás, presencié su muerte y resurrección en la calle.
¡No podía creerlo!
Pasé de no saber de su existencia, a tenerlo en mi dormitorio como si fuéramos amigos y todo gracias a ese asqueroso sujeto que quiso hacerme daño y Blackburn evitó.
Esperaba que ese suceso quedara entre nosotros dos, ya que, en aquel instante, ni un alma cerca había para defenderme, excepto él.
Así que, me levanté de un salto y guardé su número en mi teléfono antes de que se borrara del brazo.
Sintiéndome satisfecha, concilié el sueño.
Al despertar, hice el mismo protocolo diario: dejar lavando el uniforme y mientras me alistaba para la escuela, ponerlo a secar para que, al regresar, solamente lo planchara.
Amber se levantó junto conmigo y por primera vez en meses, desayunamos juntas pan tostado ya hecho, untado de nutella y café caliente.
—Fuera de que ese tal Blackburn sea un cretino, todo el colegio tuvo razón en decir que es sumamente atractivo—bufó Amber, masticando con furia el pan tostado de solo recordarlo—aunque su actitud no coincide con lo que contaron, ¿sabes?
—¿Por qué?
—quise saber, curiosa.
—Recuerda que dijeron que era amigable, respetuoso, simpático y tímido—arqueó su rubia ceja hacia a mí—y Sophie, tú lo viste, es todo, menos lo que mencioné.
—Quizá estaba de mal humor—quise excusarlo.
—Cuando entré al dormitorio, no lo vi irritado—resopló—su semblante cambió al verme llegar.
—No lo conozco de nada—convine, encogiéndome de hombros—y no puedo decirte si es verdad o mentira lo que te contaron de él.
—Al parecer le caí mal.
—Creo que ya te conocía.
Te ubicó fácilmente cuando le dije que compartía dormitorio contigo.
—Uhmm… seguramente fue a alguna de las fiestas del instituto y lo rechacé—repuso con arrogancia—porque no le hallo manera de que me odie sin conocerme y solo por saber mi nombre.
—El cambio de actitud, a lo mejor se deba a que le afectó muchísimo ese incidente en el que casi perdió la vida—dije—y en todo caso, no tenemos por qué frecuentarlo.
Él está en Escultura, tú en Pintura y yo en Fotografía.
—Recuerdo bastante bien que afirmó que hoy te vería—me guiñó el ojo—y percibo que le gustaste, Sophie.
—Claro que no—me ruboricé—fue amable, eso es todo.
—Eres bonita, pero no le sacas provecho a tu belleza.
Vives enfrascada en la universidad, libros, tu cámara y ahora en ese trabajo para pagar tu clase extra de Mitología Griega, Sophie—me dijo con mucha amargura en su voz—algún día envejecerás y desearás rebobinar el tiempo para experimentar la juventud.
—Tampoco quiero acelerarme—me defendí, lavándome las manos—tengo mis objetivos y una vez que los cumpla, podré experimentar mi juventud.
—A ver, dime—esbozó una sonrisa maliciosa— ¿ya has besado a un chico?
—Sí—fruncí el ceño—mi primer beso fue a los catorce años y fue deprimente.
—¿Y has tenido novio?
—Novio como tal, no, pero sí un prospecto en Snowshill—le aclaré y era cierto.
Jake Wood era un chico que en mi época preparatoriana estuvo tras de mi durante tres años y por miedo al compromiso, lo rechacé muchas veces y no por feo, ya que era muy guapo.
Y ahora lo único que sabía de él, era que logró entrar en una universidad de Snowshill.
Nada más.
Perdimos comunicación cuando me mudé a Camberwell.
—No tengo prisa de nada, Amber.
Estoy bien así, pero gracias por preocuparte.
Ella ya no insistió más y partimos hacia el colegio.
Jamás habíamos ido juntas y fue reconfortante, puesto que ambas nos ayudamos a no resbalar por el hielo y nieve del suelo.
Al llegar a nuestro destino, cada una se fue por su rumbo.
Aproveché a comprarme chocolate caliente de la máquina expendedora y no morir congelada.
La temperatura estaba bajo cero y las vacaciones comenzaban en una semana.
Decidí que en la noche le pediría permiso a la señorita Oxford de darme las dos semanas correspondientes de vacaciones decembrinas porque me tocaba visitar a mi familia en esta época, ya que tenía un año sin verlos desde el invierno pasado.
—El truco para rendir en el día, es beber café, no chocolate.
Alcé la vista y la mirada misteriosa de Blackburn Varkáris me traspasó el alma.
¿En qué momento llegó?
Si segundos antes no estaba nadie cerca.
Antes de responderle, lo miré de arriba abajo.
Llevaba una sudadera negra debajo de su abrigo café, un gorro tejido gris en la cabeza y una bufanda roja.
Su nariz seguía sonrosada por el frío y percibí cansancio en sus impactantes ojos de colores indefinidos.
Tenía puesto un arete de cruz en cada oreja, pero el piercing en su boca brillaba por ausencia.
—Hola, buen día para ti también—gruñí, bebiendo mi chocolate.
—Estás muriéndote de frío, así que de ninguna manera es un buen día para ti ni para nadie—bostezó y se quitó un mechón de cabello rubio de la frente— ¿cuál es tu salón?
—El 519—respondí, helándome y él hizo el ademán de entrar y lo seguí.
—Revisé una clase en específico a la que no pude inscribirme con anterioridad—dijo de pronto, cuando habíamos llegado a mi salón.
Nos detuvimos en el umbral a conversar—y vi tu nombre en la lista de alumnos.
—¿Te refieres a Mitología Griega?
—alcé una ceja, escéptica.
Él asintió—ya no hay cupos.
—Hablé con la docente y logré persuadirla—me contradijo, esbozando una sonrisa torcida—tal parece que nos veremos ahí, Cereza de Otoño.
—¿Cereza de Otoño?
—fruncí el ceño.
—Sí, tu cabello es del color de las hojas de los árboles en otoño y con un toque cereza—se atrevió a tocarme el cabello y me tensé ante su cercanía.
Olía muy bien.
Perfume, pasta de dientes y a chico.
—Siempre pensé que mi cabello era rubio fresa.
—También lo es—acotó—pero me gusta más el término que elegí.
El maestro de la primera clase se aproximó y Blackburn enderezó la espalda.
—Nos vemos en Mitología Griega, Cereza de Otoño—me guiñó el ojo, pero esta vez sin sonreír.
Perturbada, lo observé alejarse por el pasillo y perderse entre los alumnos que corrían a sus respectivos salones.
Sentía la cara abochornada y las mejillas a punto de estallar por el rubor.
Me senté en el pupitre y me concentré en la clase.
La hora del almuerzo, como todos los días, busqué mi espacio de siempre para estar relajada y no sentir frío: el área de danza.
Casualmente, en las últimas semanas no habían abierto esa aula porque una tubería se rompió y estuvo escapándose agua sucia por todo el recinto, pero me alegraba que ya todo estuviera normal.
Abrí mi jugo de manzana y desenvolví mi sándwich con queso, y ensimismada, estando a punto de darle un mordisco, la inesperada silueta de Blackburn me desconcertó.
Él tomó asiento junto a mí con mucha confianza.
Tenía en una mano café caliente y en la otra sostenía un empaque de galletas Oreo de fresa.
—¿Qué haces aquí?
—no pude evitar preguntar.
—Haciéndote compañía—me miró como si fuera idiota y elevó los ojos al techo—escucha, mis compañeros me estresan, ¡No dejan de preguntarme sobre lo que pasó con esos imbéciles pandilleros y además quieren que les enseñe las heridas de mi pecho!
—exclamó, fastidiado—por consiguiente, me cansé de sonreírles y evadir sus cuestionamientos estúpidos, así que… heme aquí, Cereza de Otoño.
Te busqué por todo el colegio hasta que te vi a lo lejos.
—¿No tienes amigos?
—aproveché a darle una mordida a mi almuerzo.
—No, no vengo aquí a socializar con nadie—arrugó la nariz.
—Entonces no deberías estar sentado conmigo, quejándote de tus problemas porque no somos amigos—mascullé.
—Te salvé el trasero anoche—repuso.
—Porque me debías un favor—le recordé—hace dos noches también salvé tu trasero cuando llegaste a mi trabajo y te desmayaste.
—Eso quiere decir que estamos a mano.
—En efecto.
Y no veo la razón por la que me estés siguiendo.
—Eres una fémina muy tranquila.
Irradias calma y paz—dijo sin mirarme.
Su atención estaba en el empaque de galletas—me generas estar en total pasividad, lo contrario a mis compañeros de clase.
Eres estimulante.
—Gracias por el cumplido—titubeé.
—Más bien es una virtud.
Casi nadie trasmite serenidad, así como tú, Cereza de Otoño.
—Me llamo Sophie—le recordé—ese apodo es extraño.
—Te he rebautizado—vaciló, abriendo por fin las galletas.
Me ofreció el empaque y solo agarré una—y te llamaré así hasta que me… —hizo una pausa, nervioso—hasta que encuentre otro mejor apodo para ti.
Asentí, sin saber por qué.
El silencio se hizo presente, pero yo ya estaba acostumbrada a no hablar con alguien.
Por el rabillo del ojo, miré como degustaba las galletas en seco, dejando hasta el final el café.
Sus ojos miraban un punto lejano, muy probable que se encontrase disociando dentro de su mente y alejado del presente, tal como solía ocurrirme a menudo.
De pronto, parpadeó y su mirada se dirigió a mí.
Ruborizada, me comí el último bocado de mi sándwich para no tener contacto visual.
—En «tártaro», ¿te pagan bien?
Porque me gustaría probar y trabajar contigo en ese lugar—preguntó de repente y casi me atraganté.
Ya no me quedaba jugo y él me ofreció su café.
Le di un sorbo para pasar la comida y sacudí la cabeza—bébelo todo.
—Escuché que trabajabas en una pizzería—logré decir y tosí.
—Me despidieron cuando tuve el incidente—señaló su pecho con el dedo—y ni siquiera me liquidaron—bufó, realmente abatido—quedé endeudado hasta las cejas y tuve que devolver el coche de segunda mano que compré cuando comencé a trabajar en esa pizzería.
—¿Extrañas el coche, el dinero o trabajar?
—Las tres cosas, Cereza de Otoño—respondió, haciendo una mueca—en especial poder pagar las malditas colegiaturas mensuales del colegio de Lexa y las mías, lógicamente.
—Yo soy becada del 80% aquí—le informé—el pago restante de colegiaturas es mínimo porque el colegio me ayuda, gracias a un concurso local de fotografía que gané el segundo lugar, llamando la atención de esta institución.
—También soy becado, pero del 50% y no me alcanza nada—se mordió el interior de las mejillas y deliberadamente, cortó la poca distancia entre nosotros para mirarme a los ojos.
Tenía las pupilas dilatadas y alejé mi rostro del suyo— ¿podrías ayudarme a entrar a trabajar contigo?
Jamás había visto a alguien tan desesperado y peor aún, pidiéndome ayuda, a mí, una chica que necesitaba ser auxiliada siempre.
—No puedo prometerte una respuesta positiva, pero hoy hablaré con la licenciada de recursos humanos que me contrató.
—Gracias, sabía que podías ser muy útil—añadió, recuperando su entusiasmo—eres una dama eficiente y eso habla muy bien de ti.
Estás aprovechando al máximo tu corta vida humana.
—No sé qué me perturba más, que me llames Cereza de Otoño o que te expreses de forma extraña hacia mí o a las personas en general.
Tú también eres un ser humano.
—No es un delito expresarme como deseo, ¿o sí?
En la vida hay gente que habla y escribe en contra de lo correcto y estipulado en los diccionarios.
Transforman las palabras a su agrado y aunque no les guste a los demás, tampoco es un crimen.
—Hablas como si fueras el único ser vivo que no es humano en el mundo.
—Soy, tal vez, un mejorador de frases con madera de escritor.
El tiempo permitido para almorzar terminó y le insté a abandonar el área de danza.
Me siguió, moderando sus enormes pasos para no adelantarse, puesto que un paso suyo eran tres míos.
—En tres horas nos vemos—afirmó, luego de dejarme en mi salón.
Ni siquiera entendía la razón de su comportamiento.
¿En serio no tenía amigos?
¿Por qué de repente quería estar pegado como muela a mi alrededor, incluso trabajar conmigo?
Era imposible que fuese porque me había salvado de ser atacada por ese vagabundo y de repente, caí en la cuenta de algo escalofriante.
Él fue violentado por haber protegido a su mamá de ser abusada sexualmente.
Lo mismo que me sucedió a mí.
¿Acaso se sentía obligado a ir salvando a las mujeres de ese fatídico destino?
Y si la respuesta fuera afirmativa, él estaría en peligro siempre porque no podría cuidar a todas.
—Eh, Sophie.
Pestañeé, volviendo de mis pensamientos y me di la vuelta ante la mención de mi nombre.
Era Adele, la representante de grupo del salón, con quien solo intercambiaba palabras por asuntos escolares.
—¿Sí?
—me aclaré la garganta.
—Las vacaciones de invierno comienzan esta semana, ¿te irás de viaje?
—Sí, me iré a Snowshill con mi familia, ¿por qué?
—fruncí el ceño.
—El lunes ya no habrá clases, pero estamos planeando ir a Londres durante cuatro días a sacar excelentes tomas y hacer postales navideñas en línea, ¿te apuntas a ir?
Jackson tiene un tío que prestará un autobús para llevarnos y traernos—explicó ella—el dinero que reunamos será para el ahorro de la graduación.
De hecho, Claire está tratando de convencer a la profesora de Publicidad y comercialización para puntos extras en su materia.
—¿Desde cuándo salió la idea?
Es decir, si querían que yo formara parte del grupo, debieron comentármelo mucho antes.
—¿A qué te refieres?
—preguntó.
Su nerviosismo me dio la respuesta.
Seguramente alguien de su “equipo” decidió echarse para atrás y les pareció bien que yo podía ser el reemplazo.
—Olvídalo, y agradezco la invitación, pero no pospondré la visita de mi familia—concluí la conversación de la manera más amable y con una leve sonrisa para no demostrarle que estaba furiosa.
Dedicándome a sobrevivir las tres últimas clases antes de Mitología Griega, hice todo lo posible para que no me afectaran el cuchicheo del grupo de amigos de Adele.
Con anterioridad habían hecho algo similar y pensé tal vez no se dieron cuenta de lo fatal que resultó el haber excluido al resto del salón, pero no.
Lo hicieron con toda la intención y yo no quería verme implicada.
En cuanto terminó la clase, recogí mi mochila y corrí hasta el otro lado del instituto para no llegar tarde y sentarme hasta atrás como algunas veces.
En el camino, colisioné con Blackburn y no me detuve en lo absoluto.
Él me siguió, corriendo a la par de mí, nuevamente moderando la velocidad con la que podría haber ido y adelantarse.
—¿Por qué corres, Cereza de Otoño?
—me preguntó con tono divertido.
Volteé a verlo y su rostro estaba inexpresivo, ninguna sonrisa que pudiera atribuirle a la entonada de la pregunta.
—Porque si llego tarde, me tocará sentarme en el pupitre del final y muchos asisten a esta clase—respondí, acelerando el paso y él también.
Atravesamos el patio en donde la nieve caía densamente del cielo.
La temperatura había bajado considerablemente y estaba haciendo más frío.
Di un salto para no pisar un montículo de nieve, pero resbalé, trastabillando hacia atrás, pero rápidamente Blackburn me mantuvo en mi sitio con agilidad.
—Agárrate de mí y no te sueltes, ¿bien?
Si llegas a resbalar, evitaré tu caída fácilmente o caemos juntos—dijo, tomándome de la mano con fuerza—la idea es que no caigas sola.
Quise soltarme al momento de llegar al aula abarrotada de alumnos, pero él continuó con su mano entrelazada con la mía.
Enseguida las miradas de todos se centraron en nosotros.
Maldita sea.
Blackburn se abrió paso conmigo pegada a su costado y dejó su mochila en uno de los escasos pupitres que todavía había en medio.
—Siéntate aquí—me ordenó, señalando el asiento de adelante.
Asentí, obedeciéndolo.
Nada más deposité mi mochila sobre el pupitre, cuando alguien de atrás se levantó.
—Ese sitio está ocupado por James—informó una chica de cabello muy oscuro y ojos verdes saltones.
—Lo siento—murmuré, echándome la mochila al hombro rápidamente para evitar problemas.
—Sophie, no te muevas de ahí—interpuso Blackburn, volteando hacia la chica— ¿me podrías decir en qué área del maldito pupitre está labrado el nombre de “James”?
Porque podré usar lentes de aumento, pero no estoy ciego.
—Él siempre se sienta ahí—titubeó ella.
—Déjalo ya—dije.
—No—espetó Blackburn—todos en este colegio pagan para asistir y tanto nosotros como James, pagamos por un maldito pupitre donde sentarnos a recibir las clases.
La pobre chica volvió a sentarse, intimidada completamente por Blackburn y nadie más se atrevió a contradecirlo.
Él se giró hacia a mí y señaló la silla desocupada.
—Siéntate—gruñó—y si alguien tiene algo que decir al respecto, con mucho gusto le repito el sermón.
La maestra Grace, una mujer cuarentona, empedernida y amante de su labor, era la encargada de impartirnos esa maravillosa clase.
Mitología Griega.
Entró hiperventilando al salón porque se retrasó doce minutos en alguna parte.
Su cabello perfectamente trenzado al ras de su cráneo y adornado con ligas de colores, era lo primero en llamar la atención a donde quiera que fuera, ya que, por su edad, las personas la encontraban muy extravagante, pero a mí me encantaba su jovialidad.
—Lamento llegar tarde, pero heme aquí.
Deberíamos organizarnos para limpiar la nieve del patio, ¿no creen?
Es muy peligrosa—se quejó, dejándose caer dramáticamente en su escritorio.
Tomó unos segundos en relajarse y sacó su material—correcto, mis niños, voy a pasar lista.
Blackburn alzó la mano, acaparando su atención de inmediato.
—¿Ya estoy en la lista también?
—Oh, eres el nuevo de esta clase—dijo la profesora Grace con una sonrisa—veamos, Blackburn Reznik Varkáris Müllerová, ¿verdad?
—él asintió—en efecto, mi niño, ya estás inscrito conmigo, ¡bienvenido!
Por cierto, me enteré de ese suceso terrorífico de hace un mes y todavía no puedo creer que hayas salido ileso, ¡fue un milagro!
Pero ¿no deberías estar todavía hospitalizado?
—Tengo buena cicatrización y el hospital apesta—respondió, encogiéndose de hombros, zanjando cualquier comentario más por parte de la maestra, quien comprendió rápidamente e inició su clase.
El tema de las maravillosas técnicas de escultura fue retomado para el nuevo alumno y después continuamos con la arquitectura antigua.
—¿Podría, en la siguiente clase, hablarnos sobre los seres mitológicos?
—preguntó Blackburn sin pedir la palabra.
La maestra Grace alzó las cejas y lo miró con extrañeza.
—Explícate mejor, por favor, Black—acortó su nombre con gentileza.
—Quiero presentar, para mi proyecto final del curso, la escultura de un ser mitológico, pero no me decido por cual y me encantaría que usted nos expliqué un poco sobre ellos—contestó él—si he de plasmarlo en arcilla, debo hacerlo impecable.
—¿Sobre qué seres quisieras saber?
—cuestionó ella, emocionada por su nueva idea.
—Los dioses principales y sus súbditos.
—¿A los demás les parece bien que hablemos sobre ellos?
—nos preguntó la maestra y la mayoría asintió—de acuerdo, ¿de qué dios en específico quieren que hablemos mañana?
—Hades, rey del inframundo—dijo Blackburn, alzando la voz para escucharse por encima de los otros.
—¿Hades, rey del inframundo?
—repitió la misma chica con la que Blackburn se peleó al principio de la clase—ese no me agrada, es técnicamente el demonio.
—Temes irte al infierno, ¿verdad, fémina problemática?
—Blackburn volvió el rostro a ella con una sonrisa cínica, haciéndola palidecer—por eso no quieres saber nada sobre el ser que va a acogerte el día que perezcas y tengas que rendir tu condena allá abajo, aunque para serte sincero, no hay un cielo o un infierno.
Tus acciones harán que tu alma sea juzgada y determinará el tiempo de penitencia a manos de Hades, dañándote psicológicamente por toda la eternidad.
—¡Eres un maldito loco!
—le gritó, asustada.
—Al que dice la verdad, siempre lo tachan de loco—musitó Blackburn, mirándola con insignificancia como si fuera una cucaracha.
—Joven Varkáris, Señorita Smith, ¡Basta!
—exclamó la maestra Grace, irritada.
Pocas veces perdía la paciencia.
Anonadada, tuve que cerrar la boca voluntariamente porque apenas podía salir del asombro.
Y comprendí que ese chico extraño no solo hablaba de una manera peculiar conmigo, sino con todo el mundo, pero más agresivamente.
De estar en el lugar de esa chica, me habría puesto a llorar.
En la salida, fuimos los últimos en salir.
A mí me encantaba esperar a la maestra y salir juntas del aula.
Blackburn me esperó sin protestar.
—Joven Varkáris, fue muy irrespetuoso con su compañera—le dijo le maestra cuando ya íbamos en dirección a la puerta principal del colegio.
Yo venía en medio de ambos, ya que a él se le facilitó poder agarrarme del hombro para que no cayera por la nieve y hielo del suelo, sin agarrarme de la mano frente la docente para que no pensara otra cosa.
—Pido disculpas—arribó, pero no sonó sincero—antes de que usted llegara, tuve una discusión con ella y creo que me excedí, pero fue porque me desagradó su actitud.
—Debemos aprender a tolerar a las personas, joven Varkáris—le aconsejó—así como a ti no te pueden agradar, tampoco tú les vas a agradar a todos.
Sé neutral, controla tus impulsos y no dejes que nadie controle tus emociones porque les darás control sobre ti, haciéndote ver como una presa fácil de manipular.
—Interesante consejo—murmuró él—lo llevaré en práctica, gracias.
La maestra Grace se despidió de nosotros en la entrada principal y la vimos correr hacia la calle, siendo cuidadosa de no caer en la nieve o resbalar por el hielo de la acerca.
Era la única docente que no contaba con un vehículo porque decía que no quería formar parte de la contaminación ambiental.
Era un poco hippie.
Alcé la vista al cielo y pequeños copos aceleraron su caída sobre mi cabeza y la de Blackburn.
Habría una fuerte nevada, según el pronóstico mañanero de mi teléfono y si no me daba prisa, quedaría atrapada en el colegio.
—Nos vemos a las cuatro de la tarde en el «tártaros» para presentarte ante mi jefa—le indiqué, echándome a correr en la dirección opuesta a la que se había ido la maestra.
Él me siguió.
—Te acompaño a tu dormitorio—sentenció sin expresión alguna—quiero cerciorarme de que llegues bien.
—Ve a tu casa y cámbiate de ropa, yo estaré bien… —y acto seguido, resbalé, yéndome de bruces sobre un puesto de comida rápida en medio de la nevada.
Fue cómico que, en un intento de Blackburn de evitar mi caída, tiró de mí hacia su cuerpo, cambiando de lugar conmigo.
Él fue quien se impactó con las llantas del carrito de venta, quedando enterrado en la nieve sucia.
—¡Mi negocio!
—chilló la dueña, en vez de preocuparse por el accidente.
Blackburn se incorporó bruscamente, sacudiéndose la nieve antes de que se deshiciera en su ropa y lo mojara.
Por su expresión mortífera, deduje que su próxima víctima psicológica sería esa pobre mujer.
—Vaya, ¿le preocupa más un estúpido vehículo de comida callejera que la vida de las personas que resbalaron?
—inquirió él, ladeando la cabeza.
—¡Insolente, joven!
—le espetó la mujer—deberían tener más cuidado al caminar, en vez de echarme la culpa a mí.
Ustedes son los que deben disculparse conmigo porque estuvieron a punto de tirar mi sustento de vida.
—Y nosotros estuvimos a punto de quebrarnos el cráneo por culpa de su “sustento de vida” que, por cierto, es ilegal, ya que usted no paga impuestos—siseó Blackburn—además, con una sola llamada a la policía, podrían confiscarle su vehículo y multarla por causar problemas con los transeúntes.
Entorné los ojos ante su argumento.
Tenía razón, pero no me di el lujo de aplaudirle, simplemente tiré de su brazo para marcharnos, porque si continuábamos un minuto más ahí, probablemente se le iría encima a la pobre señora.
—El consejo de la maestra Grace no sirvió—murmuré, de camino a mi dormitorio.
Él se encargó de volver a agarrarme de la mano con fuerza, poniéndome del lado de las edificaciones y él de la calle.
Sus ojos iban fijos en el camino y tenía las mandíbulas apretadas.
—Sirvió—enfatizó la palabra, mirándome de golpe—de ser lo contrario, no te habría hecho caso de retirarme sin protestar o al menos decir algo más.
¡Comienzo a detestar a los humanos tercos e idiotas!
—En todo caso, fue mi culpa.
Fui yo la que resbalé y me ayudaste para no caer, siendo tú el que recibió el golpe—dije, avergonzada.
—Menos mal fui yo—repuso, apretándome la mano y regalándome una media sonrisa, sin dejar de mirarme y poniéndome nerviosa—me moví para no estrellar mi cabeza en un trozo de metal escondido entre la nieve que sobresalía de ese local móvil, de lo contrario, te habrías partido la frente y muerto en el acto.
—¿Cómo supiste que había eso?
—me horroricé.
—Conozco la estructura de esos vehículos de comida—se encogió de hombros—y nunca subestimes a la nieve o el agua, ya que pueden esconder peligros debajo, Cereza de Otoño—aventuró a revolver mi cabello, dejándome confundida por su actitud.
¿Por qué me trataba con tanta confianza?
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