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Ephemeral Darkness - Capítulo 7

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7: Capítulo 6 7: Capítulo 6 Quedamos en que Blackburn pasaría al dormitorio en una hora y media para que pudiéramos prepararnos.

Mientras planchaba el uniforme, noté que afuera estaba nevando de forma excesiva y, por consiguiente, sería imposible salir ese día.

Fui en busca de mi teléfono y me sobresalté al ver que justamente estaba llegándome una llamada de la licenciada Oxford.

—¿Hola?

—contesté.

—Hola, Sophie, para avisarte que no abriremos hoy el bar—me informó y sonreí sin que pudiera verme—habrá fuertes nevadas estos días y no quiero que vayas a tener problemas al trasladarte.

Abriremos hasta el lunes, cualquier cosa estamos en contacto.

—Eh, señorita Oxford, este lunes iré con mi familia a Snowshill a pasar las vacaciones—murmuré—porque ya terminará el semestre este viernes.

—Oh, perfecto, entonces mándame un mensaje cuando estés de regreso y te incorpores a trabajar—repuso amablemente.

—¿De verdad no hay problema?

—Ninguno.

Yo sé lo que se siente estar lejos de la familia porque alguna vez tuve tu edad, de hecho, fue hace unos siete años—bromeó.

—¡Muchas gracias!

—agradecí—y antes, quisiera pedirle un favor, si no es mucha molestia.

—Adelante, dime.

—Un amigo mío me preguntó si podría recomendárselo a usted para un posible puesto en el bar—dije.

—Cuando reanudes el laburo, tráelo contigo y hablaremos, de mientras, disfruta tus vacaciones con tu familia y ten mucho cuidado al viajar.

El clima esta terrible.

En cuanto terminamos de llamar, busqué el nombre de Blackburn en mi agenda y le marqué.

No quería que en vano viniera y que al final de cuentas, no le resolvería nada del empleo.

—No estoy interesado en lo que vendes, humano despreciable, deja de fastidiarme—gruñó en respuesta cuando atendió la llamada.

—Hola, Blackburn, habla Sophie—carraspeé.

—¿Cereza de Otoño?

—le cambió la voz, suavizándola un poco, pero manteniendo su toque huraño.

—¿Por qué eres tan hostil al contestar tu teléfono?

¿Siempre amenazas a todo aquel que te llama?

—fruncí el ceño.

—Como no obtuve tu teléfono de vuelta, pensé que eras esos imbéciles que no paran de llamarme para ofrecerme un cambio de compañía telefónica cada tres horas, aunque les diga que no estoy interesado y que pueden irse al infierno, ¡No dejan de molestar!

—el sonido de la bocina de un coche transitando la ciudad se escuchó de fondo—por cierto, ya estoy llegando al dormitorio.

—¡No!

Justo te iba a decir que no vinieras.

Cerraron el negocio por el clima y yo volveré hasta en enero.

—Muy tarde, subiré a tu habitación—colgó.

No tardó ni diez minutos cuando alguien llamó a la puerta.

Ridículamente pensé que sería Amber y que Blackburn había bromeado con venir de todas maneras, pero no.

Él estaba bajo el umbral, esperando de brazos cruzados.

Sustituyó su atuendo del colegio por uno más formal y atrevido.

Chaqueta negra con un suéter tejido cuello de tortuga gris debajo, Jeans de mezclilla oscuros, botas y boina color vino.

Tenía un poco de nieve sobre los hombros y en las suelas.

Del cuello colgaba ese extraño collar con el amuleto octagonal que parecía antiguo y de piedra.

Llevaba ahora un arete de plumas metálicas en cada lóbulo, lentes de aumento y sin el piercing de su boca.

—Te dije que ya no era necesario que vinieras—le recordé, dándole acceso al dormitorio y cuando él entró, cerré.

—Estaba a dos calles y estaba nevando más—respondió—además, no tengo nada que hacer hoy.

Caminó hasta mi escritorio y se sentó en mi silla, escudriñando a su alrededor como el día anterior.

—¿Y en dónde está tu amiga de útero festivo?

—preguntó, jugando con un bolígrafo.

—Se llama Amber—suspiré, terminando de planchar mi uniforme del bar, que usaría hasta enero—y no sé dónde está.

Debería haber vuelto desde ese rato, a menos que se haya ido con su novio, pero me habría avisado.

—Me sorprende que tenga novio.

—¿Por qué?

—dejé de ver la plancha para mirarlo a él con escepticismo.

—Porque es una fémina sin objetivos ni metas en la vida.

No niego que el sexo sea fantástico, pero ¡maldita sea!

Coger no es lo máximo, es una experiencia placentera, pero no se vive de eso.

Tienes que construir el camino a tus sueños en tu presente para poder disfrutarlo en el futuro.

En unos, no sé—dijo, haciendo una pausa, pensativo—cuarenta años más o menos, ¿crees que le va a servir de algo su cuerpo y rostro en ese momento, cuando ya sea una mujer madura, por no decir, decrépita?

La respuesta es un rotundo no.

Cuando eres joven, desaprovechas las oportunidades y piensas que te queda toda una vida larga para conseguir tus sueños, pero no es así.

El universo es efímero y todo lo que tenga que ver con él también lo es.

Amber Wright está perdiendo el tiempo de forma colosal—negó con la cabeza—hoy es bellísima, mañana igual, pero no lo será por siempre.

Y tiene que darse cuenta antes de que sea muy tarde.

La belleza externa se termina, pero la belleza interior jamás.

—Hablas como un verdadero anciano decrépito—reí.

—Puede ser, pero no quiero desperdiciar ni un segundo de esta vida tan efímera y maravillosa.

Recuerda que se me dio la oportunidad de no morir, o, mejor dicho, de sobrevivir—dijo, eufórico.

—Amber es la única que puede tomar las decisiones de su vida.

Sé que no hace lo correcto, pero no podemos criticarla.

A lo mejor en algún momento recapacite por sí sola.

—Es una buena idea dejar que se vaya de cara contra la dura pared de la realidad.

Me encantaría estar ahí para verlo y gozarlo de forma exquisita—inquirió, enarcando una ceja, y claramente complacido.

Seguramente tuvo una imagen mental de Amber golpeándose en la cara ante sus malas decisiones.

—¿Por qué la odias tanto?

—arrugué la nariz.

—Odio a las personas idiotas que desperdician su potencial.

—¿Le ves potencial a Amber?

—entorné los ojos.

—Todos los humanos tienen potencial, Cereza de Otoño, y la diferencia radica en descubrir cuál es y pulirlo.

Asentí.

Tenía un buen punto.

Doblé el uniforme y lo guardé cuidadosamente en uno de los cajones.

Y preparé un poco de café.

—¿Ya comiste?

—me preguntó.

—La verdad es que no, ¿y tú?

—Tampoco.

Se me apetece una hamburguesa gigante con doble carne y queso—sacó su teléfono— ¿quieres que pidamos a domicilio?

Yo invito.

—No creo que esté en servicio ningún restaurante de comida rápida que haga pedidos a domicilio—le señalé la ventana—los repartidores se caerán o quedarán atrapados por la nevada.

—No perdemos nada con intentar.

Y tuve razón.

Se bloquearon los pedidos domiciliarios, al igual que el tránsito de los coches y personas por seguridad.

—Iré por las hamburguesas, no tardo—repuso, poniéndose en pie.

—¿Estás loco?

no puedes ir ahora.

Es peligroso—me sobresalté.

—Es solo comida—puso los ojos en blanco, fastidiado— ¿de qué quieres tu soda?

—De fresa, pero en serio, no tienes por qué ir.

—¿Quieres ir tú?

—me miró con una extraña expresión, parecida a diversión.

Negué con la cabeza, sintiéndome tonta—entonces espérame.

Tras marcharse, me puse otra ropa, igual de cómoda, pero menos vergonzosa.

Serví el café en las tazas, y esperé su regreso.

Encendí el ordenador y me puse los lentes para poder distinguir mejor.

Busqué la página de noticias sobre el clima y ver si podía viajar a Snowshill el viernes próximo sin problemas.

Lamentablemente, el pronóstico del tiempo marcaba que no era prudente hacer viajes de ningún tipo.

Ni terrestres y mucho menos aéreos.

Todo hasta nuevo aviso.

Alcancé mi teléfono y le mandé un mensaje a mi madre, informándole sobre la posibilidad de no ir a visitarlos a causa del clima.

Esperaba que me comprendieran.

“Las fuertes nevadas aconsejan no viajar en esta semana.

Si todo marcha bien, estaré allá el próximo lunes, mamá” Envié el mensaje y continué informándome sobre el pronóstico, hasta que escuché unos golpecitos en la puerta.

Para haber salido a comprar comida en estas circunstancias, Blackburn sí que se había dado prisa.

Troté hacia la puerta y abrí, esbozando una sonrisa maliciosa para opinar sobre la velocidad en sus piernas para haber ido o era porque tenía demasiada hambre, pero el gesto de mis labios se congeló y tuve que sonreír por compromiso.

—Amber, me preguntaba en dónde estarías—dije.

—Fuimos por unas deliciosas crepas dulces y una bebida caliente al centro y la maldita nieve nos dejó atrapados en la cafetería.

Quise traerte una, pero me asusté demasiado ante la idea de no poder salir—espetó, furiosa.

En su cabello rizado había bastante humedad, señal de la nieve derretida, al igual que en el resto de su cuerpo.

Comenzó a desvestirse sin miramientos.

No me sorprendió porque siempre lo hacía.

Miré a otra parte y me bebí el café, que estaba enfriándose.

Apresuré a servirle la taza que era de Blackburn para que no sospechara nada.

—Descuida, solo bebe un poco de café, te ayudará a entrar en calor—le ofrecí.

—Gracias, Sophie, eres un amor—recibió la taza y se sentó en posición de loto en su cama.

Estaba en ropa interior, y la verdad es que ella no tenía nada de qué preocuparse por su aspecto.

Tenía un físico hermoso, uno al que yo aspiraba tener algún día cuando me decidiera ir a un gimnasio y comer menos comida chatarra— ¿ya comiste?

Porque yo quedé llena con las crepas.

Nerviosa, rasqué mi cuello y mordí mi labio inferior.

No quería decirle que tiempo atrás, Blackburn había estado aquí.

—Eh, no, pero estoy bien así, no te preocupes—respondí, con un matiz de indiferencia—planeo hacer una nueva dieta que vi en internet.

—Ojo con eso—me advirtió—las dietas de internet son peligrosas para la salud, mejor ve a un nutriólogo.

Asentí y retomé mi atención a la computadora, tratando de no pensar en Blackburn.

De todos modos, en algún momento tenía que aparecer.

Transcurrió una hora, cuando comencé a preocuparme.

No dejaba de nevar y él seguía afuera.

Discretamente a la mirada cotilla de Amber, le envié un mensaje a ese extraño chico para saber dónde estaba y no me di cuenta de que había comenzado a mover mi pie con ansiedad, movimiento involuntario que hacía cada que estaba muy estresada.

—¿Sucede algo, Sophie?

—preguntó Amber, mirando mi pierna.

—Nada, es solo que… El sonido de la puerta siendo aporreada me hizo correr a abrirla y suspiré aliviada.

El motivo de mi preocupación ya estaba ahí, cubierto de nieve, tanto reciente como derretida.

Llevaba dos bolsas de McDonald’s abrazadas con cuidado, pero encima había puesto su perfecta chaqueta para no mojarlas.

Su suéter gris tejido cuello de tortuga parecía negro de tan húmedo que estaba.

Me ofreció las bolsas, doblando su chaqueta negra sobre su brazo.

—¿Por qué tardaste tanto?

—quise saber, dejando la comida en la encimera.

—Porque cuando ya venía de regreso, vi llegar a tu compañera de útero festivo al dormitorio y tuve que regresarme a comprar más comida—respondió, irritado—no me cae bien, pero tampoco soy miserable de comer frente a alguien que no está invitado.

—¿Invitado?

Pero si este es mi dormitorio también—se defendió Amber, iracunda.

Se la había pasado fulminando con la mirada a Blackburn desde que entró.

Creo que, si fuese posible, ella le habría lanzado veneno de sus globos oculares, mezclado con lava para desintegrarlo.

—Cierra la boca y cómete esto—inquirió Blackburn, husmeando entre las bolsas.

Le lanzó una pequeña bolsa con el contenido dentro a la cara de Amber—y no agradezcas, me encanta la caridad.

No te compré soda porque creo que con agua podrás bajar la hamburguesa, ¿no?

—¡Eres un…!

—¡Amber!

—la reprendí.

—¡¿Acaso no ves cómo me está tratando?!

—me gritó, ofendida.

—Hablaré con él—la calmé—ahora solo dale las gracias y come.

—Gracias—siseó Amber.

Se sentó en su cama y comenzó a comer, sin despegarle la mirada desdeñosa a Blackburn.

En lo que respectó a mí y a él, sacamos la comida y las pusimos en platos, y las sodas en vasos para mayor comodidad.

—Quítate el suéter o vas a resfriarte—le aconsejé, sentándome en un pequeño taburete que había en la encimera.

Él jaló una silla del escritorio de Amber y me hizo compañía, dejando su chaqueta en el respaldo.

—No traigo más ropa, así estoy bien—le dio un enorme mordisco a su hamburguesa y gimió ante el placer en su paladar— ¡Por los dioses!

¡Esto sabe delicioso!

Debí comprarme cinco para mí solo.

—Y eso que compraste para los tres de doble carne y queso—observé, sonriendo y le di una mordida.

La verdad es que era cierto.

Sabía riquísimo.

Él asintió.

Parecía no querer hablar porque estaba degustándolo tan emocionado.

Pasaron algunos minutos cuando, varios estornudos lo hicieron estremecerse y dejar de disfrutar la comida—quítate ese suéter, te prestaré una playera holgada que uso para dormir.

Tras darme un asentimiento de cabeza, dejé a medias la hamburguesa, me lavé las manos y busqué entre mis cajones.

Encontré una playera roja y se la ofrecí.

A continuación, se despojó de su húmedo suéter para cambiarlo por mi prenda.

—¡Ay, madre!

No sé qué me impactó más, si tus heridas del pecho o ese horrible tatuaje de la muerte—dijo Amber, horrorizada.

Blackburn dejó escapar una risita nasal mientras se ponía la playera y yo metía su ropa en la lavadora.

—Te hará compañía cuando mueras, así que respétala—añadió él, señalando su tatuaje.

—Blackburn, déjala en paz o no querrás que se obsesione contigo y vaya a poner a todos en tu contra.

Amber tiene ese don—le advertí.

Ella asintió, orgullosa de ser manipuladora.

Retomando su hamburguesa, la miró por el rabillo del ojo y se encogió de hombros.

Creí que no diría nada, pero me equivoqué.

—Si habla de mí, es porque soy importante para ella y me dará popularidad.

Golpeé mi frente con la palma mi mano ante su comentario tan egocéntrico.

Ya no tenía ningún argumento.

Él rebasaba mi límite de paciencia y no quería discutir.

Le envié una mirada severa a Amber para que no replicara, pero no funcionó.

—¡Eres detestable!

¡Y es un gran desperdicio que tengas un rostro y cuerpo atractivo porque como ser humano eres un idiota!

—Amber le gritó con furia.

Blackburn terminó el último bocado y bebió absolutamente toda la soda del vaso.

Me echó un fugaz vistazo y me estremecí en el taburete, incapaz de hablar.

—Escucha Amber Wright—dijo con voz áspera y temí por ella—afortunadamente yo no soy como el resto de los varones que corren tras de ti al verte, como perros hambrientos o en celo—humedeció sus labios, y recargó la espalda en el respaldo— ¿quieres que le cuente a Sophie por qué me odias tanto?

Porque yo a ti no te odio, al contrario, me das lástima.

—Yo no te odio—espetó, azorada.

Noté que su rostro enrojecía.

No sabía si de rubor o vergüenza.

—De acuerdo—asintió él y me miró—tu compañera de dormitorio me odia porque cuando supo de mi identidad, después de lo de mi accidente, ella quiso seducirme rápidamente.

Asumo que se debió a que yo era el único que faltaba en su lista de varones que pasó entre sus piernas—se encogió de hombros y arrugó la nariz con asco—y hay muchas probabilidades de que esté furiosa contigo en secreto.

—¿Qué?

—titubeé— ¿y por qué conmigo?

—¡Cállate!

—gritó Amber a Blackburn.

—Porque te tiene envidia.

Siempre lo ha sentido, ¿nunca lo has notado?

—ladeó la cabeza—y ahora está furiosa contigo porque elegí hablarte a ti e ignorarla a ella.

—¿Es cierto todo lo que Blackburn dijo?

—volteé a verla, herida.

—Claro que no, ¡Miente!

Yo jamás te he envidiado ni mucho menos odiado—se defendió.

—¿Y qué hay sobre haber querido seducir a Blackburn cuando supiste de quien se trataba?

Amber bajó la mirada.

Estaba acorralada.

—Yo pensé que querría tener sexo conmigo como la mayoría del instituto—contestó, temerosa—y me rechazó… —Y entonces no toleraste su rechazo—afirmé y ella se mantuvo en silencio— ¿y por qué te hiciste de la desentendida cuando lo viste anoche en la habitación y me obligaste a decirte quién era?

—No pensarás que iba a decirte que me rechazó para tener sexo conmigo, ¿o sí?

—No, pero al menos pudiste decirme que lo ya lo conocías y evitar tantas discusiones.

—Lo siento, y la verdad no creí que lograras hacerte su amiga—se lamentó.

—¿Por qué no?

—Porque, ya sabes… —Porque la fémina promiscua creía que eras incapaz de hacer amigos y peor aún, amigos atractivos que la rechazaron primero para coger—repuso Blackburn con aburrimiento—ese pensamiento es normal en humanos como ella.

—¡Cómo te atreves!

—chilló Amber—somos amigas, Sophie, no puedes creerle a este idiota.

—Nunca te he considerado mi amiga—mascullé, ofendida.

—Eso debió doler, útero festivo—se burló Blackburn.

—¡Lárgate de aquí, infeliz!

—gruñó Amber.

—No lo hará porque es mi invitado—sentencié—puede quedarse el tiempo que quiera, así como tus amigos en las noches.

Las mejillas de ella se encendieron más, pero ahora de odio hacia a mí.

No dijo una sola palabra, sino que sacó ropa limpia y se metió al baño a cambiarse.

Evité a toda costa cruzar miradas con Blackburn porque sabía que sus ojos estaban encima de mí, esperando a que hablara.

No lo hice.

Cuando Amber salió del baño, cogió su abrigo y bolso con fastidio.

Salió a grandes zancadas, dejándonos solos.

Había una fuerte tormenta de nieve afuera y ella se había marchado.

Por mi culpa.

Y si algo le ocurría, iba a quedar en mi conciencia.

—Ni lo pienses—añadió Blackburn, bloqueando la puerta en el instante que hice el ademán de ir por mi abrigo.

—No puedo dejar que se marche sola y con el clima demente.

—Puede cuidarse perfectamente y tú no—repuso.

—¿Qué?

A ver, ¿Quién te crees para decidir lo que tengo qué hacer o no?

—le espeté, iracunda—nos conocemos de… ¿Qué?

¡Dos malditos días!

No somos amigos, nada.

—¿Tenemos que ser algo para que me preocupe por ti?

—frunció el ceño, perplejo.

—Pues sí.

No puedes ir por el mundo preocupándote por desconocidos.

—¿Por qué no puedo?

—su tono de voz no era sarcástico ni irónico, sino más bien de curiosidad.

—Porque no.

Punto final—musité—ahora, si me disculpas, iré por Amber antes de que la encuentren muerta o algo peor, bajo la nieve solo por un berrinche ridículo.

—Iré yo por ella—afirmó—tú de ninguna manera saldrás—ordenó, mirándome con intensidad.

Sus ojos de colores inexplicables denotaron preocupación genuina por mí.

Buscó su chaqueta y se la puso encima de mi playera.

Se dirigió a la puerta y me echó un último vistazo antes de irse.

Verifiqué mi teléfono en busca de un mensaje por parte de mi madre y afortunadamente todo estaba en orden o bien, todavía no leía el mío.

Aproveché a reflexionar sobre lo que estaba pasando con mi vida desde que le salvé el trasero a ese chico extraño, Blackburn Varkáris y un día después, él hizo lo mismo por mí, para que luego ya no se me despegara de encima, incluso hasta me había bautizado como Cereza de Otoño y se tomaba atenciones como tomarme de la mano y cuidarme del clima.

Era todo tan raro y no le encontraba coherencia.

Me quedé dormida en el escritorio de mi ordenador cuando escuché que llamaban a la puerta.

De un respingo, me puse en pie.

El frío se había colado al dormitorio más de lo debido y tuve que abrigarme con otro suéter antes de abrir.

—Tomó un taxi cuando se percató que estaba siguiéndola—me informó Blackburn, sacudiéndose la nieve de encima.

Se quitó otra vez la chaqueta y se sentó al borde de mi cama.

—¿No piensas ir a tu casa?

—le pregunté cómo quien no quiere la cosa—tu mamá y hermana deben estar preocupadas.

—Mi madre sabía que saldría y a Lexa no tendría por qué preocuparle mi ubicación—dijo y se recostó a lo largo del colchón, mirándome— ¿por qué no te recuestas?

Hace muchísimo frío, incluso adentro—palmeó el sitio vacío junto a él—entre los dos podemos calentarnos.

Era sorprendente que sus palabras no sugieran otro tipo de trasfondo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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