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Ephemeral Darkness - Capítulo 8

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8: Capítulo 7 8: Capítulo 7 —No tengo frío—mentí.

Él arqueó una de sus cejas rubias y después cerró los ojos.

Al parecer pretendía dormirse en mi cama mientras terminaba de nevar, aunque bien, no se sabía con exactitud si la tormenta invernal llegaría a su fin pronto.

Me preocupaba no poder visitar a mi familia para las fechas decembrinas.

El sonido correspondiente a un mensaje entrante en mi teléfono me hizo correr a leerlo, siendo consciente del escrutinio repentino de Blackburn, ya que abrió los ojos en cuanto sonó.

“Cariño, no es necesario que vengas si eso implica peligro para ti.

Estaremos comunicándonos por vídeo llamada.

Te amo”.

—¿Por qué tan inesperado cambio de actitud?

—preguntó él.

—¿A qué te refieres?

—bloqueé la pantalla del teléfono y lo miré.

—Luego de leer ese mensaje, tu semblante se entristeció y ahora estás con aire sombrío.

—Tiene exactamente un año que no visito a mi familia—admití con tristeza—y solo en invierno puedo ir a Snowshill, pero gracias a este fantástico clima polar, no creo poder.

—Todavía tienes hasta el viernes para ver si el clima mejora—me animó, pero sin cambiar la inexpresividad de su rostro—no te deprimas antes de tiempo.

—¿Y tú sales a algún lado o te quedas aquí con tu familia?

—quise saber.

—Normalmente veo las vacaciones como oportunidades laborales—respondió, colocando sus brazos debajo de su cabeza y con la vista al techo—viajar solo o con mi familia, jamás me ha interesado porque, además de que es costoso, prefiero disfrutar la belleza de mi ciudad.

—¿Y no quisieras visitar Praga?

—¿Para qué?

Es decir, apenas recuerdo con vaguedad como era y no se me apetece ir a un país que solo conocí de niño, a menos que sea por un motivo en específico.

No obstante, la puerta del dormitorio se abrió abruptamente y me quedé inmóvil al ver a la prefecta entrar.

Barrió la habitación con sus petulantes ojos grises y se concentró en Blackburn, quien apenas la miró.

Era la primera vez que ella hacía eso, puesto que solía quedarse en su habitación todo el día y solamente hacía acto de presencia cuando el rector del colegio le daba indicaciones.

—¿Qué diablos está haciendo este chico aquí dentro, señorita Beaumont?

—ladró la mujer, casi queriendo ahorcarme ahí mismo con la mirada.

—Eh, él estaba… —balbuceé, incapaz de pensar en una buena excusa.

—Quedamos de ir al cine por la noche y me adelanté a verla, pero, por si no se ha dado cuenta, el cielo se está cayendo en forma de nieve—interpuso Blackburn con aburrimiento—quedé varado aquí y no puedo irme hasta que se calme un poco la ola polar.

—Sé perfectamente la situación, pero según el reglamento… —¿El reglamento prohíbe el resguardo masculino ante una crisis climática?

—espetó él, poniéndose en pie y temí por la prefecta.

La fémina estaba a nada de ser despedazada psicológica y moralmente por Blackburn Varkáris.

—No, pero… —Pondré una queja en el colegio ante tal falta de respeto y profesionalismo.

No estoy quedándome en la habitación de mi amiga Sophie por gusto, sino por necesidad, ¿o acaso quiere que me congele afuera y muera de pulmonía o hipotermia?

—sus ojos casi echaban chispas y la prefecta estaba boquiabierta, mirándolo con desdén— ¿sabe qué?

Primero pondré la queja aquí mismo para que la despidan por incompetente.

Blackburn rodeó a la mujer y salió por la puerta, en dirección a alguna parte.

La prefecta parpadeó, saliendo del ensimismamiento y corrió tras él por el pasillo.

Pensé en seguirlos, pero no quería verme envuelta en más problemas.

Sabía que él lograría solucionar el problema.

Transcurrieron diez minutos, cuando estuvo de vuelta.

Decidí dejar la puerta entreabierta para que entrara sin tener que pedir permiso.

—¿Y bien?

—dije— ¿lograste poner una queja?

—No, pero ocurrió algo muy interesante—me guiñó el ojo sin sonreír.

De sus bolsillos del pantalón, sacó unos billetes—la humana desagradable me ofreció veinte euros a cambio de mi silencio, pactando así su silencio y discreción para cuando yo vuelva a verte de ahora en adelante adentro de tu habitación, a cualquier hora del día.

—¿En serio?

—entorné los ojos— ¿Cómo la persuadiste?

—Ella, de su motivo, me lo ofreció porque se dio cuenta que no bromeaba.

De hecho, logré localizar al hombre que la contrató y antes de que pudiera quejarme, me sobornó descaradamente.

—Te miro, te analizo y te admiro—bromeé.

—Ten, diez para ti y diez para mí—repartió el dinero de forma equitativa.

—¿Por qué me lo das?

Es tuyo.

—Es nuestro—me corrigió—y no es mucho realmente, pero te servirá para cuando vayas a ver a tu familia.

—No sabía que fueras una buena persona, muchas gracias—estiré la mano a mi bolso y guardé el dinero en mi cartera.

—Trato de serlo, pero es angustiante no poder darle una paliza a cada humano idiota que me cruzo en el camino.

A ese paso, si lo tuviera permitido, no habría ninguno al que no hubiera destrozado su cara a golpes.

—Existen leyes, reglamentos, códigos y sentido común que debes respetar como ciudadano, Blackburn y como persona.

—Cereza de Otoño, si me pagaran por cada vez que me contengo de darle una lección a alguien en la calle, sería millonario y esos mismos humanos serían mis sirvientes—añadió con arrogancia y solo hasta entonces sonrió.

Apenas pude verle un poco el hoyuelo de su mejilla izquierda porque no era tan visible, tal vez si reía carcajadas, lograría verlo en su totalidad, pero no iba a ser posible.

Blackburn Varkáris apenas sonreía porque le encantaba estar serio la mayor parte del tiempo, intimidando a los demás.

Era cómico que mi primer acercamiento con alguien del sexo opuesto en la universidad, después de tres semestres, sería con él.

El chico más extraño y misterioso del planeta, que, por un milagro, logró volver de la muerte y tras ello, pegarse como chicle a mí, luego de salvarnos el trasero mutuamente.

Empezó a anochecer cuando la nevada aminoró.

Y él se dio cuenta que era el momento de marcharse, antes de quedarse varado por más tiempo.

Nos habíamos quedado enfrascados en una conversación banal acerca del calentamiento global, que apenas nos dimos cuenta del clima.

—Si quiero regresar entero a casa, debo irme ya—manifestó, yendo a comprobar que su suéter estuviera seco—ya se secó al fin, gracias por la playera, Cereza de Otoño.

Se desvistió rápidamente y se puso el suéter seco, luego la chaqueta, dejando la playera que le presté en el respaldo de mi silla del escritorio.

Mientras se cambiaba, aproveché a observarle otra vez sus heridas, que nuevamente las tenía a flor de piel, sin ninguna gasa que lo cubriese.

—¿Estás seguro de que es buena idea irte ya?

Las calles están repletas de nieve acumulada—objeté, recargada en el umbral de la puerta mientras él yacía a mitad del pasillo, listo para dejarme sola.

—A mi progenitora no le hará gracia que duerma fuera de casa, más por lo que me pasó hace un mes—señaló su pecho—y no quiero preocuparla.

—Está bien, ve con cuidado.

Me avisas al llegar a tu casa.

—Por supuesto.

Y tú, enciérrate—me ordenó—porque no podré estar cerca como quisiera.

Cerca de las nueve de la noche, recibí su mensaje, reportándose que llegó sano y salvo a su casa.

Una preocupación menos.

Por otro lado, la que me tenía con el alma en un hilo era Amber.

La idiota se largó sin rumbo y sin avisar.

Y teniendo en cuenta que le encantaba embriagarse cuando se sentía triste, no dudaba que había ido a beber.

Y el problema era en dónde y con quién.

El clima polar era letal para cualquiera que estuviera por mucho tiempo afuera.

Mi orgullo me impedía enviarle mensaje para saber dónde estaba, así que esperé impacientemente.

Yo no tenía el número de su novio y de ninguna otra persona que pudiera llamar su amigo, ya que, Amber era como yo en ese aspecto: no tenía amigos, pero bebía con muchísima gente.

Solo que, en mi caso, en vez de beber, estudiaba con los demás cuando era necesario.

Pasada la medianoche, la preocupación me albergó más fuerte.

¿A dónde se había ido?

Aventuré, en contra de mi orgullo mancillado, a llamarla, pero me envió a buzón inmediatamente.

—¡Me arrepentiré de lo que estoy haciendo!

—exclamé, comenzando a cambiarme con ropa extremadamente abrigadora.

No tenía opción.

Tenía que ir a buscarla y traerla de vuelta, aunque me congelara en el intento.

Despotriqué mientras terminaba de vestirme y la llamé una vez más, pero obtuve la misma respuesta.

Arreglé las orejeras antes de salir de la calidez del dormitorio.

No había ruido, solo absoluto silencio, señal de que todos estaban felizmente resguardados en sus habitaciones como personas normales, excepto yo.

Deliberadamente, en cuanto puse un pie fuera del edificio, me congelé.

El aire helado me arañó las mejillas y deseé volver.

La nieve me llegaba hasta las pantorrillas y traspasaba la frialdad a través de mis botas especiales.

Gracias a los guantes, mis dedos no se quebraron, pero me estaba calando espantosamente en el resto de mi cuerpo.

Caminé dificultosamente a grandes zancadas sobre la nieve, imposibilitando mi campo visual por la nevada y tuve que agarrarme al cofre de un vehículo aparcado y cubierto de blanco para no resbalar.

En ese instante no estaba Blackburn para evitar una fractura craneal en mi cabeza si resbalaba.

—¡Oye!

¡Oye, tú!

—los gritos de la prefecta me asustaron y me volví hacia atrás, viéndola acercarse a donde estaba con ayuda de otros estudiantes que residían también en el dormitorio.

La mujer era muy baja de estatura y la nieve le llegaba por encima de las rodillas— ¿Qué estás haciendo afuera?

¡Vas a congelarte!

—¡Estoy esperando a mi compañera de cuarto!

—le grité para que escuchara— ¡Amber Wright no ha vuelto desde la tarde!

Pensé que yo había caminado varias calles, pero tal sorpresa me llevé que únicamente logré cruzar a la otra acera, frente al edificio.

Vaya decepción.

—¿Amber Wright?

—interrogó uno de los acompañantes de la prefecta, un chico de último semestre de Escultura, que apenas logré identificar, aunque una vez lo vi, en la primera fiesta a la que asistí con Amber y decidí no ir jamás a otra—tengo entendido que ella se fue a la casa de Elliot Jackson.

—¿Cómo sabes eso?

—inquirí.

—Somos amigos de Elliot—repuso el otro, mirándome como si fuera idiota.

—Perfecto, entonces ustedes se harán cargo de pasarle información sobre ella a la prefecta—añadí, irónicamente—porque yo iré directamente a dormir y aseguraré la puerta.

En todo caso, si Amber regresa, le darán lugar en su dormitorio—sisé, irritada.

Regresé a la calidez y seguridad de mi habitación rápidamente.

Me puse ropa cómoda y abrigadora antes de meterme bajo las sábanas a dormir plácidamente.

Nunca había tenido que poner la calefacción, pero esta vez fue necesario.

En la madrugada, nevó muchísimo y en la mañana, desperté por el inmenso frío que ni la calefacción pudo amortiguar.

Mi aliento se miraba a cada exhalación.

Aturdida, vi mi teléfono.

Siete de la mañana en punto.

Me levanté precipitadamente porque llegaría tarde a la escuela, no obstante, una nota cerca de la puerta captó mi atención.

Era un boletín informativo del colegio.

«Suspensión indefinida de clases.

Se adelanta las vacaciones de invierno.

Nos vemos en enero.

Tomen sus precauciones si piensan viajar en medio de este clima peligroso.

Atentamente, Colegio de Artes de Camberwell».

Aliviada, guardé el boletín en mi mochila y eché un vistazo por la ventana.

Toda la ciudad estaba bajo un manto blanco y la nevada continuaba.

A lo lejos se miraba uno que otro coche transitando con precaución y ninguna persona a la vista.

Mi teléfono no tenía mensajes de Amber, ni de mi mamá y mucho menos de Blackburn Varkáris.

Me sentí un poco mal porque no logré comprar comida para esa semana y si tenía que quedar resguardada, solo podría comer dos días a base de fideos instantáneos, los cuales solo quedaban cuatro porciones y de beber, solo café.

Angustiada, volví a meterme a la cama a dormir un poco más hasta que mi estómago demandara comer.

Al mediodía, ya me hallaba comiendo fideos instantáneos mientras releía mi libro favorito “The Host” de la escritora famosa Stephenie Meyer.

The Host era el único libro que me gustaba de ella, puesto que los de Crepúsculo me dejaron mucho qué desear.

Leí durante una hora, sumiéndome en aquel universo post apocalíptico con un vídeo en YouTube de sonido de lluvia relajante de fondo.

Cuando me sentía decepcionada de la vida o triste, bastaba con leer ese libro para que mi mente y estado de ánimo cambiara.

Se me antojó algo dulce para saborear, pero no había nada en la alacena; pero el silencio de la habitación era reconfortante.

Amber no estaba para parlotear sobre mi pasatiempo de leer mi libro favorito cada que podía.

Ella no entendía que, aunque yo llevara años releyendo, cada nueva lectura, descubría algo nuevo en la misma historia; detalles que pasaba por alto.

Detuve mi lectura por un nuevo mensaje de texto en mi teléfono.

El remitente era Blackburn.

Lo leí rápidamente y fruncí el ceño.

“Olvidé unos chocolates en tu habitación, pero como es difícil salir a la calle e ir por ellos, te los regalo.

Disfrútalos.

Pd.

No sé en donde quedaron, búscalos”.

Comencé a buscarlos como loca.

¡Era un milagro!

Porque era lo que tanto se me apetecía degustar en un día tan escalofriantemente frío.

Busqué a conciencia y encontré una pequeña bolsa negra debajo del taburete en donde yo me había sentado a comer la hamburguesa el día anterior.

Era extraño, porque si él lo hubiese olvidado accidentalmente, no sería en ese sitio, y parecía como si de forma intencional, lo había ocultado para mí.

Abrí la bolsa y vi los seis empaques de Milky Way de doble barra cada uno.

Es decir, en total tenía doce barras de ese delicioso manjar para sobrevivir el resto de la semana, acompañada de los fideos y el café.

Le envíe un mensaje de agradecimiento en lo que le daba una generosa mordida al primer Milky Way, sintiendo un placer exquisito en el paladar.

“Oye, muchas gracias.

Me has salvado la vida por segunda vez.

Están deliciosos”.

Los días siguientes pasaron muy rápido.

La nieve continuó cayendo sin descanso y ya era viernes por la mañana.

Me quedaba únicamente dos chocolates para subsistir.

Había hecho mi maleta por si acaso el clima mejoraba, pero dadas las circunstancias, era más que obvio que me quedaría a pasar las vacaciones encerrada en el dormitorio, a menos que el tiempo cambiara.

En lo que concernía a Amber, ella no dio señales de volver y yo tampoco volví a llamarla desde que se marchó a casa de Elliot y seguramente estaba pasándosela de lo mejor con su novio, el primero que le había durado más de dos semanas seguidas.

Y con respecto a Blackburn, no me envió más mensajes, solo donde me avisaba de los chocolates y supuse que estaría ocupado.

Me di una ducha caliente y me vestí deportivamente, limpié la habitación, excepto la parte correspondiente a mi compañera, y quedé lista por si se daba la situación de poder viajar a último momento.

Comí el penúltimo chocolate y me quedé mirando por la ventana un largo rato hasta que dieron las once de la mañana.

—¡Sophie Beaumont!

¡Abre la puerta!

Sobresaltada, corrí a abrirle a la prefecta.

En cuanto me asomé, vi su rostro pálido, más que la nieve de afuera.

Había más personas con ella, seis estudiantes que no reconocí y todos tenían el mismo semblante.

—¿Qué pasa?

¿Ya podemos salir?

—pregunté, inocentemente.

—Ven con nosotros, rápido—me ordenó, alargando su mano y tirando de mí hacia el pasillo.

—¿Qué pasa?

—me rehusé a seguirla—mis llaves están adentro y no tengo mi abrigo.

—¡Apresúrate!

Tomé el abrigo, guantes, gorro y orejas al tiempo de mi bolso con mis llaves, cartera y teléfono.

Ni siquiera pude ponerme las botas especiales de nieve y me reuní con ellos.

—¿Qué pasa?

—repetí, abrumada, mientras corríamos por la escalera al primer piso, ya que en el elevador perderíamos tiempo.

Nadie quiso responderme y eso me puso los nervios de punta.

Llegamos hasta la habitación de la prefecta y esta se detuvo, mirándome con preocupación.

—Es sobre tu compañera de dormitorio, Amber Wright—dijo por fin la mujer, en un tono triste.

Fruncí el ceño sin comprender—gracias a que hace unos días dijiste que estabas buscándola, y tanto dos chicos y yo, fuimos testigos de tu preocupación, pudimos dar nuestra declaración a las autoridades hace un par de horas y evitar que fueras la sospechosa principal.

—¿Autoridades?

¿Sospechosa principal?

—inquirí— ¿Amber se metió en problemas?

—Algo así, pero más grave… —¡Dígame qué pasa!

—me alteré.

La prefecta intercambió miradas tristes con los otros seis chicos y luego me miraron de la misma manera.

—Encontraron el cadáver de Amber Wright a siete calles de aquí—me informó una de las chicas que estaba junto a mí.

Giré el rostro a ella y parpadeé, tratando de asimilar sus palabras.

—¿Qué?

—fue lo que pude decir ante el shock.

—Estuvo bajo la nieve desde el martes en la tarde.

Su cuerpo, a simple vista, no presentó marcas de tortura de ningún tipo.

Se espera que los forenses nos digan la causa exacta de su muerte en un par de horas—dijo la prefecta con pesar—se la llevaron para practicarle la necropsia de ley… —¿Desde la tarde?

¡Pero ella se fue con Elliot Jackson!

¡Usted estaba ahí cuando los amigos de ese idiota afirmaron ese hecho!

—exclamé, horrorizada y negándome a aceptar esa fatídica noticia.

—El mismo Elliot confesó que se quedó esperándola toda la tarde, noche y parte de la madrugada y jamás llegó a su casa—respondió la prefecta.

—¿Y por qué no vino a buscarla?

¿Por qué no me preguntó a mí?

—Según dice que pensó que Amber se había arrepentido y que volvió al dormitorio.

—¡Es ridículo!

—grité— ¡Elliot es el culpable!

¡Investíguenlo!

Quizá Amber sí se encontró con él, pelearon y el idiota le hizo algo, ¡Interróguenlo de nuevo!

—perdí los estribos.

—¡Señorita Beaumont, tranquila!

—la mujer intentó agarrarme, pero rechacé su contacto.

—Necesito verla—balbuceé—necesito ver a Amber para cerciorarme de que no fue asesinada.

—Lo más probable es que haya fallecido de hipotermia por el frío—convino una chica, a la que ni me tomé la molestia de mirar.

Tal vez tenían razón.

Amber no soportó el maldito frío y se desmayó, congelándose lentamente hasta morir.

La maldita discusión innecesaria la llevó a su muerte.

Y todo por mi culpa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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