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ESCALOFRÍO - Capítulo 10

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10: Antes de la fiesta 10: Antes de la fiesta El sábado amaneció más luminoso de lo que Kasia esperaba.

Había dormido poco, entre la emoción, los nervios y la sensación extraña de que el día iba a ser más largo de lo normal.

Apenas estaba terminando de hacerse una coleta cuando su móvil vibró sobre el escritorio.

La pantalla se iluminó con la palabra Papá.

Kasia sintió un pequeño vuelco en el estómago.

Contestó enseguida.

—Hola, papá.

—¡Kasia!

—la voz sonaba demasiado alegre, demasiado despierta para ser sábado—.

Estamos en Salamanca.

Tu madre y yo pensábamos… bueno, si quieres… podríamos ir de compras contigo.

Ya sabes, ver la ciudad, darte una vuelta.

Kasia cerró los ojos un instante.

No era una invitación.

Era una inspección disfrazada de plan familiar.

Lo conocía demasiado bien: su padre no venía a comprar nada.

Venía a verla.

A comprobar que estaba bien.

A asegurarse de que Salamanca no se la había tragado entera.

—Claro —respondió, suave—.

¿Dónde estáis?

Quedaron en la Plaza Mayor.

Cuando colgó, Ana salió del baño de la residencia con una toalla en la cabeza y un café en la mano.

—¿Quién era?

—preguntó, dando un sorbo.

—Mi padre.

Han venido a verme.

Quieren… ir de compras.

Ana arqueó una ceja, divertida.

—Tus padres y compras.

Eso sí que no me lo esperaba.

—Ya —Kasia sonrió con un gesto tímido—.

Creo que solo quieren ver cómo estoy.

Ana dejó el café en la mesa y se acercó, apoyándose en el marco de la puerta.

—Pues ve.

Está bien que te vean feliz.

Pero vuelve antes de las ocho, ¿eh?

Tenemos que arreglarnos, maquillarnos… —alzó las manos dramáticamente—.

¡Es nuestra primera fiesta universitaria!

Kasia rio, más tranquila.

—Volveré antes de las ocho, lo prometo.

—Perfecto —Ana le dio un golpecito en el brazo—.

Y si te compran algo, mejor.

Así ahorramos para las copas.

—Ana…
—¿Qué?

—sonrió con descaro—.

Hay que pensar en todo.

Kasia cogió su bolso, se miró un segundo en el espejo —ojos un poco cansados, pero brillantes— y respiró hondo.

Salamanca la esperaba.

Sus padres también.

Y por la noche… la fiesta.

La Plaza Mayor estaba llena de turistas, estudiantes y familias paseando bajo el sol del mediodía.

Kasia llegó unos minutos antes y se quedó de pie junto a una de las columnas, observando el movimiento constante de gente.

El aire olía a café y a pan recién hecho.

Cuando vio a sus padres acercarse, sintió una mezcla de alivio y un nudo extraño en la garganta.

Su madre la abrazó con fuerza, como si hubiera pasado un año entero desde que se marchó.

—Estás más delgada —fue lo primero que dijo.

—Estoy bien, mamá —respondió Kasia, sonriendo.

Su padre la miró con esa expresión que siempre le había costado descifrar: mitad orgullo, mitad preocupación.

—¿Dormiste bien?

—preguntó él.

—Sí.

Bueno… lo normal.

Caminaron juntos hacia una de las calles comerciales que salían de la plaza.

Su madre señalaba escaparates, su padre hacía comentarios sobre los precios, y Kasia asentía, intentando seguir el ritmo.

Pero algo en su pecho no terminaba de relajarse.

Cada cierto tiempo, sin saber por qué, giraba la cabeza hacia atrás.

Nada.

Solo gente.

Gente normal.

Risas, bolsas de compras, estudiantes con mochilas.

Pero aun así, la sensación persistía, como un hilo fino tensándose entre sus omóplatos.

<Estoy nerviosa por la fiesta>, se dijo.

<Es eso.

Solo eso>.

Su madre entró en una tienda de ropa y la arrastró con ella.

—Mira este jersey, Kasia.

Te quedaría precioso y mira estos pantalones, pruébatelos, toma.

Kasia lo tocó, suave, distraída.

Sacudió la cabeza.

<Estoy cansada.

Punto>, se volvió a decir.

—¿Qué te parece esta?

—preguntó su madre, levantando una blusa.

—Está bien —respondió Kasia, sin mirarla demasiado.

Salieron de la tienda con una pequeña bolsa y, aunque Kasia no tenía mucha hambre, aceptó la invitación de sus padres a comer.

—¿Y las clases?

—preguntó su padre ojeando la carta del restaurante.

—Bien.

Aún estoy adaptándome.

—¿Y la residencia?

—añadió su madre—.

¿Es segura?

¿Qué tal la compañera de habitación, se porta bien?

—Sí, mamá.

Está todo bien.

Kasia les contó absolutamente todo… salvo el pequeño detalle de que aquella noche tenía una fiesta a la que pensaba escaparse en cuanto la dejaran en la residencia, no quería preocuparlos innecesariamente.

Cuando terminaron de comer, decidieron dar una vuelta.

—Mamá, papá, tenéis que escuchar esto porque la cada piedra tiene una historia que contar.

¿Sabéis que esta plaza no la construyeron de una vez?

Yo pensaba que sí, porque parece tan perfecta y simétrica… pero no.

La hicieron por partes, entre 1729 y 1755, y con distintos arquitectos.

Es como si varias manos hubieran trabajado en un mismo cuadro sin que se note.

Y otra cosa que me dejó alucinada: durante más de un siglo fue una plaza de toros.

Sí, sí, tal cual.

Ponían gradas de madera y todo el centro se convertía en arena.

Imagino el bullicio, los gritos, la emoción… nada que ver con la calma que tiene ahora.

Los medallones que rodean la plaza también tienen su historia.

No siempre estuvieron todos, y algunos se cambiaron según quién era considerado “importante” en cada época.

Es como un álbum de héroes que la ciudad ha ido editando con el tiempo.

Sus padres la miraban embelesados mientras hablaba, como si cada palabra que pronunciaba iluminara un rincón nuevo de la plaza que ellos aún no conocían.

Kasia gesticulaba con entusiasmo, dibujando en el aire las formas de los medallones, el brillo dorado de la piedra y el bullicio antiguo de las corridas de toros.

Su madre sonreía con esa mezcla de orgullo y ternura que solo aparece cuando un hijo comparte algo que le ha tocado el alma.

Su padre asentía despacio, disfrutando no solo de la historia, sino del modo en que su hija la hacía vivir de nuevo, como si la plaza estuviera allí mismo, desplegándose entre los tres.

Entonces Kasia miró la hora en su teléfono móvil y, con una sonrisa apresurada, se despidió de sus padres.

Ellos, como no podía ser de otra forma, insistieron en acompañarla hasta la residencia, intentando prolongar un poco más su compañía.

Kasia llegó a la habitación justo antes de las ocho, con las bolsas colgando del brazo y el cansancio pegado a los hombros.

Ana estaba sentada en su cama, rodeada de maquillaje, planchas de pelo y un caos perfectamente organizado que solo ella entendía.

—¡Por fin!

—exclamó al verla entrar—.

Pensé que tus padres te habían secuestrado.

Kasia dejó las bolsas en el suelo y soltó una risa suave.

—Solo hemos comido y dado una vuelta.

Ana se levantó de un salto y, como un halcón, fue directa a las bolsas.

—A ver, a ver… ¿Qué te han comprado?

Ana sacó la primera prenda: un jersey beige, grueso, de cuello alto.

Se quedó en silencio un segundo.

Luego levantó la prenda con dos dedos, como si fuera un objeto arqueológico.

—Kasia… cariño… ¿Esto es ropa o penitencia?

Kasia se tapó la cara con las manos, entre avergonzada y divertida.

—Mi madre dice que aquí hace frío.

—¿Frío?

—Ana agitó el jersey—.

Esto es para sobrevivir a un invierno en Siberia, no para una fiesta universitaria.

Si te pones esto, te canonizan.

Sacó otra prenda: una blusa blanca con botones hasta el cuello.

—Vale, confirmo —dijo Ana, seria—.

Tu madre quiere que seas monja.

No hay otra explicación.

Kasia no pudo evitar reírse.

La risa le alivió un poco la tensión que llevaba acumulada desde la comida.

—No es para la fiesta.

Es para… el día a día.

—El día a día de Sor Kasia, sí —Ana dejó la blusa sobre la cama y se cruzó de brazos—.

Menos mal que para esta noche ya tienes el vestido azul.

Porque si llegas a aparecer con esto, te juro que te escondo detrás de una planta.

Kasia rodó los ojos, pero la sonrisa no se le borró.

—Eres exagerada.

—Soy realista —Ana se acercó y le dio un golpecito en la frente—.

Y tú estás rara hoy.

¿Te pasa algo?

Kasia se tensó un instante.

No quería sonar paranoica.

No quería que Ana pensara que estaba imaginando cosas.

—Solo… estoy cansada —respondió, bajando la mirada—.

Ha sido una semana larga.

Ana la observó un segundo más, como si intentara leerle el alma.

Luego asintió.

—Vale.

Te creo.

Pero esta noche te quiero viva, ¿eh?

Nada de caras largas.

Vamos a divertirnos.

—Lo intentaré —murmuró Kasia.

Ana sonrió, satisfecha, y volvió a su arsenal de maquillaje.

—Perfecto.

Ahora siéntate.

Te voy a peinar.

Y si tu madre pregunta, le decimos que te puse un moño discreto.

No tiene por qué saber que vas a salir a pecar un poquito.

Kasia se dejó caer en la silla, sintiendo cómo la luz cálida de la habitación la envolvía.

Afuera, el pasillo estaba lleno de voces, risas, puertas que se abrían y cerraban.

Todo el edificio vibraba con la anticipación de la primera fiesta del curso.

Y aunque la sensación de ser observada seguía ahí, como un hilo fino en la nuca, decidió ignorarla.

No quería arruinar la noche.

No quería arruinar nada.

Ana le puso las manos en los hombros.

—Kasia… —dijo con una sonrisa que mezclaba cariño y picardía—.

Hoy vas a brillar.

Y si alguien te mira raro, me lo dices.

Le lanzo mi zapato.

—respondió Ana, guiñándole un ojo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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