ESCALOFRÍO - Capítulo 9
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9: De compras…
9: De compras…
El centro comercial estaba a unos quince minutos del campus en transporte público y cinco minutos andando, pero a Kasia le pareció otro mundo.
Ana caminaba delante de ella con paso decidido, como si conociera cada tienda de memoria, mientras Kasia intentaba no quedarse atrás entre la multitud de estudiantes que también habían salido a buscar ropa para el inicio de curso.
—A ver —dijo Ana, deteniéndose frente a un escaparate lleno de vestidos cortos y tops brillantes—.
Aquí seguro encontramos algo.
Y recuerda: guapas, pero sin parecer que lo hemos intentado demasiado.
Kasia tragó saliva.
Ella nunca había tenido que pensar en esas cosas.
En su pueblo, una fiesta significaba vaqueros limpios y una camiseta bonita.
Aquí, en cambio, todo parecía una coreografía que no sabía bailar.
—De verdad, Ana, no puedo gastar mucho —repitió, casi en un susurro.
Ana le pasó un brazo por los hombros, arrastrándola suavemente hacia dentro de la tienda.
—Y no lo haremos.
Te lo prometo.
Pero tampoco vamos a aparecer con cara de “acabo de ordeñar vacas”.
Que nosotras seamos de pueblo no significa que tengamos que anunciarlo.
Kasia soltó una risa nerviosa.
—Tú no pareces de pueblo.
—Porque me lo curro —respondió Ana, guiñándole un ojo—.
Y tú también puedes.
Además, si nos hace falta dinero, buscamos un trabajito por las tardes.
Hay un montón de sitios que contratan estudiantes.
—No sé si podría con un trabajo y las clases —admitió Kasia.
—Claro que puedes.
Y si no, ya veremos.
Pero no te preocupes por eso ahora.
Hoy solo vamos a encontrar algo que te haga sentir bien… solo tú, pero con un poquito más de brillo.
Ana empezó a rebuscar entre las perchas con la energía de quien está en su elemento.
Kasia, en cambio, se quedó mirando su reflejo en un espejo cercano: tímida, un poco perdida, pero también… curiosa.
Había algo emocionante en dejarse llevar, aunque fuera solo por una tarde.
—Toma —dijo Ana de pronto, tendiéndole un vestido sencillo, de un azul oscuro que resaltaba sin llamar demasiado la atención—.
Este es muy tú.
Pruébatelo.
Kasia lo tomó entre las manos, sintiendo la suavidad de la tela.
No era algo que ella hubiera elegido, pero tampoco le parecía exagerado.
Quizá… quizá podría funcionar.
—¿Y tú qué te vas a poner?
—preguntó.
Ana sonrió con esa seguridad que parecía brotarle de los huesos.
—Yo ya tengo mi plan.
Pero primero tú.
Hoy eres mi proyecto.
Kasia rodó los ojos, divertida, y se dirigió al probador.
Enseguida salió del probador con el vestido azul a medio ajustar.
—Ana… creo que esto me queda raro —murmuró, insegura.
Ana levantó la vista del espejo donde se estaba probando unos pendientes enormes.
—A ver, ven aquí —dijo, acercándose con paso decidido—.
¿Raro dónde?
Kasia señaló la cintura.
—Aquí… no sé si me queda muy suelto y la espalda está toda al aire.
¡Me voy a congelar!
Ana la rodeó, tiró un poco de la tela, la acomodó con la naturalidad de quien ha hecho esto mil veces.
—No, mujer.
Esto no es suelto, es fluido.
Se llama “caer bien”.
Y te cae de maravilla.
Kasia se miró en el espejo, todavía dudando.
—Estás guapísima.
Y si alguien te dice lo contrario, me lo dices y le parto la cara.
Kasia soltó una carcajada.
—No vas a partirle la cara a nadie.
—Bueno, no.
Pero puedo mirarle mal.
Eso sí, se me da de lujo.
Ana volvió al espejo y se colocó un top brillante sobre la camiseta.
—¿Qué te parece este para mí?
—preguntó, girándose dramáticamente.
Kasia abrió mucho los ojos.
—Es… muy corto.
—Exacto —dijo Ana, satisfecha—.
Corto, brillante y perfecto para que me inviten a un par de copas.
—¿Eso funciona?
—preguntó Kasia, genuinamente sorprendida.
—Ay, Kasia… En la universidad funciona todo si lo llevas con actitud.
Y tú tienes más de la que crees.
Kasia bajó la mirada, tímida.
—No sé si tanto.
—Pues yo sí —respondió Ana, sin dudar—.
Y mañana lo vas a demostrar.
Kasia volvió a mirarse en el espejo.
El vestido azul, la luz blanca del probador, el murmullo de la tienda… y Ana a su lado, tan segura, tan distinta.
Por primera vez, la idea de la fiesta no le pareció tan aterradora.
—Está bien —dijo al fin—.
Me lo quedo.
Ana aplaudió una vez, feliz.
—¡Eso es!
Y ahora vamos a buscarte unos zapatos.
Nada de tacones imposibles, tranquila.
De pronto, Ana se detuvo frente a una sección más pequeña, llena de prendas de lencería delicadas.
Sus ojos brillaron con una idea que a Kasia no le gustó nada.
—Vale, ahora toca lo divertido —anunció Ana, levantando un conjunto de encaje con una sonrisa traviesa—.
Por si ligamos mañana.
Kasia sintió cómo se le encendían las mejillas al instante.
—¿Eso… no es un poco exagerado?
—balbuceó, mirando a otro lado.
—Exagerado no, previsor.
Nunca sabes qué puede pasar en una fiesta universitaria.
Kasia abrió la boca para protestar, pero Ana la observó con atención, ladeando la cabeza.
Su sonrisa se suavizó, volviéndose más curiosa que burlona.
—Ay, Kasia… —dijo en voz baja—.
Tú has estado con pocos chicos, ¿verdad?
Kasia sintió un nudo en la garganta.
No sabía qué responder.
No quería mentir, pero tampoco quería que aquello se convirtiera en una conversación incómoda en mitad de una tienda llena de gente.
Ana levantó las manos en gesto de paz.
—Tranquila, no pasa nada.
Se te nota.
En cómo te pones roja, en cómo miras al suelo, en cómo te asusta la idea de que alguien te mire demasiado.
Kasia bajó la vista, jugueteando con la percha del vestido azul.
—No es que me asuste… —murmuró—.
Solo… no estoy acostumbrada.
—Y no tienes por qué estarlo —respondió Ana, dándole un golpecito suave en el brazo—.
Nadie nace sabiendo estas cosas.
Y no necesitas lencería sexy para gustarle a nadie, te lo digo yo.
Pero… —alzó el conjunto de encaje con una sonrisa pícara— si quieres probarte algo bonito solo para ti, también está bien.
Kasia respiró hondo.
No sabía si quería, pero la forma en que Ana lo dijo —sin presión, sin burla, sin juicio— hizo que la idea dejara de parecerle tan absurda.
—Quizá… otro día —dijo al fin mientras se daba la vuelta y volvía al probador para quitarse el vestido.
Cuando cerraba la cortina, escuchó decir su nombre, pero no era la voz de Ana, era como un susurro extraño, tanto que la obligó a quedarse inmóvil, con la mano todavía sujetando la tela oscura a medio cerrar.
El murmullo había sido suave, casi imperceptible, como si alguien hubiera exhalado su nombre desde muy cerca… o desde muy dentro.
—¿Kasia?
—repitió Ana desde fuera, distraída, ojeando otra percha—.
¿Te has quedado dormida ahí dentro?
No.
Esa no había sido la voz.
La de Ana era clara, viva, llena de intención.
El susurro, en cambio, había sido… distinto.
Más bajo.
Más frío.
Como si hubiera rozado el interior de su oído sin tocarlo.
Kasia tragó saliva y se obligó a respirar hondo.
<Quizá era el ruido de la tienda, su imaginación, o los nervios por la fiesta.
Sí, tenía que ser eso.
Todo junto>.
Pensó Kasia.
—Ya voy —respondió, intentando que su voz sonara normal, y cerró la cortina del probador por completo, quedándose un segundo apoyada en ella, sintiendo como su corazón recuperaba el ritmo normal.
Intentó concentrarse en la tela, en el tacto suave entre los dedos, en la idea de la fiesta del día siguiente.
Pero su mente, traicionera, volvió al instante en que había creído oír su nombre.
No el de Ana, no el de nadie conocido.
Solo un murmullo que ahora, al recordarlo, le parecía más absurdo que inquietante.
<Estoy agotada>, pensó, apretando los labios.
<Demasiadas cosas nuevas en muy pocos días.
El campus, las clases, la residencia, la fiesta… y Ana arrastrándome por todas partes como si llevara aquí toda la vida>.
Era lógico que su cabeza empezara a mezclar ruidos, voces, impresiones.
Lógico que su imaginación, siempre tan viva cuando estaba nerviosa, hiciera de las suyas.
En su pueblo nunca pasaba nada; aquí, en cambio, todo era demasiado grande, demasiado rápido, demasiado distinto.
Quizá su mente solo estaba intentando ponerse al día.
Respiró hondo, obligándose a soltar la tensión de los hombros.
—Estoy bien —se dijo en voz baja, como si necesitara escucharlo para creerlo.
Se incorporó, colgó el vestido azul con cuidado y empezó a desabrocharse la camiseta para probarse el rojo.
La luz seguía siendo fría, el probador seguía siendo estrecho, y el murmullo de la tienda continuaba filtrándose por debajo de la puerta.
Nada había cambiado.
Nada estaba fuera de lugar.
Solo ella, quizá, un poco más sensible de lo normal.
<Es la fiesta>, pensó mientras se miraba en el espejo, todavía sin decidir si le gustaba lo que veía.
Y aunque una parte diminuta de su pecho seguía latiendo demasiado rápido, eligió ignorarla.
No quería darle más importancia.
No quería convertirse en la chica rara que oye cosas en los probadores.
—¿Kasia?
—llamó Ana desde fuera, con su tono habitual, despreocupado—.
¿Te queda bien o te estás peleando con la cremallera?
Kasia sonrió, aliviada por la normalidad de su voz.
—Ya casi —respondió, ajustándose el tirante.
Se miró una última vez en el espejo.
No había nada extraño allí.
Solo ella, con un vestido que aún no sabía si le gustaba, en una ciudad que todavía no entendía, intentando no perderse en medio de tantas primeras veces.
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