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ESCALOFRÍO - Capítulo 11

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11: La fiesta 11: La fiesta La calle estaba iluminada por farolas amarillentas y un murmullo constante de voces que se escapaba desde la casa de la hermandad.

A medida que se acercaban, Kasia notó cómo la música vibraba en el suelo.

Ana caminaba segura, emocionada, con los tacones golpeando el pavimento como si marcara el compás de la noche.

Kasia, en cambio, avanzaba, intentando no perderla entre los grupos de estudiantes que entraban riendo, ya medio mareados por el alcohol que llevaban encima.

La fachada de la casa estaba decorada con luces improvisadas, y desde la puerta salía un olor fuerte a alcohol mezclado con perfume barato y sudor.

Un chico enorme, con una camiseta de la hermandad, les dio la bienvenida levantando un vaso de plástico.

—¡Pasad, pasad!

Hay sangría… o algo parecido.

Ana soltó una carcajada y tiró de Kasia hacia dentro.

El interior era un caos.

La música estaba tan alta que las paredes parecían latir.

En el salón, convertido en pista de baile, chicos y chicas se movían pegados unos a otros, iluminados por luces de colores que parpadeaban sin ritmo.

En una mesa larga había botellas sin etiqueta, mezclas sospechosas en jarras y vasos de plástico apilados como si fueran munición.

—Esto es la universidad —respondió Ana, encantada—.

Ven, vamos a por algo de beber.

Kasia la siguió, esquivando cuerpos que se movían sin control.

El aire estaba cargado, caliente, espeso.

Cada vez que alguien pasaba demasiado cerca, ella sentía un sobresalto involuntario, como si su piel estuviera alerta a cualquier roce.

Ana llenó dos vasos con una mezcla rojiza que olía más a alcohol que a fruta.

—Toma.

Solo un sorbito.

No quiero que te me caigas al primer baile.

Kasia aceptó el vaso, aunque no estaba segura de querer probarlo.

Miró alrededor, intentando acostumbrarse al ambiente.

Había risas, gritos, gente bailando encima de un sofá, un chico intentando hacer un brindis que nadie escuchaba.

Todo era demasiado intenso, demasiado rápido.

Y aun así, entre el ruido y la multitud, esa sensación volvió.

Un tirón leve en la nuca.

Como si alguien la observara desde un rincón que no podía ver.

Como si una mirada se quedara pegada a su espalda, paciente, silenciosa.

Se giró, buscando algo concreto, alguien conocido, una explicación.

Solo vio sombras moviéndose entre luces de colores.

Rostros borrosos.

Siluetas que se cruzaban sin detenerse.

—¿Estás bien?

—preguntó Ana, acercándose para hablarle al oído.

Kasia tragó saliva.

—Sí.

Ana asintió, sin perder la sonrisa.

—Perfecto.

Vamos al patio.

La tomó del brazo y la guio entre la multitud.

El aire del pasillo era un poco más fresco.

Y por un instante, creyó ver una figura quieta entre la gente, demasiado inmóvil para el caos que la rodeaba.

Cuando parpadeó, ya no estaba.

El ritmo de la música cambio a rock duro, mientras esperaba a Ana en medio de la pista.

Las luces cambiaban de color, demasiado rápido, y el aire estaba cargado de sudor y algo más espeso que no sabía nombrar.

Intentó concentrarse en la gente bailando, en el ritmo.

Ana había desaparecido entre la multitud en busca de otra copa, dejándola sola apenas un minuto.

Un minuto bastó cuando sintió primero un roce.

Ligero.

Como un dedo que se equivocaba de dirección.

Luego, una mano entera recorrió la línea de su espalda desnuda, desde el tirante del vestido hasta la cintura.

Kasia se tensó al instante.

El contacto era frío, invasivo, demasiado seguro de sí mismo.

Se giró de golpe.

El chico que tenía delante sonreía con esa expresión que ella había visto demasiadas veces en fiestas de pueblo: la sonrisa de quien cree que todo le pertenece.

Ojos entornados, vaso en la mano, olor a alcohol fuerte.

—Tranquila, guapa —dijo, acercándose un poco más—.

Solo quería saludar.

Kasia dio un paso atrás, pero él avanzó otro.

El pulso le subió a la garganta.

No quería gritar.

No quería montar una escena.

Solo quería que se apartara.

—No me toques —dijo, firme, aunque la voz le tembló un poco.

El chico soltó una risa corta.

—Venga, no seas así.

Estamos de fiesta.

Cuando él volvió a acercar la mano, Kasia actuó sin pensarlo.

Levantó el vaso que aún tenía en la mano y se lo lanzó encima.

El líquido rojo le cayó en la camiseta y parte del cuello.

El chico se quedó congelado un segundo, sorprendido, antes de que su expresión cambiara a algo más oscuro.

—¿Pero qué haces, loca?

—gruñó, avanzando hacia ella.

Kasia retrocedió, sintiendo cómo la pista se estrechaba a su alrededor.

La música seguía sonando, pero ahora parecía lejana, distorsionada.

Nadie miraba.

Nadie veía.

Nadie escuchaba.

El chico levantó la mano, no para golpearla, pero sí para agarrarla del brazo.

No llegó a tocarla.

Una mano apareció entre ambos, firme, deteniendo el movimiento del chico con un gesto seco.

—Ya está —dijo una voz masculina, calmada, pero con un filo que cortaba el ruido—.

Ella ha dicho que no.

Kasia levantó la vista.

El muchacho que se había interpuesto era más alto que el otro, de piel morena y ojos claros que parecían brillar incluso con las luces cambiantes.

No tenía la postura agresiva del otro chico, pero sí una seguridad tranquila que imponía más que cualquier grito.

El agresor lo miró con fastidio.

—Tío, no te metas.

—Me estoy metiendo —respondió el moreno, sin apartarse ni un centímetro—.

Lárgate.

Hubo un segundo de tensión, un pulso silencioso entre ambos.

El chico empapado resopló, soltó un insulto que se perdió entre la música y se alejó empujando a un par de personas por el camino.

Kasia soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

El moreno se giró hacia ella, bajando un poco la voz.

—¿Estás bien?

Kasia asintió, aunque no estaba segura de que fuera verdad.

El corazón le latía demasiado rápido, y la sensación de ser observada, esa que llevaba todo el día, se mezclaba ahora con el shock del momento.

—Sí… creo que sí —murmuró.

Él la miró un segundo más, como si quisiera asegurarse.

—No deberías quedarte sola aquí —dijo, sin sonar controlador, solo… atento.

Kasia abrió la boca para responder, pero en ese momento Ana apareció entre la multitud, con dos vasos en la mano y el ceño fruncido.

—¿Qué ha pasado?

—preguntó, mirando a Kasia, luego al chico, luego a la mancha roja en el suelo.

Kasia tragó saliva.

—Nada… ya está.

El moreno dio un paso atrás, como si no quisiera incomodar.

—Si necesitáis algo, estaré por allí —dijo, señalando con la cabeza hacia un grupo cercano.

Ana lo observó marcharse, luego miró a Kasia con ojos entre preocupados y furiosos.

—¿Quién era ese idiota?

¿Te ha hecho algo?

Kasia negó con la cabeza, aunque la piel de su espalda aún ardía por el recuerdo del contacto.

—No.

Estoy bien.

De verdad.

Pero mientras Ana la abrazaba por los hombros y la sacaba de la pista, Kasia no pudo evitar mirar hacia donde se había ido el chico moreno.

Y por un instante, tuvo la sensación de que él también la estaba observando.

No con la misma intención que el otro.

Pero observándola, al fin y al cabo.

Kasia y Ana subieron las escaleras agarradas del brazo, riéndose más de la cuenta.

El alcohol les había calentado la cara y aflojado la lengua, y la música seguía vibrando incluso allí arriba, como si la casa entera fuera un altavoz gigante.

El pasillo estaba lleno de gente apoyada contra las paredes, algunos hablando, otros besándose sin pudor.

El baño de la primera planta tenía una cola improvisada de tres chicas que esperaban con cara de desesperación.

—Madre mía —murmuró Ana, apoyándose en la pared—.

Esto parece la puerta del confesionario.

Kasia soltó una risa nerviosa.

—¿Seguro que no podemos bajar al de la planta baja?

—Ni loca —respondió Ana—.

Ahí abajo hay más gente que en un concierto.

Además… —se inclinó hacia ella, conspiradora—, ¿has visto a los del equipo de fútbol?

Están buenísimos.

Aunque algunos tienen la misma expresión que un ladrillo.

Kasia rió, tapándose la boca.

—Ana…
—¿Qué?

Es verdad.

Son guapos, sí, pero si les preguntas la capital de España igual te dicen “cerveza”.

Kasia estaba a punto de contestar cuando la puerta del baño se abrió de golpe.

Salió una pareja: él abrochándose el pantalón con torpeza, ella bajando el vestido a toda prisa, las mejillas encendidas y el pelo revuelto.

Al verlas, la chica soltó una risita ahogada y tiró del brazo del chico para desaparecer por el pasillo.

Kasia se quedó petrificada, con los ojos muy abiertos.

Ana, en cambio, estalló en carcajadas.

—Ay, por favor —dijo entre risas—.

¡Esto es un baño, no un hotel!

Se inclinó hacia Kasia, todavía riéndose.

—Mejor buscamos otro.

Aquí dentro debe de haber… ecos.

Kasia sintió cómo se le encendían las mejillas, mezcla de vergüenza y sorpresa.

No estaba acostumbrada a ese tipo de escenas.

En su pueblo, si alguien hacía algo así, se enteraba toda la comarca en diez minutos.

—Sí… mejor otro —murmuró, todavía procesando lo que acababa de ver.

Ana la tomó del brazo y la arrastró de nuevo hacia el pasillo.

—Vamos al de arriba del todo.

A ver si está vacío.

Y si no, hacemos cola, pero sin que nos salgan traumatismos visuales.

Kasia rió, más relajada, aunque una parte de ella seguía sintiendo ese nudo extraño en el estómago.

No sabía si era el alcohol, la fiesta, o la sensación persistente de que algo la seguía desde hacía horas.

Pero Ana tiraba de ella con tanta energía que, por un momento, decidió no pensarlo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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