ESCALOFRÍO - Capítulo 12
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12: Kasiaaa 12: Kasiaaa Cuando Kasia y Ana bajaron de nuevo al salón, la música parecía aún más alta que antes.
El sonido vibraba en el suelo, en las paredes, en el pecho.
Las luces de colores parpadeaban, iluminando rostros sudados, risas descontroladas y cuerpos que se movían sin pensar.
Ana iba delante, sujetando a Kasia por la mano para que no se perdiera entre la multitud.
El alcohol les había soltado la lengua y aflojado las piernas, pero también les había dado una especie de valentía torpe que las hacía reír por todo.
Al pasar junto a un grupo de chicos, uno de ellos —alto, moreno, con la camiseta del equipo de fútbol pegada al cuerpo— le cogió la mano a Ana con una seguridad descarada.
—Tú —le dijo, sonriendo como si la conociera de toda la vida—.
Me encanta tu sonrisa.
Ana se detuvo un segundo, ladeó la cabeza y le devolvió una sonrisa aún más grande.
—Y tú me encantas a mí —respondió, lanzándole un beso exagerado con la mano.
El chico abrió la boca, sorprendido y encantado, pero Ana ya estaba tirando de Kasia otra vez, riéndose como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—¿Lo ves?
—gritó Ana por encima de la música—.
¡Actitud!
¡Es todo actitud!
Kasia soltó una carcajada, aunque el sonido se perdió entre el ruido.
El salón estaba lleno, más que antes.
El aire era caliente, espeso, casi pegajoso.
La gente bailaba tan junta que apenas había espacio para moverse sin rozar a alguien.
Ana alzó los brazos y se dejó llevar por la música, moviéndose con una soltura casi magnética, como si el ritmo la reconociera y la reclamara.
Kasia intentó imitarla, aunque sus pasos eran más cautos, más recogidos.
Aun así, el alcohol le aflojaba los hombros, le deshacía un poco la timidez, y por un instante permitió que la música la arrastrara.
Por un momento, se sintió dentro de algo más grande que ella.
Parte del pulso, del desorden, de la noche misma.
Giró, y en ese giro chocó con él.
Ese muchacho que anteriormente creía tener algún derecho sobre ella.
Sobre su espacio.
Kasia ni siquiera había notado que estaba tan cerca, y él aprovechó esa mínima ventaja para inclinarse hacia ella, acercándose tanto que sus labios casi rozaron los suyos.
Kasia reaccionó al instante, empujándolo con un gesto brusco, instintivo.
Él retrocedió medio paso, sorprendido… y luego su expresión se tensó.
Volvió a colocarse junto a ella con una rapidez que la descolocó.
Le sujetó el rostro entre las manos, obligándola a mirarlo.
Sus ojos, demasiado fijos, demasiado vacíos, parecían absorber la luz.
—Kasiaaa —susurró, alargando su nombre como si lo saboreara.
Y entonces ocurrió.
Ese escalofrío.
El mismo que ya había sentido antes, pero ahora más nítido, más afilado.
Le subió por la espalda como una corriente helada, trepando vértebra a vértebra, dejándole la piel erizada y el corazón golpeando con un ritmo que no tenía nada que ver con la música.
El muchacho seguía sujetándole el rostro, sus dedos fríos pese al calor sofocante del salón.
Su mirada no parpadeaba, como si estuviera viendo algo detrás de ella, algo que Kasia no podía ver.
—Te echaba de menos… —susurró, con una voz que no encajaba con su edad ni con su cuerpo—.
Has crecido.
Sé que no puedes verme, pero sigues percibiéndome.
¿Por qué?
Me tienes cautivado, Kasiaaaa.
Cada palabra le rozó la piel como un soplo helado.
Kasia sintió cómo el escalofrío se deslizaba por su columna, trepando rápido, afilado, como si quisiera abrirse paso hasta su nuca.
No era miedo normal.
Era otra cosa.
Algo antiguo.
Algo que no tenía sentido.
Y entonces ocurrió.
El chico parpadeó.
Una vez.
Como si despertara de un sueño profundo.
Su cuerpo se tensó y se quedó completamente inmóvil, los dedos aún en las mejillas de Kasia, pero sin fuerza, como si no recordara haberlos puesto ahí.
Sus ojos se desenfocaron, buscando algo en el aire, confusos.
—¿Qué diablos…?
—murmuró, apenas audible.
Luego la soltó de golpe, como si se hubiera quemado.
Retrocedió un paso, respirando rápido, mirándola como si fuera una desconocida que acabara de aparecer de la nada.
—¿Otra vez tú?
—le gritó, la voz quebrada entre rabia y desconcierto—.
¿Ahora qué quieres?
La música seguía tronando, pero Kasia ya no la oía.
Todo su cuerpo vibraba con una certeza absurda, imposible: no había sido él quien le había dicho aquello.
No esa voz.
No esa presencia.
Era como si hubiera hablado a través de él.
Como si algo hubiera usado su boca.
Como si ella estuviera perdiendo la cabeza.
El muchacho seguía mirándola, pero ahora con miedo.
Como si fuera él quien necesitara alejarse de ella.
Desde el otro extremo del salón, alguien la observaba.
No con la insistencia inquietante del muchacho anterior, sino con una mezcla de alerta y preocupación.
Era el chico amable, el que la había ayudado al principio de la fiesta, justo cuando aquel mismo idiota había intentado molestarla por primera vez.
Cuando vio lo que estaba pasando, no dudó.
Se abrió paso entre la multitud con rapidez, esquivando cuerpos que bailaban sin notar nada.
Llegó hasta Kasia justo cuando el otro muchacho seguía gritándole, todavía desorientado.
—Ven —dijo él, cogiéndola de la mano con firmeza, pero sin brusquedad.
La arrastró hacia un lado, ocultándola de la mirada del otro chico, que seguía mirando alrededor como si no entendiera qué hacía allí.
Kasia apenas reaccionó.
Seguía helada, temblando, con la piel erizada y la mente atrapada en ese susurro que no podía haber salido de la boca de un desconocido.
—Vaya —dijo el chico amable, intentando sonar ligero, aunque su mirada era seria—.
Es la segunda vez que te salvo del mismo idiota.
Espero que no se vuelva una rutina.
Kasia lo miró, pero sus ojos estaban perdidos, como si su mente siguiera atrapada en otra escena, en otra voz.
No podía procesar lo que acababa de pasar.
No podía entenderlo.
Su rostro estaba tan pálido que él frunció el ceño, preocupado.
—Oye… —murmuró, inclinándose un poco para verla mejor—.
Estás blanca como el papel.
¿Qué te ha hecho ese tío?
Ella abrió la boca, pero no salió nada.
No sabía qué decir.
No sabía cómo explicar algo que ni siquiera tenía sentido para ella.
Él no esperó respuesta.
—Vamos fuera —decidió, guiándola hacia la salida—.
Necesitas aire.
Mucho aire.
La música quedó atrás como un rugido distante mientras cruzaban la puerta.
El aire frío de la noche la golpeó en la cara, pero no la despertó del todo.
Seguía temblando.
Seguía sintiendo ese escalofrío atrapado bajo la piel, como si algo hubiera rozado su mente y todavía estuviera allí, escondido.
El chico la soltó solo cuando estuvieron lejos del ruido, observándola con una mezcla de inquietud y ternura.
—¿Qué ha pasado ahí dentro?
—dijo en voz baja.
Ella tragó saliva, intentando ordenar sus pensamientos.
Pero lo único que podía repetir en su cabeza era lo mismo:
—¿Y si me estoy volviendo loca?
El muchacho se quitó la cazadora sin pensarlo dos veces y se la colocó sobre los hombros a Kasia.
El tejido aún conservaba el calor de su cuerpo, pero ella seguía temblando como si la noche entera se hubiera congelado dentro de su piel.
—Bueno… —dijo él, intentando sonar despreocupado—.
Si te sirve de consuelo, es fácil salir loco de estas fiestas.
Kasia levantó la mirada hacia él.
Esta vez de verdad lo miró.
Como si lo viera por primera vez, como si su rostro hubiera estado borroso hasta ese instante.
Sus ojos tardaron un segundo en enfocar, como si su mente aún estuviera atrapada en otra voz, en otro lugar.
Él frunció el ceño, preocupado, y levantó una mano para rozarle la mejilla con el dorso de los dedos.
Un gesto suave, casi torpe, como si temiera romperla.
—Vaya… —Murmuró—: Ya empiezas a tener algo de color.
Pero Kasia no respondió.
No podía.
El aire frío le llenaba los pulmones, pero no la despertaba del todo.
Seguía sintiendo ese eco en la nuca, esa vibración helada que no tenía nada que ver con el susto ni con el alcohol.
Era como si algo hubiera hablado a través de aquel muchacho.
Como si algo la hubiera reconocido.
El chico la observaba, esperando que dijera algo, que reaccionara, que volviera a ser la chica que había visto al principio de la noche.
Pero Kasia seguía con la mirada perdida, como si buscara una explicación en la oscuridad del jardín.
Y él, sin saber qué más hacer, se quedó a su lado, sosteniéndola por los hombros para que no se desplomara.
Ella tragó saliva; sin embargo, las palabras no llegaban.
Solo ese pensamiento, repetido como un latido:
¿Y si no estoy loca… y lo que me ha hablado sí me conoce?
Y Kasia, inmóvil, helada, no sabía si debía huir… o si ya era demasiado tarde.
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