ESCALOFRÍO - Capítulo 13
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13: Un ancla en mitad del caos 13: Un ancla en mitad del caos Tras unos minutos interminables, en los que solo se oía su respiración entrecortada y el murmullo lejano de la fiesta, Kasia consiguió articular algo.
Apenas un susurro.
—Gracias…
Fue débil, casi inaudible, pero suficiente para que el muchacho soltara un suspiro de alivio.
Aquello le confirmó que estaba volviendo en sí, aunque fuera poco a poco.
—Me llamo Ramón, por cierto —dijo con una sonrisa suave, intentando no abrumarla—.
¿Y tú?
Kasia levantó la mirada.
Esta vez sí lo vio.
No como una figura borrosa entre luces y ruido, sino como alguien real, presente, cálido.
Sus ojos se fijaron en los suyos con una atención nueva, como si su mente estuviera regresando desde muy lejos.
Ella no respondió, pero el temblor en sus manos se había suavizado.
El aire frío, la cazadora sobre los hombros, la presencia tranquila de Ramón… todo eso la estaba anclando de nuevo a la realidad.
O a lo que debería ser la realidad.
Ramón la observaba con atención, intentando descifrarla.
—Kasia… me llamo Kasia
Él repitió su nombre con cuidado, como si temiera romperla—.
Kasia, ¿estás segura de que estás bien?
Ella tragó saliva.
No sabía qué responder.
No sabía si podía decirlo en voz alta sin sonar completamente loca.
Kasia decidió callarse.
No porque no quisiera contarlo, sino porque no sabría ni por dónde empezar sin sonar como alguien que había perdido el juicio.
Así que respiró hondo, intentó estabilizar la voz y fingió normalidad, aunque sus manos aún temblaban bajo la cazadora de Ramón.
—¿Conoces al chico…?
—preguntó al fin, con un hilo de voz—.
Con el que… pasó eso.
Ramón negó con la cabeza de inmediato.
—Afortunadamente, para nada —respondió con un resoplido—.
Aunque idiotas, conozco muchos.
Y en estas fiestas parece que florecen más todavía.
La frase, tan simple y tan humana, le arrancó a Kasia una sonrisa tímida.
Apenas un gesto, pero suficiente para romper la tensión que llevaba clavada en el pecho desde hacía minutos.
Ramón lo notó al instante.
—¡Eso!
—dijo, chasqueando los dedos y sonriendo con alivio—.
Eso me gusta mucho más.
Me estabas asustando, Kasia.
Ella bajó la mirada, sintiendo cómo el calor regresaba poco a poco a sus mejillas.
No sabía si era por la vergüenza, por el frío que empezaba a disiparse o por la sensación de que Ramón, sin entender nada, estaba siendo exactamente lo que necesitaba: un ancla.
Irrumpiendo como una tormenta, como solo Ana sabía hacerlo, apareció de pronto entre la oscuridad del jardín.
Tenía el pelo algo despeinado, las mejillas encendidas y los ojos muy abiertos, como si llevara diez minutos recorriendo la fiesta entera buscándola.
—¡Kasia, tía!
—exclamó, casi sin aire—.
¿Pero dónde te habías metido?
Se detuvo en seco al ver a Ramón a su lado.
Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara.
—Ah, vaya… —dijo, bajando la voz con teatralidad—.
Veo que estás en buena compañía.
Se acercó a Kasia y, sin perder la sonrisa, le susurró al oído:
—Buena elección has hecho, Kasia.
Este chico está como un tren.
Lo dijo lo bastante bajo para que Ramón no lo oyera del todo… pero lo bastante alto para que Kasia deseara que la tierra la tragara.
Se puso roja como un tomate, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello hasta las orejas.
Ana soltó una carcajada encantada con su propia travesura y, sin esperar invitación, se acercó a Ramón.
—Hola —dijo con desparpajo—.
Soy Ana, la mejor amiga de Kasia.
Le plantó dos besos en las mejillas, rápidos y ruidosos, como si lo conociera de toda la vida.
Ramón parpadeó, sorprendido, pero sonrió con educación.
Ramón la miró de reojo, divertido.
Ana, todavía con la energía de la fiesta pegada a la piel, dio una palmada.
—Venga, volvamos dentro —dijo—.
¡Ahora está en lo mejor!
No obstante, Kasia negó despacio.
No quería volver.
No podía.
Sentía que si cruzaba otra vez esa puerta, algo la estaría esperando.
—Yo… prefiero irme a la habitación —murmuró, aún con la voz frágil.
Ana abrió la boca para protestar, pero Ramón se adelantó.
—Si quieres, te acompaño —dijo con calma—.
A mí estas fiestas tampoco me van mucho.
Y prefiero asegurarme de que llegas bien a tu dormitorio… si no te importa, claro.
Kasia lo miró, sorprendida por la oferta.
Antes de que pudiera responder, Ana se inclinó hacia su oído con una sonrisa traviesa.
—Aprovéchalo —susurró—.
Se nota que está interesado en ti.
Y oye… si quieres liarte con él en la habitación, solo deja un calcetín colgando sobre el pomo por fuera.
Yo entenderé que no queréis ser “molestados” y me doy una vuelta.
Kasia sintió cómo la sangre le subía a la cara de golpe.
Se puso roja como un tomate, más aún que antes, si cabía.
Ana casi se atragantó de la risa al verla.
Pero esta vez fue Ramón quien intervino, escuchando lo justo para entender el tono.
—Tranquila —dijo en voz alta, con una mezcla de humor y torpeza encantadora—.
Cuando la deje a salvo, me iré.
Tengo mucho que estudiar.
Ana levantó las cejas, divertida.
—Uy, uy… responsable y todo —comentó.
Kasia no sabía dónde meterse.
Entre la vergüenza, el susto que aún le latía en la nuca y la presencia cálida de Ramón a su lado, sentía que el mundo se movía demasiado rápido.
Pero, por primera vez desde que salió del salón, algo dentro de ella se aflojó un poco.
No era tranquilidad del todo… pero sí un respiro.
—¿Vamos?
—instó Ramón.
Kasia asintió.
Y mientras se alejaban, Ana se quedó atrás, observándolos con una sonrisa satisfecha.
El camino hacia la residencia estaba casi desierto.
Solo se oía el crujido de la grava bajo sus pasos y, a lo lejos, la música amortiguada de la fiesta.
Cada vez que el viento soplaba, las ramas desnudas de los árboles se mecían como si quisieran advertirles de algo.
Kasia caminaba despacio, con la cazadora de Ramón aún sobre los hombros.
Él no la presionaba, no hacía preguntas, únicamente se mantenía a su lado, atento a cada gesto suyo.
—Si te mareas o necesitas parar, dímelo —comentó Ramón, con esa voz tranquila que parecía hecha para sostenerla.
Ella asintió, aunque no era mareo lo que sentía.
Era… otra cosa.
Una presión fría en la nuca, como si alguien caminara justo detrás de ellos.
No se atrevió a mirar.
Cuando por fin llegaron al edificio, Ramón empujó la puerta de cristal y la sostuvo para que ella pasara.
El vestíbulo estaba vacío, iluminado por una luz amarillenta que hacía que las sombras parecieran más largas de lo normal.
Kasia se detuvo un instante.
Ramón lo notó.
—¿Te pasa algo?
—preguntó, inclinándose un poco para verla mejor.
Ella negó, pero su respiración se aceleró.
No quería sonar paranoica.
No quería que pensara que estaba loca.
Pero tampoco podía ignorarlo.
—Es que… —empezó a decir.
Ramón esperó.
No insistió.
Solo esperó.
Y eso, de algún modo, la empujó a hablar.
—Podrías acompañarme hasta la puerta.
Ramón frunció el ceño, preocupado.
—Claro, te acompaño donde me digas.
—¿No te importa?
No quisiera abusar —preguntaba, mientras las palabras se le atascaban en la garganta, como si algo dentro de ella intentara impedirle pronunciarlas.
—Tranquila, no tengo prisa… —susurró—.
Lo de antes… lo dije por no ponerte en un apuro con tu amiga.
Kasia asintió con un gesto pequeño, casi infantil, y ambos reanudaron el camino por el pasillo.
Cuando llegaron frente a la puerta de la habitación, se detuvieron.
—Ramón… —murmuró, sin atreverse a mirarlo directamente.
Él ladeó la cabeza, atento.
—Dime.
Kasia respiró hondo, como si estuviera a punto de saltar a una piscina helada.
—¿Podrías quedarte un rato?
—preguntó al fin, con la voz tan baja que casi se confundía con el zumbido del fluorescente—.
Solo hasta que vuelva Ana.
No quiero… —Se mordió el labio—.
No quiero estar sola ahora mismo.
Ramón no respondió enseguida.
Y ese segundo de silencio fue suficiente para que ella se arrepintiera de haberlo dicho.
—Perdona —añadió rápido—.
Olvídalo.
Es una tontería.
No quiero que pienses que… que estoy intentando… ya sabes.
La vergüenza le subió a las mejillas como un fogonazo.
Pero Ramón sonrió.
Una sonrisa cálida, tranquila, sin rastro de burla.
—Kasia —dijo con suavidad—.
Si quieres que me quede, me quedo.
Y no voy a pensar nada raro.
Ella levantó la mirada, sorprendida por lo fácil que lo hacía parecer.
—¿De verdad?
—De verdad —confirmó él, encogiéndose de hombros—.
Además… —añadió con un brillo juguetón en los ojos—.
Me viene bien un descanso.
Y tengo una idea.
Kasia parpadeó.
—¿Una idea?
—Sí.
—Ramón se rascó la nuca, un poco avergonzado—.
Suelo tomar un colacao enorme antes de dormir.
Me relaja.
Y… bueno, puedo prepararte uno si quieres.
O los dos.
Así hablamos un rato.
De lo que tú quieras.
La propuesta la desarmó por completo.
Era tan… normal.
Tan humana.
Tan cálida.
Un contraste absoluto con la sombra que la había seguido desde el jardín.
—Me… me encantaría —admitió, sintiendo que la tensión en su pecho aflojaba un poco.
Ramón sonrió, satisfecho.
—Perfecto.
Entonces bajo a la cocina, preparo los colacaos y tú te pones cómoda.
Prometo no juzgar tu pijama, sea el que sea.
Kasia soltó una risa nerviosa, pero auténtica.
Y ese sonido, aunque pequeño, llenó el pasillo de algo parecido a luz.
Abrió la puerta y encendió la lámpara de la mesilla.
La habitación estaba en penumbra, tranquila, aparentemente segura.
Pero mientras Ramón bajaba a la primera planta donde se encontraba la cocina de la residencia, Kasia sintió ese escalofrío recorrerle la espalda.
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