ESCALOFRÍO - Capítulo 14
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14: La Sirena 14: La Sirena Kasia sintió el escalofrío como un latigazo suave, casi imperceptible, pero suficiente para que su cuerpo reaccionara antes que su mente.
Se giró hacia la puerta del pasillo justo a tiempo para ver a Ramón, ya casi al final, preparándose para bajar las escaleras.
—Ramón… —Susurró, pero no lo llamó de verdad.
No quería parecer paranoica.
No quería que él pensara que estaba peor de lo que ya parecía.
Así que cerró la puerta con cuidado, apoyó la mano en la madera un segundo… y echó el pestillo.
El clic resonó más fuerte de lo que debería.
La habitación estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Se acercó a la ventana y apartó un poco la cortina.
El jardín estaba vacío, iluminado por la luz mortecina de las farolas.
Nada se movía.
Ni una sombra fuera de lugar.
Entonces, ¿por qué ese escalofrío?
¿Por qué esa sensación de que algo la rozaba por dentro?
La idea de llamar a sus padres cruzó su mente como un destello.
Solo para oír sus voces.
Solo para asegurarse de que todo estaba bien allí, lejos de esa residencia que de pronto parecía demasiado grande y demasiado silenciosa, pero eran casi las tres de la madrugada.
Si llamaba a esas horas, los alarmaría y no quería añadirles preocupaciones que no sabía ni explicar.
Suspiró y se dejó caer sobre la cama.
Se abrazó las rodillas, intentando que el temblor de sus manos se calmara.
El sonido de pasos en el pasillo la hizo levantar la cabeza.
Esta vez, el ritmo era más ligero.
Unos golpecitos suaves en la puerta.
—¿Kasia?
—la voz de Ramón, amortiguada por la madera—.
Soy yo.
Ella se levantó enseguida y abrió.
Ramón estaba allí, con una bandeja entre las manos.
Dos tazas de ColaCao humeante y un par de magdalenas que parecían haber sobrevivido a varias guerras.
—He encontrado esto en un armario —dijo, levantando una ceja—.
No prometo que estén buenas, pero… bueno, son magdalenas.
Cumplen su función.
Kasia no pudo evitar sonreír.
Una sonrisa pequeña, pero real.
—Gracias —murmuró.
Ramón entró despacio y dejó la bandeja sobre el escritorio.
Se frotó las manos, intentando quitarse el frío del pasillo.
—¿Estás mejor?
—preguntó, sin presionarla.
Kasia dudó.
No quería mentir.
Pero tampoco quería soltar lo que no entendía.
—Un poco —respondió al fin.
Ramón asintió, aceptando esa mediaverdad sin pedir más.
—Bien.
Pues… —señaló las tazas—.
Aquí tienes tu dosis de cacao terapéutico.
Mano de santo.
Te lo digo yo, que soy un experto en noches raras.
Kasia cogió la taza entre las manos.
El calor le reconfortó los dedos; sin embargo, mientras Ramón hablaba, mientras todo parecía normal… ese escalofrío volvió, como un dedo invisible rozándole la columna.
Kasia dejó la taza sobre la bandeja con un gesto lento, casi mecánico.
El vapor seguía subiendo en espirales suaves, pero sus manos estaban frías.
Ramón la observó con atención.
—¿Está demasiado caliente?
—preguntó, inclinándose un poco para ver su expresión.
—No… está bien —respondió ella, aunque no había probado ni un sorbo.
Se quedó mirándolo a los ojos.
Había algo en la forma en que él la miraba, tan presente, tan dispuesto a escuchar, que por un momento pensó en guardarse todo.
Fingir que estaba bien, pero las palabras se le escaparon antes de poder detenerlas.
—Ramón… tengo un presentimiento raro —confesó en voz baja—.
Como si… como si fuera a pasar algo malo.
Él dejó también su taza en la bandeja.
No se rió.
Solo se sentó un poco más cerca, sin invadirla.
—Es normal sentirte así.
Tu cuerpo está en alerta.
Tu cabeza también.
No significa que vaya a pasar nada malo.
Ella bajó la mirada, jugueteando con el borde de la manta.
—No sé… es como si algo no encajara.
—Lo sé —respondió él, con una suavidad que la desarmó—.
Pero estás a salvo.
Aquí.
Conmigo.
Y te prometo que si tengo que quedarme hasta que llegue tu amiga, me quedo.
No tengo ningún problema.
Kasia sintió que algo dentro de ella cedía.
No del todo, pero sí lo suficiente para respirar un poco mejor.
Ramón señaló la taza.
—Acábate el ColaCao.
Te va a sentar bien.
El calor y el azúcar ayudan más de lo que parece.
Ella asintió despacio.
Cogió la taza entre las manos y esta vez sí bebió un sorbo.
Estaba dulce, reconfortante, casi infantil.
Algo tan simple que, por un instante, la ancló.
—Está riquísimo —susurró.
Ramón sonrió, esa sonrisa tranquila que parecía hecha para sostenerla.
—Sabía que te gustaría.
Kasia volvió a beber.
El temblor en sus dedos se suavizó.
El presentimiento seguía ahí, como un murmullo lejano, pero ya no la ahogaba.
Por primera vez, sintió que podía quedarse quieta sin que el miedo la empujara a moverse.
Y mientras Ramón hablaba de cualquier cosa —de lo mal que funcionaba la máquina de café, de cómo casi se quema con el microondas al sacar las tazas, de lo sospechosamente duras que estaban las magdalenas—, Kasia lo escuchaba.
No porque las palabras fueran importantes.
Sino porque su voz llenaba el silencio.
Sin embargo, el silencio de la noche se quebró de golpe.
Primero fue un murmullo lejano, un sonido que Kasia no supo identificar al principio.
Luego, las sirenas.
Agudas, insistentes, acercándose a toda velocidad.
Ambos se quedaron quietos, como si el sonido los hubiera congelado.
La ambulancia pasó por la carretera contigua a la residencia, iluminando por un instante las paredes con un destello azul y rojo.
No se detuvo.
Siguió de largo, en dirección a la hermandad donde se celebraba la fiesta.
Un minuto después, un coche de policía pasó detrás.
El ruido se fue apagando, pero la alarma quedó suspendida en el aire.
Ramón se acercó a la ventana y Kasia lo imitó.
Desde allí no podían ver nada, solo escuchar el eco de las sirenas alejándose y, más tarde, un murmullo creciente: voces, gritos, pasos apresurados.
La música había desaparecido.
La fiesta, que hacía apenas un rato vibraba como un corazón desbocado, ahora estaba sumida en un silencio extraño, roto solo por el revuelo de gente.
Kasia y Ramón se miraron.
No dijeron nada.
No hacía falta.
Ambos pensaron lo mismo.
El escalofrío.
Ese aviso silencioso que Kasia había sentido antes de que todo cambiara.
Ramón fue el primero en moverse.
Cogió la bandeja con las tazas a medio terminar y la dejó sobre el escritorio.
—Vamos —dijo, con una seriedad que no le había visto antes.
Kasia asintió sin pensarlo.
Se puso en pie, con el corazón acelerado, y juntos salieron de la habitación.
Bajaron las escaleras a paso rápido.
El edificio estaba en penumbra, como si también él contuviera la respiración.
Al llegar a la salida, el ruido del exterior se volvió más claro: gritos, sollozos, voces alteradas.
Cuando cruzaron la puerta, el aire era frío, más frío que antes, como si la noche hubiera cambiado de piel.
Los dos avanzaban por el sendero que conectaba la residencia con la hermandad, siguiendo el eco de voces alteradas y el parpadeo azul de las luces policiales.
A unos metros del edificio, un coche patrulla bloqueaba la entrada.
La puerta principal estaba abierta de par en par, y un grupo de estudiantes se agolpaba alrededor, algunos llorando, otros hablando atropelladamente.
Kasia se detuvo sin darse cuenta.
Ramón también.
—No parece nada bueno —murmuró él, con un tono bajo, casi contenido.
Ella asintió, clavando la mirada en el tumulto.
Ramón la observó de reojo.
—Si no quieres acercarte más, nos quedamos aquí —dijo con suavidad.
Kasia tragó saliva.
—Estoy bien —respondió, aunque su voz sonó más frágil de lo que pretendía.
Ramón no la contradijo.
Solo dio un paso más cerca de ella, sin tocarla, pero lo bastante para que sintiera su presencia.
—Puede ser cualquier cosa.
Un mareo.
Un susto.
Un accidente tonto.
—dijo él, mirando hacia la entrada—.
Kasia sabía que intentaba tranquilizarla.
Y lo agradecía.
Pero la tensión en su nuca no cedía.
—Ojalá sea eso —susurró.
Ramón respiró hondo, como si también necesitara convencerse.
—Gracias por venir conmigo —dijo Kasia, casi sin pensar.
Ramón esbozó una sonrisa leve.
—No iba a dejarte aquí arriba, escuchando sirenas y montándote historias.
Kasia bajó la mirada.
Él no sabía qué era lo que la afectaba, pero aun así acertaba en el tono, en la forma, en la calma que necesitaba.
—No quiero que pienses que soy una exagerada —murmuró.
—No lo pienso —respondió él enseguida.
Ella levantó la vista hacia el edificio.
La gente seguía gritando.
Un par de policías hablaban con un grupo de estudiantes.
Ramón dio un paso más hacia delante, pero se detuvo y la miró.
—¿Quieres acercarte un poco más o prefieres quedarte aquí?
Kasia dudó.
El cuerpo le pedía quedarse quieta.
No obstante, algo más fuerte —curiosidad, necesidad, miedo a no saber— la empujó a avanzar.
—Vamos —dijo al fin.
Ramón asintió, y caminaron juntos, despacio, sin hablar.
Aun así, los dos, sin decirlo, pensaban en lo mismo.
Y se acercaron más al edificio de la hermandad; un grupo de estudiantes lloraba.
Otros hablaban todos a la vez, nerviosos, intentando entender qué había pasado.
La ambulancia estaba aparcada con las luces encendidas, y dos sanitarios corriendo con una camilla rodearon el edificio y entraron por el jardín.
Kasia sintió que el estómago se le encogía.
Ramón le puso una mano en el hombro, suave, como si temiera que se rompiera.
—Quédate a mi lado —murmuró.
Ella asintió, sin apartar la vista del caos frente a ellos.
Porque, aunque no sabía qué había ocurrido…
…sabía que no era casualidad.
Ese escalofrío no había sido solo miedo.
Había sido un aviso.
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